lunes, 3 de diciembre de 2018

Informe de la adaptación a la Luna - parte I

Primeras entradas




1

En un principio, los viajes a la Tierra se hacían con fines científicos, para investigar los efectos de la “era de la polución”, como nosotros la llamamos, aunque algunos prefieren el término “radiación” para definirla. Cuando se pudieron establecer algunos perímetros depurados de contaminación, así como controlar eficazmente la entrada y salida de las personas y ofrecer diferentes tipos de servicios seguros, también empezaron a venderse viajes como paquetes turísticos. Sin embargo, al día de hoy, el planeta es usado como penitenciaria selenita y basurero humano. Por eso cuando me dijeron que, en mi calidad de diplomático y sociólogo, me iban a enviar en una misión de reconocimiento de las nuevas tribus que habían surgido en los últimos años, no me puse nada contento. Podría considerarlo una oportunidad, una aventura o un desafío, en todo caso. Se dice que los terrestres son cada vez más hostiles en algunas regiones y los datos que se pueden recabar son cada vez más escasos. Además, cada viaje implica tomar múltiples y costosas medidas de seguridad y de control de riesgos que disuaden los proyectos más ambiciosos; y la verdad es que, cuando alguien es enviado a la Tierra, es porque molesta en algún otro lado y su regreso, a pesar de lo que prometen, nunca es certero.


2

Así como hoy se hacen viajes a la Tierra para su estudio, hace mucho tiempo, se hacía lo mismo en la Luna. Resulta difícil pensar que, en algún momento, nuestro hogar fue solamente un desierto de polvo, árido y hostil para el ser humano. Desde 2037, según contaban los terrestres, no solo se estudiaba la composición del satélite, sino también se lo intentaba adaptar para hacerlo habitable. Innumerables grupos de hombres y mujeres de la ciencia dedicaron sus vidas a esta labor. Y, entre ellos, estaba mi abuelo. Él fue uno de los colaboradores del Consejo de Emergencia que se constituyó en el momento del desastre, trece años más tarde. Pudo ver la devastación desde las calles que ellos mismos habían trazado, fue testigo del principio de una nueva era: el planeta celeste se cubría de una espesa nube de polvo, que tardaría varios siglos en disiparse. 
 Después de la Gran Devastación de la Tierra, comenzó lo que nosotros llamamos “era prehistórica” de la raza humana. Decidimos ponerle ese nombre porque, según los libros que pudimos rescatar y restaurar de su cultura, hace muchos miles, miles de años, ellos llamaron así a una época similar a la que están viviendo ahora, al menos en las regiones a las que tuvimos acceso y pudimos estudiar. Esto nos ayuda a reforzar nuestra teoría de que la historia es inevitablemente circular, aunque no contamos con los suficientes datos ni la suficiente historia como para poder asegurar mucho más sobre tal cuestión. Por su cercanía a la Tierra, y por una cuestión de adaptación, tomamos las medidas de división temporal de los antiguos terrestres, de su calendario moderno, con algunas modificaciones, ya que los movimientos de ambos cuerpos son parecidos, pero no idénticos.
Nuestra cultura tiene su base en la investigación científica, tanto para perfeccionar nuestro ecosistema como nuestra civilización. Como parte de esta noble tradición, también estudié varias ciencias, y soy sociólogo; tal vez por el respeto que infunde mi apellido, estuve a cargo del último proyecto social que está a punto de pasar a la etapa de implementación. Nos faltan nada más que algunas muestras y datos de comprobación. La mitad de la tripulación está en las mismas condiciones que yo, nunca antes los habían enviado. Los demás forman parte del equipo de “recolectores”, como les decimos.
Y también están los cinco convictos, que viajan en una cámara aislada de la nave. La diplomatura me pidió que, para ahorrar gastos de traslado, los depositara en la prisión más cercana a nuestro punto de aterrizaje y después retomara mis tareas.
El viaje dura alrededor de veinte días y ya vamos por el tercero. Algunos empezaron a sentirse mal desde que despegamos, pero eso tiene que ver con un condicionamiento de su propio sistema neurológico. Los que cuentan con experiencia de nuestra tripulación en este tipo de viajes hacen las veces de enfermeros o alienistas. Me dan ganas de escribir de a ratos y sé qué debo estar atento a mi aparato circulatorio. Si bien las atrofias musculares, los deterioros en la médula ósea y la psoriasis son problemas que ya pudieron solucionarse, todavía la sangre se espesa y el sistema inmunológico enloquece.


