jueves, 30 de agosto de 2018

Oquedad


¿Estás dispuesto a devorar estrellas que sacien tu sed?
Enrique Bunbury

  El olor a pis lo despertó. No quería abrir los ojos, volverlo real. El simple hecho de ir a alguna farmacia a comprar pañales para adultos le daba asco, esas palabras, más incluso que tener que salir al patio a las seis de la mañana para buscar unos trapos limpios, tener que sacarle la bombacha a la madre, higienizarla, limpiar el colchón y después regresar al patio para fregar los trapos y la bombacha. Por lo menos, ese era, de alguna forma, un acto privado, un nuevo ritual solitario y silencioso que se había impuesto desde hacía unos días. A veces, se repetía por las noches; entonces, esperaba hasta tarde a que los pasillos se callaran.
  Esta vez, al terminar, le dio un beso en la frente a su madre y se dirigió al baño, aprovechando que pocos se despertaban tan temprano para mantenerlo ocupado. Mientras se lavaba los dientes, pensó en el sueño que había tenido, sin saber bien si sentía excitación o culpa. Al enjuagarse la boca, tuvo la sensación de estar masticando tierra. Escupió y, entre los restos amarillentos, vio unas bolitas negras diminutas. Se miró al espejo y abrió la boca. Entre las primeras muelas, tenía una manchada. Se tocó el diente. El dolor le hizo lanzar un grito que tapó con la mano sobre su boca. Se palpó la piel reseca, se restregó los ojos, intentó sacarse esas lagañas de perro que tenía. Se dio un sopapo y se metió a la ducha.
  Cuando cortó el agua, pudo escuchar las voces de la gente que ya hacía cola frente a la puerta. Se secó, se vistió y bajó a la entrada a buscar el diario. No había nadie. Le sacudió la mugre del mostrador y se alejó mientras leía los titulares de la portada. El diario en sí, le importaba poco o nada –excepto los suplementos de los martes–, pero la costumbre de ponerse a leerlo durante el desayuno reconfortaba de alguna manera a su madre, como si eso le hiciera sentir a ella que el mundo no había cambiado tanto desde otros tiempos mejores.
  Subió las escaleras, cerró la puerta de la pieza y puso a calentar la pava en el anafe. Mientras, despertó a su madre, la depositó en la silla de ruedas y la colocó frente a la mesa. De su boca, no se escuchó nada más que un lamento ahogado cuando la movió. Él le contaba de su trabajo, de los chismes de los pasillos, y otras tonteras. Ella lo escuchaba fascinada, con los ojos bien abiertos. La yerba del mate estaba vieja, dejaba en la boca la sensación de haber lamido el piso, pero su madre ya no distinguía mucho los sabores, ni nada. Antes de apagar el fuego, ablandó tres panes, dos para ella y uno para él, y sirvió todo sobre la mesa. Después del primer mate, le cantó los números de la lotería publicados en el diario, mientras ella sostenía el ticket con un gesto fruncido: el mejor de sus hijos, el que no había caído en la bebida ni en la pobreza extrema, el que se las había arreglado para darle un lugar para dormir, tener un trabajo estable, desperdiciando el tiempo y el dinero en esas estupideces. Él le decía que el día que la sacaran se iba a arrepentir, pero que igual le iba a dar todos los gustos: “No es tu culpa, viejita, que tengas esas ideas locas. Ya vas a ver, mañana ganamos”. Le leía en voz alta la sección de policiales, evitando algunos detalles escabrosos quizás.
  Al dar vuelta una página, se quedó mudo. Una nota sobre un asesinato le llamó la atención. El texto decía que se trataba de un hombre discapacitado, de cincuenta y pico de años, como se veía en la foto: calvo, pálido y obeso. También decía que el crimen se atribuía a una banda mafiosa o a una vendetta, por la atrocidad de los hechos: el hombre había sido irrumpido en su propia casa y atado; después, torturado con quemaduras, golpes y descargas eléctricas, mutilado –su lengua había sido encontrada en el depósito de la basura–, y, por último, degollado. Las fotografías detallaban todo con una crudeza atroz: el rostro de la víctima, la escena, los hechos, todo tenía un parecido increíble con unas imágenes que, desde hacía varias semanas, se le manifestaban repetidamente mientras dormía o, en ocasiones, mientras caminaba, o frente a la computadora, o recostado, cuando cerraba los ojos, como “descargas”. La última vez había sido el 17 de enero, lo recordaba, hacía tres días. La brutalidad y la semejanza con sus ensoñaciones lo mantuvieron perturbado. Pero quién era él para decir qué, o cualquier otro: eran delirios, nada más. Y, aunque él no sabía mucho de qué se trataba la psicología, esta parece afirmar lo mismo: las fantasías no son más que eso.
