miércoles, 12 de noviembre de 2014

Como el canto de los pájaros


  Ciudad de San Luis. Después de 940 kilómetros y casi 11 horas de viaje, doy un paso hacia afuera de ese mundo en miniatura que son los micros. Respiro el aire puntano, limpio, silvestre, despojado. Se siente bien. Me tomo un auto desde la terminal hasta la casa de los Cornejo. Algunas calles son de tierra todavía, y eso se siente mejor todavía. Los caminos de asfalto están cercados por pequeños cerros de colores que solamente la naturaleza puede concebir.  Esta vista es, como dicen, una caricia al alma. Carlos Cornejo y Norma D´angelo son un matrimonio de escultores y tuvieron a su cargo, antes de jubilarse, diversos cursos tanto en la universidad como en el Centro Polivalente de Arte. En San Luis, su casa es conocida por los menos, los curiosos, como La casa de la escultura, ya que el gobierno provincial no quiere otorgarles este título, por razones que vale de poco mencionar. 
  ¡Qué alegría que alguien quiera hablar de estas cosas con nosotros! Esta gente, buena gente, humilde, que ha sabido ganar concursos tanto en varias provincias del país como en Francia, Corea o Dinamarca, eligió una forma de vida alejada de la ostentación, la voluptuosidad y el narcisismo para concentrarse en aquello que más les interesa: hacer, producir, ser. Una vida sencilla y simple, como lo son las ideas en un primer instante de creatividad, en comunión con la naturaleza. Lamentablemente, en estos tiempos, este tipo de hábitos conducen también a un irrevocable aislamiento y al olvido quizás. 
  Y así es que allá voy yo, a su encuentro.
  Fantasea uno, al empezar a recorrer los espacios de la casa, con la idea de una especie de santuario primitivo y rústico. Los pasillos envueltos por ramas, troncos, macetas, hojas, cañas. El horno de barro en el patio. Los muebles, los pisos y las escaleras de una madera que pareciera haber sido acabada hace nada más que un par de horas, todo hecho con sus propias manos. Las lámparas, el anafe, la caldera; la casa entera es una obra de arte en sí misma, en cada rincón. Hay esculturas y dibujos adonde sea que uno mire. Sin embargo, cada uno tiene su propio taller. El de Norma se encuentra al fondo, al cruzar el patio; el de Carlos, en un segundo piso.


