miércoles, 17 de diciembre de 2014

Donde nacen las penas

  Cuentan que alguien alguna vez escuchó una historia sobre el nacimiento de unos versos, que había sido soñada por otro a quien ese alguien nunca conoció. Y es curioso, lo recuerdo hoy porque alguna vez un tercero, que no es posible que haya conocido a ninguno de los dos, me refirió una historia de una índole similar, aunque las distancias entre ambas parecieran ser irrecuperables. Aquellos versos que dieron origen a la primera historia quedaron registrados hace casi setenta años. En la provincia de Buenos Aires, cerca de Pergamino, un hombre llamado Héctor Roberto, guitarrero, poeta, pobre, de noche soñaba con las partituras de Bach y de Liszt, y de día sus dedos y su corazón se dejaban cautivar por la música de las llanuras, donde nacen las penas, dicen. Este alguna vez le confesó a un amigo un extraño sueño que tuvo. De esas figuras que se irguieron desde algún remoto desconcierto de los pensamientos, del infinito, de lo universal, surgieron las palabras, con su musicalidad. Luego de un largo tiempo, ese rumor de poesía, ensueño y misticismo llegó hasta mí.
  El hombre dijo haberse visto perdido en un campo abierto, en las afueras de una ciudad gris, húmeda, extranjera. Llevaba entre sus manos un objeto envuelto en lazos blancos. A lo lejos, bajo un manzano, descansaba una mujer que acariciaba el cuerpo de una guitarra, tocaba sus cuerdas suavemente y cantaba una melodía que él no lograba entender, con una voz de acero y de miel. Se acercó y se sentó a su lado. Ella no parecía notar su presencia y siguió ejecutando apática su melodía. Él sentía una familiaridad extraña con aquella mujer. Dejó el objeto a sus pies y deshizo los lazos que lo envolvían. La guitarra estaba hecha de piel de serpiente; de hecho, la guitarra era una enorme serpiente que ahora lo miraba y comenzaba a envolverla con lentitud, amenazante. Se sobresaltó. Intentó acercarse un poco más a la mujer, para advertirla; quiso tocarla pero, en cuanto sus dedos apenas la acariciaron, ella se deshizo en miles de granos de arena que se precipitaron al suelo. Inútilmente el hombre intentó retenerlos entre sus manos. Luego, todo a su alrededor era arena y se dio cuenta de que se encontraba atrapado dentro de los bulbos de un enorme reloj que no dejaba de girar. Se preguntó entonces en cuál de los dos bulbos estaría: en el que la arena ya había caído o en el que la arena todavía quedaba por caer. El sonido de mil galopes juntos comenzó a sonar muy levemente a sus espaldas, cada vez con más fuerza. Giró la cabeza. Pudo visualizar apenas en el horizonte un centenar de caballos acercándose en su dirección. En lo que dura un instante o lo que dura una eternidad, quién sabe, este logró despertar antes de que lo arrastraran.
  Al día siguiente, una mañana de diciembre de 1946, las imágenes cobraron vida en sus palabras y el hombre le recitó a su amigo los versos que desde ese momento habían ensordecido sus pensamientos: “Tira el caballo para adelante, el alma tira para atrás”. Curiosamente (no quisiera tener la soberbia de rotular con un significado casual este tipo de hechos), ese mismo año nacía la mujer de la que se desprende la segunda historia. Exiliado el primero en la ciudad argentina de Córdoba, terminaría de darle forma a su composición. Un amigo francés, poeta, me contó que conocía ya aquella historia, la canción y al soñador. Y que en realidad tal vez fuera el soñado. Me dijo que él conocía ya aquellas imágenes. Me dijo también que la palabra llanura en francés es muy similar a la palabra pena. Luego, me contó su historia.
  Una mujer en estado de coma soñó que se encontraba en el paraíso, o lo que ella se figuraba como el paraíso. Tuvo la visión de una alta y gigantesca catarata. Luego esa catarata se transformó en apenas una gotera, que caía con insistencia sobre su pecho. Una gota tras otra, pausadamente, constante, por horas y horas. Nada podía hacer ella, que era un él; se encontraba atado de pies y manos en un campo abierto. En cada uno de los extremos, caballos tensaban los lazos a los que estaban amarradas sus extremidades. Sentía que las gotas atravesaban su cuerpo: su pecho estaba vacío. No había corazón, ni alma, ni dolor. Nada más que un simple, crítico y hostigador miedo. Y la implacable fuerza de los caballos, dilatando su cuerpo. Las estrellas de la noche se reflejaban en el oscuro y húmedo hueco que había en su pecho. Las constelaciones se asemejaban a antiguos símbolos celtas. Dando vueltas en círculos sobre él, un pájaro surcaba el cielo. El incesante trino la despertó del coma. Instantes después, repetía una y otra vez estas palabras: “Couldn´t drag me away, wild horses. We will ride them someday”. Años después, su pareja, quien estaba a su lado cuando ella volvió en sí, utilizó estas líneas para darle forma al estribillo de una ya muy famosa canción de la música popular.
  A diferencia de mi amigo poeta, he vivido lo suficiente para ser testigo de estos acontecimientos, los cuales me fueron referidos casi dos siglos antes de que sucedieran. Un hombre y una mujer, lejanos en su propia tierra, acorralados y empujados por su propia existencia, por la fuerza del devenir. Cada uno en su propia lengua o en una lengua que ya conocían antes de haber nacido, los símbolos los preceden. Tal vez uno haya venido antes y el otro después; tal vez ambos se soñaron el uno al otro.
  Con el correr del tiempo, por más obstinado que sea el afán compilatorio, los detalles se van perdiendo y tergiversando hasta quién sabe qué punto; hasta el punto, quizás, de que algún día estas historias sean discurridas como hechos biográficos.








La primera pintura pertenece a David Burliuk, ucraniano; se titula Un labrador y fue hecha en 1910. La segunda es de Giorgio de Chirico; de estilo neobarroco, se titula El caballo del desaparecido. La tercera, de estilo romántico, pertenece a Theodore Gericault: Mercado de caballos. La cuarta también pertenece a este útlimo y fue completada en 1820; se titula Mazeppa. La quinta pertenece a Eugene Delacroix y se titula Caballo asustado por una tormenta; también es romántica, completada hacia 1824. La última es de Alex Colville, titulada Caballo y tren, de 1954.


martes, 16 de diciembre de 2014

Guerrero

texto original de Julieta Manterola, publicado anteriormente

en El escondite de Orfeo


Despertaste ensangrentado, sin saber siquiera por qué habías caído o quién te había derribado. La espada, clavada en tu pecho. Tu ropa, desgarrada. Tu escudo, demasiado lejos. Lo primero que viste fueron tus manos, ensangrentadas también. Sentiste el sabor dulce de la sangre en tu boca. A tu alrededor, no había más que cadáveres. ¿Por qué sobreviviste?

Sacaste la espada de tu pecho. Tragaste la sangre. Te convertiste en un extraño para el mundo y el mundo se te volvió un lugar ajeno.

Inmortal:
¿Cómo es el mundo que ves?
¿Ves la justicia que a mí se me escapa?
¿Ves la injusticia de una forma aún más cruel?
¿Tu dolor tiene acaso una mejor causa?

Y guerrero:
¿Qué has aprendido en todos estos años?
¿Has perdido la fe o la has encontrado?

Guerrero, de Salvador Dalí (1982).




















domingo, 23 de noviembre de 2014

La insoportable levedad de la condición humana



Cada uno de ellos había creado un infierno para el otro, 
pese a que se querían.
(Milan Kundera, La insoportable levedad del ser)

Dios mueve al jugador y este, la pieza. 
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 
de polvo y tiempo, y sueño y agonía?
(Jorge Luis Borges, Ajedrez)

Acercamientos al análisis de la novela corta Los diarios de Adán y Eva


  En este estudio, me propongo analizar la novela corta Los diarios de Adán y Eva, del escritor estadounidense Mark Twain. (Este seudónimo hace referencia a una expresión utilizada por los marineros del río Mississipi, su lugar de origen. Este significa “marca dos” y tiene que ver con la profundidad a la que se encuentra el fondo del río, calado mínimo necesario para la buena navegación y dato importante para evitar encallar. Su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens). Dentro de la obra del autor, en la que tienen una indiscutida relevancia las célebres novelas Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, que son utilizadas como lectura complementaria en su país de origen, este relato breve que ironiza sobre la historia del Génesis suele pasar desapercibido y quedar relegado a una instancia menor. Sin embargo, este texto configura uno de sus momentos creativos más elocuentes, al utilizar con ejemplar sutileza el sarcasmo, el humor.
  Para su análisis, intentaré abordar conceptos y temas como la metaficción historiográfica, el posmodernismo en la literatura y la definición de ironía, parodia y sátira dentro de esta, así como la interrelación de estos conceptos. Diferentes textos de la canadiense Linda Hutcheon, teórica y crítica literaria, servirán oportunamente de soporte; sin dejar de lado a una gran variedad de autores como Markus Sasa, Santiago Juan-Navarro, Ihab Hassan, Catherine Kerbrat-Orecchioni, entre otros.