  Dejó el diario sobre la mesa con un gesto enajenado, tragó un poco más del flujo del mate, le dio un beso en la frente a su madre y salió hacia la parada del veinticinco, que le quedaba a una cuadra (o trescientos ocho pasos, según llevaba anotado mentalmente). Era un viaje de alrededor de cuarenta minutos. se bajaba en la segunda parada después de doblar en la avenida Caseros, frente a la plaza Florentino Ameghino, y caminaba dos cuadras y treinta y cinco metros (o setecientos veinte pasos) hasta la oficina de envíos postales y pago de servicios. Este local en el que trabajaba tenía pocos clientes por día; se agrupaban algunos, más que nada, entre las once y las dos. Después, se ocupaba también de trascribir información –correos, direcciones, notificaciones, montos– a las bases de datos de otras empresas, junto con su compañera, de unos treinta y algo, varios años más joven que él.
  La relación entre ellos era simbiótica, sin saberlo, para los dos. En un principio, algún que otro gesto simpático de parte de ella había sido suficiente para él para que le contara a su madre que había conseguido novia. A veces, soñaba con ella. La había conocido un 21 de febrero de 2002, el día que ella empezó el entrenamiento que le fue pedido a él que le impartiera. El 20 de abril de ese mismo año, él le había propuesto salir a almorzar juntos, y al mes siguiente; el 3 de junio, le había comentado lo que sentía por ella.
  Los recuerdos eran selectivos. No recordaba su insistente acoso, con regalos, flores, bombones, cochinitos, piropos, a los que su compañera respondía siempre con una sonrisa. No recordaba la indiferencia de la chica, la repulsión que le generaba, la cara de asco que ponía cada vez que él le decía algo chancho cerca del oído. En muy pocas ocasiones, ella prendía su computadora. Se la pasaba, más que nada, mirando fijamente sus apuntes de la carrera. Cuando ella se ausentaba, él se ponía a inspeccionarlos, intentaba leerlos: Psicología del Aprendizaje, Neurociencia, Psicopatología, etc., todos sin una sola marca. En realidad, como lo hacen los gatos también, ella solía usar el tiempo para pasarse toallitas húmedas por la piel o pintarse las uñas: la hora del baño, como le decía él mientras espiaba de reojo.
  Ese día, no obstante, él no se sentía bien. La similitud entre la noticia de la mañana y sus sueños o “descargas” le habían dejado una sensación de extrañamiento que no sabía definir. Podría haberle preguntado algo a ella, aunque fuera de manera indirecta, pero no estaba dispuesto a quedar como un ignorante. Entonces, durante su hora de almuerzo, se hizo el tiempo para ir a una librería y buscar alguna publicación que hablara sobre ese tipo de cosas: sueños lúcidos, apariciones, interpretación de los sueños, lo que fuera. Lo único que encontró, sin embargo, fue un libro sobre la numerología y los juegos de azar, aunque no considerara que el azar tuviera algo que ver con eso: en algún momento, iba a ganar, tarde o temprano. Con paciencia y optimismo, él obtendría lo que merecía, estaba convencido. Los textos que le había recomendado el vendedor no le sirvieron de nada: ninguno explicaba eso de que los sueños y las fantasías nos permiten fabricar mundos imaginarios, que en ellos la lógica y la moral se encuentran suprimidas, que surgen como un mecanismo de defensa para evitar pensamientos o emociones que nos generan frustración o miedo.

