jueves, 20 de septiembre de 2018

El blanco no es un color

Definitiva como un mármol
Entristecerá tu ausencia otras tardes.
Jorge Luis Borges



Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Mis nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás. ¿Dónde dormiste anoche entonces? Platos, vidrios, ropa, todo desparramado por los pisos, bolsos a medio hacer, o a medio empezar. Hojas muertas y tierra hasta la sala. La luz del ventanal me atraviesa, todos los espacios atraviesa, los vuelve etéreos, las partículas de polvo bailan en el aire. ¿Dónde habrás ido? El letargo se confunde con el aturdimiento. Un andar lento, extrañado, inestable. Tengo la convicción de ya haber vivido este momento. Los ojos no logran hacer foco. No puedo tragar. Como si tuviera la garganta desgarrada en mil pedazos; los sonidos se incrustan como astillas, no salen. ¿Dónde estás? ¿Escuchás mis pasos, entre las hojas y los vidrios? El piano está intacto, en el mismo rincón de siempre. Una leve lámina de polvo lo recubre. La madera está fría; las teclas, perezosas. ¿Me escucharías romper el piano? Intenté hacerlo ayer, me acuerdo ahora. Estuviste tocando anoche, discutimos. ¿Qué hiciste? Quisiera escuchar tu voz. No necesitaría ver ni hacer nada si pudiera escuchar tu voz. Sentirte respirar cuando despierto, ese regalo que me hacés todos los días, cada bocanada de aire que hay en tus pulmones, como si fuera nada. Pero ¿qué hiciste? ¿Por qué? No puedo dejar de pensar en eso. Si pudiera decir algo. Me desangraría desde la garganta si pudiera acaso. ¿Quién te convenció de qué? Tu mamá tuvo algo que ver, seguro. Me detesta. Todos acá me detestan, me toman por idiota. Este lugar, con sus mezquindades y costumbres del siglo pasado, este pueblo blanco, como el del catalán. ¿Cuántas veces te dije que no viniéramos, que no había nada que hacer acá? A esta tierra estéril, con caminos de piedra, cerros y hondonadas. No hay más. Lo único que crece acá es el cementerio. No quisiste escuchar, y yo cedí, por amor. Era eso, ¿no? Siempre todo tiene que ser como vos querés. Me das la razón nada más que cuando me querés pelear. ¿Dónde te metiste? ¿Fuiste a verla a mamá? ¿Le dijiste que estaba deprimido? ¿Con quién estás? Desde afuera, se escucha un tumulto que va creciendo. Las campanas suenan desde lo alto de la capilla. Me parten los oídos. Parece que sonaran desde dentro de mi pecho. Desde la ventana de la cocina, se ve mucha gente en las calles. Pasó algo. Todos pasan en procesión. ¿Te mataste? ¿O quién murió? No se ven tristes ni enojados, ni nada, sus movimientos parecen impostados. De a ratos, levantan la mirada. Les preocupan más los ojos que tengan encima que por dónde caminan. Si su dios los viera, los mandaría a quemar vivos. Se me parten los dientes tratando de articular una palabra. Quiero gritarles. Los sigo, los empujo. Nada. Ni me miran. ¿Te maté yo? Puedo escuchar sus pensamientos. Piensan en mí, cosas horribles. Por qué tengo todas esas cosas horribles adentro de mi cabeza. Pasó algo. Desde las diferentes calles, de a poco, todos llegan a la capilla, algunos se saludan. Está tu mamá, la mía también. Estás muerta. Eso es lo que pasa. Discutimos mucho anoche, me acuerdo ahora. ¿Se lo contaste a alguien? ¿Por eso nadie me mira? Yo quería que habláramos. Estabas borracha y empezamos a pelear. Pero me acosté tranquilo, nos acostamos juntos. Siempre pensé que te tenía que decir las cosas como las sentía, y algo siempre se ponía en el medio. Después, pasó la noche del bar. Yo estaba ahí, tranquilo, ni siquiera estaba tomando, y esa pelirroja no me sacaba los ojos de encima, y me buscaba, y a mí ni siquiera me gustan las pelirrojas. Ese día habíamos peleado también. Tu amigo me vio, me vieron todos en el bar. Vos siempre fuiste más discreta, y la mitad de toda esta gente se ríe discretamente de mí, o me tratan como a un pobre tipo. Ahora me tienen asco y odio, puedo escucharlos. Y vos, ¿dónde estás? Dormís. Nunca más tu respiración, tu voz, tu mirada. Mientras más trato de abrazar otra vez esa sensación de tenerte cerca, más siento que te pierdo. ¿Aguantará tu alma el peso de esa piedra que tenés como corazón? La gente empieza a amontonarse frente a la puerta de la capilla, nadie quiere dar el primer paso. No tengo nada que hacer acá. Mi amor descansa, mi pena también. Qué diría ese zorro ladino y condescendiente del cura si me viera entrar. Qué va a decir mi familia. ¿Me van a acusar a mí también? Mi hermana, que está lejos, ella te va a echar la culpa a vos, claro, va a decir que te suicidaste. Me conoce mejor que nadie. Y yo todavía no puedo entender bien qué pasó. Y todas las mascotas de mi hermana, me da celos todo lo que la quieren. Es tan fácil ser una mascota, es tan simple ese tipo de amor. Ya está. Llego al río, pasando el barranco. Los pies se arrastran hacia la parte honda. No se siente el agua a mi alrededor. Los dedos no pueden surcarla, ni se escurre entre ellos. Los pulmones no se mojan. No pasa nada. Me desespera más que si me estuviera ahogando. Tuve esa misma sensación anoche, me acuerdo ahora, después de acostarnos. Me diste de comer, te acostaste conmigo y soñé que me moría. Me desperté a mitad de la noche, asustado. No estabas en la cama. ¿Qué hiciste? ¿Qué me hiciste? Fuiste vos, entonces, la que me mató a mí. ¿Soy yo el que está muerto? Pero puedo tocarme, sentirme. ¿Cómo puede ser? Lo que siento en la garganta es el veneno. Nada más que confiando tomamos el veneno con cuchara. Vuelvo a entrar a la casa. Estás ahí, volviste, no estás en la capilla, te sentías demasiado triste, dijiste. Te veo sentada en el sillón de la sala, demasiado cómoda como para estar castigándote. Quiero gritarte, empujarte. No puedo hacer nada de eso. Es inútil. Te sobresaltás, de repente, mirás para todos lados, te ponés a llorar, como si me presintieras. Cuando me escuchaste gritar ayer, subiste, me calmaste, pusiste algo en mis manos, una carta, sí. La escribiste mientras esperabas que hiciera efecto el veneno. Y ya está. Después, te fuiste sin que nadie te viera. Me dejaste durmiendo, con la carta en la mano. Ahí la veo, en la cama. De alguna manera, creo que sé lo que dice, pero la leo. Decís que no podés más, que te fuiste. Los ojos se cansan, las letras se desfiguran. No puedo seguir. Todos van a pensar que me suicidé. Por supuesto, quién podría dudar de vos. Ya no puedo acordarme más. Estoy cansado. Tal vez sea para mejor. Ser una víctima antes que un idiota. Me voy a volver loco hablándome a mí mismo, si pudiera acaso. Me pierdo. ¿Dónde estás? Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Los nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás…


