lunes, 6 de agosto de 2018

Virgen

Se dice que un 8 de septiembre nacía la virgen María. También se dice que muchos de los relatos sobre ella fueron tomados de la diosa egipcia Isis. Cuenta la mitología griega que fue la última inmortal que vivió entre los humanos, para impartir la justicia y el orden. Sobre su espalda, cargó la cosecha y los rayos de Zeus en la lucha contra los titanes. Su constelación es la más grande de todos los signos y, dentro de ella, habitan miles de galaxias. Por mi parte, puedo decir que conozco a una María nacida un 8 de septiembre y es mejor que cualquiera de todas estas historias. Su segundo nombre es Regina porque iba a nacer un 7, día de esa santa. Su apellido es impronunciable, parece un jeroglífico. Todos los días me enseña algo nuevo, sobre ella y sobre la vida, con su sencillez, su inocencia y su infinita belleza. Su sentido de lo justo es inapelable. Terrenal, transparente e inmensamente bondadosa. Y, además, me ama. Y yo soy fiel a ella.


Fin del mundo

Somos una imposibilidad en un universo imposible.
Ray Bradbury

—Está raro el clima, ¿viste?
—Sí. La gente está rara, también, mi amor.
—¿Y te parece poco?
—No. No sé. ¿Qué vamos a comer?
—Nosotros nada, amor. Hay que racionar. Ahora veo qué hay para Joaquín y Manu.
Son las siete de la tarde. No se ve el sol desde hace varios días, nadie sale de sus casas. La niebla, pareja y constante, no deja ver más allá de veinte o treinta metros. La lluvia, con sus intermitencias, amenaza una y otra vez, refrena cualquier expectativa. Una especie de ceniza húmeda recubre las calles y se impregna en los ánimos. Las redes de electricidad resisten todavía. Aconsejan, sin embargo, evitar el consumo de energía, para no provocar desperfectos con los purificadores de aire, sus salvadores, hasta ahora.
Hundidos el uno en el otro, entre las sombras de la sala de estar, ellos permanecen callados. Sus cuerpos ausentes, sobre el sillón. Se hacen mimos. Arriba, en uno de los cuartos del primer piso, están los chicos. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él.
—La radio me está volviendo loco.
—Apagala, si querés. Hace rato que no dice nada nuevo.
—No, dejá. Quiero escuchar igual.
—Ahora veo qué podemos comer.
El zumbido constante del aparato se confunde con sus palabras. Todos los sistemas de comunicación cayeron. No hay Internet ni televisión. Nada más subsisten redes caseras de onda corta, que mantienen actualizados a los que logran sintonizarlas. La voz grave y dramática del interlocutor, entre el zumbido, las sirenas a lo lejos, y sus silencios, reproduce la situación del mundo, informa sobre socorros y auxilios, y pregona sobre diferentes sistemas y hábitos para mantenerse a salvo. Gradualmente, las cosas se van aquietando, o ya traspasaron lo cotidiano. Hubo pocas novedades en las últimas dos horas. 
Ella besa la mano de él, la que acariciaba su hombro, se levanta del sillón y va a la cocina. Se fija qué queda entre los estantes de la alacena. Saca una lata de choclos, cebolla, huevo, queso crema, y se pone a hacer la mezcla. Él agarra el control remoto de la televisión e intenta prenderla. Se lamenta de su propia estupidez y se ríe. Se dirige hacia la ventana de la sala, la que da a la calle, y corre las cortinas. El vecino de enfrente también mira, y lo mismo en varias casas. Todos observan lo que pasa enfrente o al lado. No se saludan.
—Después, ¿podés ir a ver a los chicos?
—Sí, todo bien. Ahora voy.
Él cierra nuevamente las cortinas, se retira y va hacia las escaleras.
A través de las ventanas, se ven las calles vacías y cubiertas de ceniza-nieve. Las escuelas están cerradas; los negocios, abandonados. “¿Cuánto puede durar? —se pregunta él—: ¿Cuánto falta para que nos quedemos sin cosas para hacer, incomunicados? ¿Sin comida? ¿Sin aire limpio? Si se nos hubiera ocurrido agruparnos en alguna casa, aunque sea entre algunos, esto no sería tan desesperante. O ya nos estaríamos matando los unos a los otros”.
—¿Cómo están los chicos?
—Bien. Mateo duerme en la cuna. A Joaquín ya no sé qué inventarle. Le dije que estabas preparando la comida. ¿Sabés a que están jugando Joaco y Manuel?
—¿A qué?
—Al fin del mundo.
—Qué horror. ¿Preguntó algo, Manu? ¿De sus papás?
—No, tendrá miedo de preguntar. Quizás, cuando comamos, pregunte.
—Dios mío. Pobres. ¿Qué le vamos a decir?
—No tengo idea.