* * *

  Al día siguiente, su compañera no se presentó. En los dos años de trabajo que habían compartido, ella se había ausentado nada más que tres veces: un 5 de marzo, un 13 de julio y un 30 de octubre del último año. Él lo recordaba muy bien, contaba con una memoria privilegiada para los números, aunque no para muchas cosas más.
  Lo cierto era que, ese día y el siguiente, ella faltó. Nunca había pasado dos días seguidos, lo que lo preocupó bastante. Su ausencia le generaba angustia, y no solo eso: se había acostumbrado a la idea del noviazgo que le contaba a su madre, de hecho, le había prometido que un día la llevaría a cenar, para que se conocieran. Ahora no sabía qué hacer consigo mismo. Ella no contestaba su celular. Él lo marcaba una y otra vez, cada vez, todos los números, primero despacio, después más agitado, sonaba siete veces y, a la octava, atendía el contestador. Al tercer día de ausencia, contestó. Lo saludó como si nada, como si no hubiera visto quizás todas las llamadas perdidas en su teléfono, como si no le faltara él, como si las toallitas húmedas que él compraba todos los días no desbordaran el botiquín de la oficina ahora. 
  Ella le dijo que había renunciado, que ya sabían en el local. Estaba embarazada y había decidido ir a vivir a Tucumán con su pareja, donde él tenía un buen trabajo. Le pidió que lo disculpara por no haberle avisado, pero se había tenido que mudar casi de un día para el otro. Le preguntó también si había ido el dueño o alguno de los hijos, o si le habían traído algún reemplazo. Hubo un largo silencio. A él se le vino a la cabeza, entonces, esa primera noche en que había soñado con ella, el 26 de junio de 2002, un sueño desagradablemente erótico y violento, que hasta le daba vergüenza recordar. Ese día, se sintió definitivamente enamorado. Con la voz entrecortada, le dijo que no, que no había ido nadie, y le cortó sin más.
  Eran las dos de la tarde, y el local cerró. Solamente en el camino de vuelta a su casa, hundido en un asiento del veinticinco, se dio cuenta de que podía llegar a pasar el dueño. Pero esto no le dolía ni le preocupaba más que la ausencia de su compañera. Cuando entró a la pieza, la madre dormía en su silla. Se tiró en su colchón y cerró los ojos con fuerza, para soñar otra vez con ella. Pasaron horas, y no pasó nada. No pudo dormir. Decidió, entonces, que su madre no lo podía ver de esa forma a su tesoro, su protector. Una putita no le puede arruinar ni una cena a mamá, pensó. Se levantó y despertó a la madre, le preguntó qué quería comer. Ella le contestó algo muy bajito al oído. En la calle, no podía dejar de pensar en su compañera y en cómo sería el tipo ese que se la había llevado. El mundo parecía pasarle por el costado, sin tocarlo. De repente, sintió una descarga: la vio claramente, entre un abrir y cerrar de ojos, con la panza crecida, siendo destrozada, empapada del sudor hediondo de él, violentada. Se asustó, chocó con la gente. Se detuvo, respiró, intentó calmarse, y después volvió. Saludó a su madre con un beso fuerte en la frente y se puso a preparar la comida.
  Mientras cenaban, él le comentó que la semana siguiente iba a traerla a su novia, para que comieran los tres, que habían estado hablando de casarse y, si se llevaban bien, de vivir juntos con ella en algún otro lado. Se lo creyó él también. Tenía que seguir siendo el distinto, el especial, por lo menos para ella. La madre, sin parar de meterse comida a la boca, lo miró y le sonrió, con sopa en los ojos. Él se quedó observándola mientras ella se esforzaba por hacer pasar el bolo de comida. Quiso llorar por un momento, pero se contuvo. Le dijo que, antes, tenía que irse por unos días, que la empresa iba a abrir una sucursal en Tucumán y le habían pedido a él que vaya a supervisar, que le iba a dejar comida preparada y le iba a pedir a “doña pelos” que mande a alguien para ayudarla. No quiso ver la reacción de ella. Después, prendió la radio y no quiso mirarla más. La búsqueda de satisfacciones internas, dicen los expertos, a veces, se sostiene en ilusiones que, por lo contrario, son externas.
  Cuando terminaron de comer, recostó a su madre, se echó y pudo dormir y, entonces, soñó con su compañera; un sueño desaforado, como las imágenes que se le habían aparecido en la calle. Con toda su angustia, su impotencia, su cariño y su fuerza, la destrozaba otra vez en su alucinación y, finalmente, la quemaba viva. Al despertar, hundido en el colchón, volvió a sentirse triste y desesperado. El olor de la madre era fuerte esa mañana. 