La guerra bíblica de los sexos


  Los diarios de Adán y Eva presenta una curiosa forma narrativa. En primer lugar, podemos observar la construcción de un narrador multiperspectivista, ya que delega la voz de la narración primero en Adán y luego en Eva, a través de la transcripción de sus diarios. A su vez, esto genera una nueva instancia narrativa intradiegética, en los términos de Irene Klein, filóloga y profesora de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La voz de Adán y la posterior fluctuación hacia la de Eva establecen narradores protagonistas, en primera persona y con una focalización interna. En segundo lugar, también es pertinente destacar la particularidad del tiempo del relato que corresponde a un relato reiterativo, según la teoría de Gérard Genette, uno de los creadores de lo que hoy conocemos como narratología. Esto se refiere a que se presenta una misma historia –la cual sucede una sola vez–, contada dos veces por sus actores principales para, de esta forma, contrastar sus diferentes puntos de vista y concepciones de la realidad. En tercer lugar, cabe mencionar y destacar la utilización, por parte del autor, de la intertextualidad y de la ironía como recursos para hacer una crítica a la sociedad moderna occidental y sus más arraigadas costumbres y nociones, así como las formas de interactuar y relacionarse que han heredado (sin muchas objeciones ni grandes aspiraciones para modificarlas) los hombres y las mujeres a lo largo de los siglos. 
  En la figura de Adán, Mark Twain presenta los estereotipos más intolerables o reprensibles, desde el punto de vista femenino, del género masculino y retrata una postura defensiva por parte de este ante la presencia y actitud controladora de Eva, la mujer. Adán la define a Eva como un “verdadero estorbo” y preferiría que no hablara. En sus propias palabras: “La nueva criatura dice que se llama Eva. Perfecto, nada que objetar. Dice que así podré llamarla cuando quiera que venga. Le dije que en tal caso la información me parecía superflua […]”. En contraposición, la figura de Eva está cargada de los estereotipos más reprochables, desde el punto de vista masculino, del género femenino. Así es como ella, sabia al distribuir culpas, logra hacerlo sentir culpable a Adán por su expulsión del Edén. Sin embargo, la mirada de Mark Twain sobre la mujer dista bastante de la referencia bíblica y realza cualidades que escapan a un simple contraste de estereotipos o, si se quiere, guerra de sexos. La figura de Eva es, por momentos, la de una mujer independiente y creativa, que siente curiosidad y disfruta de la contemplación de la belleza. Se considera diferente y hasta superior a Adán. Pero, consciente de esto, pone siempre por encima de todo su amor hacia él. Eva está siempre pendiente de un reconocimiento por parte de Adán que nunca llega: “Lo vi otra vez, durante un momento, el lunes pasado al anochecer., pero solo un instante. Esperaba que me elogiara por mis intentos de mejorar el lugar porque yo tenía buenas intenciones y trabajaba mucho. También se cuestiona ese amor que siente: “Si me pregunto por qué lo amo, me doy cuenta de que no lo sé, y realmente no me importa demasiado saberlo. […] En el fondo es bueno, y lo amo por eso, pero podría amarlo aun cuando no lo fuera. […] Es una cuestión de sexo, pienso”. Tal vez se deba esto al hecho de que el diario de Eva fue escrito algunos años más tarde, luego de la muerte de su esposa.
  El libro cuenta la historia del Génesis, de cómo se conocieron el primer hombre y la primera mujer sobre la tierra, su interacción, su expulsión del Jardín del Edén (al caer en el pecado), el nacimiento de su primer hijo y su posterior vida juntos hasta la muerte de Eva. En este relato, no hay alusión o rastro alguno de la presencia divina de Dios en ningún momento, ni siquiera en el momento de la expulsión del Edén. De esta forma, Mark Twain nos susurra al oído, nos dice entre líneas, con toda su perspicacia y sarcasmo, la falta de responsabilidad del mismo Dios sobre sus creaciones humanas.

Uno y el mismo


  Antes de comenzar con el análisis, quisiera abrir un paréntesis e intercalar algunos conceptos borgeanos sobre algunas cuestiones que se encuentran implícitas en la novela del estadounidense. En primer lugar, podría hablarse de una temática recurrente en los textos de Borges que se refiere a la identidad: un hombre es todos los hombres, es el postulado. En una clara y oportuna alusión al Génesis, Borges dice: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres; por eso, no es injusto que una desobediencia en un Jardín contamine al género humano” (Ficciones, “La forma de la espada”). Por sustancia o por analogía, el autor nos dice que todos los hombres son iguales, en tanto son víctimas y victimarios, maestros y discípulos, escritores y lectores, verdugos y castigados, guerreros y cautivos; son uno y el otro al mismo tiempo. Esta noción da una idea de la pérdida de la individualidad humana, de la identidad. El hombre es todo y es nada al mismo tiempo, y la verdad está en el devenir. Logra definirse a sí mismo y a la realidad que lo rodea, en la contraposición, en lo antagónico a su persona, en un juego de dobles que se complementan entre sí.
  De la expresión de la tríada dialéctica, del filósofo alemán Friedrich Hegel, mediante la cual hace referencia a una concepción de la realidad como un proceso circular, movido por el principio de contradicción, se desprenden tres instancias: la tesis, que es el ser visto como identidad y no en su totalidad o en relación con lo otro; la antítesis, en la que se produce la negación de sí mismo ante lo otro que provoca una alienación u objetivación; y la síntesis, la totalidad alcanzada por la razón, al negar la negación y lograr la superación, la reconciliación del ser. Dicha reconciliación configura una nueva tesis, por eso es que el proceso es circular. Esta es una de las teorías más importantes y representativas de la obra del filósofo y se encuentra comprendida dentro del libro Ciencia de la lógica. De esta forma, Adán y Eva, a través del lenguaje –estructura de símbolos que organiza el pensamiento–, intentan definir su entorno, los elementos que los rodean, y al otro, para poder así definirse a ellos mismos. Ambos diarios, que resultan una suerte monólogo interior, abundan en descripciones del otro y de sus reacciones y formas de relacionarse. Adán se pasa años tratando de averiguar qué es esa criatura que, luego de descartar una infinita variedad de hipótesis, comprende que es su hijo. Podría decirse entonces que tanto Adán como Eva son al mismo tiempo quien los escribe, el narrador y el autor, Mark Twain, o quien los lee, cualquier hombre o mujer, todos los hombres y mujeres, ya sea por la función, ya por el castigo, ya por el destino. Todas las historias son formas distintas de una misma historia, todos los episodios pueden agotarse en uno solo, y todos los hombres son un solo hombre, ya sea por analogía, ya sea por oposición, son la misma sustancia: el espíritu.
  En segundo lugar, se refiere Borges también a la ironía, ya que resulta también una figura recurrente en sus textos. El autor dice que al intentar explicar una realidad que se nos escapa, una realidad en donde no hay una negación o una afirmación ya que no permite deducciones lógicas, la ironía es la única respuesta. La ironía, dice, es una mirada crítica, trasgresora, descreída y elocuente, fundada en lo absurdo y lo antagónico. “La ironía es la respuesta y la pregunta al mismo tiempo, dice lo que no dice y no dice lo que realmente dice, es una exactitud burlada, un disparate presentado como indiscutible, que confunde aclarando” (Martínez Sánchez, El hombre posmoderno). En el segundo eje, ampliaré sobre el concepto del humor en las obras literarias y las nociones y manejos de la ironía, la parodia y la sátira.

