martes, 22 de mayo de 2018

Lo innombrable

Introducción: el joven poeta


  El arte es un juego. Esto es algo de lo que trato de convencerme cada día. El proceso de construir un poema, para mí, sin dudas, no lo es. Me resulta desgarrador, me deprime. Sin embargo, lo disfruto. Y disfruto el resultado. Me sucede con la poesía que la pienso como el intento de expresar lo inexpresable, lo inabarcable, lo abstracto. Y ponerse un objetivo como este, sin dudas, no es divertido.
  Esta capacidad de abstracción creo que está íntimamente relacionada con la reflexión introspectiva, con la “digestión del conocimiento”, con la vida interior. Creo yo, este es el camino que lleva al discernimiento de todo lo que nos rodea, palpable o no, y a la permeabilidad frente a esto. Ya que la invención y la originalidad yacen en el fondo de nuestro yo y no en otro lado. 
  La métrica siempre me fue extraña, y como nunca la aprendí, la siento forzada. Sin embargo, muchos de mis poetas favoritos la utilizan. Por mi parte, prefiero pensar en la música del lenguaje mismo, de la palabra misma, que en asignarle una yo en relación con otras.
  Mucho de lo que escribo, reflexiona sobre el lenguaje mismo.
  También, la idea de buscar algo trascendental en lo cotidiano me resulta fascinante. Intuyo que esto tiene que ver con el “abismo de lo serio”, es decir, aquello que no es superficial, a pesar de tener su apariencia. En esa contradicción, creo que se encuentra la belleza del pensamiento o del sentimiento.
  Los consejos a un joven poeta de Max Jacob, un escritor francés de principios del siglo pasado, motivaron muchas de estas reflexiones, así como me ayudaron para poder presentar algunos de estos conceptos, incluido el título mismo de la obra.
  Este libro me lo regaló hace un tiempo mi esposa que, sin dudas, me tiene más fe como poeta (y como joven) que la que podría tenerme yo, en cualquier caso.


Laberintos


sentirse como
una rata
atrapada en el desconcierto
de una falsa autodeterminación
y del que sabe
que hay una sola salida, y es
morder su propia cola,
apretar los dientes
inspirar,
exhalar,
aceptar la caricia compasiva, atenuante
del carbono,
esa debe ser 
una de las dos o tres cosas
más desesperantes,
aterradoras
que alguien pueda sentir.

ser la rata
junto a aquella otra rata,
oler su destino
e intuir en este el propio,
su angustia,
sin llegar a comprender del todo,
se siente
más o menos parecido.
tal vez,
un poco menos desesperante 
que triste.