Se dice que hay una nube de ceniza arcillosa que está empezando a cubrir todo el mundo. Nadie sabe cuánto avanzó o si seguirá haciéndolo. Las calles no son seguras para nadie. La niebla es cada vez más densa y la lluvia, más pesada. Moja la piel y se mete entre los poros. Parece que contiene unas bacterias que destruyen los tejidos. Se dice también que la ceniza transporta unas toxinas que enloquecen el sistema nervioso y su estructura arcillosa termina agarrotando los músculos. 
Los primeros días, la gente caía muerta de las formas más inesperadas. Todos los animales se volvieron locos, andaban sueltos, rabiosos, hasta que finalmente, uno a uno, se fueron quedando tiesos. Las calles son el escenario del desastre, todas atestadas de cuerpos inertes, autos abandonados, todo gris, cubierto de esa ceniza-nieve. 
No hay nadie que opere los teléfonos ni cualquier otro servicio. No hay autoridades, ni hospitales, ni guardia nacional, ni un ejército de contención improvisado. Mientras, a lo lejos, el grito ahogado de las sirenas, entre los edificios, las casas, los parques, entumece los sentidos. Una interferencia susurrante y continua flota en el aire. De a ratos, cada vez más constante, cae esa lluvia que quema de adentro hacia fuera. 
Un pánico silencioso gravita en el aire. Las casas no duermen. Hombres y mujeres, todos, en una desesperación muda. Todos encerrados puertas adentro, esperando el impacto de algo que no saben qué es todavía, algo extraordinario, algo horrible, aterrador. Ya no importa la inminencia de una guerra, un eventual desastre, vivir en un agujero, tener una casa con jardín, subirse a un avión que va directo al sol… ya no importa nada.
—¿Cuánta comida queda?
—Bastante, pero no hay que confiarse. Todavía tenemos todo lo del sótano.
—Bien… Voy a apagar la radio. Me vuelve loco.
—¿Sigue nevando?
—Es la ceniza, creo. ¿De dónde salió? 
—No sé. Está raro todo. Ojalá pase algo…
—… que te borre de pronto… ¿Cómo qué?
—No sé. Vos sos el que leyó la biblia.
—Si es por eso, no tenemos chance de nada.
—Volvió a llover.
—Quizás, todo esto sea un sueño de alguien dentro de un sueño en la taza de café de alguien más. ¿Te imaginás?
—No te entiendo.
—Nada. Estoy paveando nomás.
—Las inundaciones bajaron, había dicho la radio.
—¿Además hay inundaciones?
—Sí, mi amor, ¿no escuchaste? Hay ciudades que quedaron hundidas. Prendé.
Él se acerca a ella, pone sus manos en su cintura y le da un beso en el cuello. Ella lo saca, no quiere ponerse mal. Él entiende, y va a prender el aparato. Después vuelve a la ventana y corre las cortinas otra vez. Se abstrae en la lluvia.
—¿Te acordás cuando nos empezamos a ver? ¿Ese día que llovía? Caía a baldazos el agua, como hoy. Estábamos en la parada del 152. No teníamos paraguas.
—Sí, obvio. Me acuerdo.
—No pusimos a bailar ahí, solos, en el medio de la lluvia. Tenías una expresión en la cara tan linda. Creo que, en ese momento, registré que estaba enamorado de vos.
—¿Qué expresión?
—No sé, es difícil de poner en palabras… como divertida, inocente.
Se quedan callados. 
Un nuevo comienzo para el mundo. Miles de años, una vida, dos más.
La radio se corta. El aire se enrarece más. Las sirenas enmudecen. Todos se asoman a las ventanas. Cada vez, llueve más fuerte. La niebla se espesa.
Ella se acerca a la ventana y se pone a su lado. Él la abraza y le besa la frente.
—¿Qué va a pasar? ¿Vamos a salir de esto?
—No sé, mi amor.
—¿Sabés que te amo, no?
—Yo también.
—¿No te acordás de esa sonrisa hermosa que tenías esa vez? Te amo tanto.
—Yo a vos, mi vida.
La toma de la mano.
—¿Vamos? Vamos a bailar, una vez más, la última.
—Pero… nos vamos a morir.
—No, mi amor, si no salimos, nos vamos a morir. 
Se quedan callados. Ella le da la mano.
—Cerremos con llave mejor, ¿no?
—No terminé la tarta de choclo. ¿Qué van a comer los chicos?
—Yo creo que se van a arreglar mejor que nosotros. En serio, te digo. Pensalo. Nosotros molestamos nada más.
—Pero van a tener miedo si no estamos.
—Y yo también tengo miedo… pero ¿de qué sirve? ¿Y qué vas a hacer vos ahí? ¿Les vas a decir que va a estar todo bien?
—No sé, pero es terrible.
—Escuchá. No llores. Pensá en algo lindo.
Los vecinos se paran frente a sus ventanas para mirar el espectáculo. Los pies de los enamorados levantan la ceniza del piso mientras bailan. Un halo gris envuelve sus movimientos. La lluvia empapa sus cuerpos y disfraza las lágrimas. Se sonríen y se miran, como la primera vez que se miraron, como la última. Finalmente, los dos cuerpos caen sobre la ceniza-nieve. El polvo los cubre. Después de unos minutos, el paisaje se aquieta. Ellos ya no están. Las calles vuelven a su espantosa calma. El sonido de las sirenas regresa a lo lejos.
—Está loco, este clima.
—Sí. La gente está loca, también.