3

Mi padre fue un hombre muy respetado por toda la comunidad científica. A diferencia de mi abuelo, que fue naturalizado selenita, mi padre nació y se crio en la Luna, como yo. Fue uno de los promotores del idioma que usamos hoy en la Luna, en todas sus regiones y comunidades. Unos siglos antes de su ocaso, los terrestres habían construido un idioma que pudieran aprender todos más allá de su origen, al que llamaron “esperanto”.  Este es el único lenguaje planificado del que tenemos registro, lo que lo hace extremadamente práctico a nivel global. Quienes estamos encargados de la organización de las sociedades tratamos de que las diferencias entre unos y otros, tanto sociales como económicas y políticas, tengan el menor impacto posible sobre su capacidad de desarrollo y su deseo de autosuperación; excepto, claro, por las características psíquicas y físicas de cada persona, no más que eso. Por eso, un idioma común pareció desde un principio la mejor opción, aunque en los sectores científicos solemos utilizar el español, idioma del que más cantidad de textos escritos logramos rescatar de la Tierra. Y, además, en los primeros años desde la adaptación, se usaba el catalán (tal vez por razones un poco más elitistas), por lo que muchos de nuestros apellidos tienen su origen en esta lengua.
El legado de mi padre fue esta idea del idioma común, así como la organización política, que mantenemos hasta hoy, en consejos y comunidades: nunca una sola persona ostenta un cargo que le implique tomar decisiones –que puedan afectar de manera inmediata y directa a otros– en soledad. Todo se consensua, en mayor o menor medida. Asimismo, los diferentes estados de cada región se encargan de cubrir las necesidades básicas de todos sus ciudadanos. Resulta lógico. Nadie “elige” venir al mundo, por lo que sería coherente que no sea su responsabilidad contar con los medios suficientes para ser y hacer lo que se quiera: un techo, una alimentación balanceada, un servicio de salud, una educación, etc. Y los trabajos se reditúan de una forma no cuantificable: la moneda de cambio es el trueque. En un principio, se utilizaba la lava basáltica, carbonizada en los mares oscuros en toda la superficie de nuestro satélite pero, como es un recurso no renovable –y no es accesible para todos de manera equitativa–, supusimos que esto podría traer problemas o grandes diferencias. Sin embargo, algunos anticuarios todavía la utilizan.
Mi padre también pudo ver que, más allá de cómo se organicen las sociedades, siempre habrá una forma de retorcer los conceptos para el beneficio propio, es algo inherente al ser humano, así como la avaricia, el sadismo o la crueldad. Por esta razón, no importa qué tan perfectas y acabadas sean las estructuras políticas y económicas, siempre habrá alguien que quiera sacar ventaja de ellas. Entonces, desarrolló un mecanismo que reprimiera estas conductas, al menos en las personas que ocupan posiciones en las que les toca decidir el destino y el bienestar de otros. El mecanismo es un biochip que se le introduce en su organismo a la persona al momento de asumir la responsabilidad que le compete. Como lo entendía mi padre, y hasta el momento es la mejor teoría que tenemos, el origen está en la mentira. Las personas solemos autoengañarnos y engañar a otros cuando tenemos alguna actitud egoísta que nos beneficia solo a nosotros a cambio del perjuicio de otros. Una región del cerebro, llamada amígdala, y que se vincula a la emoción, es la encargada de estos procedimientos. El biochip reacciona cuando se activa la amígdala y segrega un veneno que inhibe de manera transitoria la capacidad muscular de controlar sus esfínteres a la persona. Según los estudios que mi padre efectuó durante largo tiempo, los humanos le tenemos más miedo a la humillación pública que a la muerte misma. 
Por lo que pudimos saber de las civilizaciones terrestres, la deshonestidad entre los diferentes actores de sus sociedades era una de las más importantes razones por las que estas fracasaban y, en el terreno de la política, resulta inadmisible. No hay grises. Sin embargo, algunos dicen que nunca fue bien visto que, al ser mi padre uno de los integrantes más notorios de la comunidad científica, él nunca consintió usarlo.
Poco lo conocí en vida, siempre estaba ocupado. No descansaba nunca de su trabajo; siempre estaba pensando en una forma de mejorar lo que se daba por sentado o por hecho. Crecí con mi madre, que murió también hace unos años, y con mi educadora. Más allá de las tareas escolares, que comienzan desde muy temprana edad, cada persona tiene un educador personalizado que la acompaña y la estimula constantemente. Los hechos y circunstancias de la muerte de mi padre nunca nos fueron bien explicados, ya que sucedió cuando se preparaba para viajar a la Tierra, cuando yo era muy chico. De algún modo –me resulta inevitable pensarlo–, siento que mi destino es iterativo, y esto me inspira un profundo, aunque insensato, terror. Conozco historias sobre él, muchas, pero de ninguna fui testigo. Y siempre me sentí obligado a seguirlo y a superarlo, como me lo indicaron, así como a resignarme a no tenerlo.


La pintura pertenece Jean-François Millet y se titula: The sheep pen, moonlight (1872).


martes, 27 de noviembre de 2018

"Algo" (para María Jaeschke)



Hace dos años, le proponía a ella, tous les visages de l'amour, si me quería acompañar y dejarme acompañarla siempre. Dentro de poco, cumplimos un año en este viaje que no deja de ser una constante aventura. 
Esta es una mínima expresión de todo lo mucho que la amo.

Algo


me dice que sabés,
y cómo me mirás... sé:
No quiero estar nunca más
sin vos...

