miércoles, 24 de mayo de 2017

Robar no es hurtar



Me llamó su hermano. Había hablado con su mamá porque su papá le había hablado a ella. Me preguntó dónde estaba Pame y, la verdad, me estaba preguntando lo mismo. Nadie la vio. ¿Nadie le dijo? Mierda. Siempre se mete en quilombos. Pero yo no podía decir; algo sabía, pero no le puedo decir al tipo que su hermana es una falopera, que trabaja de puta. La primera vez que la conocí fue en el club. Había ido con unos amigos y ella estaba haciendo su laburo. Me dijo que trabajaba acá y allá, donde pintara. Yo le dije que se olvidara de eso, que nos iban a pasar cosas buenas. En ese momento, a mí me habían sacado de tránsito y empezaba de cobani por las calles. No tardé mucho en darme cuenta lo fácil que es meterse en las casas, y la cantidad de gente que no confía más en los bancos. Además, en estos barrios, la gente confía demasiado en la policía. Qué tarados. Ella quería ayudarme, pero yo no la dejaba. No me perdonaría nunca si la agarran. Ya bastante tuve el otro día cuando, entre cuchara y cuchara, de repente la vi acurrucada en el piso, chupándose el dedo. Desde ese entonces, la cabeza a veces se le va a la banquina, tiene lagunas. Por eso estoy acá, este es el último laburo; con esto, nos sacamos la lotería. Le corto al hermano, tengo que salir rápido; parece que alguien boqueó. Empiezan a sonar las sirenas. Parece una joda. Qué dirán los muchachos si me llegan a ver. ¿Qué hago? Seguro fue el forro del padre. Y yo soy la mala influencia. Se van todos al carajo. Tengo que mear igual, ya fue. Las sirenas suenan cada vez más cerca. Todo por cortarme solo. Hijos de puta. Entonces, la veo. Puta madre. No puede ser tan pelotuda. ¿Nadie le dijo? Se trepó por la pared de atrás; mientras termino de mear, la veo entrar por la ventana del baño.

Sin pecado, no hay pecador

un acercamiento al análisis del cuento "Las vestiduras peligrosas" de Silvina Ocampo



  Silvina Ocampo es una cuentista conocida por su inclinación hacia lo fantástico, lo extraño, lo siniestro. En su obra, describe mundos sombríos, trastornados y sus personajes casi siempre tienen una inclinación hacia el sadismo, caracterizados por una ingenuidad ambigua, infantil y, al mismo tiempo, apática, insensible hacia las desgracias o tragedias humanas. Su cuento “Las vestiduras peligrosas”, compilado en el libro Los días de la noche (1970), entre otros, es un claro ejemplo de esto.
  En un primer acercamiento, podemos decir que el cuento en cuestión está narrado por uno de los personajes principales, Piluca, quien tiene una focalización interna y parcial y ha sido testigo de los hechos que narra. Estos hechos son narrados en pretérito y no hay indicios para determinar la distancia temporal entre el momento de la narración y el momento en que se dieron los acontecimientos.
  Por otro lado, el cuento comienza in extremis res, es decir, nos anticipa el desenlace. Nos da a entender que la otra protagonista, Artemia, que era conocida de la narradora, está muerta. De ahí en adelante, se intenta reconstruir o recapitular algunos momentos relevantes desde el inicio de la relación entre las protagonistas. Estos momentos relevantes intentan también servir como explicación o justificación para la narradora, Piluca, del trágico final de la vida de Artemia.
Los personajes que protagonizan el relato son dos, Piluca (o Régula), la pantalonera que se hace pasar por modista, una adulta de clase humilde y con fuertes creencias religiosas, y Artemia, la chica rica que contrata a esta modista, joven, esbelta y vana, aunque buena, según dice la voz de la narradora.
  En una primera lectura, lo primero que podemos notar es la cantidad de referencias religiosas que abundan, y son estas marcas las que introducen a una lectura analítica del relato ya que ninguna de ellas es casual. En la primera línea, la narradora dice: “Lloro como una Magdalena”. No es un dato menor que María Magdalena, en los relatos bíblicos, es la madre de Jesús, quien fue testigo de la crucifixión de su hijo. Asimismo, cuando tiene que trabajar arduamente, la narradora pide ayuda al lirio de la Patagonia, es decir, a Ceferino Namucurá, santo de origen humilde y, no por nada, carpintero. Por otro lado, en uno de los diálogos entre las dos protagonistas, Piluca dice: “Pero niña, está bien que sea buena […] pero no hasta el punto de querer sacrificarse por la humanidad”. De esta manera, es evidente la representación simbólica de Jesús en Artemia por parte de la narradora. Cabe destacar que, en presencia de tantas referencias y símbolos religiosos, el nombre de Piluca remite a Pilatos quien, por omisión y para satisfacer al populus, quien fue el que lo condenó a muerte a Jesús.
  Por otro lado, Artemia es un nombre de origen griego. Esta referencia simbólica es extranjera en un relato claramente apoyado en la tradición y moral religiosa cristiana, latina. Del mismo, el personaje de Artemia es extranjero en el mundo, no encaja, no lo acepta, lo desafía constantemente a través de la exageración de su sexualidad. La diosa griega Artemisa era la diosa helena de la caza, de los animales salvajes y de la virginidad, que traía y aliviaba las enfermedades de las mujeres; despertó el interés de muchos hombres y dioses, aunque ninguno pudo ganar su corazón. Esto posibilita numerosos análisis. En primer lugar, su naturaleza helenística la relaciona a lo matriarcal, a la defensa y a la exaltación de lo femenino. La joven protagonista no quiere ser amada, quiere sentirse deseada, cazada quizás, cuando en realidad es ella quien sale a cazar. Su atrevimiento es una denuncia de los peores rasgos del hombre, lo pretende exponer como un animal salvaje precisamente, aunque no lo logra. En segundo lugar, también se construye como una virgen, una mujer casta que solo busca provocar al sexo opuesto en vez de atraerlo. Esta relación sadomasoquista también la tiene con Piluca, quien se siente dominada y atraída, aunque asqueada, por Artemia: “Ella nunca me impresionó mal. Dicen que estaba enamorada”. Aquí, el sujeto elidido no permite saber si Piluca está hablando de ella misma  o de Artemia.
  Ambas protagonistas evidencian un claro rechazo hacia el mundo de los hombres. Al comienzo, Piluca describe una situación de cuando era joven en la que el lugar del hombre es el de depredador sexual, depravado:

"Cuando coloqué los alfileres, la primera vez me dijo:
—Tome un poco más, vamos —con aire puerco.
Le obedecí y volvió a decirme con el mismo tono, riéndose:
—Un poco más, niña, ¿no ve que me sobra género?
Mientras hablaba, se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo de los alfileres. Entonces, de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara".

  Aquí se evidencia la sensación de asco que le provoca el género masculino. Por otro lado, las acciones de Artemia están orientadas a desafiar el mundo de los hombres, en donde las mujeres deben ser pudorosas y sometidas. Asimismo, el novio de la joven que menciona la vieja Piluca parece haberla abandonado. En este contexto, la relación entre Piluca y Artemia y el mundo que comparten es enteramente matriarcal. Podría decirse que la vieja modista parece adoptarla como hija a la joven rica, intenta inculcarle valores, la cuida, la protege. Sin embargo, al mismo tiempo, el personaje de Piluca es sexualmente ambiguo, tanto desde un posible furcio discursivo: “lo dejaba a uno bizco”, “cuando uno los miraba”, así como desde la expresión de su pensamiento: “Verla así, vestida de muchachito, me encantó”. Hay una atracción sexual implícita hacia la joven en el cuento.
  Por último, como en todo relato bíblico, no podemos dejar de mencionar la presencia constante del pecado. Artemia es no solo viciosa, sino también una pecadora. Así lo entiende y nos lo cuenta Piluca. (En este caso, quizás, sería más adecuado su verdadero nombre, Régula, ya que este nos refiere a la regla o norma.) Podemos entonces encontrar que la joven peca de vanidosa: “La vida se resumía para ella en vestirse y perfumarse”, “¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para mostrarlo acaso?”; de avara: “A pesar de la repugnancia que siento por algunas ricachonas”; de holgazana: “La señorita Artemia era perezosa”; de envidiosa, iracunda: “Son unas copionas. Y las copionas son las que tienen éxito”; y de lujuriosa por lo indecente y lo lúbrico de sus dibujos, por salir a la calle prácticamente desnuda, para provocar. El último pecado, la gula, la insaciabilidad, a veces definido como un “deseo desordenado por el placer”, puede tal vez encontrarse reflejado en lo imperativo, en la constante exigencia de parte de Artemia para la confección de vestidos y, también, aunque en menor medida, en la forma compulsiva de trabajar de la propia Piluca.
  Esta última dice que le “atemorizan los vicios”. Su rigidez moralista y cristiana, la hace sentirse horrorizada por la figura de Artemia; como ya hemos dicho, la ve no solo como a una viciosa, sino como a una pecadora. A partir de esto, y como también le genera un cariño maternal, intenta educarla, pero se da cuenta de que, en realidad, se siente atraída sexualmente hacia ella. Esto la convierte en una pecadora a ella también, lo cual no puede tolerar y, de alguna forma, con la confección de su última prenda, la conduce a la muerte, por omisión, como Pilatos. De esta manera, al eliminar el pecado, la vieja dejará de ser una pecadora. Sin embargo, no experimenta ningún tipo de culpa o responsabilidad: “Hay bondades que matan”, dice. Artemia fue asesinada por tramposa, por despertar el deseo en Piluca, por no despertar el deseo en ningún hombre, por querer parecerse a ellos, por querer dejar de sentirse una extranjera.

