lunes, 28 de diciembre de 2015

Carta para Pedro, de un niño perdido a otro

Ya no podíamos contar con vos. ¿Qué le pasó a tu sentido de la aventura? Nos enseñaste que no había principio ni final. ¿Y ahora qué? Sí, ya sé. La vida, el amor, un dedal, un beso. No poder encontrar ni la propia sombra, perderla porque sí. Pero qué si finalmente me equivoco, y el amor es más grande que todo eso, que cualquier otra cosa. Solías decir que morir, esa sería una gran aventura. Y no dudarías ni un instante en irte de acá, de este lugar, de tu propia fantasía. A nadie se le ocurriría que nada más querés volar ahora, como antes. No, todos sabemos lo que hacés por las noches. No tendrías problemas en abandonarnos, darnos por perdidos para siempre. Si no tuvieras tanto miedo. Sí, yo sé. Ya no te parece una aventura; ella te hizo comprenderlo. Tenés miedo de lo que hay allá afuera. Lo ves en su rostro. Tenés miedo porque eso definitivamente los separaría. Estás paralizado. Todas las noches caés sobre su ventana, esperando que sea como la primera vez, que no hubiera pasado el tiempo. Y no podés ni mirarla a los ojos; esos ojos que apenas te recuerdan. Cada una y todas las noches posado sobre su ventana. Llorando sin una lágrima, en silencio, como un nene, anegado. Pero qué, entonces, si finalmente me equivoco. ¿Podrías amarla, tal como es? ¿Podría ella también, o su hija? ¿Quién se entregaría como lo hizo ella alguna vez? Sí, ya sé. Pero me pregunto. Y qué si finalmente me equivoco, qué si te equivocás vos. Vas a colgar, entonces, de esa ventana para siempre, anegado, como un nene, irreconocible, irreconciliable hasta con tu propia sombra.






















jueves, 26 de noviembre de 2015

Comedia finita est

retorno al sordo caos del mundo




  A su alrededor, había nada más que silencio, a donde sea que fuera. Solamente el constante ruido dentro de su cabeza lo trastornaba. Y era este, el que no lo dejaba entender sus emociones, sus pasiones, o las de cualquier otra persona. Incesante, no le permitía estar consigo mismo. Hubiera deseado un poco de ese silencio al que los demás estaban condenados, un poco. Tantas cosas para decir. Pocos querían escucharlas, nadie. Insultos, quejas y padecimientos, más que cualquier otra cosa. Y todo ese ruido, desbordándolo. Necesitaba traducirlo en otra cosa, algo más extraordinario, más noble. No descansaba hasta sentir que lo había logrado, nunca. De ahí venían todos sus dolores y molestias. Y lo conseguía. Pero, quizás, no siempre podemos ver la grandeza en algo que al mismo tiempo nos repugna. Suele suceder.
  Y eso que estaba por suceder iba a matarlo.
  Eso vino una de esas noches en las que él se sentía bien, que eran de las menos. Se mostró ante él de la misma forma que el deseo o el miedo mismo; como una musa, de esas que decían ya lo habían abandonado, incluso con la novena.
  La noche era lenta. Él estaba sentado frente a un piano, que casi nada le decía ya. Estaba acostumbrado, de todas formas; podía articular sus cuerdas vocales cómo así lo quisiera. Dejaba pasar el vino por su garganta; el aire se sentía pesado en el cuerpo. No pudo sentir el hedor cubriendo la habitación, el suelo, los muebles. En todo caso, pensó que era suyo. Sentía las manos calientes mientras jugaba con las teclas. La frente le ardía; su corazón, también. Las imágenes sonoras se agolpaban en su cabeza. No vio esa sombra reptar por sus espaldas, apenas si sintió una molesta comezón en su nuca.
  Todas las notas comenzaron a caer en el lugar correcto. Era magnífico, glorioso. Le costaba creerlo.   Tantas notas como sonidos había dentro de su cabeza. Casi no podía comprenderse a sí mismo. Así de imposible parecía esa melodía. Esa sensación no era comparable a nada que existiera para él. No había nada humano que pudiera provocarle tanta pasión. Quién podría comprender; hacía rato que era ajeno a todo.
  Finalmente, su dedo angular cayó sobre la última de las teclas que tocaría esa noche. Se sentía afiebrado, exhausto. Hizo algunas modificaciones a los últimos compases y comenzó a releer la obra desde el principio. Había perdido noción del tiempo. Estaría por amanecer, pensó, pero habían pasado apenas unos minutos desde que se había sentado a tocar. Todavía tenía una sensación extraña en el cuerpo; los nervios tensos como las cuerdas del piano, desgarrándolo por dentro. Sus ojos no podían comprender lo que estaba leyendo. La fiebre subía cada vez más; deslizaba las hojas horrorizado. Se desmayó.
  Al despertar, la partitura había desaparecido. Se quiso convencer a sí mismo de que la había destruido momentos antes de perder la conciencia, de que podría reproducirla nuevamente. Fue inútil, aunque lo intentaría todo el resto de su vida, una y otra noche. Ese ruido en su cabeza. Todos sordos a su alrededor. Ahora él también se sentía así consigo mismo: nada lograba tranquilizarlo. Los críticos de todo el mundo lo detestaban. Sus discípulos le habían perdido el respeto; sus amigos ya no le tenían paciencia.
  Sin embargo, años más tarde, durante sus últimas horas de vida, todos ellos estaban ahí, compadeciéndose de este hombre atormentado, delirante y postrado. Descansaba en una de las habitaciones del lugar que había habitado los últimos años. Todo era inmundo ahí. Olor y manchas de vómito y excreciones por doquier.
  Entonces, entró a la habitación donde él yacía una niña que traía entre sus manos una caja de música con carillón. El aire se cortó al abrirse la puerta. Todos se sobresaltaron al ver a la chiquita cargando ese objeto deslumbrante, enorme, pesado. Uno de los jóvenes discípulos del maestro intentó ayudarla, pero ella lo miró con desprecio; el joven retrocedió inmediatamente. Lo cargaba sin problemas la pequeña. Se acercó a un costado de la cama, lo depositó en el suelo, cerca de la cabecera, y lo saludó agitando tímidamente su mano izquierda y con una sonrisa horrenda. Él no sabía por qué, pero estaba terriblemente contento de verla. No la reconocía. Una expresión de alivio colmó su rostro. Ya no sentía dolor. No más ruido. La besó en la frente, después tosió y se inclinó hacia el otro costado de la cama para escupir. La sangre caliente quemó la madera del suelo. La niña se echó a llorar y salió corriendo de la habitación entre el tumulto de gente, que observaba extrañada la escena. Él se incorporó, se rió y balbuceó unas palabras en latín que nadie entendió. Les pidió a todos que lo dejaran descansar unos instantes. Una vez solo, abrió la caja depositada junto a su cama y la música comenzó a sonar. No pudo evitar estremecerse. La felicidad, el horror. Se sentía extasiado y aterrado al mismo tiempo. Cerró la caja tan pronto como pudo.
  Nadie debía escuchar esa hermosa y delicada maraña de tormento, nunca. No mientras estuviera vivo. Ese artefacto imposible debía ser destruido. Se agitó. Intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas. Comenzó a convulsionar y a toser. Se ahogaba. La piel se le resquebrajaba. La fiebre lo abrazaba, la locura. Instantes después, murió.





