... Pienso:
Todo lo que sé, no es
nada si no estás.

Algo
me dice que sabés,
y las cosas que hacés...
... Soy alguien
que está en el medio
de algo que no sé
qué es...

... Quiero:
Nunca te cansés de mí,
contame un poco más...

Tanto la música como la letra de "Algo" son una composición original, 
excepto por los correspondientes compases de la "Marcha N.° 1: Pompa y Circunstancia",
del compositor inglés Edward William Elgar.
Mezcla y producción musical efectuada por Matías Onzari.
Las imágenes de este video pertenecen a Leo Pafumi.

© Todos los Derechos Reservados. Paulo Manterola.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El blanco no es un color

Definitiva como un mármol
Entristecerá tu ausencia otras tardes.
Jorge Luis Borges



Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Mis nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás. ¿Dónde dormiste anoche entonces? Platos, vidrios, ropa, todo desparramado por los pisos, bolsos a medio hacer, o a medio empezar. Hojas muertas y tierra hasta la sala. La luz del ventanal me atraviesa, todos los espacios atraviesa, los vuelve etéreos, las partículas de polvo bailan en el aire. ¿Dónde habrás ido? El letargo se confunde con el aturdimiento. Un andar lento, extrañado, inestable. Tengo la convicción de ya haber vivido este momento. Los ojos no logran hacer foco. No puedo tragar. Como si tuviera la garganta desgarrada en mil pedazos; los sonidos se incrustan como astillas, no salen. ¿Dónde estás? ¿Escuchás mis pasos, entre las hojas y los vidrios? El piano está intacto, en el mismo rincón de siempre. Una leve lámina de polvo lo recubre. La madera está fría; las teclas, perezosas. ¿Me escucharías romper el piano? Intenté hacerlo ayer, me acuerdo ahora. Estuviste tocando anoche, discutimos. ¿Qué hiciste? Quisiera escuchar tu voz. No necesitaría ver ni hacer nada si pudiera escuchar tu voz. Sentirte respirar cuando despierto, ese regalo que me hacés todos los días, cada bocanada de aire que hay en tus pulmones, como si fuera nada. Pero ¿qué hiciste? ¿Por qué? No puedo dejar de pensar en eso. Si pudiera decir algo. Me desangraría desde la garganta si pudiera acaso. ¿Quién te convenció de qué? Tu mamá tuvo algo que ver, seguro. Me detesta. Todos acá me detestan, me toman por idiota. Este lugar, con sus mezquindades y costumbres del siglo pasado, este pueblo blanco, como el del catalán. ¿Cuántas veces te dije que no viniéramos, que no había nada que hacer acá? A esta tierra estéril, con caminos de piedra, cerros y hondonadas. No hay más. Lo único que crece acá es el cementerio. No quisiste escuchar, y yo cedí, por amor. Era eso, ¿no? Siempre todo tiene que ser como vos querés. Me das la razón nada más que cuando me querés pelear. ¿Dónde te metiste? ¿Fuiste a verla a mamá? ¿Le dijiste que estaba deprimido? ¿Con quién estás? Desde afuera, se escucha un tumulto que va creciendo. Las campanas suenan desde lo alto de la capilla. Me parten los oídos. Parece que sonaran desde dentro de mi pecho. Desde la ventana de la cocina, se ve mucha gente en las calles. Pasó algo. Todos pasan en procesión. ¿Te mataste? ¿O quién murió? No se ven tristes ni enojados, ni nada, sus movimientos parecen impostados. De a ratos, levantan la mirada. Les preocupan más los ojos que tengan encima que por dónde caminan. Si su dios los viera, los mandaría a quemar vivos. Se me parten los dientes tratando de articular una palabra. Quiero gritarles. Los sigo, los empujo. Nada. Ni me miran. ¿Te maté yo? Puedo escuchar sus pensamientos. Piensan en mí, cosas horribles. Por qué tengo todas esas cosas horribles adentro de mi cabeza. Pasó algo. Desde las diferentes calles, de a poco, todos llegan a la capilla, algunos se saludan. Está tu mamá, la mía también. Estás muerta. Eso es lo que pasa. Discutimos mucho anoche, me acuerdo ahora. ¿Se lo contaste a alguien? ¿Por eso nadie me mira? Yo quería que habláramos. Estabas borracha y empezamos a pelear. Pero me acosté tranquilo, nos acostamos juntos. Siempre pensé que te tenía que decir las cosas como las sentía, y algo siempre se ponía en el medio. Después, pasó la noche del bar. Yo estaba ahí, tranquilo, ni siquiera estaba tomando, y esa pelirroja no me sacaba los ojos de encima, y me buscaba, y a mí ni siquiera me gustan las pelirrojas. Ese día habíamos peleado también. Tu amigo me vio, me vieron todos en el bar. Vos siempre fuiste más discreta, y la mitad de toda esta gente se ríe discretamente de mí, o me tratan como a un pobre tipo. Ahora me tienen asco y odio, puedo escucharlos. Y vos, ¿dónde estás? Dormís. Nunca más tu respiración, tu voz, tu mirada. Mientras más trato de abrazar otra vez esa sensación de tenerte cerca, más siento que te pierdo. ¿Aguantará tu alma el peso de esa piedra que tenés como corazón? La gente empieza a amontonarse frente a la puerta de la capilla, nadie quiere dar el primer paso. No tengo nada que hacer acá. Mi amor descansa, mi pena también. Qué diría ese zorro ladino y condescendiente del cura si me viera entrar. Qué va a decir mi familia. ¿Me van a acusar a mí también? Mi hermana, que está lejos, ella te va a echar la culpa a vos, claro, va a decir que te suicidaste. Me conoce mejor que nadie. Y yo todavía no puedo entender bien qué pasó. Y todas las mascotas de mi hermana, me da celos todo lo que la quieren. Es tan fácil ser una mascota, es tan simple ese tipo de amor. Ya está. Llego al río, pasando el barranco. Los pies se arrastran hacia la parte honda. No se siente el agua a mi alrededor. Los dedos no pueden surcarla, ni se escurre entre ellos. Los pulmones no se mojan. No pasa nada. Me desespera más que si me estuviera ahogando. Tuve esa misma sensación anoche, me acuerdo ahora, después de acostarnos. Me diste de comer, te acostaste conmigo y soñé que me moría. Me desperté a mitad de la noche, asustado. No estabas en la cama. ¿Qué hiciste? ¿Qué me hiciste? Fuiste vos, entonces, la que me mató a mí. ¿Soy yo el que está muerto? Pero puedo tocarme, sentirme. ¿Cómo puede ser? Lo que siento en la garganta es el veneno. Nada más que confiando tomamos el veneno con cuchara. Vuelvo a entrar a la casa. Estás ahí, volviste, no estás en la capilla, te sentías demasiado triste, dijiste. Te veo sentada en el sillón de la sala, demasiado cómoda como para estar castigándote. Quiero gritarte, empujarte. No puedo hacer nada de eso. Es inútil. Te sobresaltás, de repente, mirás para todos lados, te ponés a llorar, como si me presintieras. Cuando me escuchaste gritar ayer, subiste, me calmaste, pusiste algo en mis manos, una carta, sí. La escribiste mientras esperabas que hiciera efecto el veneno. Y ya está. Después, te fuiste sin que nadie te viera. Me dejaste durmiendo, con la carta en la mano. Ahí la veo, en la cama. De alguna manera, creo que sé lo que dice, pero la leo. Decís que no podés más, que te fuiste. Los ojos se cansan, las letras se desfiguran. No puedo seguir. Todos van a pensar que me suicidé. Por supuesto, quién podría dudar de vos. Ya no puedo acordarme más. Estoy cansado. Tal vez sea para mejor. Ser una víctima antes que un idiota. Me voy a volver loco hablándome a mí mismo, si pudiera acaso. Me pierdo. ¿Dónde estás? Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Los nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás…