* Este cuento, escrito por mí, toma algunas frases de diferentes canciones de la banda White Stripes, escritas por su guitarrista y cantante, Jack White. A través de estas frases sueltas (que fueron traducidas por mí y reformuladas dentro del cuento), imaginé una historia, una historia en la que su temática y su clima se funden con las temáticas y los climas que tiende a crear este músico, símbolo de la cultura estadounidense actual. Por esta razón, la imagen es de uno de sus discos también.

jueves, 30 de agosto de 2018

Oquedad


¿Estás dispuesto a devorar estrellas que sacien tu sed?
Enrique Bunbury

  El olor a pis lo despertó. No quería abrir los ojos, volverlo real. El simple hecho de ir a alguna farmacia a comprar pañales para adultos le daba asco, esas palabras, más incluso que tener que salir al patio a las seis de la mañana para buscar unos trapos limpios, tener que sacarle la bombacha a la madre, higienizarla, limpiar el colchón y después regresar al patio para fregar los trapos y la bombacha. Por lo menos, ese era, de alguna forma, un acto privado, un nuevo ritual solitario y silencioso que se había impuesto desde hacía unos días. A veces, se repetía por las noches; entonces, esperaba hasta tarde a que los pasillos se callaran.
  Esta vez, al terminar, le dio un beso en la frente a su madre y se dirigió al baño, aprovechando que pocos se despertaban tan temprano para mantenerlo ocupado. Mientras se lavaba los dientes, pensó en el sueño que había tenido, sin saber bien si sentía excitación o culpa. Al enjuagarse la boca, tuvo la sensación de estar masticando tierra. Escupió y, entre los restos amarillentos, vio unas bolitas negras diminutas. Se miró al espejo y abrió la boca. Entre las primeras muelas, tenía una manchada. Se tocó el diente. El dolor le hizo lanzar un grito que tapó con la mano sobre su boca. Se palpó la piel reseca, se restregó los ojos, intentó sacarse esas lagañas de perro que tenía. Se dio un sopapo y se metió a la ducha.
  Cuando cortó el agua, pudo escuchar las voces de la gente que ya hacía cola frente a la puerta. Se secó, se vistió y bajó a la entrada a buscar el diario. No había nadie. Le sacudió la mugre del mostrador y se alejó mientras leía los titulares de la portada. El diario en sí, le importaba poco o nada –excepto los suplementos de los martes–, pero la costumbre de ponerse a leerlo durante el desayuno reconfortaba de alguna manera a su madre, como si eso le hiciera sentir a ella que el mundo no había cambiado tanto desde otros tiempos mejores.
  Subió las escaleras, cerró la puerta de la pieza y puso a calentar la pava en el anafe. Mientras, despertó a su madre, la depositó en la silla de ruedas y la colocó frente a la mesa. De su boca, no se escuchó nada más que un lamento ahogado cuando la movió. Él le contaba de su trabajo, de los chismes de los pasillos, y otras tonteras. Ella lo escuchaba fascinada, con los ojos bien abiertos. La yerba del mate estaba vieja, dejaba en la boca la sensación de haber lamido el piso, pero su madre ya no distinguía mucho los sabores, ni nada. Antes de apagar el fuego, ablandó tres panes, dos para ella y uno para él, y sirvió todo sobre la mesa. Después del primer mate, le cantó los números de la lotería publicados en el diario, mientras ella sostenía el ticket con un gesto fruncido: el mejor de sus hijos, el que no había caído en la bebida ni en la pobreza extrema, el que se las había arreglado para darle un lugar para dormir, tener un trabajo estable, desperdiciando el tiempo y el dinero en esas estupideces. Él le decía que el día que la sacaran se iba a arrepentir, pero que igual le iba a dar todos los gustos: “No es tu culpa, viejita, que tengas esas ideas locas. Ya vas a ver, mañana ganamos”. Le leía en voz alta la sección de policiales, evitando algunos detalles escabrosos quizás.
  Al dar vuelta una página, se quedó mudo. Una nota sobre un asesinato le llamó la atención. El texto decía que se trataba de un hombre discapacitado, de cincuenta y pico de años, como se veía en la foto: calvo, pálido y obeso. También decía que el crimen se atribuía a una banda mafiosa o a una vendetta, por la atrocidad de los hechos: el hombre había sido irrumpido en su propia casa y atado; después, torturado con quemaduras, golpes y descargas eléctricas, mutilado –su lengua había sido encontrada en el depósito de la basura–, y, por último, degollado. Las fotografías detallaban todo con una crudeza atroz: el rostro de la víctima, la escena, los hechos, todo tenía un parecido increíble con unas imágenes que, desde hacía varias semanas, se le manifestaban repetidamente mientras dormía o, en ocasiones, mientras caminaba, o frente a la computadora, o recostado, cuando cerraba los ojos, como “descargas”. La última vez había sido el 17 de enero, lo recordaba, hacía tres días. La brutalidad y la semejanza con sus ensoñaciones lo mantuvieron perturbado. Pero quién era él para decir qué, o cualquier otro: eran delirios, nada más. Y, aunque él no sabía mucho de qué se trataba la psicología, esta parece afirmar lo mismo: las fantasías no son más que eso.
  Dejó el diario sobre la mesa con un gesto enajenado, tragó un poco más del flujo del mate, le dio un beso en la frente a su madre y salió hacia la parada del veinticinco, que le quedaba a una cuadra (o trescientos ocho pasos, según llevaba anotado mentalmente). Era un viaje de alrededor de cuarenta minutos. se bajaba en la segunda parada después de doblar en la avenida Caseros, frente a la plaza Florentino Ameghino, y caminaba dos cuadras y treinta y cinco metros (o setecientos veinte pasos) hasta la oficina de envíos postales y pago de servicios. Este local en el que trabajaba tenía pocos clientes por día; se agrupaban algunos, más que nada, entre las once y las dos. Después, se ocupaba también de trascribir información –correos, direcciones, notificaciones, montos– a las bases de datos de otras empresas, junto con su compañera, de unos treinta y algo, varios años más joven que él.
  La relación entre ellos era simbiótica, sin saberlo, para los dos. En un principio, algún que otro gesto simpático de parte de ella había sido suficiente para él para que le contara a su madre que había conseguido novia. A veces, soñaba con ella. La había conocido un 21 de febrero de 2002, el día que ella empezó el entrenamiento que le fue pedido a él que le impartiera. El 20 de abril de ese mismo año, él le había propuesto salir a almorzar juntos, y al mes siguiente; el 3 de junio, le había comentado lo que sentía por ella.
  Los recuerdos eran selectivos. No recordaba su insistente acoso, con regalos, flores, bombones, cochinitos, piropos, a los que su compañera respondía siempre con una sonrisa. No recordaba la indiferencia de la chica, la repulsión que le generaba, la cara de asco que ponía cada vez que él le decía algo chancho cerca del oído. En muy pocas ocasiones, ella prendía su computadora. Se la pasaba, más que nada, mirando fijamente sus apuntes de la carrera. Cuando ella se ausentaba, él se ponía a inspeccionarlos, intentaba leerlos: Psicología del Aprendizaje, Neurociencia, Psicopatología, etc., todos sin una sola marca. En realidad, como lo hacen los gatos también, ella solía usar el tiempo para pasarse toallitas húmedas por la piel o pintarse las uñas: la hora del baño, como le decía él mientras espiaba de reojo.
  Ese día, no obstante, él no se sentía bien. La similitud entre la noticia de la mañana y sus sueños o “descargas” le habían dejado una sensación de extrañamiento que no sabía definir. Podría haberle preguntado algo a ella, aunque fuera de manera indirecta, pero no estaba dispuesto a quedar como un ignorante. Entonces, durante su hora de almuerzo, se hizo el tiempo para ir a una librería y buscar alguna publicación que hablara sobre ese tipo de cosas: sueños lúcidos, apariciones, interpretación de los sueños, lo que fuera. Lo único que encontró, sin embargo, fue un libro sobre la numerología y los juegos de azar, aunque no considerara que el azar tuviera algo que ver con eso: en algún momento, iba a ganar, tarde o temprano. Con paciencia y optimismo, él obtendría lo que merecía, estaba convencido. Los textos que le había recomendado el vendedor no le sirvieron de nada: ninguno explicaba eso de que los sueños y las fantasías nos permiten fabricar mundos imaginarios, que en ellos la lógica y la moral se encuentran suprimidas, que surgen como un mecanismo de defensa para evitar pensamientos o emociones que nos generan frustración o miedo.