jueves, 19 de julio de 2018

Walt Whitman (poemas traducidos)


Mi primer acercamiento a la poesía anglosajona fue a través de Walt Whitman. En realidad, lo fue a través de Robin Williams, que citaba al primero, en la película Dead poets society. La película es conmovedora, y la pasión que transmite el actor por la poesía lo deja a uno pensando, mucho. La escena en la que todos los chicos se van subiendo, uno a uno, de a poco, a sus pupitres mientras exclaman: “¡Oh capitán! ¡Mi capitán!”, es grandiosa. Después, a eso de los dieciséis, me compré una edición económica de la poesía completa del estadounidense: Leaves of grass. Demás está decirlo: nunca pude terminar de leerla. Leí algunas partes, me salteé otras. Guardé en mi memoria algunas de ellas. Aquí dejo mis traducciones personales.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!


¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado,
El barco ha resistido cada vendaval, nuestra recompensa hemos ganado,
El puerto está cerca, las campanas suenan, la gente está exultante,
Mientras sus ojos siguen la firme quilla de la intrépida y magna nave.
¡Pero, oh mi corazón! ¡Mi corazón!
Gotas de sangre destila su cuerpo,
En la cubierta, donde mi capitán cayó,
Allí yace frío y muerto.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Levántese; las campanas debe oír;
Levántese, para usted izan las banderas, para usted trina el clarín;
Para usted, los ramos y las flores; para usted, se juntan en la margen;
Para usted, los gritos de toda esa gente, sus caras expectantes.
¡Levántese, Capitán! ¡Querido padre!
¡Descanse en este brazo su cabeza!
En la cubierta –tiene que ser un sueño–,
Yace su cuerpo frío y muerto.

Mi Capitán no responde, sus pálidos labios están mudos,
Mi padre no siente mi brazo, ya no tiene voluntad, no tiene pulso,
El barco ha anclado sano y salvo, su misión ha cumplido y terminado,
Del viaje intrépido, el victorioso barco entra con el premio ganado.
¡Griten vivas! ¡Toquen las campanas!
Mientras yo, en mi desconsuelo,
Camino por la cubierta, donde yace
Mi Capitán frío y muerto.