* Este cuento, escrito por mí, toma algunas frases de diferentes canciones de la banda White Stripes, escritas por su guitarrista y cantante, Jack White. A través de estas frases sueltas (que fueron traducidas por mí y reformuladas dentro del cuento), imaginé una historia, una historia en la que su temática y su clima se funden con las temáticas y los climas que tiende a crear este músico, símbolo de la cultura estadounidense actual. Por esta razón, la imagen es de uno de sus discos también.

jueves, 30 de agosto de 2018

Oquedad


¿Estás dispuesto a devorar estrellas que sacien tu sed?
Enrique Bunbury

  El olor a pis lo despertó. No quería abrir los ojos, volverlo real. El simple hecho de ir a alguna farmacia a comprar pañales para adultos le daba asco, esas palabras, más incluso que tener que salir al patio a las seis de la mañana para buscar unos trapos limpios, tener que sacarle la bombacha a la madre, higienizarla, limpiar el colchón y después regresar al patio para fregar los trapos y la bombacha. Por lo menos, ese era, de alguna forma, un acto privado, un nuevo ritual solitario y silencioso que se había impuesto desde hacía unos días. A veces, se repetía por las noches; entonces, esperaba hasta tarde a que los pasillos se callaran.
  Esta vez, al terminar, le dio un beso en la frente a su madre y se dirigió al baño, aprovechando que pocos se despertaban tan temprano para mantenerlo ocupado. Mientras se lavaba los dientes, pensó en el sueño que había tenido, sin saber bien si sentía excitación o culpa. Al enjuagarse la boca, tuvo la sensación de estar masticando tierra. Escupió y, entre los restos amarillentos, vio unas bolitas negras diminutas. Se miró al espejo y abrió la boca. Entre las primeras muelas, tenía una manchada. Se tocó el diente. El dolor le hizo lanzar un grito que tapó con la mano sobre su boca. Se palpó la piel reseca, se restregó los ojos, intentó sacarse esas lagañas de perro que tenía. Se dio un sopapo y se metió a la ducha.
  Cuando cortó el agua, pudo escuchar las voces de la gente que ya hacía cola frente a la puerta. Se secó, se vistió y bajó a la entrada a buscar el diario. No había nadie. Le sacudió la mugre del mostrador y se alejó mientras leía los titulares de la portada. El diario en sí, le importaba poco o nada –excepto los suplementos de los martes–, pero la costumbre de ponerse a leerlo durante el desayuno reconfortaba de alguna manera a su madre, como si eso le hiciera sentir a ella que el mundo no había cambiado tanto desde otros tiempos mejores.
  Subió las escaleras, cerró la puerta de la pieza y puso a calentar la pava en el anafe. Mientras, despertó a su madre, la depositó en la silla de ruedas y la colocó frente a la mesa. De su boca, no se escuchó nada más que un lamento ahogado cuando la movió. Él le contaba de su trabajo, de los chismes de los pasillos, y otras tonteras. Ella lo escuchaba fascinada, con los ojos bien abiertos. La yerba del mate estaba vieja, dejaba en la boca la sensación de haber lamido el piso, pero su madre ya no distinguía mucho los sabores, ni nada. Antes de apagar el fuego, ablandó tres panes, dos para ella y uno para él, y sirvió todo sobre la mesa. Después del primer mate, le cantó los números de la lotería publicados en el diario, mientras ella sostenía el ticket con un gesto fruncido: el mejor de sus hijos, el que no había caído en la bebida ni en la pobreza extrema, el que se las había arreglado para darle un lugar para dormir, tener un trabajo estable, desperdiciando el tiempo y el dinero en esas estupideces. Él le decía que el día que la sacaran se iba a arrepentir, pero que igual le iba a dar todos los gustos: “No es tu culpa, viejita, que tengas esas ideas locas. Ya vas a ver, mañana ganamos”. Le leía en voz alta la sección de policiales, evitando algunos detalles escabrosos quizás.
