lunes, 28 de diciembre de 2015

Carta para Pedro, de un niño perdido a otro

Ya no podíamos contar con vos. ¿Qué le pasó a tu sentido de la aventura? Nos enseñaste que no había principio ni final. ¿Y ahora qué? Sí, ya sé. La vida, el amor, un dedal, un beso. No poder encontrar ni la propia sombra, perderla porque sí. Pero qué si finalmente me equivoco, y el amor es más grande que todo eso, que cualquier otra cosa. Solías decir que morir, esa sería una gran aventura. Y no dudarías ni un instante en irte de acá, de este lugar, de tu propia fantasía. A nadie se le ocurriría que nada más querés volar ahora, como antes. No, todos sabemos lo que hacés por las noches. No tendrías problemas en abandonarnos, darnos por perdidos para siempre. Si no tuvieras tanto miedo. Sí, yo sé. Ya no te parece una aventura; ella te hizo comprenderlo. Tenés miedo de lo que hay allá afuera. Lo ves en su rostro. Tenés miedo porque eso definitivamente los separaría. Estás paralizado. Todas las noches caés sobre su ventana, esperando que sea como la primera vez, que no hubiera pasado el tiempo. Y no podés ni mirarla a los ojos; esos ojos que apenas te recuerdan. Cada una y todas las noches posado sobre su ventana. Llorando sin una lágrima, en silencio, como un nene, anegado. Pero qué, entonces, si finalmente me equivoco. ¿Podrías amarla, tal como es? ¿Podría ella también, o su hija? ¿Quién se entregaría como lo hizo ella alguna vez? Sí, ya sé. Pero me pregunto. Y qué si finalmente me equivoco, qué si te equivocás vos. Vas a colgar, entonces, de esa ventana para siempre, anegado, como un nene, irreconocible, irreconciliable hasta con tu propia sombra.