  Nos sentamos en el patio y, entre mate y mate, me empiezan a contar lo que es, lo que se siente, trabajar la madera, el metal, hacer una lámpara con lo que cualquier persona entendería como desperdicios o un pincel con pelo de caballo. Me hablan no desde un lugar técnico o profesional, sino desde la experiencia misma y lo que esta produce en ellos. Yo confieso sentir algo de vergüenza al declararme ignorante. Pero esa vergüenza pronto desaparece y sobreviene una sensación de alegría al escucharlos trasmitir sus hábitos y sus costumbres. Uno se pierde un poco en ese delirio, casi aniñado, que poseen. Hace bien perderse. Se percibe también que son uno. Más allá de que sus trabajos y sus formas no son los mismos, hay una idea, una concepción de las cosas que los unifica, los nutre mutuamente, los separa y los vuelve a unir. Entre ambos forman una comunión que no tiene que ver con el cuerpo, la razón, ni siquiera el espíritu. Se trata de otra cosa.
  De un momento a otro, recuerdo que soy el entrevistador y tengo que actuar como tal. ¿Qué se les puede preguntar? Es tan complejo como simple. Uno siente la obligación de hacerles preguntas importantes, fundamentales; pero, a su vez, ellos tienen una predisposición para hablar y comunicarse que desarticula todas las distancias. Tal es así que hago la primera pregunta, a ver qué sucede. Las preguntas van dirigidas a ambos y sus discursos se entremezclan y se complementan.
  — ¿Qué consideran que es el arte para ustedes? ¿Cómo lo viven?
  — Para mí —dice Norma—, eso es algo que está en el interior del ser humano. A veces no te das cuenta de dónde surgen imágenes; a veces ni siquiera las podés explicar. Imágenes que cargan un montón de emociones acumuladas. Digo imágenes porque, en este caso, el trabajo es visual, tanto en la escultura como en el dibujo, pero el arte involucra a todos los sentidos. 
  — Más allá de la angustia existencial, es una forma de darle significación y sentido a la vida —interviene Carlos.
  Luego, una vez más toma la palabra Norma:
  — Cada pieza es única, como cada momento de la vida. Quisiera creer que lo que lo impulsa a uno es la pasión, el querer plasmar eso que empuja desde adentro. Al empezar siempre hay una suerte de angustia; pero luego, mientras las horas de trabajo fluyen y la idea toma forma, lo disfrutás. Uno es dueño de sus tiempos y sus espacios, siempre. Saber adónde querés llegar. Una vez que considerás darlo por terminado, caés en el vacío nuevamente, donde parece que ya no te quedan imágenes.
  — La pasión es importante, sí —agrega Carlos—. Es necesaria para enfrentar esa búsqueda de una respuesta a lo inexplicable de la existencia.
  — Quizás, después de tantos años de proyectar la vida en el arte, la angustia se va disipando o pierde relevancia —concluye Norma.
  — Y entonces, ¿cuál piensan que es la utilidad del arte o del artista?
  — La utilidad del arte no existe. Quizás, es un pensamiento que perdura en el tiempo por su presencia misma, en la que está plasmada la vida y las sensaciones de una persona. El artista tiene, para mí, un pensamiento lateral, una forma de ver las cosas, los objetos que está más allá de la mirada común; tiene también la técnica, para realizar con estos objetos sus ideas, y las herramientas que, aunque son las mismas para cualquier persona, utiliza de una forma personal, única.
  — Pienso que puede servir de formador de conciencia, para dar testimonio de que la vida tiene sentido, de que la creación nos une interiormente.
  Siempre es Norma quien toma la voz y responde primero, aseverante, con una voz grave y segura. Suele explayarse más también. Carlos, por otro lado, esquiva un poco estos temas y, aunque la angustia es un tópico recurrente en su discurso, él siempre habla con una sonrisa entre dientes, contagiosa. Y cada vez que se da por satisfecho, suelta una carcajada, como si quisiera hablar de cualquier otra cosa.


  Nos levantamos de las sillas. Quieren llevarme a recorrer algunos paisajes. En el auto, entre una cosa y otra, retomo la entrevista:
   — ¿Cuándo se dieron cuenta que no querían otra cosa más que dedicarse al arte?
  — Desde pequeña, a los siete años, yo ya lo sabía. Mi madre me llevaba a algunos tallares a esa edad. Me fascinaba la línea y la perspectiva. Luego, me revelé de los mandatos de aquella época y, a los catorce años, empecé a buscar, sin saber en realidad qué, dónde o cómo. Eran tiempos en que nadie te informaba. Durante dos años, hice publicidad; después, otros dos de decoración de interiores. Luego de todo eso, encontré una escuela de arte, la Escuela de Arte “Manuel Belgrano”. De ahí, pasé a la Escuela Superior de Arte “Ernesto De La Cárcova”. Esta fue más que extraordinaria para mí. Supe entonces que este era mi destino, y puedo decirlo con una gran satisfacción.
 Carlos mira de reojo a su copiloto y se sonríe. Desde el asiento de atrás del auto, alcanzo a escuchar que simplemente agrega:
  — Probablemente, la creación viene con uno, como el canto de los pájaros.
  Nos bajamos en el estacionamiento de la universidad. Una vez que empezamos a caminar por la plaza que está frente a esta, Carlos me señala el mural que hizo en memoria de los derechos humanos durante la última dictadura, en la que el rector Mauricio López fue desaparecido y asesinado. Norma me cuenta que en la plaza de la ciudad hay también una escultura de ella, en homenaje a la mujer puntana.
  En varias provincias del país, ambos han dejado su testimonio. Sin ir más lejos, en el Parque Avellaneda de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, nos dejaron una parte, una muestra de su obra y su vida.
  — ¿Qué los motiva para producir sus obras?
  — Comunicarse con el otro de una forma íntima, interior —se adelanta Carlos—, como la hace la música, o la poesía…
  — Lo que me motiva a mí para producir mi obra es el ser humano: yo trabajo con la figura humana y todo lo que me impacta de esta.
  — Y ¿cuáles son los temas que les gusta tratar en sus obras?
  — Como dije recién, trabajo con la figura humana, y yo intento expresar lo que esta me provoca. La sufro, la disfruto; la siento en lo más profundo de mi persona. Así como también me duele y me enoja en ocasiones. La línea es algo que me emociona. Con la línea dibujo profundidad en el plano, y doy volumen en la escultura.
  — Los temas no tienen importancia —sentencia Carlos—. Lo importante es el sentido. En mi caso, es lo social, y trato de darle la mayor profundidad posible.
  La charla se dilata hacia otros temas y otras cotidianidades. Contemplamos el paisaje y, una vez que empieza a oscurecer, emprendemos la vuelta.