  Al dar vuelta una página, se quedó mudo. Una nota sobre un asesinato le llamó la atención. El texto decía que se trataba de un hombre discapacitado, de cincuenta y pico de años, como se veía en la foto: calvo, pálido y obeso. También decía que el crimen se atribuía a una banda mafiosa o a una vendetta, por la atrocidad de los hechos: el hombre había sido irrumpido en su propia casa y atado; después, torturado con quemaduras, golpes y descargas eléctricas, mutilado –su lengua había sido encontrada en el depósito de la basura–, y, por último, degollado. Las fotografías detallaban todo con una crudeza atroz: el rostro de la víctima, la escena, los hechos, todo tenía un parecido increíble con unas imágenes que, desde hacía varias semanas, se le manifestaban repetidamente mientras dormía o, en ocasiones, mientras caminaba, o frente a la computadora, o recostado, cuando cerraba los ojos, como “descargas”. La última vez había sido el 17 de enero, lo recordaba, hacía tres días. La brutalidad y la semejanza con sus ensoñaciones lo mantuvieron perturbado. Pero quién era él para decir qué, o cualquier otro: eran delirios, nada más. Y, aunque él no sabía mucho de qué se trataba la psicología, esta parece afirmar lo mismo: las fantasías no son más que eso.
  Dejó el diario sobre la mesa con un gesto enajenado, tragó un poco más del flujo del mate, le dio un beso en la frente a su madre y salió hacia la parada del veinticinco, que le quedaba a una cuadra (o trescientos ocho pasos, según llevaba anotado mentalmente). Era un viaje de alrededor de cuarenta minutos. se bajaba en la segunda parada después de doblar en la avenida Caseros, frente a la plaza Florentino Ameghino, y caminaba dos cuadras y treinta y cinco metros (o setecientos veinte pasos) hasta la oficina de envíos postales y pago de servicios. Este local en el que trabajaba tenía pocos clientes por día; se agrupaban algunos, más que nada, entre las once y las dos. Después, se ocupaba también de trascribir información –correos, direcciones, notificaciones, montos– a las bases de datos de otras empresas, junto con su compañera, de unos treinta y algo, varios años más joven que él.
  La relación entre ellos era simbiótica, sin saberlo, para los dos. En un principio, algún que otro gesto simpático de parte de ella había sido suficiente para él para que le contara a su madre que había conseguido novia. A veces, soñaba con ella. La había conocido un 21 de febrero de 2002, el día que ella empezó el entrenamiento que le fue pedido a él que le impartiera. El 20 de abril de ese mismo año, él le había propuesto salir a almorzar juntos, y al mes siguiente; el 3 de junio, le había comentado lo que sentía por ella.
  Los recuerdos eran selectivos. No recordaba su insistente acoso, con regalos, flores, bombones, cochinitos, piropos, a los que su compañera respondía siempre con una sonrisa. No recordaba la indiferencia de la chica, la repulsión que le generaba, la cara de asco que ponía cada vez que él le decía algo chancho cerca del oído. En muy pocas ocasiones, ella prendía su computadora. Se la pasaba, más que nada, mirando fijamente sus apuntes de la carrera. Cuando ella se ausentaba, él se ponía a inspeccionarlos, intentaba leerlos: Psicología del Aprendizaje, Neurociencia, Psicopatología, etc., todos sin una sola marca. En realidad, como lo hacen los gatos también, ella solía usar el tiempo para pasarse toallitas húmedas por la piel o pintarse las uñas: la hora del baño, como le decía él mientras espiaba de reojo.
  Ese día, no obstante, él no se sentía bien. La similitud entre la noticia de la mañana y sus sueños o “descargas” le habían dejado una sensación de extrañamiento que no sabía definir. Podría haberle preguntado algo a ella, aunque fuera de manera indirecta, pero no estaba dispuesto a quedar como un ignorante. Entonces, durante su hora de almuerzo, se hizo el tiempo para ir a una librería y buscar alguna publicación que hablara sobre ese tipo de cosas: sueños lúcidos, apariciones, interpretación de los sueños, lo que fuera. Lo único que encontró, sin embargo, fue un libro sobre la numerología y los juegos de azar, aunque no considerara que el azar tuviera algo que ver con eso: en algún momento, iba a ganar, tarde o temprano. Con paciencia y optimismo, él obtendría lo que merecía, estaba convencido. Los textos que le había recomendado el vendedor no le sirvieron de nada: ninguno explicaba eso de que los sueños y las fantasías nos permiten fabricar mundos imaginarios, que en ellos la lógica y la moral se encuentran suprimidas, que surgen como un mecanismo de defensa para evitar pensamientos o emociones que nos generan frustración o miedo.