Borrar con la mano y escribir con el codo (palimpsestos)



  Los palimpsestos son manuscritos antiguos que conservan huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. En esta definición se hace referencia a la idea de esta nueva versión de la historia del Génesis escrita esta vez por sus protagonistas. La principal característica de Los diarios de Adán y Eva que puede observarse es su evidente intertextualidad con la Biblia, como documento histórico o como obra literaria. Mark Twain juega entonces con esta doble significación y legitima la obra a la que se refiere, en un primer momento, para luego deconstruirla en esta parodia satírica o sátira paródica, manifestando un cuestionamiento a los conceptos sociales canonizados por la cultura occidental.
  A partir de la producción novelesca contemporánea, Linda Hutcheon crea el concepto de metaficción historiográfica que puede servir de eje para un primer acercamiento al análisis de esta obra. Este concepto surge de un cambio en el marco del conocimiento histórico que se dio en la ruptura entre el modernismo y el posmodernismo. (Debe aclararse que, si bien Mark Twain es anterior a la etapa posmoderna, evidencia en sus obras esta “voluntad de deshacer”, un impulso deconstructivista para la recuperación de la cultura popular, propio de los posmodernistas. Asimismo, las fechas inaugurales son arbitrarias y es posible descubrir antecedentes del posmodernismo en Nabokov o Cortázar o en autores tan dispares como Sade, Blake o Rimbaud, ya que en la obra de todos ellos está presente la ruptura, la descentralización, la desmitificación o el deconstructivismo). El concepto de metaficción se atribuye al establecimiento de nuevos cánones para tratar el material histórico y relacionarlo con la ficción. La aproximación posmoderna a la historia acentúa las similitudes entre ficción e historia y revela un alto grado de intertextualidad en el arte. Traza paralelismos entre lo histórico y lo ficticio, y mezcla ambos discursos para obtener una amplia variedad de juegos formales y contextuales.
  Según el posmodernismo, el acceso a la historia se da solamente a través de documentos y relatos sobre el pasado. Es decir, el conocimiento histórico es una construcción discursiva, compuesta de verdades relativas que dependen siempre del contexto interpretativo y de la condición subjetiva del narrador. De esta forma, Mark Twain relata la historia del Génesis a través de los manuscritos que trascriben el diario de Adán y el diario de Eva. Se debe pensar a estas transcripciones como documentos históricos, que son, sin lugar a dudas y de forma adrede, en extremo subjetivos y contrapuestos entre sí. Por esto, la novela elabora un inteligente juego entre el material histórico y el estatus que este es capaz de adquirir dentro de la ficción; reconstruye los hechos históricos de forma creativa sobre la base de la información disponible, obviando su estatus de ficción. Legitima la Biblia como un documento histórico, o como una obra literaria en el mejor de los casos, y la reinterpreta, rescribe la historia y le atribuye nuevos significados. De hecho, lo que hace el autor no es ficcionalizar la historia, sino que lo que intenta es darle a este discurso ficticio el status que tendría un documento histórico. La aclaración “Traducido del original”, que aparece como subtítulo al comienzo de cada diario, da la idea de un registro histórico formal y, a su vez, anticipa las desviaciones que se harán respecto de este. Toda traducción es, en algún punto, una interpretación que no podría nunca ser una transcripción literal de aquello que reproduce. El texto se verá siempre afectado tanto por las diferencias entre la lengua original y a la que es traducida como por la experiencia y la subjetividad del traductor que trabaja dicha obra.

Cuestión de humor


  La ironía es una antífrasis, según Kerbrat-Orecchioni (famosa lingüista que reformuló el esquema comunicacional de Jakobson), es una oposición entre lo que se dice y lo que se quiere hacer entender. La legitimación de la historia bíblica del Génesis, por parte del autor, podría así ser considerada una burla irónica ya que, mediante su afirmación, la niega. Esta es una de las funciones pragmáticas de la ironía, que consiste en un señalamiento evaluativo casi siempre peyorativo. Pero antes, se debe hacer una diferencia entre lo que es la ironía, la parodia y la sátira. Diferenciaciones sobre las que ha teorizado la misma Linda Hutcheon.
  La ironía, al ser intertextual, tiene una dependencia diferencial, una mezcla de desdoblamiento y de diferenciación con una memoria genérica. Esta también opera por medio de la repetición y de la diferencia. El análisis de la ironía se limita a palabras o frases y no a un texto o a una obra completa. Por otro lado, la parodia y la sátira sí tienen esa posibilidad. Estas también poseen elementos de intertextualidad. La parodia señala, es una especie de revisión impugnadora o de relectura del pasado que confirma y subvierte a la vez el poder de las representaciones de la historia; se niega a satisfacer la expectativa de clausura o a proporcionar la certeza distanciadora que la tradición literaria ha inscrito en la conciencia colectiva. La sátira tiene como finalidad corregir algunos vicios e ineptitudes del comportamiento humano, a través de su ridiculización. A estas ineptitudes, en el sentido en que son morales o sociales y no literarias, se las considera como elementos extratextuales.
  Los diarios de Adán y Eva es una parodia y, a su vez, una sátira. Como parodia, contrapone dos textos, al mismo tiempo que en su desarrollo contrapone dos puntos de vista. Como sátira, cuestiona las convenciones sociales y culturales en cuanto a la forma en que los hombres y mujeres interactúan. Cuando estos tres puntos se entrelazan, se puede hacer un uso pleno de la ironía. Por lo expuesto, se puede relevar que esta novela corta es una parodia satírica o una sátira paródica.
  Es curioso notar que las estrategias paródicas posmodernistas son empleadas, a menudo, por artistas feministas para llamar la atención hacia la historia y el poder histórico de esas representaciones culturales que todavía hoy siguen vigentes, contextualizándolas, para reconstruirlas. Algunos artistas varones han usado la parodia para investigar su propia complicidad en tales aparatos de representación, al tiempo que siguen tratando de hallar un espacio para la crítica. El uso de la ironía, por parte de Mark Twain, tiene una doble significación. Este, a través de la mirada de Adán, hace una crítica y ridiculiza los estereotipos femeninos, al mismo tiempo que lo ridiculiza a Adán mismo, ya que nos damos cuenta, más tarde, al leer el diario de Eva, de que sus impresiones sobre ella y sobre su realidad están completamente erradas. Lo mismo le sucede a ella, tanto en la crítica y la ridiculización del otro como en su imposibilidad de comprenderlo a él y a su entorno. Puede notarse también que en el texto no hay resolución dialéctica o una evasión superadora de la contradicción. Sus diferencias y sus lamentos carecen de un punto de entendimiento o de concertación: simplemente aprenden a soportarse el uno al otro.
  Adán no está contento con el criterio de Eva para nombrar las cosas que los rodean. Sin embargo, ella cree que a Adán le gusta que tenga esta iniciativa, ya que él no parece ser bueno para eso. Ella se adelanta siempre a él para evitarle la vergüenza pero, en realidad, esto lo pone molesto. Eva también cree que, al dejarle un día libre a la semana para el descanso, le ha dado una utilidad a Adán, el hábito del trabajo. Este piensa todo lo contrario, no quiere saber nada de eso. Adán, por su parte, piensa que utilizar palabras complejas infunde respeto en ella, pero eso no le preocupa en lo más mínimo a Eva. El juego entre las diferentes impresiones que tiene cada uno del otro y de lo que les sucede es inagotable en sus posibilidades y en el tiempo.
  El autor intenta darles fuerza a sus ideas a través de la alusión a tradiciones y conocimientos generalmente reconocidos. No hace falta siquiera haber leído la Biblia o tener una comprensión reflexiva superior sobre las relaciones humanas para entender y disfrutar de su obra. Presenta al lector ciertas pautas y datos mínimos –mediante los cuales este puede deducir las reglas del juego irónico– y, a su vez, lo alerta de otras posibilidades o razonamientos. Pone en evidencia cómo las representaciones presentes vienen de representaciones pasadas y qué consecuencias ideológicas se derivan tanto de la continuidad como de la diferencia. Abre el debate sobre cómo estas ideas moldearon nuestra forma de ser y de relacionarnos entre hombres y mujeres, desafía las nociones preconcebidas y cuestiona toda la cultura.
  Me arriesgo a conjeturar que, más allá de lograr modificar algunas conductas nocivas o ineptitudes para su interacción, tanto hombres como mujeres poseen una concepción del mundo diferente uno del otro, lo viven y lo sienten de formas muy distintas, ya desde un aspecto biológico. Y, aunque tal vez fuera posible igualarnos en ese aspecto, resulta improbable, a través del lenguaje, darle una idea precisa al otro de lo que uno piensa o siente. Por el momento, podemos reírnos de esto, un poco nomás, sin confiarnos demasiado.