  Mientras hacía su rutina del patio, los trapos, la lavandina, pensó, por un momento, en quién la iba a limpiar al día siguiente, y decidió olvidarlo. Cuando salió de la pensión, no fue a trabajar, no volvería a ir, ya lo había decidido. Algo se le iba a ocurrir. Fue a la terminal de micros y se paseó durante horas por los pasillos: quería ir a rescatarla, traerla de vuelta, pedirle que se case con él, violarla, usarla como lo había usado a él. Decidió que volvería a la casa. Le dijo a su madre que el viaje se había aplazado y se tiró en el colchón. Tenía miedo de dormir, pero la misma escena se repetía una y otra vez, lo excitaba.
  Al día siguiente, volvió a salir. En vez de ir al trabajo, fue a un bar que quedaba sobre la calle Pichincha, frente a la parada en la que se bajaba, en Parque Patricios. Por familiaridad, supuso, y para guardar las apariencias. Empezó a beber, mucho. Miraba constantemente su celular, esperando que ella le escribiera. Pedía cerveza, la hacía durar un rato largo. Siempre terminaba pidiendo entre tres y cuatro –tomaba un dedo o dos cada cinco minutos–. Antes de levantarse, se pedía un tequila. Miraba fijo la televisión que colgaba de la pared. Después, caminaba hasta la pensión para sacarse el mareo. Cuando ya estaba cerca, a unas seis cuadras, se tomaba un café en la estación de servicio de 20 de septiembre y Brown, y se lavaba los dientes y la cara, para sostener el teatro con su madre y con él mismo.
  Uno de esos días, un 8 de marzo, en la televisión del bar, vio lo que no quería ver: una mujer, de treinta y pico de años, morocha, de ojos verdes, delgada, embarazada, había sido violada y quemada viva en Palermo. Quedó atontado. Lo primero que hizo fue llamar a su compañera, pero ella no respondía. Pensó en tomarse el primer micro a Tucumán, pero ya no le quedaba tanta plata. Se desesperó y gritó. Cuando alguien se acercó para calmarlo, respondió con una trompada. Después, entre varios, lo agarraron y lo sacaron. Salió con la cabeza por la puerta. Sentado en la calle, ya más calmado, aunque temblando, pensó en los diarios. Se levantó, se dirigió a la estación de servicio donde solía tomarse una café, se lavó la cara, se emprolijó y fue a la Biblioteca Nacional. Recordaba cada fecha de cada aparición extraña que había tenido. Tardó poco en darse cuenta que todas estas fechas coincidían con un evento del mismo tipo algunos días más tarde. Pero su compañera estaba viviendo en Tucumán. ¿Qué iba a hacer en Palermo? ¿Había vuelto a buscarlo quizás? Estudió las fotos, las capturas de pantalla de la televisión. Eran demasiado parecidas. Tal vez el mundo de los sueños era una puerta hacia otros estados en donde la vida repite y se repite dentro de ellos. ¿Cómo era posible? “A la mente humana le urge lo que le hace daño”, había leído en un apunte. Y, si la necesidad es la madre de la invención, la angustia lo es de las supersticiones. 
  Se propuso, entonces, evitar volver a soñar ese tipo de cosas. Tenía que ver cómo controlar esos impulsos, esas “descargas” oníricas. No volvió a su casa. Esa noche durmió en la calle, y la siguiente. Pensaba en su madre, todo el tiempo, si la nena paraguaya que le habían recomendado estaría yendo a limpiarla, si estaría preocupada, o si se acordaría que le había comentado del viaje que tenía que hacer. No soñó nada extraño, aunque podía suceder en cualquier momento: el frío, el ruido, la precariedad y los olores lo mantenían alerta, pero sabía que no iba a poder controlarlo, ni dormido ni despierto. Empezó a comerse las uñas, el pelo, buscaba entre la basura restos de café, latitas de estimulantes a la salida de los boliches, colillas de cigarrillos, pastillas, lo que fuera. Se metía todo lo que encontraba. Si no podemos vivir de nuestras fantasías, tampoco sin ellas. Es el deseo lo que las mantiene vivas y no satisfacerlas…. De lo contrario, no nos quedaría mucho por lo que vivir.
  Empezó a buscar los números escondidos en los nombres de las calles, de los lugares, de las publicidades, para entretenerse, dispersarse, los combinaba con la numeración de las calles, los números de las líneas de colectivo, los restaba, los sumaba, buscaba su significado, en todo encontraba una relación. Contaba sus pasos, imaginaba cuántos pasos tendría que dar para llegar a un lugar, después a otro. 
  No obstante, lo que ya no podía contar eran los días, las horas. No sabía hacía cuánto tiempo se había ido de su casa, hacía cuánto que había logrado hacer desaparecer todo eso. Pero ¿lo había logrado? Y sintió una falta, un vacío que le cerraba el pecho. Lo identificó con la ausencia de su compañera, si es que estaba viva. Intentó respirar con más calma. 
  Sístole, diástole, sístole… y no más.