* * *

  Al día siguiente, su compañera no se presentó. En los dos años de trabajo que habían compartido, ella se había ausentado nada más que tres veces: un 5 de marzo, un 13 de julio y un 30 de octubre del último año. Él lo recordaba muy bien, contaba con una memoria privilegiada para los números, aunque no para muchas cosas más.
  Lo cierto era que, ese día y el siguiente, ella faltó. Nunca había pasado dos días seguidos, lo que lo preocupó. Su ausencia le generaba angustia, y no solo eso: se había acostumbrado a la idea del noviazgo que le contaba a su madre, de hecho, le había prometido que un día la llevaría a cenar, para que se conocieran. Ahora no sabía qué hacer consigo mismo. Ella no contestaba su celular. Él lo marcaba una y otra vez, cada vez, todos los números, primero despacio, después más agitado, sonaba siete veces y, a la octava, atendía el contestador. Al tercer día de ausencia, contestó. Lo saludó como si nada, como si no hubiera visto quizás todas las llamadas perdidas en su teléfono, como si no le faltara él, como si las toallitas húmedas que él compraba todos los días no desbordaran el botiquín de la oficina ahora. 
  Ella le dijo que había renunciado, que ya sabían en el local. Estaba embarazada y había decidido ir a vivir a Tucumán con su pareja, donde él tenía un buen trabajo. Le pidió que lo disculpara por no haberle avisado, pero se había tenido que mudar casi de un día para el otro. Le preguntó también si había ido el dueño o alguno de los hijos, o si le habían traído algún reemplazo. Hubo un largo silencio. A él se le vino a la cabeza, entonces, esa primera noche en que había soñado con ella, el 26 de junio de 2002, un sueño desagradablemente erótico y violento, que hasta le daba vergüenza recordar. Ese día, se sintió definitivamente enamorado. Con la voz entrecortada, le dijo que no, que no había ido nadie, y le cortó sin más.
  Eran las dos de la tarde, y el local cerró. Solamente en el camino de vuelta a su casa, hundido en un asiento del veinticinco, se dio cuenta de que podía llegar a pasar el dueño. Pero esto no le dolía ni le preocupaba más que la ausencia de su compañera. Cuando entró a la pieza, la madre dormía en su silla. Se tiró en su colchón y cerró los ojos con fuerza, para soñar otra vez con ella. Pasaron horas, y no pasó nada. No pudo dormir. Decidió, entonces, que su madre no lo podía ver de esa forma a su tesoro, su protector. Una putita no le puede arruinar ni una cena a mamá, pensó. Se levantó y despertó a la madre, le preguntó qué quería comer. Ella le contestó algo muy bajito al oído. En la calle, no podía dejar de pensar en su compañera y en cómo sería el tipo ese que se la había llevado. El mundo parecía pasarle por el costado, sin tocarlo. De repente, sintió una descarga: la vio claramente, entre un abrir y cerrar de ojos, con la panza crecida, siendo destrozada, empapada del sudor hediondo de él, violentada. Se asustó, chocó con la gente. Se detuvo, respiró, intentó calmarse, y después volvió. Saludó a su madre con un beso fuerte en la frente y se puso a preparar la comida.
  Mientras cenaban, él le comentó que la semana siguiente iba a traerla a su novia, para que comieran los tres, que habían estado hablando de casarse y, si se llevaban bien, de vivir juntos con ella en algún otro lado. Se lo creyó él también. Tenía que seguir siendo el distinto, el especial, por lo menos para ella. La madre, sin parar de meterse comida a la boca, lo miró y le sonrió, con sopa en los ojos. Él se quedó observándola mientras ella se esforzaba por hacer pasar el bolo de comida. Quiso llorar por un momento, pero se contuvo. Le dijo que, antes, tenía que irse por unos días, que la empresa iba a abrir una sucursal en Tucumán y le habían pedido a él que vaya a supervisar, que le iba a dejar comida preparada y le iba a pedir a “doña pelos” que mande a alguien para ayudarla. No quiso ver la reacción de ella. Después, prendió la radio y no quiso mirarla más. La búsqueda de satisfacciones internas, dicen los expertos, a veces, se sostiene en ilusiones que, por lo contrario, son externas.
  Cuando terminaron de comer, recostó a su madre, se echó y pudo dormir y, entonces, soñó con su compañera; un sueño desaforado, como las imágenes que se le habían aparecido en la calle. Con toda su angustia, su impotencia, su cariño y su fuerza, la destrozaba otra vez en su alucinación y, finalmente, la quemaba viva. Al despertar, hundido en el colchón, volvió a sentirse triste y desesperado. El olor de la madre era fuerte esa mañana. 