A mil besos de profundidad

A thousand kisses deep, de Leonard Cohen


Traducción: Paulo Manterola.


Esta es una selección de algunas estrofas de un poema que Leonard Cohen ha trabajado durante largo tiempo. Hasta el día de hoy, aún lo considera incompleto, y continúa dedicándose a este y agregándole estrofas. Muchas versiones hay de este poema, cada una con su propia selección de versos. Esta versión es la que he elegido yo para traducir.

Te me acercaste esta mañana y
me trataste como carne. Tendrías
que ser hombre para saber
lo hermosa, lo dulce que es esa caricia...
... mi alma gemela, mi compañera:
te reconocería en mi soñar.
Y quién más que vos podría arrastrarme
a mil besos de profundidad.

No importa si el camino es largo
y se empine cada vez que echamos a andar;
o si la luna desaparece y todo a nuestro
alrededor se torna oscuridad.
No importa si nos perdemos el rastro,
está escrito que nos volveremos a encontrar.
Al menos, eso escuché que decías
a mil besos de profundidad.

El otoño se abrió paso en tu piel;
ese algo en mis ojos, ese brillo al que
no le importa estar vivo,
y tampoco perecer.
Pero te ves bien, realmente bien:
todos adoran verte pasar.
Si estuvieras acá, me arrodillaría ante vos,
a mil besos de profundidad.

(Y tu aroma me penetra
hasta cuando te pienso,
y tu recuerdo, intacto, no me permite pensar
más que en lo que olvidamos haber hecho
a mil besos de profundidad).

Los caballos corren, las chicas son jóvenes;
las oportunidades están ahí, dadas.
Ganás un rato y te retirás, con un
pequeño triunfo y tu racha intacta.
Y, aun así, tu derrota no se
puede disfrazar,
y vivís tu vida como si fuera real
a mil besos de profundidad.

Sé que tuviste que mentirme, que
me has tenido que engañar;
pero estos juegos ya no nos dejan ver
la virtud que hay en decepcionar.
Esa verdad está rota; esa belleza, derrochada;
ese estilo ha de pasar,
desde que el Espíritu Santo se entregó
a mil besos de profundidad.

Si te amé cuando te abriste
como un lirio al estío;
lo sabés, soy un muñeco de nieve,
inmóvil ante la lluvia y el frío.
Ese que te amó con su amor de hielo
y un físico a medio desgastar,
con todo lo que es y todo lo que fue,
a mil besos de profundidad.

Pero ya no tenés que escucharme ahora,
ni meditar cada una de mis
palabras al hablar;
De todos modos, jugaría en mi contra...
... a mil besos de profundidad.
















jueves, 20 de noviembre de 2014

Tomb of the moans

Ton amour pour moi était plus mince que l´ourlet de ma robe. (Madeleine, Tous les matins du monde)


Estás hundido en una silla, frente a la mesa, en el comedor de la casa. Te servís un poco de vino, le servís a ella, bebés de tu copa. Luego prendés un cigarrillo y, mientras jugás con este en los bordes del cenicero, la mirás a los ojos. Recorrés su rostro, los pequeños detalles, sus labios. Te sigue hablando; no tenés idea de qué. Las palabras son ruido. Desearías no haber aprendido nunca una palabra en tu vida. La música flota en el aire. Es ruido también. Evocar los espacios que este no puede habitar, ese es el sentido del lenguaje, creés. Conquistar el vacío. Hacer visible lo invisible, la ausencia; decir lo indecible, lo que excede nuestra propia humanidad. Te perdés en tus propios pensamientos. Antes de desaparecer completamente en la conversación, en una de sus pausas, le sonreís y le contás esta minúscula preocupación que te invade. Ella se ríe y dice que te entiende. Vos no entendés qué puede llegar a significar eso. Después te levantás, te acercás y la abrazás por detrás, le das un par de besos en el cuello. Apagás la música, le tendés la mano y la invitás a bailar. No hay un solo sonido que tenga la fuerza que tiene el silencio, le decís. Ella te mira extrañada: ya no te entiende bien. Las palabras no sirven de nada. La única forma de conocer profundamente lo que somos está en nuestros actos. Y te preguntás de repente a vos mismo quién es el que da y quién el que quita ahí. Desearías que no existieran esas categorizaciones, aunque tal vez las relaciones perderían su sentido si así fuera. La llevás a la cama y le hacés el amor, con ternura y una pasión mesurada. Ella te abraza, te envuelve, te muerde, te clava las uñas en la espalda, te sonríe. Dicen que hacés bien así. No obstante, ella no dice ni una palabra durante o después del acto. No acabaste. Tal vez te gustaría ser más vehemente, más despreocupado. Quisieras poder hacerle el amor en la cocina, matarla en tus sueños. La besás. Te gusta besarla. Dicen también que besás bien. Sin embargo, no podrías contar la diferencia entre unos labios y otros de entre todas las mujeres que besaste en tu vida. Es verdad. Y qué dice eso sobre vos. Ya lo vas a averiguar. Ella se duerme. Vos te levantás, volvés al comedor y prendés otro cigarrillo. Ella está ahí, en la pieza, tendida en la cama, y a vos te gustaría sentirte parte de toda esa escena. Simplemente no podés. Volvés y te acostás. Te quedás mirándola. Es buena, y linda. Te gusta. La vas a extrañar. Todas las mañanas del mundo no vuelven, no. El frío termina pareciendo siempre el mismo frío. Da igual si el sol sale o no. Y, de alguna forma, sabés que eso se debe nada más a que hay algo que está mal, profundamente mal, en vos. La vida es repeticiones, una tras otra. No quisieras arrastrar a nadie a eso. Te vas a ir quedando solo, de a poco. Tal vez ella alguna vez te piense, e incluso te extrañe. Pero cuál es la diferencia una vez que cierta distancia se vuelve irrecuperable. No, todas las mañanas del mundo no vuelven a suceder. Ni siquiera una. Ni la mejor, ni la peor. Te despertás. Ella no está ahí. Y qué vas a hacer entonces. Ya lo vas a averiguar, tal vez.




















La primera pintura pertenece a Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606–1669). Fue hecha en 1632 y se titula Filósofo en meditación. La última es de Salvador Dalí (1904–1989), titulada Eco antropomórfico (1935).

sábado, 15 de noviembre de 2014

Soneto XCIII

traducciones libres y despreocupadas


Continúo con esta serie de traducciones que no intentan reproducir con fidelidad las palabras de William Shakespeare, si no el ánimo y el vuelo de su retórica, el ritmo, la musicalidad de su lenguaje poético. A fin de evitar ofender a nadie, considero esto menos una traducción que una interpretación de su obra.














Debo entonces acostumbrarme 
y suponer 
que tu amor es sincero,
y quererte como quiere un amante resignado.
Aunque tal vez tu corazón acaricie
aquello que yo siento,
no sé leer en tu rostro si es a mí
a quien prefieres a tu lado.

No podría adivinar 
en tus tenues y cándidas facciones
si es angustia, amor
o desprecio,
los sentimientos que has de profesarme.
Ya ves, las palabras que estos versos componen 
con la tinta viciada fueron escritas
de gestos, muecas y otras 
arbitrariedades.

Y es que los cielos, en su grandeza,
han dispuesto
que se preserve tu talante inmune
a las aflicciones cotidianas
cualesquiera sean
tus pasiones o pensamientos,

tu mirada no podría probarme 
más que una tierna bondad humana.
Como la manzana y Eva, 
estoy rendido ante tu gracia; y como ella,
en tu virtud, no manifiestas
lo que tu corazón
demuestra.

otros poemas: http://paulomanterola.blogspot.com.ar/2014/08/soneto-xxxvi.html

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Como el canto de los pájaros