Robar no es hurtar



 Me llama su hermano. Me pregunta dónde está Pame y, la verdad, yo me pregunto lo mismo. Nadie la vio. Acá no, le digo. Y vos, ¿dónde estás?, me pregunta. Le corto. Mierda. ¿No le había avisado yo a ella? Seguro le boqueó a la vieja, que le avisó al papá, que le avisó al hermano. ¿No se lo había dicho? Mierda. Siempre se mete en quilombos. Es tremenda. Pero es tan linda, la rubia. Te amo, mi vida. Y yo no puedo decir nada, qué voy a decir. La humildad te da eso: códigos, o miedo, no sé.
  Para la familia, yo soy el que le compra la frula nada más. Se hacen los boludos. Se piensan que no sé nada de las que se mandan ellos.
  La primera vez que la conocí fue en el club. Yo ya no jugaba, pero había ido con unos amigos del barrio, para arreglar un laburo. Ella le enseñaba a bailar murga a los chicos, les regalaba cosas, se franeleaba con los amigos del papá para sacarles guita. Me dijo que le gustaba ayudar acá y allá, donde pudiera. Quería hacer un comedor. El padre no le da bolilla a la pobre, pero algunas cosas le consiguió. Es terca también, la rubia. Te hace unas caritas que te fulminan. Y, con el tiempo, nos encariñamos.
  Después me enteré de que el viejo era milico retirado. El hermano estaba en la comisaria, haciéndose el soldadito.
  Nos terminamos prometiendo que nos iban a pasar cosas buenas.
  Su hermano me hizo entrar en el Estado, en la Dirección de Tránsito. Yo quería la prefectura, para hacer algo de guitarra y después conseguir algo más seguro. Pero empecé ahí y, después, me sacaron, me pusieron de cobani. Ahora, pasé al curro de la seguridad privada.
  Trasca me di cuenta de lo fácil que es meterse en las casas, y de que la gente es boluda. No hay vuelta que darle.
  Ella quiso ayudarme, pero no la dejé. Quiere sentir la adrenalina, me dijo. Se piensa que es joda. No me perdonaría nunca si la llegaran a agarrar. La familia me colgaría de las pelotas. Ya bastante tuve el otro día cuando, entre cuchara y cuchara, de repente, la vi acurrucada en el piso, chupándose el dedo. Lo tuve que llamar al hermano; si no, se me muere ahí en el piso de una nomás. Desde ahí, la cabeza a veces se le va a la banquina, tiene lagunas. Y la familia ya me la tiene junada.
  Le dije que piense qué íbamos a hacer. Lo de las cosas buenas que nos prometimos. Yo quiero irme a Montevideo. Tengo amigos allá, todo legal, empezar de cero. Ella me dijo que sueña con irse a Barcelona.
  Por eso estoy acá: este es el último laburo; con esto, nos sacamos la lotería. Barcelona, Londres, la concha del mono, lo que quieras, mi amor. Lo corto al hermano, al papá, se van todos a la mierda. La mamá, no. Es buena, la pobre vieja. Hasta por ahí me la llevaría, para que cuide a los chicos más adelante. Es una estirada, pero es buena.
  Parece que el hermano se enteró y boqueó. Tengo que salir rápido.
  Empiezan a sonar las sirenas. Es joda. Qué dirían los pibes ahora si me llegaran a ver. ¿Qué hago? Tengo que mear, primero; después, pienso.
  Ya sé, ya está: salgo por el baño, el de servicio. Está por atrás de la casa.
  Las sirenas suenan cada vez más cerca.
  Todo por querer hacer las cosas bien. Qué hijos de puta.
  Y ahí la veo… entra por la ventana del baño.
  ¡Puta madre! ¡No podés ser tan pelotuda, Pame! ¿Nadie te dijo? No, no podés estar acá vos. ¿Hablaste con tu vieja? ¿Con tu papá, con tu hermano? ¿Quién boqueó?
  Se larga a llorar. Mierda.
  Tengo las sirenas atrás de la oreja.
  Ya no me importa nada.
  Que se caguen todos, que vengan, que me hagan lo que quieran.
  Que se venga el mundo abajo.
  Vení, abrazame, mi vida. Va a estar todo bien.
  Por favor. No llores, mi amor.


viernes, 28 de julio de 2017

Consejos para escribir

Siempre hay tiempo para escribir, no hay excusa que valga. Siempre hay tiempo para hacer lo que nos gusta. Aquellos que dicen “cuando termine la carrera, voy a escribir”, es mentira: al que realmente le gusta escribir se busca el tiempo para hacerlo. Lo que siempre buscamos es una motivación o un incentivo a la hora de escribir. Si esquematizamos el proceso de escritura de una forma muy simple y acotada,  podemos decir que se divide en tres etapas: escritura, reescritura y corrección. La escritura es el primer paso y, quizás, el más difícil; es superar el cansancio, la desmotivación, la falta de ideas o de modos de expresarlas. Todo eso se puede trabajar. El segundo paso es revisar, y tachar, o sobrescribir; darle una nueva dirección a lo que escribimos, encontrar el camino correcto, u otro: agregar o sacar elementos. Este segundo paso, puede repetirse más de una vez; no es una ciencia exacta. El último paso es la corrección, que también puede repetirse más de una vez, aunque no es conveniente. Hay que aprender también a desprenderse de lo que uno produce, y seguir, hacia algo nuevo, distinto. De esta manera, podemos pensar en algunos consejos que nos resultarán útiles en cada una de las etapas que hemos mencionado:


Escritura


  • Comprometernos

Escribir es un trabajo como cualquier otro. Para ser prolíferos, debemos ser constantes. Las mejores ideas llegan cuando uno no las está buscando;  por eso, es mejor estar preparado y tener siempre el lápiz afilado.

