miércoles, 12 de noviembre de 2014

Fantasía y fuga


  Mi sobrino despierta en brazos de mi mamá. No entiende qué pasa. Hace un poco de berrinche, pero se la pasa pronto. Se aferra a la mamadera. Después, mamá me lo pasa. Está tranquilo conmigo. Pongo su cabeza sobre mi pecho, le hago unos mimos, le doy mi dedo, se sonríe. Siempre está contento, las rabietas no le duran mucho, y tiene una curiosidad inagotable. Su sonrisa es transparente, desprejuiciada, amable, pero que pareciera que anticipa algo en él, como la mía, opina mamá, como la de mi papá, o como la de mi tío.
  Hace rato que no lo veo, que lo siento lejos “al Carlos”, como le dicen, así, con el artículo, porque es de mendocino. Es escultor y vive en San Luis, con mi tía, que también es escultora, y dibuja. A veces no te das cuenta de dónde surgen las imágenes, le escuché decir a ella, cada pieza es única, como cada momento de la vida. Es una linda reflexión. Cuando era chico, siempre tuve la sensación de que su casa era un lugar mágico, como la fantasía viva de un artista, una especie de santuario del arte, primitivo, rústico. Los pasillos están envueltos por ramas, troncos, macetas, hojas, cañas y, por supuesto, esculturas. En cada rincón donde uno mire, hay esculturas y dibujos por todos lados. Está llena de cosas que muchos dirían que es basura, pero ellos las convirtieron en anafes, lámparas, estantes, escaleras, bibliotecas. El patio parece una pequeña selva, con su horno de barro, su piso de canto y lajas, y más esculturas. Cada uno tiene su propio taller en la casa: el trabajo es solitario; el motivo es la necesidad creadora, como la de Sísifo, que empuja su piedra una y otra vez, eternamente.
  Allí está el absurdo del que hablan algunos pensadores, en esa necesidad que nos deja vacíos y nos vuelve a llenar, cuando damos ese salto de fe que implica el impulso artístico. “Uno debe imaginar feliz a Sísifo, por eso vuelve a empujar la piedra”, dice Albert Camus en su famoso ensayo. Y así es como me lo imagino siempre a mi tío, sonriendo. Las plantas de su casa sonríen con él, las sierras y el río también. Y así lo veo a mi papá, a pesar de todo. Y, cuando me miro al espejo, sonrío… Es un ejercicio del alma cuando el cuerpo no puede, y uno del cuerpo cuando no puede el alma. Habitamos la herida. El dolor no vale nada, y las pasiones son de esas cansadas, las que pretenden agotar el ámbito de todo lo posible en cada intento, cuenta un filósofo romano.
  La ciudad de San Luis siempre me pareció lejana, a miles de años luz de Buenos Aires, y solitaria. El aire es limpio; el paisaje, despojado. Las calles de tierra se sienten bien, pero la sensación de vacío me es inevitable. Siempre me imaginé que, en el medio de lo que para mí era la mismísima nada, lo único que habitaba ese desierto era la casa de mis tíos. Alguna vez, fue homenajeada como la Casa de la Escultura; muchas obras de ellos están desparramadas por todas las plazas de la provincia. Viajaron y ganaron premios en algunas partes del mundo. Nunca se sintieron extranjeros en ningún lado ni necesitaron saber una palabra en otro idioma. El vínculo es otro. Ellos abren caminos, siempre. No creen en la utilidad del arte, lo ven como un pensamiento que perdura en el tiempo, por su propia presencia, donde las personas plasman sus sensaciones.
  Hubo un invierno que pasamos en la casa de mis tíos. Hacía mucho frío y me dijeron que nevaba. Yo era muy chiquito, no puedo recordarlo. Parece que me enfermé mucho y nos tuvimos que volver a Buenos Aires. También, para una navidad, mi tío se disfrazó de papá noel. Eso sí lo recuerdo. Me tocó de regalo un muñeco de Mazinger Z que disparaba los puños, y perdí uno esa misma noche.