  Ciudad de San Luis. Después de 940 kilómetros y casi 11 horas de viaje, doy un paso hacia afuera de ese mundo en miniatura que son los micros. Respiro el aire puntano, limpio, silvestre, despojado. Se siente bien. Me tomo un auto desde la terminal hasta la casa de los Cornejo. Algunas calles son de tierra todavía, y eso se siente mejor todavía. Los caminos de asfalto están cercados por pequeños cerros de colores que solamente la naturaleza puede concebir.  Esta vista es, como dicen, una caricia al alma. Carlos Cornejo y Norma D´angelo son un matrimonio de escultores y tuvieron a su cargo, antes de jubilarse, diversos cursos tanto en la universidad como en el Centro Polivalente de Arte. En San Luis, su casa es conocida por los menos, los curiosos, como La casa de la escultura, ya que el gobierno provincial no quiere otorgarles este título, por razones que vale de poco mencionar. 
  ¡Qué alegría que alguien quiera hablar de estas cosas con nosotros! Esta gente, buena gente, humilde, que ha sabido ganar concursos tanto en varias provincias del país como en Francia, Corea o Dinamarca, eligió una forma de vida alejada de la ostentación, la voluptuosidad y el narcisismo para concentrarse en aquello que más les interesa: hacer, producir, ser. Una vida sencilla y simple, como lo son las ideas en un primer instante de creatividad, en comunión con la naturaleza. Lamentablemente, en estos tiempos, este tipo de hábitos conducen también a un irrevocable aislamiento y al olvido quizás. 
  Y así es que allá voy yo, a su encuentro.
  Fantasea uno, al empezar a recorrer los espacios de la casa, con la idea de una especie de santuario primitivo y rústico. Los pasillos envueltos por ramas, troncos, macetas, hojas, cañas. El horno de barro en el patio. Los muebles, los pisos y las escaleras de una madera que pareciera haber sido acabada hace nada más que un par de horas, todo hecho con sus propias manos. Las lámparas, el anafe, la caldera; la casa entera es una obra de arte en sí misma, en cada rincón. Hay esculturas y dibujos adonde sea que uno mire. Sin embargo, cada uno tiene su propio taller. El de Norma se encuentra al fondo, al cruzar el patio; el de Carlos, en un segundo piso.


  Nos sentamos en el patio y, entre mate y mate, me empiezan a contar lo que es, lo que se siente, trabajar la madera, el metal, hacer una lámpara con lo que cualquier persona entendería como desperdicios o un pincel con pelo de caballo. Me hablan no desde un lugar técnico o profesional, sino desde la experiencia misma y lo que esta produce en ellos. Yo confieso sentir algo de vergüenza al declararme ignorante. Pero esa vergüenza pronto desaparece y sobreviene una sensación de alegría al escucharlos trasmitir sus hábitos y sus costumbres. Uno se pierde un poco en ese delirio, casi aniñado, que poseen. Hace bien perderse. Se percibe también que son uno. Más allá de que sus trabajos y sus formas no son los mismos, hay una idea, una concepción de las cosas que los unifica, los nutre mutuamente, los separa y los vuelve a unir. Entre ambos forman una comunión que no tiene que ver con el cuerpo, la razón, ni siquiera el espíritu. Se trata de otra cosa.
  De un momento a otro, recuerdo que soy el entrevistador y tengo que actuar como tal. ¿Qué se les puede preguntar? Es tan complejo como simple. Uno siente la obligación de hacerles preguntas importantes, fundamentales; pero, a su vez, ellos tienen una predisposición para hablar y comunicarse que desarticula todas las distancias. Tal es así que hago la primera pregunta, a ver qué sucede. Las preguntas van dirigidas a ambos y sus discursos se entremezclan y se complementan.
  — ¿Qué consideran que es el arte para ustedes? ¿Cómo lo viven?
  — Para mí —dice Norma—, eso es algo que está en el interior del ser humano. A veces no te das cuenta de dónde surgen imágenes; a veces ni siquiera las podés explicar. Imágenes que cargan un montón de emociones acumuladas. Digo imágenes porque, en este caso, el trabajo es visual, tanto en la escultura como en el dibujo, pero el arte involucra a todos los sentidos. 
  — Más allá de la angustia existencial, es una forma de darle significación y sentido a la vida —interviene Carlos.
  Luego, una vez más toma la palabra Norma:
  — Cada pieza es única, como cada momento de la vida. Quisiera creer que lo que lo impulsa a uno es la pasión, el querer plasmar eso que empuja desde adentro. Al empezar siempre hay una suerte de angustia; pero luego, mientras las horas de trabajo fluyen y la idea toma forma, lo disfrutás. Uno es dueño de sus tiempos y sus espacios, siempre. Saber adónde querés llegar. Una vez que considerás darlo por terminado, caés en el vacío nuevamente, donde parece que ya no te quedan imágenes.
  — La pasión es importante, sí —agrega Carlos—. Es necesaria para enfrentar esa búsqueda de una respuesta a lo inexplicable de la existencia.
  — Quizás, después de tantos años de proyectar la vida en el arte, la angustia se va disipando o pierde relevancia —concluye Norma.
  — Y entonces, ¿cuál piensan que es la utilidad del arte o del artista?
  — La utilidad del arte no existe. Quizás, es un pensamiento que perdura en el tiempo por su presencia misma, en la que está plasmada la vida y las sensaciones de una persona. El artista tiene, para mí, un pensamiento lateral, una forma de ver las cosas, los objetos que está más allá de la mirada común; tiene también la técnica, para realizar con estos objetos sus ideas, y las herramientas que, aunque son las mismas para cualquier persona, utiliza de una forma personal, única.
  — Pienso que puede servir de formador de conciencia, para dar testimonio de que la vida tiene sentido, de que la creación nos une interiormente.
  Siempre es Norma quien toma la voz y responde primero, aseverante, con una voz grave y segura. Suele explayarse más también. Carlos, por otro lado, esquiva un poco estos temas y, aunque la angustia es un tópico recurrente en su discurso, él siempre habla con una sonrisa entre dientes, contagiosa. Y cada vez que se da por satisfecho, suelta una carcajada, como si quisiera hablar de cualquier otra cosa.


  Nos levantamos de las sillas. Quieren llevarme a recorrer algunos paisajes. En el auto, entre una cosa y otra, retomo la entrevista:
   — ¿Cuándo se dieron cuenta que no querían otra cosa más que dedicarse al arte?
  — Desde pequeña, a los siete años, yo ya lo sabía. Mi madre me llevaba a algunos tallares a esa edad. Me fascinaba la línea y la perspectiva. Luego, me revelé de los mandatos de aquella época y, a los catorce años, empecé a buscar, sin saber en realidad qué, dónde o cómo. Eran tiempos en que nadie te informaba. Durante dos años, hice publicidad; después, otros dos de decoración de interiores. Luego de todo eso, encontré una escuela de arte, la Escuela de Arte “Manuel Belgrano”. De ahí, pasé a la Escuela Superior de Arte “Ernesto De La Cárcova”. Esta fue más que extraordinaria para mí. Supe entonces que este era mi destino, y puedo decirlo con una gran satisfacción.
 Carlos mira de reojo a su copiloto y se sonríe. Desde el asiento de atrás del auto, alcanzo a escuchar que simplemente agrega:
  — Probablemente, la creación viene con uno, como el canto de los pájaros.
  Nos bajamos en el estacionamiento de la universidad. Una vez que empezamos a caminar por la plaza que está frente a esta, Carlos me señala el mural que hizo en memoria de los derechos humanos durante la última dictadura, en la que el rector Mauricio López fue desaparecido y asesinado. Norma me cuenta que en la plaza de la ciudad hay también una escultura de ella, en homenaje a la mujer puntana.
  En varias provincias del país, ambos han dejado su testimonio. Sin ir más lejos, en el Parque Avellaneda de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, nos dejaron una parte, una muestra de su obra y su vida.
  — ¿Qué los motiva para producir sus obras?
  — Comunicarse con el otro de una forma íntima, interior —se adelanta Carlos—, como la hace la música, o la poesía…
  — Lo que me motiva a mí para producir mi obra es el ser humano: yo trabajo con la figura humana y todo lo que me impacta de esta.
  — Y ¿cuáles son los temas que les gusta tratar en sus obras?
  — Como dije recién, trabajo con la figura humana, y yo intento expresar lo que esta me provoca. La sufro, la disfruto; la siento en lo más profundo de mi persona. Así como también me duele y me enoja en ocasiones. La línea es algo que me emociona. Con la línea dibujo profundidad en el plano, y doy volumen en la escultura.
  — Los temas no tienen importancia —sentencia Carlos—. Lo importante es el sentido. En mi caso, es lo social, y trato de darle la mayor profundidad posible.
  La charla se dilata hacia otros temas y otras cotidianidades. Contemplamos el paisaje y, una vez que empieza a oscurecer, emprendemos la vuelta.