  • Tener paciencia
Escribir a nuestro tiempo. A veces queremos terminar una historia nada más que para calmar nuestra ansiedad, pero siempre conviene no apresurarnos. Dicen que “se escribe con la cicatriz, no con la herida”. Todos los procesos llevan su tiempo. Sin darnos cuenta, inconscientemente, siempre estamos escribiendo,  pensando qué escribir. Las ideas decantan por sí mismas en nuestro consciente, y nosotros debemos respetar eso.

  • Ser curioso, y lector

Para escribir bien, es conveniente leer a los que escriben bien, tanto a los clásicos como a los contemporáneos, para sacar ideas, recursos y para motivarnos. La inspiración no viene y casi todo escritor empezó copiando a alguien. Como decía Picasso: “Los buenos artistas copian, los genios roban”.

  • Olvidar la autocensura

Escribir es rescribir. Todo lo que se nos venga a la cabeza, debemos escribirlo. No debemos dejar nada de lado. Es preferible olvidar una idea, una historia porque queremos y no porque no la escribimos a tiempo. Primero, nuestra tarea es escribir; después, habrá tiempo para organizar lo escrito.

  • Compartir

Nuestros allegados siempre son nuestros primeros lectores y ellos seguramente pueden darnos consejos válidos. Es cuestión de animarse, y de escucharlos.


Reescritura


  • El lector ideal

Lo primero que debemos hacer, es pensar quién leería lo que escribimos, aunque sea hipotéticamente. Esto nos dará un marco, un objetivo, un  perfil, un estilo. De allí, podremos deducir, cómo estructurar nuestro escrito, qué registro utilizar, etc.

  • Símbolos

El lenguaje es un sistema de símbolos. Y de símbolos vivimos rodeados. Debemos entender que una cadena completa de ideas podemos encontrarla en cualquier lado, entre las palabras, entre alguna imagen visual, en nuestra casa, en un  bar o en el colectivo. Siempre es bueno estar atentos a cualquier estímulo.

  • Recursividad

Debemos también entender que la idea de la que parte lo que escribimos puede tomar diferentes formas y rumbos, incluso uno totalmente contrario. Una vez que tenemos un primer manuscrito, debemos revisarlo y contemplar la posibilidad de que pueden ocurrírsenos nuevas ideas que lo modifiquen en parte o completamente. Si esto implica, desechar ideas anteriores o ya escritas, bienvenido sea.


Corrección


  • Asombrarnos

Es importante aprender a crear giros inesperados para el lector. Dejarnos sorprender, y sorprender a los demás. Como decía Borges: “Vivimos no de la costumbre, sino del asombro”.

  • Observar

Las historias y personajes que creemos deberán ser particulares y verosímiles, ya que estos son los que más se recuerdan. La literatura está hecha de detalles. Para identificar a un personaje es importante oírlo (su lenguaje lo define) o ver cómo se mueve.

  • Economizar

Escribir es elegir. No debemos ponerlo todo, tenemos que aprender que menos es más y lograr que el lector reponga e imagine lo que falta.

  • Dejar descansar el texto

Tratemos de alejarnos del texto al menos por unas horas o días; después, podremos releerlo con cierta distancia.

  • Confiar

Antes de corregir nuestro propio escrito, debemos confiar en nuestras  propias capacidades y conocimientos.