* * *

  La policía lo encontró muerto en un baño de la terminal de Constitución. Estaba muy sucio, con el estómago inflamado, los dedos de los pies y de las manos infectados, la piel con hormigueros, y se había arrancado los ojos, todavía los tenía en sus manos. Otro loco más. ¿Qué importa preguntarse por qué? 
  Una vez que lograron identificarlo, un cabo y un oficial ayudante tuvieron que ir a la pensión que confirmaron como su domicilio. Ahí, los oficiales encontraron a la anciana madre, arrugada, colgando de su silla de ruedas. No hacía caso, no prestaba atención a lo que le decían. Decidieron, entonces, llevarla al Argerich, hasta que supieran bien qué se podía hacer con ella. Mientras una chica de emergencias empujaba la silla, cruzando la puerta de la pieza, la vieja tomó del brazo al cabo, lo miró a los ojos y, con una voz como desde una fosa, dijo: “Tienen que avisarle a la puta de la novia, conmigo ya no tiene nada”. Con lo que le quedaba de fuerzas, lanzó un escupitajo espeso que aterrizó en el dorso de la mano del cabo. Otro hilo quedó colgando de su mentón. 
  En los depósitos del cementerio de La Chacarita, los oficiales fueron una vez más a ver el cuerpo del hombre, para tomar unas últimas fotos antes de que lo inhumaran. Al verlo, el oficial ayudante se sorprendió y, después de salir, subidos a la patrulla, le comentó al cabo que su mujer, hacía unos días, le había descripto a un hombre que había soñado notoriamente parecido a este, incluso con detalles vívidos. “¿Y qué soñó?”, preguntó el cabo. “No me acuerdo, pero me lo describió: es muy, muy parecido. Parece que ella lo veía morir, que lo quería ayudar, pero el tipo era violento, gritaba, tenía una ‘angustia violenta’ me dijo, y se le murió en los brazos, mientras balbuceaba algo”. “¿Qué cosa?”. “Algo así como que quería ‘ver más’. Lo raro era que el tipo no tenía ojos, como este. Y le decía ‘¿la maté?’, aunque no sé si se lo preguntaba, creo que le gritó a lo último: ‘¡la maté!’. Muy raro. Ahí se despertó, y me despertó a mí también… y me contó todo. Te puedo asegurar que parecen prácticamente iguales”. “¿Y eso qué quiere decir?”. “No sé. Ella es la psicóloga. Yo no entiendo de esas pavadas”.

La pintura es de William Blake. Se titula: Beatrice adressing Dante from the car (1824)


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