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jueves, 20 de septiembre de 2018

El blanco no es un color


Definitiva como un mármol
Entristecerá tu ausencia otras tardes.
Jorge Luis Borges



Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Mis nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás. ¿Dónde dormiste anoche entonces? Platos, vidrios, ropa, todo desparramado por los pisos, bolsos a medio hacer, o a medio empezar. Hojas muertas y tierra hasta la sala. La luz del ventanal me atraviesa, todos los espacios atraviesa, los vuelve etéreos, las partículas de polvo bailan en el aire. ¿Dónde habrás ido? El letargo se confunde con el aturdimiento. Un andar lento, extrañado, inestable. Tengo la convicción de ya haber vivido este momento. Los ojos no logran hacer foco. No puedo tragar. Como si tuviera la garganta desgarrada en mil pedazos; los sonidos se incrustan como astillas, no salen. ¿Dónde estás? ¿Escuchás mis pasos, entre las hojas y los vidrios? El piano está intacto, en el mismo rincón de siempre. Una leve lámina de polvo lo recubre. La madera está fría; las teclas, perezosas. ¿Me escucharías romper el piano? Intenté hacerlo ayer, me acuerdo ahora. Estuviste tocando anoche, discutimos. ¿Qué hiciste? Quisiera escuchar tu voz. No necesitaría ver ni hacer nada si pudiera escuchar tu voz. Sentirte respirar cuando despierto, ese regalo que me hacés todos los días, cada bocanada de aire que hay en tus pulmones, como si fuera nada. Pero ¿qué hiciste? ¿Por qué? No puedo dejar de pensar en eso. Si pudiera decir algo. Me desangraría desde la garganta si pudiera acaso. ¿Quién te convenció de qué? Tu mamá tuvo algo que ver, seguro. Me detesta. Todos acá me detestan, me toman por idiota. Este lugar, con sus mezquindades y costumbres del siglo pasado, este pueblo blanco, como el del catalán. ¿Cuántas veces te dije que no viniéramos, que no había nada que hacer acá? A esta tierra estéril, con caminos de piedra, cerros y hondonadas. No hay más. Lo único que crece acá es el cementerio. No quisiste escuchar, y yo cedí, por amor. Era eso, ¿no? Siempre todo tiene que ser como vos querés. Me das la razón nada más que cuando me querés pelear. ¿Dónde te metiste? ¿Fuiste a verla a mamá? ¿Le dijiste que estaba deprimido? ¿Con quién estás? Desde afuera, se escucha un tumulto que va creciendo. Las campanas suenan desde lo alto de la capilla. Me parten los oídos. Parece que sonaran desde dentro de mi pecho. Desde la ventana de la cocina, se ve mucha gente en las calles. Pasó algo. Todos pasan en procesión. ¿Te mataste? ¿O quién murió? No se ven tristes ni enojados, ni nada, sus movimientos parecen impostados. De a ratos, levantan la mirada. Les preocupan más los ojos que tengan encima que por dónde caminan. Si su dios los viera, los mandaría a quemar vivos. Se me parten los dientes tratando de articular una palabra. Quiero gritarles. Los sigo, los empujo. Nada. Ni me miran. ¿Te maté yo? Puedo escuchar sus pensamientos. Piensan en mí, cosas horribles. Por qué tengo todas esas cosas horribles adentro de mi cabeza. Pasó algo. Desde las diferentes calles, de a poco, todos llegan a la capilla, algunos se saludan. Está tu mamá, la mía también. Estás muerta. Eso es lo que pasa. Discutimos mucho anoche, me acuerdo ahora. ¿Se lo contaste a alguien? ¿Por eso nadie me mira? Yo quería que habláramos. Estabas borracha y empezamos a pelear. Pero me acosté tranquilo, nos acostamos juntos. Siempre pensé que te tenía que decir las cosas como las sentía, y algo siempre se ponía en el medio. Después, pasó la noche del bar. Yo estaba ahí, tranquilo, ni siquiera estaba tomando, y esa pelirroja no me sacaba los ojos de encima, y me buscaba, y a mí ni siquiera me gustan las pelirrojas. Ese día habíamos peleado también. Tu amigo me vio, me vieron todos en el bar. Vos siempre fuiste más discreta, y la mitad de toda esta gente se ríe discretamente de mí, o me tratan como a un pobre tipo. Ahora me tienen asco y odio, puedo escucharlos. Y vos, ¿dónde estás? Dormís. Nunca más tu respiración, tu voz, tu mirada. Mientras más trato de abrazar otra vez esa sensación de tenerte cerca, más siento que te pierdo. ¿Aguantará tu alma el peso de esa piedra que tenés como corazón? La gente empieza a amontonarse frente a la puerta de la capilla, nadie quiere dar el primer paso. No tengo nada que hacer acá. Mi amor descansa, mi pena también. Qué diría ese zorro ladino y condescendiente del cura si me viera entrar. Qué va a decir mi familia. ¿Me van a acusar a mí también? Mi hermana, que está lejos, ella te va a echar la culpa a vos, claro, va a decir que te suicidaste. Me conoce mejor que nadie. Y yo todavía no puedo entender bien qué pasó. Y todas las mascotas de mi hermana, me da celos todo lo que la quieren. Es tan fácil ser una mascota, es tan simple ese tipo de amor. Ya está. Llego al río, pasando el barranco. Los pies se arrastran hacia la parte honda. No se siente el agua a mi alrededor. Los dedos no pueden surcarla, ni se escurre entre ellos. Los pulmones no se mojan. No pasa nada. Me desespera más que si me estuviera ahogando. Tuve esa misma sensación anoche, me acuerdo ahora, después de acostarnos. Me diste de comer, te acostaste conmigo y soñé que me moría. Me desperté a mitad de la noche, asustado. No estabas en la cama. ¿Qué hiciste? ¿Qué me hiciste? Fuiste vos, entonces, la que me mató a mí. ¿Soy yo el que está muerto? Pero puedo tocarme, sentirme. ¿Cómo puede ser? Lo que siento en la garganta es el veneno. Nada más que confiando tomamos el veneno con cuchara. Vuelvo a entrar a la casa. Estás ahí, volviste, no estás en la capilla, te sentías demasiado triste, dijiste. Te veo sentada en el sillón de la sala, demasiado cómoda como para estar castigándote. Quiero gritarte, empujarte. No puedo hacer nada de eso. Es inútil. Te sobresaltás, de repente, mirás para todos lados, te ponés a llorar, como si me presintieras. Cuando me escuchaste gritar ayer, subiste, me calmaste, pusiste algo en mis manos, una carta, sí. La escribiste mientras esperabas que hiciera efecto el veneno. Y ya está. Después, te fuiste sin que nadie te viera. Me dejaste durmiendo, con la carta en la mano. Ahí la veo, en la cama. De alguna manera, creo que sé lo que dice, pero la leo. Decís que no podés más, que te fuiste. Los ojos se cansan, las letras se desfiguran. No puedo seguir. Todos van a pensar que me suicidé. Por supuesto, quién podría dudar de vos. Ya no puedo acordarme más. Estoy cansado. Tal vez sea para mejor. Ser una víctima antes que un idiota. Me voy a volver loco hablándome a mí mismo, si pudiera acaso. Me pierdo. ¿Dónde estás? Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Los nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás…