martes, 2 de mayo de 2017

Micropensamientos



Un bosque en la China, teatro del mundo, espejo de la vida. Nos cruzamos, nos volvemos a separar, nos sentamos. Nos perdemos los que nos encontramos. Nos roban un beso; en un suspiro, la vida. Que sí, que no. El mismo bosque, senderos que se bifurcan. Y esa chinita que no nos quiere contar.
En algún lugar del abasto, Luca pasa con anteojos de sol, para la gente que le da asco. Cerca, Gardel sonríe a los borrachos que le mean los pies de cera.
Mientras tanto, en la sala de internación, suena Julio Sosa en la radio a pilas. Se escucha hasta los pasillos. Mamá sube el volumen. Yo, mudo. El varón del tango calla sus pensamientos y el ruido del pulmón artificial de papá.


Variaciones

o algunas reflexiones sobre tres cuentos de 76, de Félix Bruzzone


¿Qué hace uno cuando toda su identidad queda destruida en un solo instante? 
¿Cómo reacciona uno cuando toda la historia de su vida 
resulta estar equivocada?
Chuck Palahniuk



PRIMERAS CONSIDERACIONES


  En este breve ensayo analizaremos los cuentos “Unimog”, “Otras fotos de mamá” y “Lo que cabe en un vaso de papel”, del libro 76 de Félix Bruzzone, sus aspectos lingüísticos, y contextuales, así como los diferentes recursos narrativos, retóricos y estructurales que utiliza el autor según los postulados de lingüistas como Gérard Genette, Helena Beristáin y Harald Weinrich, entre otros.
  Los tres cuentos se encuentran atravesados por la cosmovisión del protagonista: un hombre adulto que no puede reconciliarse con su pasado y con la desaparición de sus padres durante la dictadura de 1976, de ahí el título del libro que compila estos cuentos. Los relatos son ensimismados, introspectivos, autorreflexivos, aunque esto no implica que el protagonista de estos sea autoconsciente; de hecho, este no sabe o no le importa mucho más que lo que él piensa o siente. 
  Asimismo, su deseo, ese que plantea el conflicto en los relatos, y el que motiva y desencadena todas las acciones del relato, siempre queda insatisfecho. En “Unimog”, el viaje queda trunco y el protagonista debe volver sin su camión y sin ninguna respuesta sobre lo que había motivado ese viaje; en “Otras fotos de mamá”, la entrevista que tiene lugar el día anterior y el posterior encuentro con la mujer del otro no satisfacen sus inquietudes; y, en “Lo que cabe en un vaso de papel”, su relación con su compañera de estudios no logra ser más que superficial.
  Como hemos dicho, el protagonista es solo consciente de sí mismo, y no tanto. Su relación con el resto de los personajes es remota, lejana: no se vincula realmente con ellos. Pero, además, todas las reflexiones del protagonista sobre sí mismo se encuentran cargadas de incertidumbre y de confusión.