  Cuando hablo con mi tío, se sonríe. Escucha las palabras, festeja lo que le cuento, y me abraza. Es querendón, afectivo. Y cuando me ve tocando la guitarra o cantando, me abraza más fuerte. Y, cuando habla él, también se sonríe, y uno se contagia de eso. Todo le resulta curioso, se asombra de cosas como los planos que hace mi viejo, las historias de los libros o los primeros gestos de mi sobrino, le hace gracia, como si la vida misma fuera un chiste, de esos con los que uno se tienta cuando los cuenta. El Carlos siempre fue así, con sus ataques también, me dice mamá, y me deja pensando: “Reíte, si querés —escribió W. H. Auden en uno de sus poemas—, pero tenés que saltar”. El salto de fe frente al absurdo de la existencia, para no paralizarse, me imagino.
  Mi tío explora, siempre, le gusta descubrir. Cree en lo inexplicable de la existencia, en darle sentido, resignificarla: el ímpetu de los leones no se reprime en sus cuevas… Algo de eso hay en su sonrisa y en sus “ataques”, el hecho de no comprender el mundo que nos rodea pero, al mismo tiempo, enfrentar esa incomprensión. Y a mí me gustan los leones que marchan en la oscuridad, me gustan las personas que saltan; no ese salto estúpido, temerario, sino ese salto consciente, rebelde, un salto que se justifica en sí mismo, como el de la orquesta del Titanic, que sigue tocando.
  Siempre fue depresivo, dice mamá, como tu papá. Y mi idea de hombre-niño se deshace, o se reafirma. Tal vez haya algo en los genes de los hombres de esta familia, y me acuerdo de una mañana que me desperté con los gritos de mi papá y mi mamá: “¿No ves que estoy harto de estar vivo?”, dijo papá. ¿Qué se le responde a alguien que dice eso, alguien a quien amás? ¿Cómo se reacciona? ¿Cómo se sigue? Me gustaría preguntarle eso, pero parece una guachada. Eso es algo de mamá y no me meto.
  Los tres trabajamos esa piedra, mi tío, mi papá y yo, creo, cada uno a su manera, como Sísifo. Mi tío la transforma en esculturas; mi papá, en planos, cemento, tabiques, vigas, casas, espacios; yo, le tallo palabras. Ese es nuestro absurdo, nuestro instinto creador, nuestra felicidad, tratando de encontrar las líneas de fuga del deseo, de hacer de nuestra propia vida una obra de arte, como chicos, tratando de olvidar que sabemos, viviendo el instante de terminar una cosa y empezar otra.
  Tu tío no sabe mucho sobre nada, dice mamá. Creo que yo no podría atreverme a hacer ese tipo de simplificación sobre nadie, menos de alguien que conozco, y que reconozco en mí, con todas nuestras contradicciones.
  Le paso mi sobrino de vuelta a mi mamá. No deja de mirarme, y me sonríe, y abre los ojos bien grandes cuando yo le devuelvo la sonrisa. Es el cuarto hombre de la familia, tiene toda una vida por delante, y una herencia extraña en su sangre. Pienso que me gustaría que me vea a mí como yo los veo a mi tío y a mi papá. Quisiera que no tenga que sentir que está cansado de estar vivo alguna vez, nunca, o que sobre su espalda, que todavía me entra en una mano, no caiga el peso de esa herencia, el de la piedra de Sísifo, el de la interiorización del abismo antes del salto, o que sepa llevarlo mejor que nosotros por lo menos. Quisiera que no pierda nunca ese instinto creador que viene con uno, como dice mi tío, como el cantar de los pájaros, que padecemos y celebramos los hombres de esta familia. Y que sonría, que juegue y que se ría de las obligaciones, de los prejuicios, de la solemnidad, de la tristeza, de la muerte, de todo, que se ría mucho.




2 comentarios:

  1. Alejandro Jodorowsky cita este proverbio chino: "Un pájaro no canta porque tenga una respuesta; canta porque tiene una canción". muy linda entrevista. muy emotiva.

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  2. gracias Carlos. gracias Norma. porque despues de mucgas caminadas los mejores recuerdos siguen siendo en ese jardin,tomando mate con miel.
    Javier.

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