* Este cuento, escrito por mí, toma algunas frases de diferentes canciones de la banda White Stripes, escritas por su guitarrista y cantante, Jack White. A través de estas frases sueltas (que fueron traducidas por mí y reformuladas dentro del cuento), imaginé una historia, una historia en la que su temática y su clima se funden con las temáticas y los climas que tiende a crear este músico, símbolo de la cultura estadounidense actual. Por esta razón, la imagen es de uno de sus discos también.


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viernes, 31 de agosto de 2018

Oquedad



¿Estás dispuesto a devorar estrellas que sacien tu sed?
Enrique Bunbury


Su rostro se defiguró en un gesto de desprecio. Se sintió para él como si alguien le hubiera arrojado agua hirviendo en su pecho. Un mareo repentino lo aturdió. Ella puso su mano sobre el pecho de él y lo empujó con violencia lejos de ella. La expresión de rechazo la afeaba mucho, pensó él, y después quedó fuera de sí. Se abalanzó sobre ella, la agarró del cuero cabelludo y empezó a golpear su frente contra la mesa de vidrio de la sala. Hasta que la superficie se partió. La alfombra se llenó de pequeñas astillas de cristales y un chorro espeso de sangre tiñió un trayecto del tejido. Él se quedó paralizó por unos segundos, le faltaba el aliento. Todavía no entendía bien qué estaba pasando. Con toda la fuerza que pudo juntar, ella le arrojó una patada que dio en uno de sus muslos. Él cayó al suelo y su rostro se llenó de bolitas de vidrio, pelusa de la alfombra y su propia sangre. Soltó un grito que parecía más un llanto. El taco del zapato de ella se había clavado en su pierna. Se levantó, trató de limpiarse el rostro con la palma de una mano, y volvió a la carga. La sujetó por detrás, la obligó tragarse unos pedazos de cristal que tenía entre sus dedos y le arrancó el vestido.

