jueves, 16 de octubre de 2014

Todos somos Falafafa




  La enfermera reemplazó la bolsa vacía del suero por una nueva. Chequeó que todo estuviera bien, controló el goteo, reguló la dosis, se lavó las manos. Rezarle a algún dios sería más efectivo, pensó. También, a veces, imaginaba que se le escapaba un poco de aire por el catéter. Le hacía gracia la idea. Como el suero que ahora tiraba a la basura, el pueblo había quedado vacío, en una soledad transparente. En el hospital, quedaban nada más que dos médicos, tres pacientes –que estaban agonizando– y ella.
  El cementerio estaba detonado, en el sentido literal: se le había ocurrido a ella la idea de dinamitarlo, para evitar los malos olores. Y, como ya no quedaban chicos, a todos los que siguieron los fueron enterrando en el parque infantil del hospital o en la plaza principal. Habían tenido que improvisar. Qué más daba. También, habían tenido que aprender a cavar. Y, cuando se cansaron de cavar, empezaron a incinerar los cadáveres. Señales de humo caníbales, pensó ella, y se le escapó una sonrisa mientras metía a uno en el horno de barro de la pizzería del pueblo. Los médicos la miraban raro cuando tenía esos desatinos, pero ¿por qué no lo hacían ellos si tanto les molestaba? No eran tan hombres para algunas cosas. Y no era gracioso, no. Pero qué más se podía hacer que reír.
  Pocas personas habían podido irse antes de que se volviera una epidemia. Y, si a alguna autoridad le hubiera interesado la existencia del pueblo, lo habrían puesto en cuarentena. Las personas que se habían quedado fueron muriendo una a una; al principio, de una manera impulsiva y, después, más paulatina. Murieron primero pilotos, choferes, capitanes, periodistas, locutores, carteros, telefonistas, administrativos, operadores. Después, jueces, intendentes, policías, bomberos. Así, el pueblo quedó aislado y desprotegido. Curiosa era esta peste: parecía actuar con inteligencia propia.
  Desde un principio, más allá de sus pequeños lapsos de insensibilidad y otras distracciones, ella nunca abandonó a sus pacientes hasta el último aliento de cada uno de ellos, aún a los que estaban más graves, sin importar qué. Era una mujer fuerte y con carácter. A los médicos, parecía costarles creer que todavía siguiera viva. Tal vez sus diferentes fobias a la suciedad y a los gérmenes y su obsesión con los métodos antisépticos habían ayudado. De modo que empezaron a imitarla: cuando ella se lavaba las manos, ellos también lo hacían; se habían vuelto más prolijos y metódicos, y parecía funcionarles. Ella los miraba raro, trataba de descolocarlos, modificaba algunos rituales, inventaba otros: les tomaba el pelo. Pero lo cierto es que no podía ver un hilo de polvo. Le pasaba el plumero hasta a las macetas. Y, ahora, cada vez tenía más trabajo: tenía que ocuparse de limpiar las calles, las mesas de los bares, las plazas, las tumbas, su casa y, además, cuidar de los últimos tres pacientes y de los dos médicos. Por su parte, ellos poco podían ofrecer más que paliar el avance del síntoma que, en definitiva, era tarea de ella. Si bien no los había matado, la peste los había vuelto enfermeros que, para ellos, era peor que estar muertos.
  En la mayoría de los casos, la gente se había ido muriendo antes de que pudiera llegar al hospital y, una vez que los forenses habían muerto también, los cuerpos ya no tenían utilidad alguna. Por otro lado, a los que habían ingresado al hospital, les habían hecho todo tipo de estudios, que no mostraron nada relevante: todos tenían tantos síntomas que no se podía hacer ninguna reducción. Y, además, daba miedo acercarse a ellos. Finalmente, quedaban al cuidado de ella, que ahora era la que manejaba el lugar.
  Los últimos tres pacientes murieron el mismo día, una mañana de domingo. Ella ya se había acostumbrado, no se inmutó. Los médicos, una vez que lograron salir del espanto, se sintieron contentos: pensaron que tal vez todo había terminado, que con esos tres se había ido la peste también, y se encargaron ellos mismos de incinerarlos. Sin embargo, después de algunos días, empezaron a sentirse un poco mal. Al primer síntoma de malestar, ellos mismos se internaron y le dieron específicas instrucciones a la enfermera, que siguió al pie de la letra. Pero no hubo caso. Uno murió el jueves de la semana siguiente y el otro, dos días después. Todo se había reducido a ella, solo a ella.
La señora Alicia Tantula, única habitante de Falafafa. Quién iba a imaginarlo. La chica a la que, a sus veinte años, le habían diagnosticado una enfermedad rarísima en la piel que parecía ser terminal. Razón por la que había estudiado medicina, precisamente, pensaba ahora. Ella había preferido dedicarse a la enfermería, aunque los exámenes para convertirse en médica los había aprobado con facilidad. De esta manera, tendría fácil acceso a distintos materiales para fabricar una cura. Salió de ese hospital que la había visto dar sus primeros pasos en la profesión, cruzó la calle y se dirigió a la plaza principal, al bar de una de las esquinas frente a esta. Agarró una botella de vodka de detrás del mostrador, un vaso de vidrio y se fue a sentar en una de las mesas de la vereda. Limpió el vaso varias veces, la botella, la silla, la mesa. Después, se sirvió dos medidas; un exceso quizás, pensó. Era mediodía y corría una brisa amable. Se acercaba la primavera.
  Pensó en lo que le había costado encontrar la cura para su enfermedad. Se sintió orgullosa de sí misma. Gracias a eso, hoy estaba ahí. Pensó en el momento en que descubrió que su cura, aplicada a cualquier otra persona, resultaba mortal, sin excepciones. Pensó también cuándo se le había ocurrido usarla por primera vez. Había sido con su primer novio. Nada premeditado, sino más bien accidental. Y su muerte también se tomó como un accidente ya que no había sido posible identificar una causa precisa. De todas formas, se lo merecía, pensó ella y se rio. No era un hombre de lo más correcto y estaba sospechado de abusos sexuales, entre otras, a una amiga de ella. Después, recordó el momento en que se había dado cuenta de que esto podía pasarle a otras personas quizás, otras que también merecieran tener un accidente. Quién, cualquiera que sea, no merecía tener un accidente para algún otro cualquiera también, se decía. Y así, uno por uno, hasta llegar a ella, a esa tarde. Sabía bien que, ahora, ella lo merecía más que nadie: había logrado eliminar todo un pueblo. Sin embargo, dudaba. No parecía tener el valor o el altruismo suficiente para suicidarse. En el cajón de un armario de su casa, había dejado una libreta en la que había anotado todo, desde el primer día, así como la fórmula que había inventado. También le había enviado unas fotocopias por correo a una amiga, la amiga que había sufrido los abusos, cuando todavía había alguien que despachara el correo y con la seguridad de que el paquete no llegaría antes de que ella pudiera terminar con su cometido.
  Tal vez dios la hubiera detenido… o no, pensó.
  Sacó un frasco de uno de los bolsillos de su uniforme y le agregó un poco de cianuro a la bebida servida. Repasó con el dedo la superficie de la mesa y comprobó su pulcritud. Se felicitó en silencio. Los rayos del sol trasparentaban todo, a ella también. Sintió la brisa rozar su piel enferma, mientras jugaba con el vaso.





















Esta pintura fue hecha en pastel sobre papel en 1903, por Mikalojus Ciurlionis. Se titula Funeral Symphony. La pintura expuesta al inicio es de Joan Snyder, de 1970 (expresionismo abstracto): Symphony.