La marcha de las filas hostigadas por el camino desconocido


La marcha de las filas hostigadas por el camino desconocido
En la senda de un bosque espeso, entre la oscuridad, con pasos enmudecidos
De nuestro ejército anulado por las ingentes bajas y el hastío de una retirada aciaga
Hasta que, pasada la medianoche, sobre nosotros se posa la pálida luz de un edificio.
Llegamos a un claro en el bosque y nos detenemos frente a esta pálida luz de ese edificio,
Frente a una iglesia grande y vieja sobre el camino; ahora, un hospital improvisado.
Habiendo entrado, por un minuto, veo lo que ningún poema ni cuadro podrían describir:
Sombras en la oscuridad más desesperante, iluminadas por velas y lámparas de mano,
Y por la gran boca de una antorcha inmóvil de ondulante lengua roja y con humeantes babas.
Alrededor, por el piso, veo esparcidas formas vagas, algunas en los bancos recostadas;
A mis pies, distingo un soldado, muy joven, desangrándose (tiene un disparo en el abdomen).
Detengo el sangrado y le doy un breve alivio (su rostro está tan pálido como un lirio);
Luengo, antes de retirarme, vuelvo mis ojos sobre la escena para absorberlo todo:
Los rostros, sus rasgos, lo indescriptible; la mayoría en la oscuridad, algunos muertos;
Cirujanos operando, asistentes iluminando; el olor del éter, el hedor de la sangre.
El pelotón, oh el pelotón sangriento e informe, el patio también está lleno;
Algunos en la tierra, otros en tablones o en camillas, otros en el sudor frío de la muerte.
Se escuchan quejidos, llantos, al médico gritando órdenes o llamando;
El brillo de los pequeños instrumentos de metal refleja el brillo de las antorchas.
Esto recuerdo mientras recito, veo otra vez las formas, huelo el hedor.
Luego escucho las órdenes dadas afuera: “Formense, soldados, formense”,
Pero, primero, me inclino hacia el joven; sus ojos abiertos, una sonrisa a medias me da él.
Luego los ojos se cierran, lentamente se cierran, y yo me adentro en la oscuridad,
Recordando, marchando, siempre en la oscuridad marchando, entre las filas que 
El camino desconocido siguen marchando.

Urdí, urdí, porfiada vida


Urdí, urdí, porfiada vida,
Urdí así un soldado fuerte, impecable, para grandes campañas apremiantes
Urdí la roja sangre, urdí los músculos como cables, los sentidos, la vista urdí,
Urdí siempre constante, urdí día y noche la trama, la urdimbre, incesante, no te canses
(No sabemos de qué sirve, oh vida, ni el propósito, el fin, ni si nos corresponde saber,
Pero sabemos el quehacer, la necesidad está y va a permanecer; la marcha de la paz teñida de muerte, así como la guerra, permanecen).
Si las grandes campañas de la paz usan los mismos finos hilos para urdir,
No sabemos por qué, pero aun así urdí, por siempre urdí.

Una medianoche serena


Es esta tu hora –oh alma–, tu caída libre hacia lo inefable,
Lejos de los libros, lejos del arte; el día abolido, la lección hecha;
Salís y te mostrás, silenciosa, contemplás, meditás sobre los temas que más amaste:
Noche, sueño, muerte y las estrellas.

La oración última


Al final, piadosamente,
De las densas paredes de la casa fortificada,
Del encierro de las cerraduras oxidadas, del claustro de las puertas canceladas,
Dejame exhalarme.

Dejame deslizarme silenciosamente;
Con la llave de la levedad destrabá las cerraduras, con un suspiro abrí 
de par en par las puertas, oh alma.

Piadosamente, no seas impaciente
(Fuerte es tu yugo, oh mi carne moral,
Fuerte es tu yugo, oh mi amada).

Todas las traducciones pertenecen a Paulo Manterola.

Algunos poemas de Jim Morrison




Jim Morrison, cantante de la mítica banda estadounidense The Doors, no solo escribía canciones, sino también poemas. Este tenía un estilo en extremo abstracto, tanto en sus canciones como en sus poemas, que hace dificultosa la tarea de traducir. Sin embargo, creí que valía la pena hacer el esfuerzo:

Los Amos


Los Amos. Todo ocurre más allá de nuestro entendimiento
o control. Vivimos nuestras vidas. Apenas podemos
intentar esclavizar a otros. Pero, gradualmente, singulares
percepciones van empezando a proyectarse. La idea de los
“Amos” comienza a tomar forma en algunos. Deberíamos
reclutarlos, a aquellos que perciben, para que recorran
ese laberinto durante sus misteriosas apariciones noc-
turnas. Los Amos tienen entradas secretas y conocen también
el arte del disfraz. Pero, al mismo tiempo, se delatan en
aspectos menores. Un destello de luz demasiado intenso
en el ojo. Un falso gesto. Una demasiado larga y curiosa
mirada.

Los Amos nos amansan con imágenes. Nos ofrecen
libros, conciertos, galerías, espectáculos, cines. Es-
pecialmente, cines. Con el arte, nos confunden y nos
ciegan para esclavizarnos. El arte empapela las paredes
de nuestra prisión, nos mantiene callados, distraídos
e indiferentes.


