martes, 17 de junio de 2014

Sobre el hombre que eligió no tener alma

o pequeñas escenas descontinuadas sobre la vida del hombre que eligió no tener alma, la cual finalizó trágicamente en manos de la mujer que nunca se decidió a amar.


   Hay una teoría.
  Esta expresa que los deseos son impulsos nerviosos generados por nuestras neuronas, las cuales funcionan a través de conexiones eléctricas. De hecho, la electricidad está presente en todo nuestro cuerpo, todo el tiempo, aunque no logremos percibirlo. Nuestro cuerpo está hecho de electricidad, estática.
  Más allá del cielo, en la ionosfera, donde nacen los relámpagos y los meteoroides se convierten en estrellas fugaces, donde la luz del sol se transforma, se extiende un campo magnético que puede transmitir cualquier tipo de descarga eléctrica hacia determinado destino sin la necesidad de conductor alguno. Entonces…
  … ¿qué es lo que hace que nuestros deseos se cumplan? ¿Quién tiene conocimiento de este fenómeno? ¿Quién puede hacer posible este milagro o accidente de la naturaleza? ¿Quién tiene la posibilidad de usarlo a su placer?
  Sea quien sea esa persona, tiene en sus manos su propio destino más que nadie en el mundo, así como también el de quienes se encuentran conectados a esta.


1

  — Sonría —le dice ella—. Solía gustarme mucho verlo sonreír.
  Él intenta una mueca y ella se sonríe, con ternura.
  Está recostado, exánime, entumecido por el dolor, mientras ella permanece aún a su lado, desde una silla a un costado de la cabecera de la cama; sostiene su mano, repleta de manchas rojas. La madera, las paredes, el aire, todo está lleno de humedad, como el cuerpo de él. 
  Lleva con sus manos la de él hacia ese pecho encendido por un fuego que nace en sus huesos.
  Aprieta su mano, le frota el pecho.
  Ese pecho cansado y enfermo.
  El silencio envuelve aquella pequeña habitación descolorida.
  Las ventanas están cubiertas por mantas. Todo está a oscuras allí.
  La luz del sol le provoca espasmos a él; la humedad, impregnada en su cuerpo, lo descompone.
  Ella se pone a llorar.
  Él ya no siente dolor, aunque siente una angustia muy honda, desconsolada.
  Ya no es más que algunos huesos deshechos y carne pudriéndose. Y no le importa en realidad. Pero no quiere verla llorar, quedarse solo o dejarla sola.
  Ella no se mueve de su lado desde hace tres días. Estuvo velando por él.
  Tal vez por devoción a un pasado más agradable en sus memorias.
  — Todo esto es por mí —murmura ella mientras las lágrimas comienzan a deslizarse por las mejillas hacia su boca.
  Le suelta la mano y respira hondo. Se seca los ojos. Lame la sal de entre sus labios.
  — Todo esto es por mí —repite ahora, erguida—, por su cobardía en realidad.
  Hace una pausa. Vuelve a suspirar, todavía con los ojos humedecidos.
  — Yo lo único que quería era esto, que estemos juntos. No tenía que terminar así.
  Él no puede hablar y, aunque pudiera, ya no sabría qué decir.
  La mira, y no comprende. Lo único que sabe con seguridad es que, después de tanto tiempo, aprendió que la ama. Y, al mismo momento, que la odia.
  — No lo lamento —sigue diciendo—: después de todo lo que he sufrido.
  Se inclina sobre él y le besa la frente, también manchada.
  — Pero siento lástima por usted hoy; por nosotros, ahora.