  • Dar lo mejor

Debemos comprender, por último, que nunca estaremos plenamente satisfechos con lo que hacemos, por lo menos no a largo plazo. De lo único que debemos estar seguros, es que dimos lo mejor de nosotros en ese momento.


Para saber más, el 7 de agosto comienza el taller de escritura creativa Soltar la lengua.
En Espacioy Lugar Cultural. Mansilla 2982, PB (CP1425), CABA.
Para inscribirse y consultas: espacioylc@yahoo.com.ar







miércoles, 24 de mayo de 2017

Disque

  La enfermera reemplazó la bolsa vacía del suero por una nueva. Chequeó que todo estuviera bien, controló el goteo, reguló la dosis, se lavó las manos. Rezarle a algún dios sería más efectivo, pensó. También, a veces, imaginaba que se le escapaba un poco de aire por el catéter. Le hacía gracia la idea. Como el suero que ahora tiraba a la basura, el pueblo había quedado vacío, en una soledad transparente. En el hospital, quedaban nada más que dos médicos, tres pacientes –que estaban agonizando– y ella. 
  El cementerio estaba detonado, en el sentido literal: se le había ocurrido a ella la idea de dinamitarlo, para evitar los malos olores. Y, como ya no quedaban chicos, a todos los que siguieron los fueron enterrando en el parque infantil del hospital o en la plaza principal. Habían tenido que improvisar. Qué más daba. También, habían tenido que aprender a cavar. Y, cuando se cansaron de cavar, empezaron a incinerar los cadáveres. Señales de humo caníbales, pensó ella, y se le escapó una sonrisa mientras metía a uno en el horno de barro de la pizzería del pueblo. Los médicos la miraban raro cuando tenía esos desatinos, pero ¿por qué no lo hacían ellos si tanto les molestaba? No eran tan hombres para algunas cosas. Y no era gracioso, no. Pero qué más se podía hacer que reír.
  Pocas personas habían podido irse antes de que se volviera una epidemia. Y, si a alguna autoridad le hubiera interesado la existencia del pueblo, lo habrían puesto en cuarentena. Las personas que se habían quedado fueron muriendo una a una; al principio, de una manera impulsiva y, después, más paulatina. Murieron primero pilotos, choferes, capitanes, periodistas, locutores, carteros, telefonistas, administrativos, operadores. Después, jueces, intendentes, policías, bomberos. Así, el pueblo quedó aislado y desprotegido. Curiosa era esta peste: parecía actuar con inteligencia propia.
  Desde un principio, ella nunca abandonó a sus pacientes hasta el último aliento de cada uno de ellos, aún a los que estaban más graves, sin importar qué. Era una mujer fuerte y con carácter. A los médicos, parecía costarles creer que todavía siguiera viva. Tal vez sus diferentes fobias a la suciedad y a los gérmenes y su obsesión con los métodos antisépticos habían ayudado. De modo que empezaron a imitarla: cuando ella se lavaba las manos, ellos también lo hacían; se habían vuelto más prolijos y metódicos, y parecía funcionarles. Ella los miraba raro, trataba de descolocarlos, modificaba sus rituales, inventaba otros: les tomaba el pelo. Pero lo cierto es que no podía ver un hilo de polvo. Le pasaba el plumero hasta a las macetas. Y, ahora, cada vez tenía más trabajo, había que ocuparse de limpiar las calles, las mesas de los bares, las plazas, las tumbas, su casa y, además, cuidar de los últimos tres pacientes y de los dos médicos. Por su parte, ellos poco podían ofrecer más que paliar el avance del síntoma que, en definitiva, era tarea de ella. No los había matado esta peste, pero los había vuelto enfermeros que, para ellos, era peor que estar muertos.
  En la mayoría de los casos, la gente se había ido muriendo antes de que pudiera llegar al hospital y, una vez que los forenses habían muerto también, los cuerpos ya no tenían utilidad alguna. Por otro lado, a los que habían ingresado al hospital, les habían hecho todo tipo de estudios, que no mostraron nada relevante: todos tenían tantos síntomas que no se podía hacer ninguna reducción. Y, además, naturalmente, daba miedo acercarse a ellos. Entonces, quedaban al cuidado de ella, que ahora era la que manejaba el lugar.