  Me invitan a cenar, y yo acepto gustoso.
  Hay una última pregunta que me quedó en la punta de la lengua desde que volvimos del paseo. Durante la cena, a la que acuden sus hijos y nietos, entre festejos, chistes y anécdotas, aprovecho para arrojarla sobre la mesa:
  — Ser creativos, ¿les resulta una necesidad o un placer?
  Norma se siente exultante, feliz, y derrama su verborragia con soltura.
  — Es una necesidad y un placer. Los materiales te desafían. En el dibujo, todos los elementos, aunque no sean convencionales, para mí, son utilizables. En la escultura, la madera, la piedra, la arcilla o el cemento cada uno está dotado de algo, de un estado que te enriquece. De la forma y del tamaño surge lo que deseás. Las ideas te conquistan, aunque no sepas de dónde salieron, aunque siempre sientas que hay una mejor, una que todavía te falta realizar. Las artes visuales son comunicación. Es muy difícil definirlo con palabras; nos llevaría horas de charla… Para mí, esto no es un comercio. Está bien, si uno puede, venderlo a quien guste de ello y lo sienta y sepa apreciar tu trabajo, pero la vida no es una vidriera.
  Carlos no dice nada. La cena sigue su curso y la alegría, los gritos, los chistes y las risas flotan en el aire de la sobremesa. Un rato después, me doy cuenta de que en realidad yo no pertenezco a ese lugar, que todavía tengo que subirme a un micro. Carlos me lleva en el auto a la terminal y aprovecha para decirme:
  — Creo que el hecho fundamental es la necesidad; después el trabajo, la soledad. El placer, el amor, las contradicciones, los afectos, las esperanzas, los sueños. El arte está en todo eso, en lo más cotidiano.
  Le agradezco todo de mil formas diferentes, nos abrazamos y me subo al micro. Durante el viaje, me cuesta conciliar el sueño. Observo el paisaje, los postes y el cableado al costado de la ruta. De a poco, los cerros, las lagunas y los colores van desapareciendo: se transforman en una llanura constante e insípida. En unas cuantas horas, de la llanura, empezarán a surgir algunas casas de chapa, luego pequeños pueblitos, publicidades, edificios, autos, humo, diferentes tonos de un mismo gris. Me quedo pensando. Finalmente, creo llegar a comprender qué es lo que me fascina de estas personas: ellos llevan, cada uno de los días de su vida, el arte a la vida misma. No como un ejercicio, sino como algo que naturalmente debe ser así. Esto tal vez sea lo que define a un verdadero artista. Cada instante, cada acto, por más nimio que sea, realizarlo con amor, pasión y dedicación, como si fuera una obra de arte en sí mismo. Y no solo producirlo, sino también celebrarlo. Al preparar una comida, al reunirse a cenar, al fabricar una lámpara, una silla o una mesa; al hacer el amor, al contemplar las cosas desde la belleza de su imperfección. Al intentar dar y ser siempre un poco más y mejor. Al vivir, y pensar cada día como si fuera el primero o el último del resto de nuestras vidas. ¿Será ese su secreto? No se los quiero contar. No quiero que lo sepan si es que me equivoco. No creo que les interese si estoy en lo cierto. Y se me escapa una sonrisa, en la oscuridad, en la soledad del micro. Siento una satisfacción que no sé si algún día volveré a tener, pero voy a trabajar para eso, como un verdadero artista, como ellos.




2 comentarios:

  1. Alejandro Jodorowsky cita este proverbio chino: "Un pájaro no canta porque tenga una respuesta; canta porque tiene una canción". muy linda entrevista. muy emotiva.

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  2. gracias Carlos. gracias Norma. porque despues de mucgas caminadas los mejores recuerdos siguen siendo en ese jardin,tomando mate con miel.
    Javier.

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