* * *

  Al día siguiente, su compañera no se presentó. En los dos años de trabajo que habían compartido, ella se había ausentado nada más que tres veces: un 5 de marzo, un 13 de julio y un 30 de octubre del último año. Él lo recordaba muy bien, contaba con una memoria privilegiada para los números, aunque no para muchas cosas más.
  Lo cierto era que, ese día y el siguiente, ella faltó. Nunca había pasado dos días seguidos, lo que lo preocupó bastante. Su ausencia le generaba angustia, y no solo eso: se había acostumbrado a la idea del noviazgo que le contaba a su madre, de hecho, le había prometido que un día la llevaría a cenar, para que se conocieran. Ahora no sabía qué hacer consigo mismo. Ella no contestaba su celular. Él lo marcaba una y otra vez, cada vez, todos los números, primero despacio, después más agitado, sonaba siete veces y, a la octava, atendía el contestador. Al tercer día de ausencia, contestó. Lo saludó como si nada, como si no hubiera visto quizás todas las llamadas perdidas en su teléfono, como si no le faltara él, como si las toallitas húmedas que él compraba todos los días no desbordaran el botiquín de la oficina ahora. 
  Ella le dijo que había renunciado, que ya sabían en el local. Estaba embarazada y había decidido ir a vivir a Tucumán con su pareja, donde él tenía un buen trabajo. Le pidió que lo disculpara por no haberle avisado, pero se había tenido que mudar casi de un día para el otro. Le preguntó también si había ido el dueño o alguno de los hijos, o si le habían traído algún reemplazo. Hubo un largo silencio. A él se le vino a la cabeza, entonces, esa primera noche en que había soñado con ella, el 26 de junio de 2002, un sueño desagradablemente erótico y violento, que hasta le daba vergüenza recordar. Ese día, se sintió definitivamente enamorado. Con la voz entrecortada, le dijo que no, que no había ido nadie, y le cortó sin más.
  Eran las dos de la tarde, y el local cerró. Solamente en el camino de vuelta a su casa, hundido en un asiento del veinticinco, se dio cuenta de que podía llegar a pasar el dueño. Pero esto no le dolía ni le preocupaba más que la ausencia de su compañera. Cuando entró a la pieza, la madre dormía en su silla. Se tiró en su colchón y cerró los ojos con fuerza, para soñar otra vez con ella. Pasaron horas, y no pasó nada. No pudo dormir. Decidió, entonces, que su madre no lo podía ver de esa forma a su tesoro, su protector. Una putita no le puede arruinar ni una cena a mamá, pensó. Se levantó y despertó a la madre, le preguntó qué quería comer. Ella le contestó algo muy bajito al oído. En la calle, no podía dejar de pensar en su compañera y en cómo sería el tipo ese que se la había llevado. El mundo parecía pasarle por el costado, sin tocarlo. De repente, sintió una descarga: la vio claramente, entre un abrir y cerrar de ojos, con la panza crecida, siendo destrozada, empapada del sudor hediondo de él, violentada. Se asustó, chocó con la gente. Se detuvo, respiró, intentó calmarse, y después volvió. Saludó a su madre con un beso fuerte en la frente y se puso a preparar la comida.
  Mientras cenaban, él le comentó que la semana siguiente iba a traerla a su novia, para que comieran los tres, que habían estado hablando de casarse y, si se llevaban bien, de vivir juntos con ella en algún otro lado. Se lo creyó él también. Tenía que seguir siendo el distinto, el especial, por lo menos para ella. La madre, sin parar de meterse comida a la boca, lo miró y le sonrió, con sopa en los ojos. Él se quedó observándola mientras ella se esforzaba por hacer pasar el bolo de comida. Quiso llorar por un momento, pero se contuvo. Le dijo que, antes, tenía que irse por unos días, que la empresa iba a abrir una sucursal en Tucumán y le habían pedido a él que vaya a supervisar, que le iba a dejar comida preparada y le iba a pedir a “doña pelos” que mande a alguien para ayudarla. No quiso ver la reacción de ella. Después, prendió la radio y no quiso mirarla más. La búsqueda de satisfacciones internas, dicen los expertos, a veces, se sostiene en ilusiones que, por lo contrario, son externas.
  Cuando terminaron de comer, recostó a su madre, se echó y pudo dormir y, entonces, soñó con su compañera; un sueño desaforado, como las imágenes que se le habían aparecido en la calle. Con toda su angustia, su impotencia, su cariño y su fuerza, la destrozaba otra vez en su alucinación y, finalmente, la quemaba viva. Al despertar, hundido en el colchón, volvió a sentirse triste y desesperado. El olor de la madre era fuerte esa mañana. 
