miércoles, 17 de diciembre de 2014

Donde nacen las penas

  Cuentan que alguien alguna vez escuchó una historia sobre el nacimiento de unos versos, que había sido soñada por otro a quien ese alguien nunca conoció. Y es curioso, lo recuerdo hoy porque alguna vez un tercero, que no es posible que haya conocido a ninguno de los dos, me refirió una historia de una índole similar, aunque las distancias entre ambas parecieran ser irrecuperables. Aquellos versos que dieron origen a la primera historia quedaron registrados hace casi setenta años. En la provincia de Buenos Aires, cerca de Pergamino, un hombre llamado Héctor Roberto, guitarrero, poeta, pobre, de noche soñaba con las partituras de Bach y de Liszt, y de día sus dedos y su corazón se dejaban cautivar por la música de las llanuras, donde nacen las penas, dicen. Este alguna vez le confesó a un amigo un extraño sueño que tuvo. De esas figuras que se irguieron desde algún remoto desconcierto de los pensamientos, del infinito, de lo universal, surgieron las palabras, con su musicalidad. Luego de un largo tiempo, ese rumor de poesía, ensueño y misticismo llegó hasta mí.
  El hombre dijo haberse visto perdido en un campo abierto, en las afueras de una ciudad gris, húmeda, extranjera. Llevaba entre sus manos un objeto envuelto en lazos blancos. A lo lejos, bajo un manzano, descansaba una mujer que acariciaba el cuerpo de una guitarra, tocaba sus cuerdas suavemente y cantaba una melodía que él no lograba entender, con una voz de acero y de miel. Se acercó y se sentó a su lado. Ella no parecía notar su presencia y siguió ejecutando apática su melodía. Él sentía una familiaridad extraña con aquella mujer. Dejó el objeto a sus pies y deshizo los lazos que lo envolvían. La guitarra estaba hecha de piel de serpiente; de hecho, la guitarra era una enorme serpiente que ahora lo miraba y comenzaba a envolverla con lentitud, amenazante. Se sobresaltó. Intentó acercarse un poco más a la mujer, para advertirla; quiso tocarla pero, en cuanto sus dedos apenas la acariciaron, ella se deshizo en miles de granos de arena que se precipitaron al suelo. Inútilmente el hombre intentó retenerlos entre sus manos. Luego, todo a su alrededor era arena y se dio cuenta de que se encontraba atrapado dentro de los bulbos de un enorme reloj que no dejaba de girar. Se preguntó entonces en cuál de los dos bulbos estaría: en el que la arena ya había caído o en el que la arena todavía quedaba por caer. El sonido de mil galopes juntos comenzó a sonar muy levemente a sus espaldas, cada vez con más fuerza. Giró la cabeza. Pudo visualizar apenas en el horizonte un centenar de caballos acercándose en su dirección. En lo que dura un instante o lo que dura una eternidad, quién sabe, este logró despertar antes de que lo arrastraran.
  Al día siguiente, una mañana de diciembre de 1946, las imágenes cobraron vida en sus palabras y el hombre le recitó a su amigo los versos que desde ese momento habían ensordecido sus pensamientos: “Tira el caballo para adelante, el alma tira para atrás”. Curiosamente (no quisiera tener la soberbia de rotular con un significado casual este tipo de hechos), ese mismo año nacía la mujer de la que se desprende la segunda historia. Exiliado el primero en la ciudad argentina de Córdoba, terminaría de darle forma a su composición. Un amigo francés, poeta, me contó que conocía ya aquella historia, la canción y al soñador. Y que en realidad tal vez fuera el soñado. Me dijo que él conocía ya aquellas imágenes. Me dijo también que la palabra llanura en francés es muy similar a la palabra pena. Luego, me contó su historia.
  Una mujer en estado de coma soñó que se encontraba en el paraíso, o lo que ella se figuraba como el paraíso. Tuvo la visión de una alta y gigantesca catarata. Luego esa catarata se transformó en apenas una gotera, que caía con insistencia sobre su pecho. Una gota tras otra, pausadamente, constante, por horas y horas. Nada podía hacer ella, que era un él; se encontraba atado de pies y manos en un campo abierto. En cada uno de los extremos, caballos tensaban los lazos a los que estaban amarradas sus extremidades. Sentía que las gotas atravesaban su cuerpo: su pecho estaba vacío. No había corazón, ni alma, ni dolor. Nada más que un simple, crítico y hostigador miedo. Y la implacable fuerza de los caballos, dilatando su cuerpo. Las estrellas de la noche se reflejaban en el oscuro y húmedo hueco que había en su pecho. Las constelaciones se asemejaban a antiguos símbolos celtas. Dando vueltas en círculos sobre él, un pájaro surcaba el cielo. El incesante trino la despertó del coma. Instantes después, repetía una y otra vez estas palabras: “Couldn´t drag me away, wild horses. We will ride them someday”. Años después, su pareja, quien estaba a su lado cuando ella volvió en sí, utilizó estas líneas para darle forma al estribillo de una ya muy famosa canción de la música popular.
  A diferencia de mi amigo poeta, he vivido lo suficiente para ser testigo de estos acontecimientos, los cuales me fueron referidos casi dos siglos antes de que sucedieran. Un hombre y una mujer, lejanos en su propia tierra, acorralados y empujados por su propia existencia, por la fuerza del devenir. Cada uno en su propia lengua o en una lengua que ya conocían antes de haber nacido, los símbolos los preceden. Tal vez uno haya venido antes y el otro después; tal vez ambos se soñaron el uno al otro.
  Con el correr del tiempo, por más obstinado que sea el afán compilatorio, los detalles se van perdiendo y tergiversando hasta quién sabe qué punto; hasta el punto, quizás, de que algún día estas historias sean discurridas como hechos biográficos.








La primera pintura pertenece a David Burliuk, ucraniano; se titula Un labrador y fue hecha en 1910. La segunda es de Giorgio de Chirico; de estilo neobarroco, se titula El caballo del desaparecido. La tercera, de estilo romántico, pertenece a Theodore Gericault: Mercado de caballos. La cuarta también pertenece a este útlimo y fue completada en 1820; se titula Mazeppa. La quinta pertenece a Eugene Delacroix y se titula Caballo asustado por una tormenta; también es romántica, completada hacia 1824. La última es de Alex Colville, titulada Caballo y tren, de 1954.


martes, 16 de diciembre de 2014

Guerrero

texto original de Julieta Manterola, publicado anteriormente

en El escondite de Orfeo


Despertaste ensangrentado, sin saber siquiera por qué habías caído o quién te había derribado. La espada, clavada en tu pecho. Tu ropa, desgarrada. Tu escudo, demasiado lejos. Lo primero que viste fueron tus manos, ensangrentadas también. Sentiste el sabor dulce de la sangre en tu boca. A tu alrededor, no había más que cadáveres. ¿Por qué sobreviviste?

Sacaste la espada de tu pecho. Tragaste la sangre. Te convertiste en un extraño para el mundo y el mundo se te volvió un lugar ajeno.

Inmortal:
¿Cómo es el mundo que ves?
¿Ves la justicia que a mí se me escapa?
¿Ves la injusticia de una forma aún más cruel?
¿Tu dolor tiene acaso una mejor causa?

Y guerrero:
¿Qué has aprendido en todos estos años?
¿Has perdido la fe o la has encontrado?

Guerrero, de Salvador Dalí (1982).