  Me invitan a cenar, y yo acepto gustoso.
  Hay una última pregunta que me quedó en la punta de la lengua desde que volvimos del paseo. Durante la cena, a la que acuden sus hijos y nietos, entre festejos, chistes y anécdotas, aprovecho para arrojarla sobre la mesa:
  — Ser creativos, ¿les resulta una necesidad o un placer?
  Norma se siente exultante, feliz, y derrama su verborragia con soltura.
  — Es una necesidad y un placer. Los materiales te desafían. En el dibujo, todos los elementos, aunque no sean convencionales, para mí, son utilizables. En la escultura, la madera, la piedra, la arcilla o el cemento cada uno está dotado de algo, de un estado que te enriquece. De la forma y del tamaño surge lo que deseás. Las ideas te conquistan, aunque no sepas de dónde salieron, aunque siempre sientas que hay una mejor, una que todavía te falta realizar. Las artes visuales son comunicación. Es muy difícil definirlo con palabras; nos llevaría horas de charla… Para mí, esto no es un comercio. Está bien, si uno puede, venderlo a quien guste de ello y lo sienta y sepa apreciar tu trabajo, pero la vida no es una vidriera.
  Carlos no dice nada. La cena sigue su curso y la alegría, los gritos, los chistes y las risas flotan en el aire de la sobremesa. Un rato después, me doy cuenta de que en realidad yo no pertenezco a ese lugar, que todavía tengo que subirme a un micro. Carlos me lleva en el auto a la terminal y aprovecha para decirme:
  — Creo que el hecho fundamental es la necesidad; después el trabajo, la soledad. El placer, el amor, las contradicciones, los afectos, las esperanzas, los sueños. El arte está en todo eso, en lo más cotidiano.
  Le agradezco todo de mil formas diferentes, nos abrazamos y me subo al micro. Durante el viaje, me cuesta conciliar el sueño. Observo el paisaje, los postes y el cableado al costado de la ruta. De a poco, los cerros, las lagunas y los colores van desapareciendo: se transforman en una llanura constante e insípida. En unas cuantas horas, de la llanura, empezarán a surgir algunas casas de chapa, luego pequeños pueblitos, publicidades, edificios, autos, humo, diferentes tonos de un mismo gris. Me quedo pensando. Finalmente, creo llegar a comprender qué es lo que me fascina de estas personas: ellos llevan, cada uno de los días de su vida, el arte a la vida misma. No como un ejercicio, sino como algo que naturalmente debe ser así. Esto tal vez sea lo que define a un verdadero artista. Cada instante, cada acto, por más nimio que sea, realizarlo con amor, pasión y dedicación, como si fuera una obra de arte en sí mismo. Y no solo producirlo, sino también celebrarlo. Al preparar una comida, al reunirse a cenar, al fabricar una lámpara, una silla o una mesa; al hacer el amor, al contemplar las cosas desde la belleza de su imperfección. Al intentar dar y ser siempre un poco más y mejor. Al vivir, y pensar cada día como si fuera el primero o el último del resto de nuestras vidas. ¿Será ese su secreto? No se los quiero contar. No quiero que lo sepan si es que me equivoco. No creo que les interese si estoy en lo cierto. Y se me escapa una sonrisa, en la oscuridad, en la soledad del micro. Siento una satisfacción que no sé si algún día volveré a tener, pero voy a trabajar para eso, como un verdadero artista, como ellos.




jueves, 16 de octubre de 2014

Lo que no ha de ser (crónica)




  La aceptación de lo inevitable. La impotencia ante la imposibilidad de esta premisa, la negación de lo evidente. Este tipo de cuestiones suelen conducir a ninguna otra cosa más que a la locura, la obsesión, la negligencia. La fe, de alguna forma, tiene algo que ver con eso. Schopenhauer lo sabía, sí; luego, Sartre nos dio las herramientas para que todos lo entendiéramos. Pero previamente, Joaquín Murat, conde, rey, hermano ante la ley y protegido de Napoleón, pudo intuirlo, adivinarlo, aunque no comprenderlo, momentos antes de ser fusilado. Testimonio en carne y hueso de esta imprudencia del alma humana que determinó su existencia. Y así fue que, siendo un virtuoso estratega militar, se dedicó en cuerpo y espíritu a un fin tan ruin y bajo, de forma tan magnánima y temeraria, que resultó en definitiva tan ineficaz como insignificante.
  Murat sentía una honda pasión por la música, aunque nada de talento poseía. Sentía también cierta inclinación hacia la teología, la cual fue, por algún tiempo, su objeto de estudio (una vez descartadas sus aspiraciones musicales), pero que finalmente abandonó. Nacido en la segunda mitad del siglo XVIII, en un pueblo pequeño y de pocas ambiciones cerca de los pirineos franceses, pasó su infancia entre los muros de la posada de su padre. Allí conoció a todo tipo de hombres, mujeres y culturas. Sus días trascurrían entre las tareas religiosas que su padre lo obligaba a cumplir y su ávida curiosidad por las misas y liturgias de la música sacra. En vano intentaba sacar algún sonido de un viejo violín que un viajero le había obsequiado; sus dedos no estaban hechos para esos afanes. Su voz tampoco era buena, apenas podía comprender la escritura de un pentagrama y carecía de la creatividad o la fuerza de voluntad necesarias para llevar a cabo esas tareas.
  Los aires de la época estaban cambiando. Podía sentirse a la revolución golpeando las puertas del nuevo siglo, para derribar el antiguo régimen. Murat, sin embargo, era tradicionalista, tanto en sus aficiones como en su ideología. Detestaba con ímpetu a sus contemporáneos (ellos, los músicos; filósofos y pensadores), profanadores de la belleza estética a la que había aspirado siempre. Detestaba, por sobre todo, a Joseph Haydn, a quien tuvo la oportunidad de conocer en su adolescencia. Haydn, por el contrario, nunca llegó a conocerlo a él, ni siquiera el día en que Murat lo asesinó.
  Franz Joseph Haydn sería el referente de todas las innovaciones en las formas musicales del siglo que estaba a punto de comenzar. A la vuelta de uno de sus viajes a Londres, se vio forzado a detener su camino por unos días en este remoto pueblo francés, en la posada del padre de Murat, junto a María Anna Keller, su esposa. Murat se sintió profundamente cautivado por la mujer desde el primer momento en que la vio. Ella, por su parte, se enamoró de la forma en que la cortejaba el joven. Desde ese momento, ambos mantuvieron, hasta la muerte de ella, una relación de amor y amistad que nunca llegó a concretarse físicamente.
  Aquel encuentro fue un punto de inflexión en la vida de Joaquín. Este decidió dejar de lado la teología, así como cualquier esperanza con respecto a la música. Lo único que le importaba era otra cosa: encontrar la forma de unirse a su amada. Entonces, lejos de María Anna, tras estallar la revolución, se enlistó en el ejército. Allí descubrió un inesperado y sorprendente talento para la planificación y la estrategia militar; al punto que, unos años después, Napoleón solicitó sus servicios, ascendiéndolo a general. También descubrió, con más satisfacción aun, que en aquel lugar disponía de los medios necesarios para lograr su objetivo. Napoleón mantenía estrechas relaciones con la familia real húngara de los Estheràzy, los principales benefactores de Haydn.
  Comenzaba a tomar forma su plan. Murat logró convencer a Anton Estheràzy de recluir a Haydn en el palacio que la familia real había comenzado a construir desde hacía treinta años, manteniéndolo como director de orquesta. La excentricidad de los encargos y pedidos de Anton, igualables a los de su padre, y el aislamiento en el que se encontraba ubicada la finca, generaron el desgaste y el deterioro tanto del músico como el de sus relaciones. Murat también convenció a Anton de hacer desaparecer todas las partituras que circularan de Haydn. Sus obras podrían ser escuchadas nada más que asistiendo a los teatros del palacio Esztheráza. La fama y la popularidad de la familia se engrandecerían aún más. Eso le decía Joaquín, para manipularlo.
  Murat había perdido a su dios hacía tiempo. A menudo se preguntaba cuál sería la mayor desgracia. En algún lado había escuchado que consistía en haber sido arrojado al mundo. Un siglo más tarde esta sentencia tomaría mucha fuerza. Él creía que la mayor de las desgracias sin dudas era nunca haber nacido. Algo de eso había en su estrategia. Él no pretendía simplemente asesinar a Haydn. Murat quería eliminarlo de la memoria de los hombres. No era suficiente destrozarlo, humillarlo. Esto significaría reconocer su existencia. Quería que el mundo olvidara que el nombre Franz Joseph Haydn había sido.
  Lamentablemente, con el comienzo del nuevo siglo, le llegó a Joaquín la noticia de la muerte de María Anna. Esto le provocó una herida que nunca se cerraría. Se puso descuidado, torpe en su accionar; sus pensamientos eran desesperados. Su desprecio hacia Haydn se acrecentó, aunque ya no importaba tanto el plan. Este carecía de sentido ya. Su ambición, sin embargo, no lo había abandonado. Se enfocó entonces en su carrera militar. Se casó con Carolina, la hermana de Napoleón. La expansión del imperio francés le daría la posibilidad de completar su obra y, finalmente, tras nueve largos años de espera, el recientemente nombrado Rey de Nápoles fue encomendado a liderar uno de los batallones en la toma de la ciudad de Viena, donde se refugiaba un Haydn ya débil y enfermo.
  La invasión fue exitosa. No podía ser de otra manera. Murat no vaciló. Entró en la casa donde descansaba el músico y lo asesinó mientras dormía. Con su fusil de percusión, apuntó al rostro y disparó. Lo desfiguró por completo. Luego se encargó de esconder el cuerpo. Nadie se enteraría de que había muerto. La única persona que él conocía que podía reclamarlo ya estaba muerta también: María Anna. Su fecha de nacimiento era incierta y todo registro de su obra había desaparecido, así como su relación con la familia real de los Estheràzy.
  Murat vivió lo suficiente como para enterarse de que, durante el tiempo en que él estuvo abocado a su plan, Haydn se había hecho famoso en Londres, en donde realizó algunas de sus más grandes obras. Luego de su desaparición y la posterior confirmación de su muerte, este fue mejor conocido por el mundo entero como el padre de la sinfonía y de los cuartetos de cuerda. Murat no supo contemplar estos detalles, no tuvo la serenidad o la capacidad para recalcular sus pasos, o para sospechar que, un siglo más tarde, la medicina forense podría contarnos la historia de aquella gente que ya no puede hacerlo. Desolado ante su fracaso, traicionó a Napoleón y, desde su reino, negoció con los austríacos para declararle la guerra. Al ser vencido, volvió a suplicar el perdón de Napoleón. Finalmente, fue derrotado en la batalla de Tolentino y hecho prisionero. Ante el pelotón de fusilamiento que él mismo alguna vez había comandado, Joaquín arengó a los soldados a que abrieran fuego.
  Murat no temía a la muerte. Temía el ser insignificante. No supo darse cuenta de que, habiendo dedicado tanto su vida a condenar al olvido, a la nada misma, la existencia de su antagonista, acabó siendo él intrascendente. Un personaje pueril y poco ilustre en la historia de la humanidad.