  Mientras hacía su rutina del patio, los trapos, la lavandina, pensó, por un momento, en quién la iba a limpiar al día siguiente, y decidió olvidarlo. Cuando salió de la pensión, no fue a trabajar, no volvería a ir, ya lo había decidido. Algo se le iba a ocurrir. Fue a la terminal de micros y se paseó durante horas por los pasillos: quería ir a rescatarla, traerla de vuelta, pedirle que se case con él, violarla, usarla como lo había usado a él. Decidió que volvería a la casa. Le dijo a su madre que el viaje se había aplazado y se tiró en el colchón. Tenía miedo de dormir, pero la misma escena se repetía una y otra vez, lo excitaba.
  Al día siguiente, volvió a salir. En vez de ir al trabajo, fue a un bar que quedaba sobre la calle Pichincha, frente a la parada en la que se bajaba, en Parque Patricios. Por familiaridad, supuso, y para guardar las apariencias. Empezó a beber, mucho. Miraba constantemente su celular, esperando que ella le escribiera. Pedía cerveza, la hacía durar un rato largo. Siempre terminaba pidiendo entre tres y cuatro –tomaba un dedo o dos cada cinco minutos–. Antes de levantarse, se pedía un tequila. Miraba fijo la televisión que colgaba de la pared. Después, caminaba hasta la pensión para sacarse el mareo. Cuando ya estaba cerca, a unas seis cuadras, se tomaba un café en la estación de servicio de 20 de septiembre y Brown, y se lavaba los dientes y la cara, para sostener el teatro con su madre y con él mismo.
  Uno de esos días, un 8 de marzo, en la televisión del bar, vio lo que no quería ver: una mujer, de treinta y pico de años, morocha, de ojos verdes, delgada, embarazada, había sido violada y quemada viva en Palermo. Quedó atontado. Lo primero que hizo fue llamar a su compañera, pero ella no respondía. Pensó en tomarse el primer micro a Tucumán, pero ya no le quedaba tanta plata. Se desesperó y gritó. Cuando alguien se acercó para calmarlo, respondió con una trompada. Después, entre varios, lo agarraron y lo sacaron. Salió con la cabeza por la puerta. Sentado en la calle, ya más calmado, aunque temblando, pensó en los diarios. Se levantó, se dirigió a la estación de servicio donde solía tomarse una café, se lavó la cara, se emprolijó y fue a la Biblioteca Nacional. Recordaba cada fecha de cada aparición extraña que había tenido. Tardó poco en darse cuenta que todas estas fechas coincidían con un evento del mismo tipo algunos días más tarde. Pero su compañera estaba viviendo en Tucumán. ¿Qué iba a hacer en Palermo? ¿Había vuelto a buscarlo quizás? Estudió las fotos, las capturas de pantalla de la televisión. Eran demasiado parecidas. Tal vez el mundo de los sueños era una puerta hacia otros estados en donde la vida repite y se repite dentro de ellos. ¿Cómo era posible? “A la mente humana le urge lo que le hace daño”, había leído en un apunte. Y, si la necesidad es la madre de la invención, la angustia lo es de las supersticiones. 
  Se propuso, entonces, evitar volver a soñar ese tipo de cosas. Tenía que ver cómo controlar esos impulsos, esas “descargas” oníricas. No volvió a su casa. Esa noche durmió en la calle, y la siguiente. Pensaba en su madre, todo el tiempo, si la nena paraguaya que le habían recomendado estaría yendo a limpiarla, si estaría preocupada, o si se acordaría que le había comentado del viaje que tenía que hacer. No soñó nada extraño, aunque podía suceder en cualquier momento: el frío, el ruido, la precariedad y los olores lo mantenían alerta, pero sabía que no iba a poder controlarlo, ni dormido ni despierto. Empezó a comerse las uñas, el pelo, buscaba entre la basura restos de café, latitas de estimulantes a la salida de los boliches, colillas de cigarrillos, pastillas, lo que fuera. Se metía todo lo que encontraba. Si no podemos vivir de nuestras fantasías, tampoco sin ellas. Es el deseo lo que las mantiene vivas y no satisfacerlas…. De lo contrario, no nos quedaría mucho por lo que vivir.
  Empezó a buscar los números escondidos en los nombres de las calles, de los lugares, de las publicidades, para entretenerse, dispersarse, los combinaba con la numeración de las calles, los números de las líneas de colectivo, los restaba, los sumaba, buscaba su significado, en todo encontraba una relación. Contaba sus pasos, imaginaba cuántos pasos tendría que dar para llegar a un lugar, después a otro. 
  No obstante, lo que ya no podía contar eran los días, las horas. No sabía hacía cuánto tiempo se había ido de su casa, hacía cuánto que había logrado hacer desaparecer todo eso. Pero ¿lo había logrado? Y sintió una falta, un vacío que le cerraba el pecho. Lo identificó con la ausencia de su compañera, si es que estaba viva. Intentó respirar con más calma. 
  Sístole, diástole, sístole… y no más.