* * *

  El olor a pis lo despertó. No quería abrir los ojos, volverlo real. El simple hecho de ir a alguna farmacia a comprar pañales para adultos le daba asco, esas palabras, más incluso que tener que salir al patio a las seis de la mañana para buscar unos trapos limpios, tener que sacarle la bombacha a la madre, higienizarla, limpiar el colchón y después regresar al patio para fregar los trapos y la bombacha. Por lo menos, ese era, de alguna forma, un acto privado, un ritual solitario y silencioso que se había impuesto desde hacía unos días. A veces, se repetía por las noches; entonces, esperaba hasta tarde a que los pasillos se callaran.
  Esta vez, al terminar, le dio un beso en la frente a su madre y se dirigió al baño, aprovechando que pocos se despertaban tan temprano para mantenerlo ocupado. Mientras se lavaba los dientes, las imágenes de su sueño se sucedieron otra vez en su cabeza, una detrás de otra. Las recordaba con exactitud, como había sucedido otras veces. Pero ¿por qué había tenido que aparecer ella, su compañera de trabajo, en esas alucinaciones? Nunca se lo hubiera esperado. Él nunca podría ejercer tal violencia sobre ella. ¿Por qué iba a hacerlo? Estaban en su departamento, tomando mate, como dos compañeros de trabajo. Había cierta complicidad entre ellos, entre que le había enseñado a cambiar el tóner, que ella le había manchado de tinta la camisa, que compartían el cigarrillo en el descanso, que no querés venir a casa después del trabajo. Quizás uno de los dos no tenía las mismas expectativas que el otro, o algo había salido mal. Nada más distante a lo que a él deseaba para su realidad.
  No sabía si sentir excitación o culpa. Al enjuagarse la boca, tuvo la sensación de estar masticando tierra. Escupió y, entre los restos amarillentos, vio unas bolitas negras diminutas. Se miró al espejo y abrió la boca. Entre las primeras muelas, tenía una manchada. No pudo evitar tocarse ese diente putrefacto y le dolió tanto que tuvo que tapar con la mano su boca para evitar gritar. Se palpó la piel reseca, se restregó los ojos, intentó sacarse esas lagañas de perro que tenía. No se sentía nada bien. Se dio un sopapo y se metió a la ducha.
  Cuando cortó el agua, pudo escuchar las voces de la gente que ya hacía cola frente a la puerta. Se secó, se vistió y bajó a la entrada a buscar el diario. No había nadie. Le sacudió la mugre del mostrador y se alejó mientras leía los titulares de la portada. El diario en sí, le importaba poco o nada –excepto los suplementos de los martes–, pero la costumbre de ponerse a leerlo durante el desayuno reconfortaba de alguna manera a su madre, como si eso le hiciera creer que el mundo no había cambiado tanto desde tiempos mejores.
  Subió las escaleras, cerró la puerta de la pieza y puso a calentar la pava en el anafe. Mientras, despertó a su madre, la depositó en la silla de ruedas y la colocó frente a la mesa. De su boca, no se escuchó nada más que un lamento ahogado cuando la movió. Él le contaba de su trabajo, de los chismes de los pasillos, y otras tonteras. Ella lo escuchaba fascinada, con los ojos bien abiertos. La yerba del mate estaba vieja, dejaba en la boca la sensación de haber lamido el piso, pero su madre ya no distinguía mucho los sabores, ni nada. Antes de apagar el fuego, ablandó tres panes, dos para ella y uno para él, y sirvió todo sobre la mesa. Después del primer mate, le cantó los números de la lotería publicados en el diario. Otro día más y nada más que mugre en los bolsillos, ¿en qué fallaba? Hacía los cálculos a la perfección, y nada. Entre pedazos de pan que se enducrecían en la boca, masticándolos con las muelas que le quedaban, ella le escupía que cómo el único de sus hijos que no era un imbécil ni un drogadicto, desperdiciaba el tiempo y el dinero en esas estupideces. Él le decía que el día que la sacaran se iba a arrepentir, pero que igual le iba a dar todos los gustos: “No es tu culpa, viejita, que tengas esas ideas locas. Ya vas a ver, un día de estos ganamos. No es cuestión de suerte… es el destino, ¿sabés?”. Siempre que su intuición le decía, apostaba.
  Esas fantasías, o sueños premoitorios, como le gustaba llamarlos, habían empezado cuando era adolescente. Se le aparecían en su sueño distintas escenas, de muerte o de violencia, que después terminaban concretándose. Él no conocía a esas personas, pero las soñaba, y después les sucedía algo terrible. Las primeras veces, al despertar, sentía como un vacío en el pecho. Con el tiempo, aprendió a manejarlo mejor y, como era un obsesivo de los números, empezó a darse cuenta de que había una relación entre la fecha de sus alucinaciones, la de el hecho concreto y otros factores, como once puñaladas, dos disparos, cinco testigos, y esas cosas. Sin embargo, había algo que se le escapaba. El número al que llegaba salía el día en que ocurría el hecho lo que, a menos que un día de esos se le manifestara en sus premoniciones también la fecha en que iba a suceder, le sería imposible saberlo antes de que saliera. 
  Dejó el diario sobre la mesa con un gesto enajenado, tragó un poco más del flujo del mate, le dio un beso en la frente a su madre y salió hacia la parada del veinticinco, que le quedaba a una cuadra (o trescientos ocho pasos, según llevaba anotado mentalmente). Era un viaje de alrededor de cuarenta minutos. se bajaba en la segunda parada después de doblar en la avenida Caseros, frente a la plaza Florentino Ameghino, y caminaba dos cuadras y treinta y cinco metros (o setecientos veinte pasos) hasta la oficina de envíos postales y pago de servicios. Había pocos clientes por día, aunque a veces se agrupaban algunos, más que nada, entre las once y las dos. Después, se ocupaba también de trascribir información –correos, direcciones, notificaciones, montos– a las bases de datos de otras empresas.
  La relación con su compañera era simbiótica, sin saberlo, para los dos. En un principio, algún que otro gesto simpático de parte de ella había sido suficiente para que él confirmase que había algo entre ellos. Todas las noches, le mentía a su madre de que al día siguiente se la iba a presentar, a su compañera, su novia. Él fue el encargado de impartirle el entrenamiento para el trabajo cuando ella empezó; en dos años, habían salido a almorzar juntos una o dos veces y él tenía la seguridad de que le había comentado sus sentimientos hacia ella.