Si bien los datos de esta crónica son, en su mayoría, comprobables en cualquier biografía escrita con anterioridad, no existen registros de que Joaquín Murat haya asesinado al compositor o de que haya tenido relación alguna con su esposa. La causa, la fecha y las circunstancias de la muerte de Franz Joseph Haydn siguen hasta hoy siendo inciertas.




















Esta pintura fue hecha en pastel sobre papel en 1903, por Mikalojus Ciurlionis. Se titula Funeral Symphony. La pintura expuesta al inicio es de Joan Snyder, de 1970 (expresionismo abstracto): Symphony.

sábado, 11 de octubre de 2014

Laberintos

sentirse como
una rata
atrapada en un laberinto
que nunca buscó
y del que sabe
que hay una sola salida y es
esperar morir,
debe ser una de las dos
o tres cosas
más desesperantes y aterradoras
que alguien pueda sentir.
ser la rata
junto a aquella otra rata,
oler su destino
e intuir en este el propio,
su angustia,
sin llegar a comprender del todo,
se siente
más o menos parecido.
tal vez,
un poco más
triste.

Cóncavo y convexo de M. C. Escher.

Laberinto de David Burliuk.

Laberinto de Salvador Dalí.


miércoles, 27 de agosto de 2014

De lo que están hechos los hombres y de lo que están hechos los mitos

pequeño homenaje a Julio Cortázar...





  Me acuerdo, sentado en el piso del comedor de mi departamento, frente a la biblioteca, mientras la repaso con una mirada impaciente, y busco algo que de repente me urja a improvisar, y encuentro de repente, saco un libro… me acuerdo, digo, de una chica que solía sentarse a mi lado, en el piso, donde me encuentro yo ahora, con las piernas hacia los costados y entrelazadas y los dedos de sus manos enredándose sobre sus tobillos, a examinar los títulos y los autores, los ojitos dando saltos, y me preguntaba, y yo me quedaba observando sus labios… Me acuerdo. Y no es casual que el libro que saco me lo haya regalado ella. Lo abro y leo su nombre, por sobre el título, en la primera página; no su verdadero nombre, sino uno con el que fantaseaba. El libro está viejo y la edición es mala, pero fue un lindo regalo: fantomas contra los vampiros (o algo así), de julio. Un regalo perfecto en el momento perfecto, no es algo fácil de hacer. Ella amaba a Cortázar; está bien, ¿qué mujer no lo hace? Se la pasaba hablando de él. Yo, en ese punto de mi vida, ya hacía rato que no lo soportaba. Cortázar me había traicionado. Desde chico que lo leía. Y crecí imaginando un bestiario de criaturas mágicas y hermosas (algunas casi mitológicas, otras más terrenales) que, a pesar de parecer despiadadas y crueles a veces, había un romanticismo dentro de ellas que las llenaba de luz y que podía convertirlas en seres tiernos y leales, capaces de un amor noble. Soñé otras realidades, que había otra cosa más allá de los sueños; que las palabras guardaban una especie de magia dentro; que uno podía enamorarse perdidamente en las situaciones más insólitas, incluso varado en una autopista, y luego seguir con su vida; que había un amor que nos partiría como un rayo y, en realidad, generalmente es a uno solo al que parte… Yo le creía: convence, Cortázar convence. Sin embargo, a medida que va pasando el tiempo y uno va adquiriendo experiencia en el mundo, se da cuenta que leerlo es algo muy lindo, pero la vida no es un cuento de Cortázar. De hecho, está muy lejos de serlo. Y él parecía saber exactamente lo que querían las mujeres (un tipo fascinante julio, en verdad), aunque lo cierto es que no sabía nada: las mujeres saben lo que quieren las mujeres, si acaso, como cualquiera de nosotros. Algunos, como Cortázar, tenemos a veces el descaro o la cobardía de contarles qué es lo que quieren a ellas y, a veces, convencemos… fantomas, ese libro extraño y difícil que hoy tengo entre mis manos, gracias a esta chica, que hoy siento lejos, logró (el libro, ella) algo que yo ya creía imposible: me amigó con el hombre de los cronopios y de las famas. No es que le haya vuelto a creer, no. Para nada. Pero, con este libro, conocí a un Cortázar que hablaba de sí mismo en la cuarta persona, un Cortázar que se ponía cachondo en el vagón de un tren con una rubia italiana, pendeja, tonta… un Cortázar al que Susan Sontag le daba vuelta la cara por teléfono y hasta le reprochaba el hecho de que era un mamero. Es decir, un Cortázar más humano; no el mito romántico que han construido sobre él y que ya se nos sale hasta por las narices. Con este libro conocí también el gesto más lindo, encantador que alguien tuvo conmigo, de una ternura totalmente impulsiva, como un cuento de él precisamente. Ella parecía haber salido de uno de ellos: con el pelo prendido fuego, ojos de mar, unos labios fervorosos, inquietos, y una piel tersa, rosada que desbordaba picardía. Yo solía quedarme mirando sus ojos como si dentro de cada uno de ellos hubiera encontrado el aleph del que hablaba Borges. Y ya no quería saber más nada, me perdía. No me importaba nada de lo que sucediera alrededor, antes, después, más tarde: ya estaba todo ahí, en esos ojitos verdes. Pero ella no lo hubiera entendido. No le gustaba Borges, no sabía lo que era un aleph. Y el movimiento de su cuerpo al caminar me recordaba a una de las enfermeras del doctor Havel, del libro de los amores ridículos de Kundera. Y era ridículo realmente. Ella tampoco conocía ese libro. Y, después de todo, ella se me parecía más a la señorita Cora o a la enmarañada Delia; y, de cuando en cuando, cuando estaba entre mis brazos por ejemplo, me sentía un pobre ingenuo, trágico, mitológico. Y eso, aunque ella lo habría entendido, no se lo iba a decir. Y sigo entonces pasando con indiferencia las páginas del libro, de fantomas, mientras pienso e imagino su vocecita diciéndome algunas palabras en francés. Trato de recordar qué fue lo que me dijo la primera vez que salimos. Esas palabritas que nunca quiso decirme en castellano. Es inútil: no me acuerdo. Y me detengo, de repente, en una página, y leo. Y estas tal vez sean las palabras más lúcidas que mi amigo, julio, alguna vez escribió: “Menos mal que Borges ya se jubiló”, decía el narrador.



















viernes, 22 de agosto de 2014

Despedida (ana)

Este amor
que no sabe de imposibles, a menos
que todo sea posible…
… este amor que es un accidente
esperando suceder,
un ascensor de servicio hacia la nada.
Un jardín en el paraíso, sin serpiente ni manzana;
una sospecha evidente,
una palabra impronunciable,
un impulso premeditado,
una promesa eternamente postergada.
Un día de los enamorados,
todos los días,
sin las flores, ni el sexo o las caricias.
Un vestido que ya no te queda...
... una balanza
que me marca un kilo menos
cada día.