* * *

  La policía lo encontró muerto en un baño de la terminal de Constitución. Estaba muy sucio, con el estómago inflamado, los dedos de los pies y de las manos infectados, la piel con hormigueros, y se había arrancado los ojos, todavía los tenía en sus manos. Otro loco más. ¿Qué importa preguntarse por qué? 
  Una vez que lograron identificarlo, un cabo y un oficial ayudante tuvieron que ir a la pensión que confirmaron como su domicilio. Ahí, los oficiales encontraron a la anciana madre, arrugada, colgando de su silla de ruedas. No hacía caso, no prestaba atención a lo que le decían. Decidieron, entonces, llevarla al Argerich, hasta que supieran bien qué se podía hacer con ella. Mientras una chica de emergencias empujaba la silla, cruzando la puerta de la pieza, la vieja tomó del brazo al cabo, lo miró a los ojos y, con una voz como desde una fosa, dijo: “Tienen que avisarle a la puta de la novia, conmigo ya no tiene nada”. Con lo que le quedaba de fuerzas, lanzó un escupitajo espeso que aterrizó en el dorso de la mano del cabo. Otro hilo quedó colgando de su mentón. 
  En los depósitos del cementerio de La Chacarita, los oficiales fueron una vez más a ver el cuerpo del hombre, para tomar unas últimas fotos antes de que lo inhumaran. Al verlo, el oficial ayudante se sorprendió y, después de salir, subidos a la patrulla, le comentó al cabo que su mujer, hacía unos días, le había descripto a un hombre que había soñado notoriamente parecido a este, incluso con detalles vívidos. “¿Y qué soñó?”, preguntó el cabo. “No me acuerdo, pero me lo describió: es muy, muy parecido. Parece que ella lo veía morir, que lo quería ayudar, pero el tipo era violento, gritaba, tenía una ‘angustia violenta’ me dijo, y se le murió en los brazos, mientras balbuceaba algo”. “¿Qué cosa?”. “Algo así como que quería ‘ver más’. Lo raro era que el tipo no tenía ojos, como este. Y le decía ‘¿la maté?’, aunque no sé si se lo preguntaba, creo que le gritó a lo último: ‘¡la maté!’. Muy raro. Ahí se despertó, y me despertó a mí también… y me contó todo. Te puedo asegurar que parecen prácticamente iguales”. “¿Y eso qué quiere decir?”. “No sé. Ella es la psicóloga. Yo no entiendo de esas pavadas”.