  Los recuerdos eran selectivos. No recordaba su insistente acoso, con regalos, flores, bombones, cochinitos, piropos, a los que su compañera respondía siempre con una sonrisa. No recordaba la indiferencia de la chica, la repulsión que le generaba, la cara de asco que ponía cada vez que él le decía algo chancho cerca del oído. En muy pocas ocasiones, ella prendía su computadora. Se la pasaba, más que nada, mirando fijamente sus apuntes de la carrera. Cuando ella se ausentaba, él se ponía a inspeccionarlos, intentaba leerlos: Psicología del Aprendizaje, Neurociencia, Psicopatología, etc., todos sin una sola marca. En realidad, como los gatos, ella solía usar el tiempo para pasarse toallitas húmedas por la piel o pintarse las uñas: la hora del baño, como le decía él mientras espiaba de reojo.
  Ese día, no obstante, él no se sentía bien. Las imágenes que se le habían aparecido en sus sueños o descargas le habían dejado una sensación de extrañamiento que no sabía definir. Podría haberle preguntado algo a ella, aunque fuera de manera indirecta, pero no estaba dispuesto a quedar como un ignorante. Entonces, durante su hora de almuerzo, se hizo el tiempo para ir a una librería y buscar alguna publicación que hablara sobre ese tipo de cosas: sueños lúcidos, apariciones, interpretación de los sueños, lo que fuera. Lo único que encontró, sin embargo, fue un libro sobre la numerología. Los textos que le había recomendado el vendedor no le sirvieron de nada. Hablaban de que los sueños y las fantasías nos permiten fabricar mundos imaginarios, que en ellos la lógica y la moral se encuentran suprimidas, que son un mecanismo de defensa para evitar pensamientos o emociones que nos generan frustración o miedo, pero no hablaban de sus premoniciones.
  Al día siguiente, su compañera no se presentó, ni al siguiente, ni al otro. Nunca habían pasado más de dos días seguidos, lo que le preocupó bastante. Tampoco contestaba su celular. Él lo marcaba una y otra vez, cada vez, todos los números, primero despacio, después más agitado, sonaba siete veces y, a la octava, atendía el contestador. Al cuarto día de ausencia, contestó. Lo saludó como si nada, como si no hubiera visto quizás todas las llamadas perdidas en su teléfono, como si no le faltara él, como si las toallitas que él compraba todos los días no desbordaran el botiquín de la oficina ahora. 
  Ella le dijo que había renunciado, que ya sabían en el local. Estaba embarazada y había decidido ir a vivir a Tucumán con su pareja, donde él tenía un buen trabajo. Le pidió que lo disculpara por no haberle avisado, pero se había tenido que hacer a la idea casi de un día para el otro. Le preguntó si había mucho trabajo y si le habían traído algún reemplazo. Hubo un largo silencio entre los dos. A él se le vinieron a la cabeza las imágenes de unos días atrás en que había soñado con ella, ese sueño desagradablemente erótico y violento, que hasta le daba vergüenza recordar. Le dijo que no, que no había ido nadie todavía, y le cortó.
  A la noche, cuando entró a la pieza, la madre dormía en su silla. Se tiró en su colchón y cerró los ojos con fuerza, para soñar otra vez con ella. Pasaron horas, y no pasó nada. No pudo dormir. Se levantó y despertó a la madre, le preguntó qué quería comer. Ella le contestó algo muy bajito al oído. En la calle, no podía dejar de pensar en su compañera y en cómo sería el tipo ese que se la había llevado. El mundo parecía pasarle por el costado, sin tocarlo. De repente, sintió una descarga: la vio claramente, entre un abrir y cerrar de ojos, las mismas imágenes que había tenido en ese sueño cayeron otra vez como descargas sobre su cabeza. Se asustó, chocó con la gente. Se detuvo, respiró, intentó calmarse, y después un número apareció en sus pensamientos. Se sentó en un bar y empezó a hacer cuentas. Si agregaba ese número como una variable de su cálculo, teniendo en cuenta la fecha en que había tenido la alucinación, la única fecha posible restante era el día siguiente a ese. Lo había resuelto, estaba seguro. No cabía en su propia excitación. Se levantó y emprendió el camino de vuelta. Saludó a su madre con un beso fuerte en la frente y se puso a preparar la comida.
  Mientras cenaban, él le comentó que la semana siguiente iba a traerla a su novia, para que comieran los tres, que habían estado hablando de casarse y, si se llevaban bien, de vivir juntos con ella en algún otro lado. No supo entender por qué se lo dijo, pero se lo creyó también. La madre lo miró y le sonrió, con sopa en los ojos; él se quedó observándola mientras ella se esforzaba por hacer pasar el bolo de comida. Quiso llorar por un momento, pero se contuvo. Le dijo que, antes, tenía que irse por unos días, que la empresa iba a abrir una sucursal en Tucumán y le habían pedido a él que vaya a supervisar, que le iba a dejar comida preparada y le iba a pedir a “doña pelos” que mande a alguien para ayudarla. No quiso ver la reacción de ella. Después, prendió la radio y no quiso mirarla más. Dicen que solemos buscar la propia felcidad en ilusiones que no dependen de nosotros.
  Al día siguiente, por la mañana, no fue a trabajar. Se sentó en un café, sacó de su bolsillo el billete que había comprado ayer y se puso a pensar. Si decidía cumplir con lo que dictaban sus alucinaciones, obtendría el premio de la lotería, pero eso significaría tener que asesinar a sangre fría a la mujer de su vida. Si no lo hacía, quizás no tendría otra oportunidad de salir de la inmundicia en la que vivía. Y, de todas formas, ella había decidido irse a otra provincia sin siquiera avisarle, ¿qué clase de novia hace eso? ¿qué clase de compañera?
  Se levantó y se dirigió al departamento donde vivía ella. Había averiguado su direccion hacía tiempo, la semana después de que empezaran a trabajar juntos, buscando alguna asociación numérica entre sus respectivas y sus signos astrológicos según el zodíaco. 