Y es este sentir inabarcable que no deja de desearte
y tu deseo torpe de sentirme,
que se quedan en eso, nada más.

Este amor
que no lo predice ningún astro o superstición,
ni el infinito puede contenerlo.
No hay paradigmas que puedan condicionarlo,
y avanza contra todas las opiniones;
sí, este amor que solamente existe en nuestras intuiciones,
atravesadas por desencuentros
que se confunden
en estas ganas de querer
aprender a querernos.

Y es también
este paisaje hoy desierto de sensaciones
por la ventana de un tren que va a ninguna parte.
Es un viaje al olvido que está
siempre interrumpido,
mientras alguien en el pasillo besa un rosario
a la hora que los santos
quieren confesarse.

Este amor es una locura razonable,
un tango en tres por cuatro,
un suspiro que se nos vive escapando;
un sueño insomne en la madrugada...
... una duda,
una corazonada.
Un suspenso tortuoso entre nuestros cuerpos,
atacados por una ansiedad
desbordada.

Es, una y otra vez,
este sentir enajenante que no deja de desearte
y ese deseo terco de sentirme...
... que quedan en eso, nada más.

Es esta vida en blanco y negro,
y eso de andar
partido a la mitad.

Es estas ganas de mirarte y no pensar
y volver a mirarte una vez más.
Esas ganas que te arden
de decirme que querés que me quede
solamente un rato más.
Es arena entre las manos,
es cansancio;
lluvia que no moja.

Y es que este amor que me atraviesa
quiere besarte el alma,
y se desarma antes de tocarte...
... y trae consigo esa angustia inapelable
de saber
que este amor está condenado
a quebrarse
en ese mismo instante en el que
quiere ser.

Danae. Gustav Klimt.




















tonos de gris





























ella me telefoneó desde alguna ciudad,
lejos:
“nunca pude discutir con vos”,
me dijo,
“siempre salías corriendo.
mi esposo no es así,
él se me pega, no me deja estar;
me pega”.

“nunca creí en las discusiones”,
le dije,
“no hay nada que discutir”.

“te equivocás”, dijo ella, “deberías
tratar de comunicarte”.

“esa palabra, comunicar, se abusa de ella; como
de amar”, le dije.

“pero ¿no creés que dos personas se pueden
amar?”, preguntó.

“no si se tratan de comunicar”,
le contesté.

“estás diciendo pelotudeces”,
dijo ella.

“estamos discutiendo”,
dije yo.

“no”, dijo ella, “estamos tratando de
comunicarnos”.

“me tengo que ir”, dije yo y
colgué y luego
descolgué el teléfono.

me quedé mirándolo.
lo que ellas no entendían era que,
a veces, no hay nada que
agregar
a una vindicación personal de un
punto de vista personal
y que era eso lo que iba a provocar
esa luz cegadora
alguno de estos días.

out of the blue, de charles bukowski.
Traducido por Paulo Manterola.

* La pintura pertenece a Pat Lipsky y se titula Blue, grey not touching.

elogio de una dama y su infierno

algunos perros, que duermen por la noche,
deben soñar con huesos;
y yo recuerdo tus huesos
entre tu carne
y, mejor aún,
en ese vestido verde
y esos zapatos negros de
taco alto.
siempre insultabas cuando
tomabas,
tu pelo resbalaba por tu oreja, querías
arrancar de vos
todo aquello que te perseguía:
recuerdos podridos de un
pasado
podrido, y
finalmente lo
lograste:
al morir.
dejándome en un
presente
podrido:
hace veintiocho años
que estás muerta
y todavía te recuerdo
mejor que a
cualquiera de las otras;
fuiste la única
que entendía
la futilidad de este
arreglo con
la vida;
las demás solamente estaban
disconformes con
algunas cuestiones triviales,
criticaban
absurdamente los
sinsentidos.
Jane, te
asesinaron por saber
demasiado.
Tomo este trago
por tus huesos, con
los que
este perro
sueña
todavía.

eulogy to a hell of a dame (charles bukowski)
Traducción: Paulo Manterola.




















Perro semihundido o, más simplemente, El perro, es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa que Francisco de Goya adquirió en 1819.
En su estado actual, el cuadro, muy austero, solo presenta la cabeza de un perro escondida o hundida sobre un plano inclinado de ocre oscuro y un espacio vertical en ocre más claro, todo ello exento de cualquier otra figura. La mirada de la cabeza del perro se dirige hacia arriba, y podría representar la soledad.
En reproducciones fotográficas realizadas por J. Laurent, entre los años 1863 y 1874, antes de ser arrancada la pintura de los muros de la Quinta del Sordo, podría apreciarse un paisaje de fondo formado por una gran roca y unos supuestos pájaros a los que el perro mira. Posteriormente, se pronunciaron diferentes opiniones, incluyendo la de que el perro observa interesado a dos pájaros que vuelan, o que el artista no terminó El perro, pero ninguno es argumento concluyente: ni siquiera podemos asegurar que el animal se esté hundiendo. 
(http://es.wikipedia.org/wiki/Perro_semihundido).

miércoles, 20 de agosto de 2014

Una niña perdida (y mis entrañas temblando...)

Pequeño homenaje a William Blake,
por decir algo nomás.


















"Si estás dispuesto a montar la escena; no es de William Blake. Si estás dispuesta a devorar estrellas que sacien tu sed". 
- El camino del exceso, Enrique Bunbury.

I. Está perdida, señorita
    y no le asusta.
¿Seguirá su cuerpo atrapado
en la mente de una niña,
aun si encuentra
    lo que busca?

II. Aun si estas aguas te abrazaran
y sus olas, más te elevaran.
Saber no podría, tu cuerpo, ya en la cima:
    mar adentro,
    solo traga.
Aun si despertaras con el sol en tu frente
y nunca más, las estrellas altivas,
coronaran tu miseria.
Saber debería, tu alma, vana y hambrienta:
    no habrá nada tan oscuro
    como el resto de tus días.
Aun si pudieras
    quemar despacio tu existencia,
sin ansias ni pasiones
y los pétalos de tus días nunca tocaran la tierra:
No podría yo tocarte,
    no estarías conmigo…
… no estarías perdida.

Aun si bramara desesperada tu nombre
esta bestia desfallecida,
    abandonada a tus pies.
Saber no podría, tu corazón, lánguido y torpe,
    que solo quieres su abrigo,
    no te importa su piel.

III. Aun si escucharas mis entrañas temblando
cuando estás ausente
    o hay duda en tus ojos.
No comprenderías el significado
de haberte encontrado
perdida en mi suerte,
    arrojada a mi antojo.

IV. Entonces,
    está perdida, señorita
    y ahora le asusta.
¿Podrá darse cuenta por sí misma
    que su verdadera grima
está en encontrar
    lo que cree que busca?

V. Y te vas dando cuenta ahora
que los poetas
viven prendidos a un mundo de ficciones
    disfrazando,
con solemnes alabanzas,
caprichos y obsesiones.
Sabés ahora:
los filósofos, en sus cavernas,
son nada más que hombres desesperados.
    Y no saben de fe
más que la que ellos mismos
han inventado.
    Y notarás que los hombres
pasan casi toda su vida
en una cárcel
por ellos mismos construida.
Y sabés, mujer:
aún sos un misterio
porque de otro modo no
nos interesarías.

VI. Y confieso:
estoy perdido, señorita,
    y es claro,
    esto realmente me asusta.
¿Seguirá mi mente atrapada
en su corazón, niña,
    aun si mi sed no cede
con todo aquello
    que busca?