  Los últimos tres pacientes murieron el mismo día, una mañana de domingo. Ella ya se había acostumbrado, no se inmutó. Los médicos, una vez que lograron salir del espanto, se sintieron contentos: pensaron que tal vez todo había terminado, que con esos tres se había ido la peste también, y se encargaron ellos mismos de incinerarlos. Sin embargo, después de algunos días, empezaron a sentirse un poco mal. Al primer síntoma de malestar, ellos mismos se internaron y le dieron específicas instrucciones a la enfermera, que siguió al pie de la letra. Pero no hubo caso. Uno murió el jueves de la semana siguiente y el otro, dos días después. Todo se había reducido a ella, solo a ella.
La señora Alicia Tantula, única habitante de Maldrarino. Quién iba a imaginarlo. La chica a la que, a sus veinte años, le habían diagnosticado una enfermedad rarísima en la piel que parecía ser terminal. Razón por la que había estudiado medicina precisamente, pensaba ahora. Ella había preferido dedicarse a la enfermería. Los exámenes no lo habían resultado nada difíciles, recordaba. Además, de esa manera, tendría fácil acceso a distintos materiales para fabricarse una cura. Salió entonces de ese hospital que la había visto dar sus primeros pasos en la profesión, cruzó la calle, pasó la plaza principal y se dirigió al bar de una de las esquinas que la rodeaban. Agarró una botella de vodka de detrás del mostrador, un vaso de vidrio, y se fue a sentar en una de las mesas de la vereda. Limpió el vaso varias veces, y la botella, la silla, la mesa. Después, se sirvió dos medidas; un exceso, pensó. Era mediodía y corría una brisa amable. Se acercaba la primavera.
  Pensó en lo que le había costado encontrar la cura para su enfermedad. Se sintió orgullosa de sí misma. Gracias a eso, hoy estaba ahí. Pensó en el momento en que descubrió que su cura, aplicada a cualquier otra persona, resultaba mortal, sin excepciones. Pensó también cuándo se le había ocurrido usarla por primera vez. Había sido con su primer novio. Nada premeditado, sino más bien accidental. Y su muerte también se tomó como un accidente ya que no había sido posible identificar una causa precisa. De todas formas, se lo merecía, pensó ella y se rio. No era un hombre de lo más correcto, y estaba sospechado de abusos sexuales… entre otras, a una amiga de ella. Después, recordó el momento en que se había dado cuenta de que esto podía pasarles a otras personas quizás, otras que también merecieran tener un accidente. Y quién, entonces, cualquiera que sea, no merecía tener un accidente para algún otro cualquiera también, se decía. Y así, uno por uno, hasta llegar a ella, a esa tarde. 
  Sabía bien que, ahora, ella lo merecía más que nadie: había logrado eliminar todo un pueblo. Sin embargo, dudaba. No parecía tener el valor o el altruismo suficiente para suicidarse. En el cajón de un armario de su casa, había dejado una libreta en la que había anotado todo desde el primer día, así como la fórmula que había inventado. También le había enviado unas fotocopias por correo a su amiga, la que había sufrido los abusos de su antigua pareja. Por un momento peligró su plan. Había retrasado mucho la muerte de los que despachaban el correo. Probablemente, de no ser por esa única razón, hubieran sido los primeros, pensó.
  Tal vez dios la debería haber detenido… o no. 
  Sacó un frasco de uno de los bolsillos de su uniforme y le agregó un poco de cianuro a la bebida servida. Repasó con el dedo la superficie de la mesa y comprobó su pulcritud. Se felicitó en silencio. Los rayos del sol trasparentaban todo, a ella también. Sintió la brisa rozar su piel enferma, mientras jugaba con el vaso.