* * *

  La llamada del día anterior la había dejado mal. No le caía bien su compañero, le resultaba deagradable, abusivo, pero tampoco quería hacerlo sentir mal. Y lo cierto es que irse de un día para el otro, sin decir nada, era grosero. Decidió que, cuando terminara de hacer las últimas cajas, lo llamaría y trataría de decirle algo amable para que no se sintiera abandonado. Si bien la mayor parte del tiempo la acosaba, también hacía todo por ella, entre otras cosas, su trabajo, y no decía nada a los jefes. Y si hubiera sido más joven, o más lindo, tal vez a esta ahora estarían saliendo a almorzar juntos y ella no se estaría yendo.
  Entre esos pensamientos, sonó el timbre. Los de la mudanza no tenían que venir hasta dentro de dos horas. ¿O a qué hora les había dicho? Entre el embarazo y dejar todo, ya no se acordaba ni de su nombre. Todavía tenía que ir a almorzar con sus padres, llamar a su novio, tirar toda la basura. Y el escuchar la voz de su compañero por el interfono no la calmó. No entendía bien qué hacía ahí, pero le abrió, como esas cosas que se hacen sin pensar, porque casi siempre le siguen a una anterior: levantar el interfono, abrir la puerta. Puso su mejor cara, lo saludó con un beso y lo invitó a pasar. Le dijo que no podía entretenerse mucho, pero que podían tomar unos mates. Lo notó nervioso. Ella le dijo que se sentara, que en unos minutos estaría con él, solamente tenía que poner a calentar el agua. Cuando volvió con el termo y el mate, vio cómo el hombre miraba fijamente la superficie de la mesa de vidrio. Le preguntó si le pasaba algo, si no necesitaba una, que igual la iba a tener que regalar. Él le dijo que sí, que perdón, que estaba pensando en otra cosa. Ella le contó que había decidido seguir la carrera a distancia, que de hecho le vendría bien cuando tuviera que hacer reposo. Él apenas intervenía, no podía mirarla a los ojos, movía la cabeza hacia todos lados. A ella le incomodaba mucho ese comportamiento, así que le dijo que tenía que apurarse, que en una hora tenía que juntarse a comer con sus padres. Se levantó y empezó a ir hacia la puerta. Entonces, él le preguntó si la podía ayudar con las cajas. Para no ser grosera, y porque sinceramente no tenía ganas de hacer cajas, le dijo que sí, que le vendría bien una mano, que tuviera cuidado, que algunas cosas eran frágiles. Ella agarró unos papeles de diario y comenzó a envolver unos jarrones, mientras él preparaba y cerraba las cajas. De repente, él le preguntó si sería capaz de matarlo a cambio de mucha plata. A ella se le cortó la voz, primero, y después le dijo con desprecio: “¿Qué decís?”. Él se le acercó. Ahora estaba asustada. Ese tipo había dicho la palabra “matar” y ahora lo tenía a menos de treinta centímetros de ella. Le puso una mano sobre su pecho para que no siguiera avanzando. Temblaba. Él se siguió acercando más y más, la cara roja, arrebatado. “Te amo mucho, ¿sabés? —dijo él—. Y es una pena. Mamá tenía tantas ganas de conocerte…”.