  Mientras hacía su rutina del patio, los trapos, la lavandina, pensó, por un momento, en quién la iba a limpiar al día siguiente, y decidió olvidarlo. Cuando salió de la pensión, no fue a trabajar, no volvería a ir, ya lo había decidido. Algo se le iba a ocurrir. Fue a la terminal de micros y se paseó durante horas por los pasillos: quería ir a rescatarla, traerla de vuelta, pedirle que se case con él, violarla, usarla como lo había usado a él. Decidió que volvería a la casa. Le dijo a su madre que el viaje se había aplazado y se tiró en el colchón. Tenía miedo de dormir, pero la misma escena se repetía una y otra vez, lo excitaba.
  Al día siguiente, volvió a salir. En vez de ir al trabajo, fue a un bar que quedaba sobre la calle Pichincha, frente a la parada en la que se bajaba, en Parque Patricios. Por familiaridad, supuso, y para guardar las apariencias. Empezó a beber, mucho. Miraba constantemente su celular, esperando que ella le escribiera. Pedía cerveza, la hacía durar un rato largo. Siempre terminaba pidiendo entre tres y cuatro –tomaba un dedo o dos cada cinco minutos–. Antes de levantarse, se pedía un tequila. Miraba fijo la televisión que colgaba de la pared. Después, caminaba hasta la pensión para sacarse el mareo. Cuando ya estaba cerca, a unas seis cuadras, se tomaba un café en la estación de servicio de 20 de septiembre y Brown, y se lavaba los dientes y la cara, para sostener el teatro con su madre y con él mismo.
  Uno de esos días, un 8 de marzo, en la televisión del bar, vio lo que no quería ver: una mujer, de treinta y pico de años, morocha, de ojos verdes, delgada, embarazada, había sido violada y quemada viva en Palermo. Quedó atontado. Lo primero que hizo fue llamar a su compañera, pero ella no respondía. Pensó en tomarse el primer micro a Tucumán, pero ya no le quedaba tanta plata. Se desesperó y gritó. Cuando alguien se acercó para calmarlo, respondió con una trompada. Después, entre varios, lo agarraron y lo sacaron. Salió con la cabeza por la puerta. Sentado en la calle, ya más calmado, aunque temblando, pensó en los diarios. Se levantó, se dirigió a la estación de servicio donde solía tomarse una café, se lavó la cara, se emprolijó y fue a la Biblioteca Nacional. Recordaba cada fecha de cada aparición extraña que había tenido. Tardó poco en darse cuenta que todas estas fechas coincidían con un evento del mismo tipo algunos días más tarde. Pero su compañera estaba viviendo en Tucumán. ¿Qué iba a hacer en Palermo? ¿Había vuelto a buscarlo quizás? Estudió las fotos, las capturas de pantalla de la televisión. Eran demasiado parecidas. Tal vez el mundo de los sueños era una puerta hacia otros estados en donde la vida repite y se repite dentro de ellos. ¿Cómo era posible? “A la mente humana le urge lo que le hace daño”, había leído en un apunte. Y, si la necesidad es la madre de la invención, la angustia lo es de las supersticiones. 
  Se propuso, entonces, evitar volver a soñar ese tipo de cosas. Tenía que ver cómo controlar esos impulsos, esas “descargas” oníricas. No volvió a su casa. Esa noche durmió en la calle, y la siguiente. Pensaba en su madre, todo el tiempo, si la nena paraguaya que le habían recomendado estaría yendo a limpiarla, si estaría preocupada, o si se acordaría que le había comentado del viaje que tenía que hacer. No soñó nada extraño, aunque podía suceder en cualquier momento: el frío, el ruido, la precariedad y los olores lo mantenían alerta, pero sabía que no iba a poder controlarlo, ni dormido ni despierto. Empezó a comerse las uñas, el pelo, buscaba entre la basura restos de café, latitas de estimulantes a la salida de los boliches, colillas de cigarrillos, pastillas, lo que fuera. Se metía todo lo que encontraba. Si no podemos vivir de nuestras fantasías, tampoco sin ellas. Es el deseo lo que las mantiene vivas y no satisfacerlas…. De lo contrario, no nos quedaría mucho por lo que vivir.
  Empezó a buscar los números escondidos en los nombres de las calles, de los lugares, de las publicidades, para entretenerse, dispersarse, los combinaba con la numeración de las calles, los números de las líneas de colectivo, los restaba, los sumaba, buscaba su significado, en todo encontraba una relación. Contaba sus pasos, imaginaba cuántos pasos tendría que dar para llegar a un lugar, después a otro. 
  No obstante, lo que ya no podía contar eran los días, las horas. No sabía hacía cuánto tiempo se había ido de su casa, hacía cuánto que había logrado hacer desaparecer todo eso. Pero ¿lo había logrado? Y sintió una falta, un vacío que le cerraba el pecho. Lo identificó con la ausencia de su compañera, si es que estaba viva. Intentó respirar con más calma. 
  Sístole, diástole, sístole… y no más.

