sábado, 19 de marzo de 2016

La verdad no hace un sonido

Son las dos o tres de la mañana. Ella duerme. Él se levanta de la cama, cruza un pasillo hasta la sala de estar y sale el balcón en silencio. Prende un cigarrillo, juega un poco con este, hace figuras de humo. Justo frente a él, al otro lado de la calle, hay otro balcón que muestra un departamento con las luces prendidas todavía, el único. En el interior vive una señora que se la pasa sentada en su sillón, a veces mira televisión todo el día, otras veces pinta. Tiene la casa repleta de cuadros suyos, como una galería exclusiva de ella y para ella. Él se queda observándola un rato y a los cuadros. Ella no sabe. Después, sus ojos se desvían hacia una sombra que se proyecta en el paredón de al lado, también frente a él; la sombra se mueve. Podría ser él mismo, no lo sabe; podría ser algo detrás de él. Se da vuelta. Nada. Vuelve a poner los ojos en la pared y en esa sombra. Sigue ahí, moviéndose. Lo inquieta. No sabe de dónde viene, o a dónde va. No es un hombre supersticioso, pero esto le inspira un profundo terror. Tampoco sabe mucho de qué se trata esa sensación. Se le ocurre que, quizás, por eso le tememos tanto a la muerte. No sabemos de dónde viene, ni a dónde va. Él necesita saber, no puede no saber. Ahora quisiera gritar o llorar, lo que le salga primero; prefiere volver a la señora. No alcanza a ver lo que pinta, no. Ella pinta a un hombre, en un balcón, fumando; algo detrás de él, que no tiene rostro ni forma alguna, lo espera. Termina el cigarrillo, lo arroja al vacío y se ríe. No puede no saber. Se da vuelta para volver al departamento, pero no. Su cuerpo cae los cuatro pisos sin hacer un sonido.

El grito. Edward Munch.

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