* * *

  La chica se despertó de un salto; el hombre, con el rapto de ella: “¿Otra vez, mi amor?”. “Perdón, mi vida. Te prometo que me duermo tranquila”. Ella se volvió a recostar. Él se giró y la abrazó, no tanto para consolarla, sino para asegurarse de que no volviera a dar saltos en la cama. Las siguientes dos horas pudieron dormirlas hasta que sonó el despertador. Ella se levantó primero y empezó a preparar el desayuno. Mientras él se bañaba, ella aprovechó para hojear el diario antes de que lo acaparara su marido. Al dar vuelta una página, volvió a ella lo que había soñado. No podía moverse. Pero los números no mentían. La tapa de la pava explotó y volvió en sí. Preparó el café, lo sirvió, el jugo de naranja, las tostadas, buscó el uniforme planchado. En el pasillo, recién salido de la ducha, su marido la sorprendió por detrás y le besó el cuello. Le hizo cosquillas. Con sus pequeñas manos, apartó los brazos que la sujetaban y le dijo que vistiera, que ya estaba listo el desayuno. Él obedeció.
  “¿Te puedo pedir algo, amor?”, le preguntó nerviosa. “Sí, bonita, pero no me digas que tiene algo que ver con lo que soñaste porque…”. “Pasame el diario”. La interrupción le sorprendió. Obedeció otra vez. “Acá. Acordate de este número”, y le pasó el diario de vuelta a él. “¿Querés que juegue a la lotería?”.  “No, quiero que te acuerdes ese número, prometémelo”. Las palabras, pisándose unas a otras, lo intimidaron un poco: “Está bien, amor”. Ella hundió la nariz en su taza de café, nerviosa. Él siguió con su jugo y las tostadas. El desayuno terminó en silencio. Él se levantó y se preparó para salir. Ella lo acompañó a la puerta. 
  “Prometeme otra cosa”, le dijo antes de darle un beso. “¿Otra cosa? Vos sabés que no puedo con más de una promesa por día”, y le sonrió. “Es en serio. Pero muy en serio”. “Amor, no me va a pasar nada. Quedate tranquila. Nunca pasa nada. Son pesadillas”. Ella le contestó con una expresión dura en el rostro. “Está bien, está bien. Te lo prometo, mi vida. ¿Qué ibas a decirme?”. “No es nada terrible, y no lo tengo muy en claro…”. “¿Y entonces?”. “Esperá… ¿Te acordás del número?”. “Sí”. “Bueno. Otra cosa. Revisale los bolsillos”. “¿A quién?”. “No importa. Vas a saber. Vos hacelo. Por favor”. Raro, pensó: “Dale. Beso”.
  Cerca del mediodía, mientras volvían a la estación en la patrulla, le contó a su compañero la conversación matutina que había tenido. Omitió la última parte. La había notado demasiado tensa a su esposa, había sido demasiado extraño, más de lo que estaba acostumbrado, y no quería que el otro pensara que estaba casado con una loca. De vez en cuando, de todas formas, apostaban a ver si las premoniciones de la chica se cumplían. Puras fantasías, y siempre terminaba pagando. Sin embargo, por las dudas, nunca se olvidaban de tomar las precauciones que ella les instruía. Nadie necesita a la mala suerte de su lado. Mientras hablaban pavadas, sonó el comunicador. “¿Vamos?”, dijo su compañero y arrancó. 
  Cuando llegaron al departamento, la mujer estaba en un ataque de nervios. Tenía sangre en la cabeza y no paraba de llorar. Había un hombre tirado en el piso, con un golpe en la cabeza y un pedazo de jarrón incrustado en la frente. Emanaba un olor nauseabundo. El piso estaba lleno astillas de vidrios, y cajas todo alrededor. Cuando pudieron calmarla, la mujer les explicó la situación. Le dijeron que los iba a tener que acompañar a la estación para declarar. Ella volvió a ponerse histérica, les dijo que en unas horas tenía que viajar con su novio, que estaba embarazada. “Señora. Yo la entiendo… pero usted no se puede ir a ningún lado. Hasta que aclaremos esto por lo menos…”, le dijo su compañero, y comenzó a acompañarla. “¿Venís?”. El oficial estaba abstraído. No dejaba de mirar al hombre que estba desparramado en el suelo, y sus bolsillos. “Sí, en un rato, voy. Dame dos segundos”, respondió.


La pintura es de William Blake. Se titula: Beatrice adressing Dante from the car (1824)

martes, 22 de mayo de 2018

Lo innombrable

Introducción: el joven poeta


  El arte es un juego. Esto es algo de lo que trato de convencerme cada día. El proceso de construir un poema, para mí, sin dudas, no lo es. Me resulta desgarrador, me deprime. Sin embargo, lo disfruto. Y disfruto el resultado. Me sucede con la poesía que la pienso como el intento de expresar lo inexpresable, lo inabarcable, lo abstracto. Y ponerse un objetivo como este, sin dudas, no es divertido.
  Esta capacidad de abstracción creo que está íntimamente relacionada con la reflexión introspectiva, con la “digestión del conocimiento”, con la vida interior. Creo yo, este es el camino que lleva al discernimiento de todo lo que nos rodea, palpable o no, y a la permeabilidad frente a esto. Ya que la invención y la originalidad yacen en el fondo de nuestro yo y no en otro lado. 
  La métrica siempre me fue extraña, y como nunca la aprendí, la siento forzada. Sin embargo, muchos de mis poetas favoritos la utilizan. Por mi parte, prefiero pensar en la música del lenguaje mismo, de la palabra misma, que en asignarle una yo en relación con otras.
  Mucho de lo que escribo, reflexiona sobre el lenguaje mismo.
  También, la idea de buscar algo trascendental en lo cotidiano me resulta fascinante. Intuyo que esto tiene que ver con el “abismo de lo serio”, es decir, aquello que no es superficial, a pesar de tener su apariencia. En esa contradicción, creo que se encuentra la belleza del pensamiento o del sentimiento.
  Los consejos a un joven poeta de Max Jacob, un escritor francés de principios del siglo pasado, motivaron muchas de estas reflexiones, así como me ayudaron para poder presentar algunos de estos conceptos, incluido el título mismo de la obra.
  Este libro me lo regaló hace un tiempo mi esposa que, sin dudas, me tiene más fe como poeta (y como joven) que la que podría tenerme yo, en cualquier caso.


Laberintos


sentirse como
una rata
atrapada en el desconcierto
de una falsa autodeterminación
y del que sabe
que hay una sola salida, y es
morder su propia cola,
apretar los dientes
inspirar,
exhalar,
aceptar la caricia compasiva, atenuante
del carbono,
esa debe ser 
una de las dos o tres cosas
más desesperantes,
aterradoras
que alguien pueda sentir.

ser la rata
junto a aquella otra rata,
oler su destino
e intuir en este el propio,
su angustia,
sin llegar a comprender del todo,
se siente
más o menos parecido.
tal vez,
un poco menos desesperante 
que triste.