2

  Ella está parada al pie de la abertura que une el pasillo con la sala de estar de la casa de un amigo poeta de él, en la que está pasando una temporada. Tiene una sensación extraña, abrumadora. Siente que ya no hay piso bajo sus pies, tiembla. Siente cómo la humedad que hay en el aire penetra cada una de sus fibras y las desarticula con el calor de su cuerpo. No sabe bien qué hacer. Comienza a llorar con languidez, mansamente. Un florero de metal rueda por una estantería. Los pedazos caen violentamente al piso, el agua se derrama. Las flores ya estaban marchitas. Él interrumpe su juego con el piano, recorriendo las teclas con los dedos, rozándolas apenas. Tal vez deberías irte, le dice. Ella lo mira, con sus ojos empapados: 
  — Entonces es así, ¿es todo lo que tiene para decir?
  — No sé qué otra cosa esperas que haga.
  — Pero ¡¿es que no siente nada acaso?! —le grita.
 Los pensamientos de él se pierden, divagan. Se siente confundido. Se pregunta cómo explicarle: sí, siente. Desesperación, eso siente. Su indiferencia hacia cualquier gesto humano, fraternal o pasional, lo desespera. Quisiera intentar creer en alguna de esas cosas, en el amor que ella le profesa, pero no puede permitírselo. Ella no podría entenderlo. No la merece. No merece todo ese amor. Y aunque así fuera, ese amor se extinguirá en algún momento, como todo lo hace. El deseo, el cariño, la vida misma. El padre de ella tiene razón: él no la merece. Logra emocionarse por los diferentes aspectos de la belleza y sensibilidad a los que otros son capaces de dar forma, pero nunca pudo sentirlo en carne propia. Siente que nunca ha sido capaz de expresarse a sí mismo, sino que ha expresado lo que otros creen que debe de ser él. Toda la construcción de su persona, sus actos, sus impresiones, son una simple circunstancia elaborada para satisfacer los caprichos y ánimos de otros. Muy dentro de su ser, él sabe que eso es vacío. Él es vacío. Nada tiene que ofrecerle a esa asombrosa y excepcional mujer que es ella que sea genuino, tierno o incondicional; nada pretende tampoco.
  — Yo no te amo, Theresa —le arguye a ella, desdeñoso. Esa persona que tal vez sea la única a la que es capaz de amar. Y, de hecho, ella lo ama incondicionalmente, vacío como es.
  Ella se quiebra. Su llanto sumiso se convierte en un agudo desgarro. Cae al piso de rodillas y hunde la cabeza entre sus manos.
  Otro florero cae de otra estantería. Él siente un calor violento en el cuerpo que le provoca unos leves temblores. Las cuerdas del piano se tensan. Una, dos, se rompen. 
  Es una noche extraña. Cae una porfiada tormenta eléctrica.
  — No lo entiendo, no logro entenderlo —dice ella, con la respiración entrecortada.
  — No tienes por qué hacerlo.
  — ¿Qué le ha sucedido? Ya no sé. ¿No recuerda cuando éramos pequeños? ¿El amor que nos profesábamos? ¿Ya no cuenta nada de eso para usted?
  — Eso fue hace mucho tiempo. Las cosas han cambiado, nosotros hemos cambiado. Tú vas a  casarte y yo no soy el mismo. Nada es lo mismo.
  Sus palabras son secas y frías, toscas. No sirven. No existen explicaciones ni excusas. No puede mirarla a los ojos. No sabría cómo.
  Ella sigue enamorada de algo que ya no existe. A él le molesta estar vivo.
  Abandona entonces la casa, dejándola a ella de rodillas, sola, desbordada por una infinidad de emociones que vejan su ser, llorando, inconsolable.
  No siente tristeza. No se lo permitiría, aun si pudiera sentirla.
  Sale, se cubre la cabeza con su abrigo del aguacero y se dirige lentamente, con un andar pesado, gris, aunque austero, hacia la casa de un conocido de su amigo, a unos metros apenas, que suele afinar sus pianos, sin pensar en nada en particular.