La selección de este poema, y de las demás que trascribiré más adelante, surgió a partir de la lectura de su libro de poemas titulado The Lords and The new creatures (Touchstone, 2012). Jim Morrison era una persona en constante conflicto consigo mismo, leyenda de la contracultura de su época, con una fuerte adicción a las drogas y al alcohol, que se interesaba mucho por la literatura y por lo místico. Casualmente, o tal vez no, su padre era irlandés. La poesía irlandesa me resulta cautivante y hay mucho de ella en este compilado.
  El poema traducido da título a la primera parte del libro, la cual se compone principalmente de sus impresiones acerca de lugares, de personas, de acontecimientos y, más que nada, del cine; en realidad, acerca de su obsesión (o de la obsesión del mundo) con lo visual. La pieza en cuestión no me presentó grandes dificultades, incluso pudo mantener la división silábica de las dos palabras sin tener que volverme loco, haya sido esto arbitrario o no para él en primera instancia. Otras piezas de ese mismo libro fueron un mayor desafío, por ejemplo, el primer extracto de The new creatures. En primer lugar, contiene imágenes muy extrañas y bizarras, difíciles de trasladar a otro idioma conservando cierta elegancia, ni hablar de la métrica: el idioma contiene muchos más monosílabos que el español. En segundo lugar, algunas metáforas hacen referencia a cosas que hasta sus biógrafos desconocen, o de las que no pueden estar seguros. Por ejemplo, los versos que, según se dice, refieren al suicidio de Brian Jones (guitarrista de la banda The Rolling Stones): “Squeeze wealth at the rim / until tile pools claim it”. En lo personal, creo que esto está relacionado con el tema general del poema: la vida, la muerte, la finitud, su sentido o no sentido, el deseo de una u otra, la arbitrariedad de la existencia, etc., y no tanto con un hecho particular.
  Jim Morrison se sentía fascinado por la cultura de los nativos estadounidenses, sus rituales, sus visiones y sus drogas alucinatorias. Lo despojado, lo extranjero, lo alienado siempre le llamaron la atención. La sangre escocesa y gitana corría por sus venas también. 
  Profesaba el libertinaje en todos los planos de la vida: físico, psíquico, emocional. Y todo esto se ve ciertamente reflejado en sus poemas y en sus canciones.

Primer extracto de Las nuevas criaturas


La teoría es que el nacimiento es provocado
por el deseo del niño de abandonar el útero.
Pero, en la fotografía, el cuello de un caballo
presiona hacia dentro con sus patas salidas.

De esto, se deduce lo siguiente:

Succioná la leche de ese pecho
hasta que no haya leche.

Derramá tu plétora en el riachuelo hasta que 
el fondo de la piscina te llame.

Él traga su semilla, su orgullo,
hasta que, con la pálida boca de entre sus piernas,

ella chupa la raíz, temiendo que
el mundo devore a su hijo.

¿Acaso la tierra no va a succionarme
cuando muera, o el mar
si muero en el mar?


Otros extractos de Los Amos y de Las nuevas criaturas


Primer extracto de Los Amos


Cuando los hombres idearon estructuras,
y se encerraron entre paredes,
antes árboles y cuevas.

(Las ventanas miran hacia ambos lados,
los espejos hacia uno solo.)

Nunca caminás a través de espejos
ni nadás a través de ventanas.

Segundo extracto de Los Amos


Leones mansos boca abajo en una playa.
El universo se arrodilla en el pantano
frente al ojo curioso de su propia
brutal decadencia
en el espejo de la conciencia humana.

Espejo habitado y ausente, absorbente,
inmóvil ante lo que sea que lo
visite y retenga su interés.

Puerta que va hacia el otro lado,
el espíritu se libera, calmo.

Volteá los espejos de la 
casa de los nuevos muertos.

Segundo extracto de Las nuevas criaturas


Chacal, nosotros husmeamos tras la huella de los sobrevivientes.
Recogemos la sangrienta cosecha de los campos de batalla. 
No hay carne de ningún cadáver que desprecien nuestros vientres secos.
Nuestra voracidad nos lleva entre vientos balsámicos.
Extraño, viajante,
escudriñá nuestros ojos y descifrá
el horrible grito de perros antiguos.




