Sin pecado, no hay pecador

un acercamiento al análisis del cuento "Las vestiduras peligrosas" de Silvina Ocampo



  Silvina Ocampo es una cuentista conocida por su inclinación hacia lo fantástico, lo extraño, lo siniestro. En su obra, describe mundos sombríos, trastornados y sus personajes casi siempre tienen una inclinación hacia el sadismo, caracterizados por una ingenuidad ambigua, infantil y, al mismo tiempo, apática, insensible hacia las desgracias o tragedias humanas. Su cuento “Las vestiduras peligrosas”, compilado en el libro Los días de la noche (1970), entre otros, es un claro ejemplo de esto.
  En un primer acercamiento, podemos decir que el cuento en cuestión está narrado por uno de los personajes principales, Piluca, quien tiene una focalización interna y parcial y ha sido testigo de los hechos que narra. Estos hechos son narrados en pretérito y no hay indicios para determinar la distancia temporal entre el momento de la narración y el momento en que se dieron los acontecimientos.
  Por otro lado, el cuento comienza in extremis res, es decir, nos anticipa el desenlace. Nos da a entender que la otra protagonista, Artemia, que era conocida de la narradora, está muerta. De ahí en adelante, se intenta reconstruir o recapitular algunos momentos relevantes desde el inicio de la relación entre las protagonistas. Estos momentos relevantes intentan también servir como explicación o justificación para la narradora, Piluca, del trágico final de la vida de Artemia.
Los personajes que protagonizan el relato son dos, Piluca (o Régula), la pantalonera que se hace pasar por modista, una adulta de clase humilde y con fuertes creencias religiosas, y Artemia, la chica rica que contrata a esta modista, joven, esbelta y vana, aunque buena, según dice la voz de la narradora.
  En una primera lectura, lo primero que podemos notar es la cantidad de referencias religiosas que abundan, y son estas marcas las que introducen a una lectura analítica del relato ya que ninguna de ellas es casual. En la primera línea, la narradora dice: “Lloro como una Magdalena”. No es un dato menor que María Magdalena, en los relatos bíblicos, es la madre de Jesús, quien fue testigo de la crucifixión de su hijo. Asimismo, cuando tiene que trabajar arduamente, la narradora pide ayuda al lirio de la Patagonia, es decir, a Ceferino Namucurá, santo de origen humilde y, no por nada, carpintero. Por otro lado, en uno de los diálogos entre las dos protagonistas, Piluca dice: “Pero niña, está bien que sea buena […] pero no hasta el punto de querer sacrificarse por la humanidad”. De esta manera, es evidente la representación simbólica de Jesús en Artemia por parte de la narradora. Cabe destacar que, en presencia de tantas referencias y símbolos religiosos, el nombre de Piluca remite a Pilatos quien, por omisión y para satisfacer al populus, quien fue el que lo condenó a muerte a Jesús.
  Por otro lado, Artemia es un nombre de origen griego. Esta referencia simbólica es extranjera en un relato claramente apoyado en la tradición y moral religiosa cristiana, latina. Del mismo, el personaje de Artemia es extranjero en el mundo, no encaja, no lo acepta, lo desafía constantemente a través de la exageración de su sexualidad. La diosa griega Artemisa era la diosa helena de la caza, de los animales salvajes y de la virginidad, que traía y aliviaba las enfermedades de las mujeres; despertó el interés de muchos hombres y dioses, aunque ninguno pudo ganar su corazón. Esto posibilita numerosos análisis. En primer lugar, su naturaleza helenística la relaciona a lo matriarcal, a la defensa y a la exaltación de lo femenino. La joven protagonista no quiere ser amada, quiere sentirse deseada, cazada quizás, cuando en realidad es ella quien sale a cazar. Su atrevimiento es una denuncia de los peores rasgos del hombre, lo pretende exponer como un animal salvaje precisamente, aunque no lo logra. En segundo lugar, también se construye como una virgen, una mujer casta que solo busca provocar al sexo opuesto en vez de atraerlo. Esta relación sadomasoquista también la tiene con Piluca, quien se siente dominada y atraída, aunque asqueada, por Artemia: “Ella nunca me impresionó mal. Dicen que estaba enamorada”. Aquí, el sujeto elidido no permite saber si Piluca está hablando de ella misma  o de Artemia.
  Ambas protagonistas evidencian un claro rechazo hacia el mundo de los hombres. Al comienzo, Piluca describe una situación de cuando era joven en la que el lugar del hombre es el de depredador sexual, depravado:

"Cuando coloqué los alfileres, la primera vez me dijo:
—Tome un poco más, vamos —con aire puerco.
Le obedecí y volvió a decirme con el mismo tono, riéndose:
—Un poco más, niña, ¿no ve que me sobra género?
Mientras hablaba, se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo de los alfileres. Entonces, de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara".

  Aquí se evidencia la sensación de asco que le provoca el género masculino. Por otro lado, las acciones de Artemia están orientadas a desafiar el mundo de los hombres, en donde las mujeres deben ser pudorosas y sometidas. Asimismo, el novio de la joven que menciona la vieja Piluca parece haberla abandonado. En este contexto, la relación entre Piluca y Artemia y el mundo que comparten es enteramente matriarcal. Podría decirse que la vieja modista parece adoptarla como hija a la joven rica, intenta inculcarle valores, la cuida, la protege. Sin embargo, al mismo tiempo, el personaje de Piluca es sexualmente ambiguo, tanto desde un posible furcio discursivo: “lo dejaba a uno bizco”, “cuando uno los miraba”, así como desde la expresión de su pensamiento: “Verla así, vestida de muchachito, me encantó”. Hay una atracción sexual implícita hacia la joven en el cuento.
  Por último, como en todo relato bíblico, no podemos dejar de mencionar la presencia constante del pecado. Artemia es no solo viciosa, sino también una pecadora. Así lo entiende y nos lo cuenta Piluca. (En este caso, quizás, sería más adecuado su verdadero nombre, Régula, ya que este nos refiere a la regla o norma.) Podemos entonces encontrar que la joven peca de vanidosa: “La vida se resumía para ella en vestirse y perfumarse”, “¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para mostrarlo acaso?”; de avara: “A pesar de la repugnancia que siento por algunas ricachonas”; de holgazana: “La señorita Artemia era perezosa”; de envidiosa, iracunda: “Son unas copionas. Y las copionas son las que tienen éxito”; y de lujuriosa por lo indecente y lo lúbrico de sus dibujos, por salir a la calle prácticamente desnuda, para provocar. El último pecado, la gula, la insaciabilidad, a veces definido como un “deseo desordenado por el placer”, puede tal vez encontrarse reflejado en lo imperativo, en la constante exigencia de parte de Artemia para la confección de vestidos y, también, aunque en menor medida, en la forma compulsiva de trabajar de la propia Piluca.
  Esta última dice que le “atemorizan los vicios”. Su rigidez moralista y cristiana, la hace sentirse horrorizada por la figura de Artemia; como ya hemos dicho, la ve no solo como a una viciosa, sino como a una pecadora. A partir de esto, y como también le genera un cariño maternal, intenta educarla, pero se da cuenta de que, en realidad, se siente atraída sexualmente hacia ella. Esto la convierte en una pecadora a ella también, lo cual no puede tolerar y, de alguna forma, con la confección de su última prenda, la conduce a la muerte, por omisión, como Pilatos. De esta manera, al eliminar el pecado, la vieja dejará de ser una pecadora. Sin embargo, no experimenta ningún tipo de culpa o responsabilidad: “Hay bondades que matan”, dice. Artemia fue asesinada por tramposa, por despertar el deseo en Piluca, por no despertar el deseo en ningún hombre, por querer parecerse a ellos, por querer dejar de sentirse una extranjera.