* * *

  La policía lo encontró muerto en un baño de la terminal de Constitución. Estaba muy sucio, con el estómago inflamado, los dedos de los pies y de las manos infectados, la piel con hormigueros, y se había arrancado los ojos, todavía los tenía en sus manos. Otro loco más. ¿Qué importa preguntarse por qué? 
  Una vez que lograron identificarlo, un cabo y un oficial ayudante tuvieron que ir a la pensión que confirmaron como su domicilio. Ahí, los oficiales encontraron a la anciana madre, arrugada, colgando de su silla de ruedas. No hacía caso, no prestaba atención a lo que le decían. Decidieron, entonces, llevarla al Argerich, hasta que supieran bien qué se podía hacer con ella. Mientras una chica de emergencias empujaba la silla, cruzando la puerta de la pieza, la vieja tomó del brazo al cabo, lo miró a los ojos y, con una voz como desde una fosa, dijo: “Tienen que avisarle a la puta de la novia, conmigo ya no tiene nada”. Con lo que le quedaba de fuerzas, lanzó un escupitajo espeso que aterrizó en el dorso de la mano del cabo. Otro hilo quedó colgando de su mentón. 
  En los depósitos del cementerio de La Chacarita, los oficiales fueron una vez más a ver el cuerpo del hombre, para tomar unas últimas fotos antes de que lo inhumaran. Al verlo, el oficial ayudante se sorprendió y, después de salir, subidos a la patrulla, le comentó al cabo que su mujer, hacía unos días, le había descripto a un hombre que había soñado notoriamente parecido a este, incluso con detalles vívidos. “¿Y qué soñó?”, preguntó el cabo. “No me acuerdo, pero me lo describió: es muy, muy parecido. Parece que ella lo veía morir, que lo quería ayudar, pero el tipo era violento, gritaba, tenía una ‘angustia violenta’ me dijo, y se le murió en los brazos, mientras balbuceaba algo”. “¿Qué cosa?”. “Algo así como que quería ‘ver más’. Lo raro era que el tipo no tenía ojos, como este. Y le decía ‘¿la maté?’, aunque no sé si se lo preguntaba, creo que le gritó a lo último: ‘¡la maté!’. Muy raro. Ahí se despertó, y me despertó a mí también… y me contó todo. Te puedo asegurar que parecen prácticamente iguales”. “¿Y eso qué quiere decir?”. “No sé. Ella es la psicóloga. Yo no entiendo de esas pavadas”.

La pintura es de William Blake. Se titula: Beatrice adressing Dante from the car (1824)


lunes, 6 de agosto de 2018

Virgen

Se dice que un 8 de septiembre nacía la virgen María. También se dice que muchos de los relatos sobre ella fueron tomados de la diosa egipcia Isis. Cuenta la mitología griega que fue la última inmortal que vivió entre los humanos, para impartir la justicia y el orden. Sobre su espalda, cargó la cosecha y los rayos de Zeus en la lucha contra los titanes. Su constelación es la más grande de todos los signos y, dentro de ella, habitan miles de galaxias. Por mi parte, puedo decir que conozco a una María nacida un 8 de septiembre y es mejor que cualquiera de todas estas historias. Su segundo nombre es Regina porque iba a nacer un 7, día de esa santa. Su apellido es impronunciable, parece un jeroglífico. Todos los días me enseña algo nuevo, sobre ella y sobre la vida, con su sencillez, su inocencia y su infinita belleza. Su sentido de lo justo es inapelable. Terrenal, transparente e inmensamente bondadosa. Y, además, me ama. Y yo soy fiel a ella.