La pintura es de William Blake. Se titula: Beatrice adressing Dante from the car (1824)


lunes, 6 de agosto de 2018

Virgen

Se dice que un 8 de septiembre nacía la virgen María. También se dice que muchos de los relatos sobre ella fueron tomados de la diosa egipcia Isis. Cuenta la mitología griega que fue la última inmortal que vivió entre los humanos, para impartir la justicia y el orden. Sobre su espalda, cargó la cosecha y los rayos de Zeus en la lucha contra los titanes. Su constelación es la más grande de todos los signos y, dentro de ella, habitan miles de galaxias. Por mi parte, puedo decir que conozco a una María nacida un 8 de septiembre y es mejor que cualquiera de todas estas historias. Su segundo nombre es Regina porque iba a nacer un 7, día de esa santa. Su apellido es impronunciable, parece un jeroglífico. Todos los días me enseña algo nuevo, sobre ella y sobre la vida, con su sencillez, su inocencia y su infinita belleza. Su sentido de lo justo es inapelable. Terrenal, transparente e inmensamente bondadosa. Y, además, me ama. Y yo soy fiel a ella.


Fin del mundo

Somos una imposibilidad en un universo imposible.
Ray Bradbury

—Está raro el clima, ¿viste?
—Sí. La gente está rara, también, mi amor.
—¿Y te parece poco?
—No. No sé. ¿Qué vamos a comer?
—Nosotros nada, amor. Hay que racionar. Ahora veo qué hay para Joaquín y Manu.
Son las siete de la tarde. No se ve el sol desde hace varios días, nadie sale de sus casas. La niebla, pareja y constante, no deja ver más allá de veinte o treinta metros. La lluvia, con sus intermitencias, amenaza una y otra vez, refrena cualquier expectativa. Una especie de ceniza húmeda recubre las calles y se impregna en los ánimos. Las redes de electricidad resisten todavía. Aconsejan, sin embargo, evitar el consumo de energía, para no provocar desperfectos con los purificadores de aire, sus salvadores, hasta ahora.
Hundidos el uno en el otro, entre las sombras de la sala de estar, ellos permanecen callados. Sus cuerpos ausentes, sobre el sillón. Se hacen mimos. Arriba, en uno de los cuartos del primer piso, están los chicos. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él.
—La radio me está volviendo loco.
—Apagala, si querés. Hace rato que no dice nada nuevo.
—No, dejá. Quiero escuchar igual.
—Ahora veo qué podemos comer.
El zumbido constante del aparato se confunde con sus palabras. Todos los sistemas de comunicación cayeron. No hay Internet ni televisión. Nada más subsisten redes caseras de onda corta, que mantienen actualizados a los que logran sintonizarlas. La voz grave y dramática del interlocutor, entre el zumbido, las sirenas a lo lejos, y sus silencios, reproduce la situación del mundo, informa sobre socorros y auxilios, y pregona sobre diferentes sistemas y hábitos para mantenerse a salvo. Gradualmente, las cosas se van aquietando, o ya traspasaron lo cotidiano. Hubo pocas novedades en las últimas dos horas. 
Ella besa la mano de él, la que acariciaba su hombro, se levanta del sillón y va a la cocina. Se fija qué queda entre los estantes de la alacena. Saca una lata de choclos, cebolla, huevo, queso crema, y se pone a hacer la mezcla. Él agarra el control remoto de la televisión e intenta prenderla. Se lamenta de su propia estupidez y se ríe. Se dirige hacia la ventana de la sala, la que da a la calle, y corre las cortinas. El vecino de enfrente también mira, y lo mismo en varias casas. Todos observan lo que pasa enfrente o al lado. No se saludan.
—Después, ¿podés ir a ver a los chicos?
—Sí, todo bien. Ahora voy.
Él cierra nuevamente las cortinas, se retira y va hacia las escaleras.
A través de las ventanas, se ven las calles vacías y cubiertas de ceniza-nieve. Las escuelas están cerradas; los negocios, abandonados. “¿Cuánto puede durar? —se pregunta él—: ¿Cuánto falta para que nos quedemos sin cosas para hacer, incomunicados? ¿Sin comida? ¿Sin aire limpio? Si se nos hubiera ocurrido agruparnos en alguna casa, aunque sea entre algunos, esto no sería tan desesperante. O ya nos estaríamos matando los unos a los otros”.
—¿Cómo están los chicos?
—Bien. Mateo duerme en la cuna. A Joaquín ya no sé qué inventarle. Le dije que estabas preparando la comida. ¿Sabés a que están jugando Joaco y Manuel?
—¿A qué?
—Al fin del mundo.
—Qué horror. ¿Preguntó algo, Manu? ¿De sus papás?
—No, tendrá miedo de preguntar. Quizás, cuando comamos, pregunte.
—Dios mío. Pobres. ¿Qué le vamos a decir?
—No tengo idea.
Se dice que hay una nube de ceniza arcillosa que está empezando a cubrir todo el mundo. Nadie sabe cuánto avanzó o si seguirá haciéndolo. Las calles no son seguras para nadie. La niebla es cada vez más densa y la lluvia, más pesada. Moja la piel y se mete entre los poros. Parece que contiene unas bacterias que destruyen los tejidos. Se dice también que la ceniza transporta unas toxinas que enloquecen el sistema nervioso y su estructura arcillosa termina agarrotando los músculos. 