La primera pintura pertenece a Oscar Domínguez; se titula Caja con piano y toro. La segunda, a Andy Warhol, titulada simplemente Beethoven.

Este cuento refiere a la historia detrás de la historia de un cuento anteriormente escrito por mí: Las músicas atroces 

lunes, 24 de agosto de 2015

El beso (canción)

Acercate y descansá
tu sombra
junto a la mía; dejá
caer tu cabeza sobre mi 
pecho.
Quiero escuchar
cada uno de tus latidos, mientras
voy clavando mis
uñas
en tu cuello.

Una suave brisa está
estremeciendo tu cuerpo, y no
puedo imaginar
un instante más perfecto.
Voy a desgarrar
cada uno de tus sentidos; 
tal vez así 
pueda ahogar todos
tus miedos.

Y no pierdas tu tiempo
con fatalidades…
… no contengas tu aliento por
torpes premoniciones.
Tu niño estará a salvo
conmigo,
una vez que cierre
tus ojos
con este beso.

El cielo está nublado
y a la sombra
de este árbol, dejame 
cantarte una 
canción.
“Hoy mis ojos se han vuelto
grises, querida,
para que puedas ver
al fin
tu horrible reflejo”.

Yo tengo todos los caminos
tatuados bajo mi piel;
y en el blanco de tus ojos…
… lo vi todo suceder.
Conozco unos cuantos
trucos más,
pero
a esta altura
ya no vale
adivinar…

La pintura pertenece a Konstantin Somov: Lovers (1920)


lunes, 17 de agosto de 2015

Publicación de la antología de microrrelatos "A la luz de los caireles" (Editorial Dunken)



Tuve la suerte de participar de este hermoso proyecto que reúne a autores inéditos y les da la posibilidad de ser leídos más allá de sus redes sociales o alguna otra herramienta con la que cuente cada uno. De la mano de Ricardo Tejerina y Marita Rodriguez-Cazaux, junto a la compiladora, Laura Russo y su ilustradora Fanny Maresca, fue que se hizo la presentación de este libro en el que me tocó y tengo el orgullo de ser partícipe: A la luz de los caireles. Es de destacar uno, entre tantos, de los relatos de mis compañeros y compañeros: "Punto y coma" de Sofía Lara Gomez Pisa. Por mi parte, he participado con un relato ya antes publicado en el blog, bajo el título de "Tomb of the moans". Este relato, que está íntimamente ligado a la película francesa "Todas las mañanas del mundo", es una suerte de soliloquio. El dolor, la enajenación, las ganas de volver a andar y seguir tropezando. El sufrimiento utilizado para flagelarse a uno mismo, hasta llevar al cuerpo a extremos poco saludables. El amor y sus misterios. Uno mismo y sus propios misterios. Gracias a la editorial Dunken tuve el placer de ser testigo (y hasta protagonizar) de esa hermosa reunión de personalidades.
