3

  Él se mira los dedos, los siente como si no fueran suyos. Siempre que toca el piano tiene esa misma sensación. Sabe lo que está tocando, lo ha practicado millones de veces: la posición de las manos, en qué tecla debe caer cada dedo, las pausas, los gestos, los movimientos, la expresividad, todo, todo está bajo su absoluto control. Aún así, no se siente él en este momento. Todas las miradas lo envuelven. Todos lo observan y escuchan absortos, fascinados. Y él no sabe de quién es esa mano que toca aquellas melodías. Es una sensación extraña, gloriosa, y a su vez perturbadora. Cree que estos momentos son los que lo definen: la admiración, la envidia tal vez. Él no siente nada particular por las melodías y canciones que toca o por las variaciones que improvisa, nada le dicen a él. Es un gran compositor, un mejor intérprete, pero en realidad sabe que simplemente hace lo que se supone que debe hacer. Sabe que una determinada nota en un determinado momento, puede provocar muchas sensaciones diferentes. Sabe también qué sensaciones provocar y lo hace o no, para aumentar un suspenso, una espera, una angustia, que luego se cierra en un plácido reposo o coloca unos agobiantes puntos suspensivos en esa espantosa agonía. Pero nada le dice a él todo esto. Los aplausos, los halagos, las miradas, le otorgan un significado a su existencia. La impresión que deja en los demás, aunque él mismo nunca se ha sentido impresionado por nada. Su trabajo es dar, no le corresponde recibir.
  Puede permitirse la excentricidad de pensar todas estas cosas mientras está ejecutando sus obras, algunas de sus canciones y distintos movimientos extraídos de sus sonatas. El público no es exigente. Todos están borrachos, tratando de conseguir compañía. Es una noche horrorosa. Hace frío y los relámpagos prometen una tormenta.
  La chica que está parada a unos metros de él, si antigua alumna, no deja de mirarlo, mientras conversa con algún caballero al que no le presta atención. La condesa, Carolina. 
  Podrían hablar esos ojos, y no lo hacen. 
 Algunas miradas apuntan hacia ella también, con ambición y lujuria. Ella lo observa con detenimiento, sus facciones, sus dedos, su cuerpo. Respira, exhala, al mismo tiempo que él. Quiere sostener su corazón entre sus dedos y palpitarlo, estimularlo como él lo hace con las teclas del piano. Él la ha sabido tratar bien, sabe lo que hacer, en cada circunstancia, en cada uno de sus encuentros, la ha complacido en todo, pero en realidad lo que no sabe es por qué lo hace o por qué no siente nada por ella. Desde que tomó sus primeras lecciones con él, siendo apenas una niña, algo hubo entre los dos que ella intuía.
  De pronto, él se equivoca, falla en la ejecución; su dedo cae sobre la tecla equivocada. Siente un fuego trepándole por todas sus extremidades hasta llegar al pecho, entre los huesos y la carne. Algunos apenas lo notan, sin darle importancia. Luego otra. Él no sabe qué le está pasando. Su cuerpo comienza a dejar de responderle. Siente unas fuertes descargas recorriéndole todo el cuerpo. Sus músculos se estremecen. Piensa en Theresa. No puede pensar más que en ella, en nadie más. Sus manos tiemblan. Ya no puede seguir tocando. Su estómago se retuerce, le arde; cae al piso. Algunos hombres intentan ayudarlo, cargarlo. Los expulsa, no quiere ayuda. 
  Finalmente, se desmaya.
  Dos días después, despierta recostado sobre una cama, su cama. Reconoce su antigua habitación en lo que fue la casa de sus padres. Él no lo sabe aún, pero dentro de algún tiempo, se verá de nuevo postrado allí para no levantarse nunca más y a su lado estará Theresa. No puede dejar de pensarla. Presiente que ella tampoco a él, aunque solo eso. Está consumido. 
  Se levanta. Da unos pasos, temeroso de volver a caer. Se mira las manos. Le tiemblan levemente. Su vientre, su pecho, la mayor parte de su cuerpo tiene un color extraño, amarillento, como si algo lo hubiera abrasado por dentro. Ya nunca volverá a ser el mismo, lo sabe.
  Siente una profunda pena. Una angustia desesperante le oprime el pecho.
  Finalmente, se da cuenta. Lo entiende.
  Ya nunca más volverá a tocar el piano.

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La pintura se titula El grito y pertenece a Edward Munch.

lunes, 16 de junio de 2014

Luego, entonces, quizás...




















Podés desgarrar
mis brazos y piernas.
Ya ves, no saben sentir
más que pereza.
Podés intentar
disecar todas mis ideas.
No podría traerte 
más que problemas.

Tengo mis ojos puestos 
sobre cada 
uno de tus pasos.
Pero, me conocés
bien, mis 
labios están sellados.

¿Podrías fundar algo
que para siempre 
resulte nuevo, algo que 
me estremezca
cada vez que lo siento?

Quisiera ver en tus ojos
un caleidoscopio;
dame amor, pero sin plomo.

Luego, entonces, quizás...
... podría amarte.

Puedo dejarte
abrir al medio mi pecho.
No hay mucho más que 
cenizas y humedad.
Podés exprimir
de una vez mi sexo.
No va a rechazarte, pero no
sabe desear.

Dame fuego y agua 
de tus propias manos;
dame algo vivo 
que no esté contaminado.
Luego, entonces, 
quizás...
... podría amarte.

¿Te considerás capaz
de cortar los
hilos que nos sostienen?
¿Estás preparada
para soportar
lo que de eso deviene?

Verás,
yo puedo darte todo 
a cambio de nada,
si te abandonaras
también a esa suerte.
Y, aun si así 
no quisieras creerme:
me sobra el tiempo
para
convencerte.

La pintura se titula Cabeza, de Jean-Michel Basquiat.