Los poemas pertenecen al libro The Lords and The new creatures, de Jim Morrison.
La traducción y los textos pertenecen a Paulo Manterola.

martes, 22 de mayo de 2018

Robar no es hurtar



 Me llama su hermano. Me pregunta dónde está Pame y, la verdad, yo me pregunto lo mismo. Nadie la vio. Acá no, le digo. Y vos, ¿dónde estás?, me pregunta. Le corto. Mierda. ¿No le había avisado yo a ella? Seguro le boqueó a la vieja, que le avisó al papá, que le avisó al hermano. ¿No se lo había dicho? Mierda. Siempre se mete en quilombos. Es tremenda. Pero es tan linda, la rubia. Te amo, mi vida. Y yo no puedo decir nada, qué voy a decir. La humildad te da eso: códigos, o miedo, no sé.
  Para la familia, yo soy el que le compra la frula nada más. Se hacen los boludos. Se piensan que no sé nada de las que se mandan ellos.
  La primera vez que la conocí fue en el club. Yo ya no jugaba, pero había ido con unos amigos del barrio, para arreglar un laburo. Ella le enseñaba a bailar murga a los chicos, les regalaba cosas, se franeleaba con los amigos del papá para sacarles guita. Me dijo que le gustaba ayudar acá y allá, donde pudiera. Quería hacer un comedor. El padre no le da bolilla a la pobre, pero algunas cosas le consiguió. Es terca también, la rubia. Te hace unas caritas que te fulminan. Y, con el tiempo, nos encariñamos.
  Después me enteré de que el viejo era milico retirado. El hermano estaba en la comisaria, haciéndose el soldadito.
  Nos terminamos prometiendo que nos iban a pasar cosas buenas.
  Su hermano me hizo entrar en el Estado, en la Dirección de Tránsito. Yo quería la prefectura, para hacer algo de guitarra y después conseguir algo más seguro. Pero empecé ahí y, después, me sacaron, me pusieron de cobani. Ahora, pasé al curro de la seguridad privada.
  Trasca me di cuenta de lo fácil que es meterse en las casas, y de que la gente es boluda. No hay vuelta que darle.
  Ella quiso ayudarme, pero no la dejé. Quiere sentir la adrenalina, me dijo. Se piensa que es joda. No me perdonaría nunca si la llegaran a agarrar. La familia me colgaría de las pelotas. Ya bastante tuve el otro día cuando, entre cuchara y cuchara, de repente, la vi acurrucada en el piso, chupándose el dedo. Lo tuve que llamar al hermano; si no, se me muere ahí en el piso de una nomás. Desde ahí, la cabeza a veces se le va a la banquina, tiene lagunas. Y la familia ya me la tiene junada.
  Le dije que piense qué íbamos a hacer. Lo de las cosas buenas que nos prometimos. Yo quiero irme a Montevideo. Tengo amigos allá, todo legal, empezar de cero. Ella me dijo que sueña con irse a Barcelona.
  Por eso estoy acá: este es el último laburo; con esto, nos sacamos la lotería. Barcelona, Londres, la concha del mono, lo que quieras, mi amor. Lo corto al hermano, al papá, se van todos a la mierda. La mamá, no. Es buena, la pobre vieja. Hasta por ahí me la llevaría, para que cuide a los chicos más adelante. Es una estirada, pero es buena.
  Parece que el hermano se enteró y boqueó. Tengo que salir rápido.
  Empiezan a sonar las sirenas. Es joda. Qué dirían los pibes ahora si me llegaran a ver. ¿Qué hago? Tengo que mear, primero; después, pienso.
  Ya sé, ya está: salgo por el baño, el de servicio. Está por atrás de la casa.
  Las sirenas suenan cada vez más cerca.
  Todo por querer hacer las cosas bien. Qué hijos de puta.
  Y ahí la veo… entra por la ventana del baño.
  ¡Puta madre! ¡No podés ser tan pelotuda, Pame! ¿Nadie te dijo? No, no podés estar acá vos. ¿Hablaste con tu vieja? ¿Con tu papá, con tu hermano? ¿Quién boqueó?
  Se larga a llorar. Mierda.
  Tengo las sirenas atrás de la oreja.
  Ya no me importa nada.
  Que se caguen todos, que vengan, que me hagan lo que quieran.
  Que se venga el mundo abajo.
  Vení, abrazame, mi vida. Va a estar todo bien.
  Por favor. No llores, mi amor.