Enlace al microrrelato Tomb of the moans

Para adquirir el libro, aquí les dejo la página oficial de la editorial: http://www.dunken.com.ar/


miércoles, 13 de mayo de 2015

El juicio original

poema de André Breton y Paul Éluard.





















No leas.
Mira las figuras blancas que dibujan
los intervalos que separan
a las palabras de muchas líneas de libros,
e inspírate en ellas.
Dale a los demás a guardar tu mano.
No te acuestes sobre las murallas.
Retoma la armadura que te has quitado
a la edad de la razón.
Pon al orden en su lugar,
desarregla las piedras del camino.
Forma tus ojos cerrándolos.
Dale a los sueños que has olvidado,
el valor de lo que no conoces.
No prepares las palabras que gritas.
Róbale el sentido al sonido,
hay tambores velados hasta en las vestiduras claras.
Habla según la locura que te ha seducido.
Lo que encuentras
sólo te pertenece mientras tu mano está tendida.
Hazles la sorpresa de no confundir
el futuro del verbo tener,
con el pasado del verbo ser.
Al que pida ver el interior de tu mano,
muéstrale los planetas no descubiertos en el cielo.
Abstente de lo que tiene la cabeza sobre los hombros.
Regula tu marcha con la de las tormentas.
Mira la flor de la enredadera; no deja oír.

La pintura pertenece a George Frederick Watts y encaja dentro del simbolismo. 
Esta retrata el relato mitológico del juicio a París, 
príncipe troyano, por el rapto de Helena.

miércoles, 1 de abril de 2015

por eso escribo

para Pilar Sofía


necesito sentirte en un espacio en que se me consienta
necesito llamarte
hablarte en
un lenguaje en que me entiendas
necesito quererte en donde no me duelas

por eso escribo

***

y decidí
no volver a pisar tierra
y te hiciste río
me creí arena y quise
perderme
en la corriente
y eras mar y
me deshice en la espuma de las olas
cuando tarde me di cuenta
que hacia dentro estalla
todo el vacío

***

las palabras se deshacen pierden
su ímpetu el arrebato
el trazo de los pensamientos su rabia
en la ausencia
en el olvido
no llegan a abarcar las palabras
esta angustia blanca
indiferente

***

no dicen nada
tus ojos
no prometen ni se detienen tampoco
pero me cuentan
que todo lo que existe a su alrededor todo
sobra

y me pierdo entonces
en esos ojos
no tengo intención de volver a hallarme
si es que alguna vez estuve en algún lado acaso
en esos ojos
me enciendo

***

tiembla
tu corazón tierno en tus labios
en las palabras
que elegís no pronunciar
te delatan

tal vez tuve el privilegio de sobresaltarlo una o dos veces a ese corazón tuyo inquieto palpitante. pero ¿cuál es el color de tu deseo más profundo? necesito saberlo. y ¿cómo lograste esa magia que 
me desarma completamente?

***

el aire baila a tu alrededor
todo
se transforma
pierde el foco
te miro
el cuello los brazos el pecho
te toco y te inhibe
gemís te ponés
roja
y yo no siento que estoy tocando un cuerpo nada más
no
es una sensación
mucho más liviana suave
abstracta

***

necesito contarle a tu alma
lo que se siente
perderse en esos ojos
en esos ojos
me pierdo
si es que alguna vez estuve en algún lado

por eso escribo


Un pequeño homenaje.


lunes, 26 de enero de 2015

Fin del mundo




















  El clima está raro, la gente 
  está rara también. 
  Los chicos se divierten entre mundos de arena, con juegos que ya no podemos descifrar. Juguemos nosotros también, vos y yo. Yo quiero ser el esposo, mi amor, como casi siempre. Ese esposo al que amás y al que le tenés un poco de miedo también. Vos podés ser el fin del mundo, como siempre, y el principio también.
  Todos se encierran adentro de sus casas, esperando un impacto, algo 
  extraordinario. Algunos 
  sienten una esperanza pálida e ingenua. Otros desean que todo estalle de una vez.
  ¡Vámonos! Vámonos de acá, mi amor. La nieve desapareció; el sol hoy nos quema. El cielo está ultravioleta. Mañana vamos a pasear, vamos a bailar bajo la lluvia ácida, preciosa. Vamos. 
  ¿Sabés, mi amor? El tiempo está loco, la gente 
  está loca también.

El cuadro pertenece a James Mcneill Whistler. Se titula Nocturne in black and gold, the falling rocket.