domingo, 20 de marzo de 2016

Ratas

Los cristales reflectaron sobre su piel una luz blanca intermitente. Despertó. Había una intensa necesidad en él de descifrar todos aquellos esos arquetipos espejados, todas esas transparencias. No importaba el sendero que tomara; en cada bifurcación, una y otra vez, su rostro se lanzaba contra sí mismo. Un golpe seco a su temeraria intuición. Deseaba ser otro, sentirse otro. Por otro lado, ella estaba aburrida, quería ser alguien diferente cada día; le hubiera gustado conocer tantas otras cosas más allá de esa transparente monotonía. Le hubiera gustado saber lo que era el cariño, pero eso no estaba en ella. Él vio en sus ojos algo único, la manifestación de todos los misterios de su pequeño universo blanco, la fractura del círculo… Ella vio en él un objetivo, el fin, la oportunidad de transformarse, de mutar. Él no pudo ser más que constante; se sentía raro a su alrededor, como si fuera parte de una broma cruel. Ella le dio todo lo que tenía para ofrecer, para tomar más. Él se dejó consumir por ese momento. Ella se separó de él y lo observó morir. Después, se despegó de su cuerpo inerte y siguió recorriendo aquel laberinto de espejos y bifurcaciones.*

Dos ratas. Vincent Van Gogh.

* Antechinus de cola negra es una especie de marsupial (parecida a los roedores) de pelo anaranjado, cola larga y negra, como sus extremidades. Los machos viven menos de un año. En la competencia por transmitir sus genes, realizan intensas y maratónicas sesiones de apareamiento que duran entre doce y catorce horas; a los once meses de vida, afrontan su fatal destino después de tener sexo.




La verdad no hace un sonido

  Son las dos o tres de la mañana. Ella duerme. Él se levanta de la cama, adivina el pasillo, atraviesa la oscuridad menguada del comedor y sale al balcón en silencio. Algo no lo deja dormir, lo persigue. Desde hace rato. No puede no saber. La ciudad no duerme, nunca. Siempre hay luz desde algún lado. Saca del bolsillo de su pantalón el paquete de cigarrillos, toma uno, lo prende, juega un poco con él. Mira hacia delante, mira sin mirar. Justo frente a él, al otro lado de la calle, hay otro balcón con las luces prendidas todavía, el único. Las cortinas están corridas de par en par. Ahí está la señora que se pasa el día sentada en su sillón, casi siempre mirando televisión, otras veces pintando cuadros y otras, nada más sentada, mirando hacia delante, mirando sin mirar. Alguna que otra vez, la pudo ver salir a su balcón en un camisón transparente a regar las plantas.
  Todas las noches, cada vez que sale a fumar, la señora está ahí. Tiene la casa repleta de sus propios cuadros, como si fuera una galería tristemente exclusiva, ignorada. Él se queda observando un rato, a la señora y a los cuadros.
  Después, sus ojos se fijan en una sombra extraña entre un conjunto de sombras recortadas sobre el paredón de al lado del edificio de la señora. La sombra se mueve. Podría ser él mismo, no sabe… o algo detrás de él. No puede no saber. No se movió, o tal vez sí, para escudriñar la sombra, no recuerda. Mueve la cabeza para ver si la sombra imita sus movimientos. Podría ser, no puede estar seguro. Se da vuelta. Nada. Solamente se va a sí mismo en el espejo del comedor; detrás, a lo lejos, la señora, sentada. Baja los ojos y pita el cigarrillo, nervioso, ansioso. Vuelve a poner los ojos en el paredón, intenta adivinar las sombras, se detiene en una, en esa. Sigue ahí, moviéndose. Lo inquieta. Mira de vuelta hacia atrás. Nada. No sabe de dónde viene, o a dónde va.
  No es una persona supersticiosa, pero esto le inspira un profundo terror. Tampoco sabe mucho de qué se trata esa sensación. Se le ocurre que, quizás, por eso le tenemos tanto miedo a la muerte: no sabemos de dónde viene, ni a dónde va. Intenta sacarse esa idea de la cabeza, ahuyentarla, evitarla, como a esa sombra. Pero él necesita saber, no puede no saber. Da una pitada profunda a su cigarrillo. Ahora quisiera gritar o llorar, lo que le salga primero. Ninguna le sale. Piensa en la chica que duerme en la habitación contigua. Qué pensaría ella si se entera de todo eso que piensa, o de que sale a fumar por las noches.
  Intenta adivinar lo que pinta la señora, pero no alcanza a ver. Ella pinta a un hombre, en un balcón, fumando; detrás de ese hombre, algo que no tiene rostro ni forma definida lo espera.
  Él termina el cigarrillo, lo arroja a la calle y se ríe. El murmullo del silencio de la ciudad lo envuelve; la noche resplandece insomne. No hay grito, ni llanto, ni ladridos alterados. No puede no saber, no puede. Se da vuelta para volver al interior de su departamento, y no…  Levanta los ojos y algo lo detiene, lo paraliza. La chica que duerme nunca se va a enterar, piensa en ella por un momento. Su cuerpo tiembla. No le salen las palabras. La caída de cuatro pisos lo hunde, apacible, en la noche, sin hacer un sonido.


