viernes, 22 de agosto de 2014

Despedida (ana)

Este amor
que no sabe de imposibles, a menos
que todo sea posible…
… este amor que es un accidente
esperando suceder,
un ascensor de servicio hacia la nada.
Un jardín en el paraíso, sin serpiente ni manzana;
una sospecha evidente,
una palabra impronunciable,
un impulso premeditado,
una promesa eternamente postergada.
Un día de los enamorados,
todos los días,
sin las flores, ni el sexo o las caricias.
Un vestido que ya no te queda...
... una balanza
que me marca un kilo menos
cada día.

Y es este sentir inabarcable que no deja de desearte
y tu deseo torpe de sentirme,
que se quedan en eso, nada más.

Este amor
que no lo predice ningún astro o superstición,
ni el infinito puede contenerlo.
No hay paradigmas que puedan condicionarlo,
y avanza contra todas las opiniones;
sí, este amor que solamente existe en nuestras intuiciones,
atravesadas por desencuentros
que se confunden
en estas ganas de querer
aprender a querernos.

Y es también
este paisaje hoy desierto de sensaciones
por la ventana de un tren que va a ninguna parte.
Es un viaje al olvido que está
siempre interrumpido,
mientras alguien en el pasillo besa un rosario
a la hora que los santos
quieren confesarse.

Este amor es una locura razonable,
un tango en tres por cuatro,
un suspiro que se nos vive escapando;
un sueño insomne en la madrugada...
... una duda,
una corazonada.
Un suspenso tortuoso entre nuestros cuerpos,
atacados por una ansiedad
desbordada.

Es, una y otra vez,
este sentir enajenante que no deja de desearte
y ese deseo terco de sentirme...
... que quedan en eso, nada más.

Es esta vida en blanco y negro,
y eso de andar
partido a la mitad.

Es estas ganas de mirarte y no pensar
y volver a mirarte una vez más.
Esas ganas que te arden
de decirme que querés que me quede
solamente un rato más.
Es arena entre las manos,
es cansancio;
lluvia que no moja.

Y es que este amor que me atraviesa
quiere besarte el alma,
y se desarma antes de tocarte...
... y trae consigo esa angustia inapelable
de saber
que este amor está condenado
a quebrarse
en ese mismo instante en el que
quiere ser.

Danae. Gustav Klimt.




















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