jueves, 26 de noviembre de 2015

Comedia finita est

retorno al sordo caos del mundo




  A su alrededor, había nada más que silencio, a donde sea que fuera. Solamente el constante ruido dentro de su cabeza lo trastornaba. Y era este, el que no lo dejaba entender sus emociones, sus pasiones, o las de cualquier otra persona. Incesante, no le permitía estar consigo mismo. Hubiera deseado un poco de ese silencio al que los demás estaban condenados, un poco. Tantas cosas para decir. Pocos querían escucharlas, nadie. Insultos, quejas y padecimientos, más que cualquier otra cosa. Y todo ese ruido, desbordándolo. Necesitaba traducirlo en otra cosa, algo más extraordinario, más noble. No descansaba hasta sentir que lo había logrado, nunca. De ahí venían todos sus dolores y molestias. Y lo conseguía. Pero, quizás, no siempre podemos ver la grandeza en algo que al mismo tiempo nos repugna. Suele suceder.
  Y eso que estaba por suceder iba a matarlo.
  Eso vino una de esas noches en las que él se sentía bien, que eran de las menos. Se mostró ante él de la misma forma que el deseo o el miedo mismo; como una musa, de esas que decían ya lo habían abandonado, incluso con la novena.
  La noche era lenta. Él estaba sentado frente a un piano, que casi nada le decía ya. Estaba acostumbrado, de todas formas; podía articular sus cuerdas vocales cómo así lo quisiera. Dejaba pasar el vino por su garganta; el aire se sentía pesado en el cuerpo. No pudo sentir el hedor cubriendo la habitación, el suelo, los muebles. En todo caso, pensó que era suyo. Sentía las manos calientes mientras jugaba con las teclas. La frente le ardía; su corazón, también. Las imágenes sonoras se agolpaban en su cabeza. No vio esa sombra reptar por sus espaldas, apenas si sintió una molesta comezón en su nuca.
  Todas las notas comenzaron a caer en el lugar correcto. Era magnífico, glorioso. Le costaba creerlo.   Tantas notas como sonidos había dentro de su cabeza. Casi no podía comprenderse a sí mismo. Así de imposible parecía esa melodía. Esa sensación no era comparable a nada que existiera para él. No había nada humano que pudiera provocarle tanta pasión. Quién podría comprender; hacía rato que era ajeno a todo.
  Finalmente, su dedo angular cayó sobre la última de las teclas que tocaría esa noche. Se sentía afiebrado, exhausto. Hizo algunas modificaciones a los últimos compases y comenzó a releer la obra desde el principio. Había perdido noción del tiempo. Estaría por amanecer, pensó, pero habían pasado apenas unos minutos desde que se había sentado a tocar. Todavía tenía una sensación extraña en el cuerpo; los nervios tensos como las cuerdas del piano, desgarrándolo por dentro. Sus ojos no podían comprender lo que estaba leyendo. La fiebre subía cada vez más; deslizaba las hojas horrorizado. Se desmayó.
  Al despertar, la partitura había desaparecido. Se quiso convencer a sí mismo de que la había destruido momentos antes de perder la conciencia, de que podría reproducirla nuevamente. Fue inútil, aunque lo intentaría todo el resto de su vida, una y otra noche. Ese ruido en su cabeza. Todos sordos a su alrededor. Ahora él también se sentía así consigo mismo: nada lograba tranquilizarlo. Los críticos de todo el mundo lo detestaban. Sus discípulos le habían perdido el respeto; sus amigos ya no le tenían paciencia.
  Sin embargo, años más tarde, durante sus últimas horas de vida, todos ellos estaban ahí, compadeciéndose de este hombre atormentado, delirante y postrado. Descansaba en una de las habitaciones del lugar que había habitado los últimos años. Todo era inmundo ahí. Olor y manchas de vómito y excreciones por doquier.
  Entonces, entró a la habitación donde él yacía una niña que traía entre sus manos una caja de música con carillón. El aire se cortó al abrirse la puerta. Todos se sobresaltaron al ver a la chiquita cargando ese objeto deslumbrante, enorme, pesado. Uno de los jóvenes discípulos del maestro intentó ayudarla, pero ella lo miró con desprecio; el joven retrocedió inmediatamente. Lo cargaba sin problemas la pequeña. Se acercó a un costado de la cama, lo depositó en el suelo, cerca de la cabecera, y lo saludó agitando tímidamente su mano izquierda y con una sonrisa horrenda. Él no sabía por qué, pero estaba terriblemente contento de verla. No la reconocía. Una expresión de alivio colmó su rostro. Ya no sentía dolor. No más ruido. La besó en la frente, después tosió y se inclinó hacia el otro costado de la cama para escupir. La sangre caliente quemó la madera del suelo. La niña se echó a llorar y salió corriendo de la habitación entre el tumulto de gente, que observaba extrañada la escena. Él se incorporó, se rió y balbuceó unas palabras en latín que nadie entendió. Les pidió a todos que lo dejaran descansar unos instantes. Una vez solo, abrió la caja depositada junto a su cama y la música comenzó a sonar. No pudo evitar estremecerse. La felicidad, el horror. Se sentía extasiado y aterrado al mismo tiempo. Cerró la caja tan pronto como pudo.
  Nadie debía escuchar esa hermosa y delicada maraña de tormento, nunca. No mientras estuviera vivo. Ese artefacto imposible debía ser destruido. Se agitó. Intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas. Comenzó a convulsionar y a toser. Se ahogaba. La piel se le resquebrajaba. La fiebre lo abrazaba, la locura. Instantes después, murió.





















La primera pintura pertenece a Oscar Domínguez; se titula Caja con piano y toro. La segunda, a Andy Warhol, titulada simplemente Beethoven.

Este cuento refiere a la historia detrás de la historia de un cuento anteriormente escrito por mí: Las músicas atroces