MUNDO NARRADO


  En un principio, todos los cuentos habitan en el mundo narrado, es decir, su relato es pasado, en un pretérito perfecto simple. Con oraciones cortas, muchos puntos y una sintaxis simple, las acciones suceden y se concatenan de una manera vertiginosa. Las descripciones no abundan, sino que más bien se da cuenta sobre los hechos en un orden cronológico. Aunque en “Otras fotos de mamá” el pasado sea más reciente y, sobre el final del cuento, la línea de tiempo casi parece unirse con el presente, esto no sucede. No hay anomalía en ese aspecto narrativo. 
  De esta manera, podemos encontrar, en mayor o menor medida, a lo largo de las tres historias, muchas elipsis temporales con las que el narrador acota el relato a las acciones relacionados directamente con el conflicto que le da origen. Las descripciones tienen lugar solamente al describir algún paisaje.
  Por otro lado, en lo que refiere al orden espacio-temporal del relato, las situaciones de los tres cuentos son similares. El protagonista es una persona hija de padres desaparecidos que ya ha llegado a la edad adulta a principios de la década de 2000 y que vive en algún barrio de la ciudad o de la provincia de Buenos Aires. Las situaciones socio-culturales varían entre sí, así como las diferentes competencias de cada uno de los  protagonistas. Sin embargo, estas diferencias no logran desarticular la característica principal que los une: su enajenación con respecto a su pasado y al mundo que lo rodea, incluso de las personas más cercanas a él:

Esa noche, en la cama, encendieron la TV pero no la miraron. O la miraron, pero mientras en la pantalla se repasaban las últimas gracias de un cómico recién fallecido, Vicky pensaba en la casa y Mota pensaba en el camión. La casa encantada y el camión maldito, o al revés. El camión y la casa. Y es seguro que, de haber hablado, no se hubieran puesto de acuerdo en cuál de las dos cosas era más importante. [“Unimog”] 
Supongo que ella es capaz de hablar de eso por mucho tiempo. En realidad, no sé cuánto tiempo lo hizo, pero sí que en un momento preferí volver a hablar del café, y en cuanto la lluvia se hizo más débil la acompañé a buscar un taxi. [“Otras fotos de mamá”] 
… durante aquel largo agradecimiento volví a pensar que ella había llamado para algo más, seguro que había llamado para algo más, pero mientras volvía a pensar en eso, en el cuerpo flaco de Bárbara, en cómo sería verla otra vez desnuda, blanca, en todo eso, dije bueno, que tengas mucha suerte, y colgué. [“Lo que cabe en un vaso de papel”]

PUNTOS DE VISTA


  En el cuento “Unimog”, podemos dar cuenta de un narrador mixto: si bien es heterodiegético –ya que no forma parte de la historia, sino que es simplemente un observador–, su focalización es interna, es decir, sabe lo que piensan y sienten los personajes, al menos de los principales, Mota y Vicky. Cuando se trata de Saba, el administrador de la agencia de venta de camiones, el narrador declara su ignorancia sobre lo que piensa o siente este personaje a través de la duda. En definitiva, Mota es el personaje principal y sobre el que se centra el relato. Podría decirse que Vicky también lo es, pero nada más sabemos o se nos cuenta lo que ella dice, piensa, siente o hace en tanto incide directamente sobre Mota.
  Por el contrario, los otros dos cuentos coinciden en el mismo tipo de narrador, un narrador protagonista con focalización interna fija. Aquí, el personaje principal es quien asume la responsabilidad de relatar la historia, y lo hace desde su punto de vista, sin ceder en ningún momento la voz a otro personaje, sin tener seguridad alguna de lo que piensan o sienten los demás personajes.
  En el cuento “Otras fotos de mamá”, todas las acciones pasan por el narrador, lo afectan de manera directa. Por otro lado, en el cuento “Lo que cabe en un vaso de papel”, las acciones lo pasan de largo al personaje, pero tal vez esto tenga que ver con su evidente actitud pasiva frente a la vida. No obstante, ambos narradores se encuentran muy emparentados: su relato trascurre como una especie de monólogo interno, en donde abundan las reflexiones introspectivas.
  Cabe destacar, en “Otras fotos de mamá”, la singular relación que el personaje principal (de quien no sabemos el nombre) establece con la mujer de Roberto, Cecilia, quien, de manera inconsciente, le recuerda a su madre desaparecida. Esto se evidencia en el paralelismo que este elabora entre los botines que debe comprar Cecilia para su hijo que juega al rugby y los botines que él recuerda haber usado de chico cuando también jugaba al rugby. Cuando ella entra a la casa del personaje principal, él la ve más joven, joven como lo era su madre el día que desapareció. Asimismo, esta transfiguración que él ejecuta sobre Cecilia y toda la situación en que la recibe en su casa, le ofrece bañarse, un café, le recomienda no llamar a su esposo, sugieren cierta expectativa o tensión sexual al lector que no va más allá de eso.
  En el cuento “Lo que cabe en un vaso de papel”, la relación entre el personaje principal y la chica Bárbara es irregular, inconstante. Nada más sabemos sobre la chica y sobre su relación con el personaje principal lo que él nos cuenta, lo cual es poco. El chico sabe poco y nada sobre la chica, y sobre él mismo. De lo único que está seguro él, lo único que recuerda de manera vívida, es su sensación de angustia, casi como un ataque pánico, reflejada en una sed incontenible. Aunque él, claro, no lo sabe ni lo sabrá, esta sensación de angustia está íntimamente relacionada a su pasividad, a su inacción frente a su distanciamiento de la chica (frente a su propia vida, también). Tanto es así que, una vez colmada esa sed que lo apuraba, cree escuchar la voz de Bárbara, desde el fondo de ese mismo vaso que tiene en sus manos.
  De este modo, más allá de las particularidades de cada cuento, lo cierto es que los narradores, ya sean el personaje principal o no (en el caso de “Unimog”, podría decirse que el narrador está más vinculado al personaje principal que a cualquier otro, empatiza con este; además, al contar con información sobre la historia personal del autor, podría decirse también que el cuento es autorreferencial), establecen una distancia irrecuperable entre ellos y el resto de los personajes, entre ellos y el mundo. Esto se debe a la imposibilidad de reconciliación con su pasado que arrastra y de conectar con el otro de manera genuina, auténtica.