Los primeros días, la gente caía muerta de las formas más inesperadas. Todos los animales se volvieron locos, andaban sueltos, rabiosos, hasta que finalmente, uno a uno, se fueron quedando tiesos. Las calles son el escenario del desastre, todas atestadas de cuerpos inertes, autos abandonados, todo gris, cubierto de esa ceniza-nieve. 
No hay nadie que opere los teléfonos ni cualquier otro servicio. No hay autoridades, ni hospitales, ni guardia nacional, ni un ejército de contención improvisado. Mientras, a lo lejos, el grito ahogado de las sirenas, entre los edificios, las casas, los parques, entumece los sentidos. Una interferencia susurrante y continua flota en el aire. De a ratos, cada vez más constante, cae esa lluvia que quema de adentro hacia fuera. 
Un pánico silencioso gravita en el aire. Las casas no duermen. Hombres y mujeres, todos, en una desesperación muda. Todos encerrados puertas adentro, esperando el impacto de algo que no saben qué es todavía, algo extraordinario, algo horrible, aterrador. Ya no importa la inminencia de una guerra, un eventual desastre, vivir en un agujero, tener una casa con jardín, subirse a un avión que va directo al sol… ya no importa nada.
—¿Cuánta comida queda?
—Bastante, pero no hay que confiarse. Todavía tenemos todo lo del sótano.
—Bien… Voy a apagar la radio. Me vuelve loco.
—¿Sigue nevando?
—Es la ceniza, creo. ¿De dónde salió? 
—No sé. Está raro todo. Ojalá pase algo…
—… que te borre de pronto… ¿Cómo qué?
—No sé. Vos sos el que leyó la biblia.
—Si es por eso, no tenemos chance de nada.
—Volvió a llover.
—Quizás, todo esto sea un sueño de alguien dentro de un sueño en la taza de café de alguien más. ¿Te imaginás?
—No te entiendo.
—Nada. Estoy paveando nomás.
—Las inundaciones bajaron, había dicho la radio.
—¿Además hay inundaciones?
—Sí, mi amor, ¿no escuchaste? Hay ciudades que quedaron hundidas. Prendé.
Él se acerca a ella, pone sus manos en su cintura y le da un beso en el cuello. Ella lo saca, no quiere ponerse mal. Él entiende, y va a prender el aparato. Después vuelve a la ventana y corre las cortinas otra vez. Se abstrae en la lluvia.
—¿Te acordás cuando nos empezamos a ver? ¿Ese día que llovía? Caía a baldazos el agua, como hoy. Estábamos en la parada del 152. No teníamos paraguas.
—Sí, obvio. Me acuerdo.
—No pusimos a bailar ahí, solos, en el medio de la lluvia. Tenías una expresión en la cara tan linda. Creo que, en ese momento, registré que estaba enamorado de vos.
—¿Qué expresión?
—No sé, es difícil de poner en palabras… como divertida, inocente.
Se quedan callados. 
Un nuevo comienzo para el mundo. Miles de años, una vida, dos más.
La radio se corta. El aire se enrarece más. Las sirenas enmudecen. Todos se asoman a las ventanas. Cada vez, llueve más fuerte. La niebla se espesa.
Ella se acerca a la ventana y se pone a su lado. Él la abraza y le besa la frente.
—¿Qué va a pasar? ¿Vamos a salir de esto?
—No sé, mi amor.
—¿Sabés que te amo, no?
—Yo también.
—¿No te acordás de esa sonrisa hermosa que tenías esa vez? Te amo tanto.
—Yo a vos, mi vida.
La toma de la mano.
—¿Vamos? Vamos a bailar, una vez más, la última.
—Pero… nos vamos a morir.
—No, mi amor, si no salimos, nos vamos a morir. 
Se quedan callados. Ella le da la mano.
—Cerremos con llave mejor, ¿no?
—No terminé la tarta de choclo. ¿Qué van a comer los chicos?
—Yo creo que se van a arreglar mejor que nosotros. En serio, te digo. Pensalo. Nosotros molestamos nada más.
—Pero van a tener miedo si no estamos.
—Y yo también tengo miedo… pero ¿de qué sirve? ¿Y qué vas a hacer vos ahí? ¿Les vas a decir que va a estar todo bien?
—No sé, pero es terrible.
—Escuchá. No llores. Pensá en algo lindo.
Los vecinos se paran frente a sus ventanas para mirar el espectáculo. Los pies de los enamorados levantan la ceniza del piso mientras bailan. Un halo gris envuelve sus movimientos. La lluvia empapa sus cuerpos y disfraza las lágrimas. Se sonríen y se miran, como la primera vez que se miraron, como la última. Finalmente, los dos cuerpos caen sobre la ceniza-nieve. El polvo los cubre. Después de unos minutos, el paisaje se aquieta. Ellos ya no están. Las calles vuelven a su espantosa calma. El sonido de las sirenas regresa a lo lejos.
—Está loco, este clima.
—Sí. La gente está loca, también.

jueves, 19 de julio de 2018

Walt Whitman (poemas traducidos)


Mi primer acercamiento a la poesía anglosajona fue a través de Walt Whitman. En realidad, lo fue a través de Robin Williams, que citaba al primero, en la película Dead poets society. La película es conmovedora, y la pasión que transmite el actor por la poesía lo deja a uno pensando, mucho. La escena en la que todos los chicos se van subiendo, uno a uno, de a poco, a sus pupitres mientras exclaman: “¡Oh capitán! ¡Mi capitán!”, es grandiosa. Después, a eso de los dieciséis, me compré una edición económica de la poesía completa del estadounidense: Leaves of grass. Demás está decirlo: nunca pude terminar de leerla. Leí algunas partes, me salteé otras. Guardé en mi memoria algunas de ellas. Aquí dejo mis traducciones personales.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!


¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado,
El barco ha resistido cada vendaval, nuestra recompensa hemos ganado,
El puerto está cerca, las campanas suenan, la gente está exultante,
Mientras sus ojos siguen la firme quilla de la intrépida y magna nave.
¡Pero, oh mi corazón! ¡Mi corazón!
Gotas de sangre destila su cuerpo,
En la cubierta, donde mi capitán cayó,
Allí yace frío y muerto.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Levántese; las campanas debe oír;
Levántese, para usted izan las banderas, para usted trina el clarín;
Para usted, los ramos y las flores; para usted, se juntan en la margen;
Para usted, los gritos de toda esa gente, sus caras expectantes.
¡Levántese, Capitán! ¡Querido padre!
¡Descanse en este brazo su cabeza!
En la cubierta –tiene que ser un sueño–,
Yace su cuerpo frío y muerto.

Mi Capitán no responde, sus pálidos labios están mudos,
Mi padre no siente mi brazo, ya no tiene voluntad, no tiene pulso,
El barco ha anclado sano y salvo, su misión ha cumplido y terminado,
Del viaje intrépido, el victorioso barco entra con el premio ganado.
¡Griten vivas! ¡Toquen las campanas!
Mientras yo, en mi desconsuelo,
Camino por la cubierta, donde yace
Mi Capitán frío y muerto.

La marcha de las filas hostigadas por el camino desconocido


La marcha de las filas hostigadas por el camino desconocido
En la senda de un bosque espeso, entre la oscuridad, con pasos enmudecidos
De nuestro ejército anulado por las ingentes bajas y el hastío de una retirada aciaga
Hasta que, pasada la medianoche, sobre nosotros se posa la pálida luz de un edificio.
Llegamos a un claro en el bosque y nos detenemos frente a esta pálida luz de ese edificio,
Frente a una iglesia grande y vieja sobre el camino; ahora, un hospital improvisado.
Habiendo entrado, por un minuto, veo lo que ningún poema ni cuadro podrían describir:
Sombras en la oscuridad más desesperante, iluminadas por velas y lámparas de mano,
Y por la gran boca de una antorcha inmóvil de ondulante lengua roja y con humeantes babas.
Alrededor, por el piso, veo esparcidas formas vagas, algunas en los bancos recostadas;
A mis pies, distingo un soldado, muy joven, desangrándose (tiene un disparo en el abdomen).
Detengo el sangrado y le doy un breve alivio (su rostro está tan pálido como un lirio);
Luengo, antes de retirarme, vuelvo mis ojos sobre la escena para absorberlo todo:
Los rostros, sus rasgos, lo indescriptible; la mayoría en la oscuridad, algunos muertos;
Cirujanos operando, asistentes iluminando; el olor del éter, el hedor de la sangre.
El pelotón, oh el pelotón sangriento e informe, el patio también está lleno;
Algunos en la tierra, otros en tablones o en camillas, otros en el sudor frío de la muerte.
Se escuchan quejidos, llantos, al médico gritando órdenes o llamando;
El brillo de los pequeños instrumentos de metal refleja el brillo de las antorchas.
Esto recuerdo mientras recito, veo otra vez las formas, huelo el hedor.
Luego escucho las órdenes dadas afuera: “Formense, soldados, formense”,
Pero, primero, me inclino hacia el joven; sus ojos abiertos, una sonrisa a medias me da él.
Luego los ojos se cierran, lentamente se cierran, y yo me adentro en la oscuridad,
Recordando, marchando, siempre en la oscuridad marchando, entre las filas que 
El camino desconocido siguen marchando.

Urdí, urdí, porfiada vida


Urdí, urdí, porfiada vida,
Urdí así un soldado fuerte, impecable, para grandes campañas apremiantes
Urdí la roja sangre, urdí los músculos como cables, los sentidos, la vista urdí,
Urdí siempre constante, urdí día y noche la trama, la urdimbre, incesante, no te canses
(No sabemos de qué sirve, oh vida, ni el propósito, el fin, ni si nos corresponde saber,
Pero sabemos el quehacer, la necesidad está y va a permanecer; la marcha de la paz teñida de muerte, así como la guerra, permanecen).
Si las grandes campañas de la paz usan los mismos finos hilos para urdir,
No sabemos por qué, pero aun así urdí, por siempre urdí.

Una medianoche serena


Es esta tu hora –oh alma–, tu caída libre hacia lo inefable,
Lejos de los libros, lejos del arte; el día abolido, la lección hecha;
Salís y te mostrás, silenciosa, contemplás, meditás sobre los temas que más amaste:
Noche, sueño, muerte y las estrellas.

La oración última


Al final, piadosamente,
De las densas paredes de la casa fortificada,
Del encierro de las cerraduras oxidadas, del claustro de las puertas canceladas,
Dejame exhalarme.

Dejame deslizarme silenciosamente;
Con la llave de la levedad destrabá las cerraduras, con un suspiro abrí 
de par en par las puertas, oh alma.

Piadosamente, no seas impaciente
(Fuerte es tu yugo, oh mi carne moral,
Fuerte es tu yugo, oh mi amada).

Todas las traducciones pertenecen a Paulo Manterola.