ESTÉTICA


  En lo que respecta a los recursos retóricos utilizados en los tres cuentos, podemos apreciar que son similares. Las imágenes visuales predominan por sobre cualquier otro sentido; la adjetivación subjetiva transita ese mismo camino, salvo algunas excepciones con referencias a lo auditivo, y en general los términos elegidos remiten al terreno de lo oscuro, lo extraño y lo sombrío. Tanto las imágenes visuales como la adjetivación son abundantes al tratarse de ensoñaciones o pesadillas del narrador o personaje principal. En ocasiones, podemos apreciar algunas comparaciones y personificaciones. La enumeración es también un recurso común a todos los cuentos, así como las condiciones climáticas. Estas últimas suelen estar detalladas por imágenes visuales y personificaciones y casi siempre están asociadas a la tristeza, a la melancolía, a lo aciago, y adelantan una desgracia.
  Por otro lado, cada cuento tiene sus particularidades. Por ejemplo, en “Unimog”, el narrador se refiere a la esposa de Mota como Vicky, sin haberla presentado antes al personaje, es decir, de manera catafórica; asimismo, la secuencia dialogal como recurso discursivo aparece solamente en este texto.
En “Otras fotos de mamá” y “Lo que cabe en un caso de papel” los recursos discursivos están ceñidos al discurso indirecto y al discurso indirecto libre. Además, en estos abundan las reflexiones, los pensamientos propios del narrador y del personaje principal, marcados por los signos de duda y las interrogaciones que, en el caso del último de los cuentos, interpelan al lector.
  Las elipsis temporales son frecuentes. (“Unimog”, de hecho, está dividido en instancias o escenas que evidencian una omisión de un determinado período de tiempo y las acciones que hayan tenido lugar allí.) Esta manera elíptica de narrar una historia, sumada a una sintaxis sencilla, con oraciones cortas, en un pretérito perfecto simple y en una secuencia cronológica ordenada, agilizan su lectura y ponen en juego una cierta vertiginosidad en las secuencias accionales.
  Debido a la unidad temática que relaciona los cuentos, podrían ser considerados como variaciones de un mismo tema, así como los Estudios de Chopin o de Lizst. Dichas piezas estaban destinadas a desarrollar la técnica, basadas en un solo motivo musical y en la dominación de una destreza específica; al mismo tiempo, me refiero a los de Chopin y de Lizst ya que fueron estos compositores quienes pudieron combinar el ideal de la finalidad práctica de estos ejercicios con una elevada significación musical. Bruzzone, hace algo similar con sus cuentos. Ejecuta a la perfección una destreza técnica elegida y, al mismo tiempo, construye una bella narración literaria. Podría decirse que estos tres cuentos están pensados para ejecutarse en diferentes tonalidades menores, por la manera en que el escritor los resuelve.

HABLANDO SOLO


  Como ya hemos mencionado, en lo que refiere a lo discursivo, “Unimog” se diferencia de “Otras fotos de mamá” y de “Lo que cabe en un vaso de papel” por la inserción en el relato de secuencias dialogales, en donde el narrador le cede la voz a los distintos personajes del cuento de manera directa:

Vicky, sin comprender, lo abrazó.
—Yo pienso en la casa —dijo—, ¿qué va a pasar con la casa?
Mota la apartó y prometió que a su regreso todo iba ser como ella quería.
—Siempre decís lo mismo —dijo Vicky.
—Vos también siempre decís lo mismo.

  Asimismo, el primero combina esta forma de discurso con otras que también aparecen en los otros dos cuentos: el discurso indirecto (“Dijo que había que abrir la puerta a los demonios del camión…”) y el discurso indirecto libre (“Daba algunas explicaciones: este es una nave, vuela; este no gasta nada…”). 
  Por otro lado, la ausencia de comillas, de manera deliberada, por el autor, al expresar los pensamientos de los personajes, generan cierta confusión sobre los momentos en que utiliza los recursos: “Decíamos cosas que nos hacían reír y ella en un momento me agarró la mano, qué tirás, tiro, no tirés”.
  Sin embargo, lo que más predomina en los cuentos, al menos en los últimos dos (y, en menor medida, en el primero, más allá de que las características del narrador no parecen posibilitar esta conjetura), es el monólogo interior. Por ejemplo, en “Unimog”:

También pensó que el camión generaría una nueva fuente de ingresos y no prestó atención a las palabras de su esposa, Además, pensó que para las mujeres –o al menos para las mujeres como Vicky, siempre pendientes de los mismos detalles–, una casa nunca llega a estar terminada. 

  En “Otras fotos de mamá”: “En realidad, nada de lo que decía me importaba mucho, y me sentía algo inquieto. Me preguntaba cuántos años podía tener Cecilia…”, y, por último, en “Lo que cabe en un vaso de papel”:

… no sé cómo llamarlos porque por el tamaño eran volantes pero el contenido era panfletario, algo relacionado con promover una nueva religión similar al cristianismo pero basada en una mezcla de doctrinas del cercano y del lejano oriente. 

  En esta última cita, el narrador no se atiene estrictamente a lo troncal del relato, es decir, de alguna manera, “se va por las ramas”. Lo cierto es que el narrador mantiene conversaciones consigo mismo, se hace preguntas: “¿Cómo habían podido meter tantos camiones ahí adentro?” (este ejemplo de “Unimog” podría ser considerado como discurso indirecto libre también); se cuestiona: “… qué más podía hacer…” (aquí interpela al lector), duda de su juicio: “Nos besamos. O casi nos besamos. O nos dimos un beso corto que no entraba en la categoría de beso”; o de su memoria: “No sé durante cuánto tiempo pensé en mis pesadillas”. Sin embargo, elige los hechos que relata de manera ordenada y omite otros de manera consciente. En realidad, es un monólogo interior organizado, lo cual parece una contradicción. Y mucho en estos tres relatos tiene que ver con las contradicciones del discurso interior, pero qué ser humano no las tiene de todas formas. 















sábado, 19 de marzo de 2016

Ratas

Él sentía una intensa necesidad de descifrar todos aquellos espejos. En cada bifurcación, una y otra vez, su rostro se lanzaba contra sí mismo. Un golpe seco a su temeraria intuición. Deseaba ser otro, sentirse otro. Ella estaba aburrida, quería ser alguien diferente cada día; le hubiera gustado conocer tantas cosas más allá de esa transparente monotonía, saber lo que era el cariño. Él no pudo ser más que constante con ella; se sentía raro a su alrededor, como si fuera parte de una broma cruel o de un extraño experimento. Ella le dio todo el amor que tenía para ofrecer. Él se dejó consumir por ese momento. Ella se separó de él y lo observó morir. Después, se levantó y siguió recorriendo aquél laberinto de espejos y bifurcaciones. *

Dos ratas. Vincent Van Gogh.
* Antechinus de cola negra es una especie de marsupial (parecida a los roedores) de pelo anaranjado, cola larga y negra, como sus extremidades. Los machos viven menos de un año. En la competencia por transmitir sus genes, realizan intensas y maratónicas sesiones de apareamiento que duran entre doce y catorce horas; a los once meses de vida, afrontan su fatal destino después de tener sexo.