El grito. Edward Munch.




















viernes, 17 de octubre de 2014

La mujer que eligió no tener alma



Ella reemplazó la bolsa vacía del suero por una nueva. Chequeó que todo estuviera bien, controló el goteo, reguló la dosis, se lavó las manos. Rezarle a algún dios sería más efectivo, pensó. También, a veces, imaginaba que se le escapaba un poco de aire por el catéter. No es piedad si no es divina, opinaban otras enfermeras. Le hacía gracia la idea. Como el suero que ahora tiraba a la basura, el pueblo se había vaciado; las calles, los hogares, las escuelas, los bares, todo en una soledad transparente. En el hospital, quedaban nada más que dos médicos, tres pacientes en cuidados paliativos y ella. 
  Hacía unas semanas, para evitar los malos olores, los habitantes habían decidido incendiar el cementerio. Se le había ocurrido a ella la idea. Luego, como ya no quedaban chicos, a todos los que siguieron los fueron cremando y enterrando sus cenizas en el parque infantil del hospital, o en la plaza principal. La necesidad los hizo improvisar. Qué más daba. Cualquiera podía ser el siguiente. Habían tenido que aprender a cavar y, cuando se cansaron de cavar, empezaron a arrojar las cenizas al lago. El agua se había vuelto gris y ya no sabía dulce ni salada. Así como el pueblo, el curso del agua no se precipitaba hacia ningún lado, en medio de montañas y caminos de tierra. Los hornos del crematorio habían dejado de funcionar y debieron empezar a usar el horno de barro de la pizzería del pueblo. Ella solía encargarse de todo. Los dos médicos, por su parte, poco podían ofrecer más que paliar el avance del síntoma que, en definitiva, era tarea de ella. La peste no los había matado, pero los había vuelto enfermeros, que era todavía peor.
  Pocas personas habían podido irse antes de que se volviera una epidemia. Los que se habían quedado fueron muriendo uno a uno; al principio, de manera repentina y, después, más sosegada. Murieron primero pilotos, choferes, capitanes, periodistas, locutores, carteros, telefonistas, administrativos, operadores. El pueblo quedó incomunicado, una zona rural, en el medio del mediterráneo, entre rocas, donde hasta el viento pasaba de largo y lo único que se quedaba era el polvo. Después, fueron muriendo jueces, comuneros, policías, bomberos. Parecía como el propio pueblo estuviera ejecutando su muerte asistida, y ya no había autoridades que pudieran reprobarla.
  Desde un principio, ella nunca abandonó a sus pacientes hasta el último aliento de cada uno de ellos, aún a los que estaban más graves, sin importar qué. Era una mujer fuerte y con carácter. A los médicos, parecía costarles creer que todavía siguiera viva. Tal vez sus diferentes fobias a la suciedad y a los gérmenes y su obsesión con los métodos antisépticos habían ayudado, y empezaron a imitarla: cuando ella se lavaba las manos, ellos también lo hacían; se habían vuelto más prolijos y metódicos, y parecía funcionarles. Ella los miraba con desprecio por momentos, modificaba sus rituales para descolocarlos, pero lo cierto es que no podía ver un hilo de polvo. Le quitaba la tierra hasta a las macetas. Y, ahora, cada vez tenía más trabajo, había que ocuparse de limpiar las calles, las mesas de los bares, las plazas, las tumbas, su casa y, además, cuidar de los últimos tres pacientes y de los dos médicos, que no sabian bien qué hacer consigo mismos. 
  En la mayoría de los casos, las personas se habían ido muriendo antes de que pudieran llegar al hospital. No se podía saber cómo ni por qué ya que el médico forense había sido uno de los primeros en morir. A los que habían tenido la suerte de ser ingresados al hospital, les habían hecho todo tipo de estudios, que no mostraron nada relevante: todos tenían tantos síntomas que no se podía hacer ninguna reducción. Entonces, quedaban al cuidado de ella, que ahora era la que estaba a cargo del hospital.
  Los últimos tres pacientes murieron el mismo día, una mañana de domingo. Ella ya se había acostumbrado, no dijo nada, se limitó a limpiar los cuerpos, después lavarse ella y se dirigió a la pizzería para encender los hornos. Los médicos se sintieron contentos, pensaron que tal vez todo había terminado, que con esos tres se había ido la peste también, y se encargaron ellos mismos de incinerarlos. Sin embargo, después de algunos días, empezaron a sentirse un poco mal. Al primer síntoma de malestar, ellos mismos se internaron y le dieron específicas instrucciones a la enfermera, que siguió al pie de la letra. Pero no hubo caso. Uno murió el jueves de la semana siguiente y el otro, dos días después. Todo se había reducido a ella, solo a ella, a la chica a la que, a sus veinte años, le habían diagnosticado una extraña anomalía en la sangre que parecía ser terminal. El último de los médicos, un amigo de su padre, había sido quien había descubierto esa anomalía. Había hecho algunas cosas más por ella también. La chica decidió seguir la carrera de medicina, para aprender sobre su “enfermedad” que, al parecer, había sido la razón por la que había muerto su madre cuando le dio a luz. Después, se especializó en química biológica, y el médico la ayudó mucho para conectarla con las personas adecuadas fuera del pueblo. Tan generoso había sido el hombre que pensó sería apropiada una gratificación de parte de ella y, de esa gratificación, se engendó un niño, que nació muerto, a causa de la enfermedad de ella. Cuando volvió al pueblo, el médico mantuvo una distancia precavida. No sabía cómo iba a reaccionar. Estaba cambiada ciertamente, y había decidido dedicarse a la enfermería. Se había sentido tan desamparada cuando tuvo que sostener en sus brazos a su niño muerto que no quería nadie tuviera que sentirse así nunca. También pensó que aquel médico merecía que algo terrible le pasara. Cuando le cerró los ojos, ese sábado por la tarde, tuvo sentimientos contradictorios. Todo lo que había pasado. Primero lloró y después sonrió aliviada.
  Salió entonces de ese hospital que la había visto dar sus primeros pasos en la profesión, cruzó la calle, pasó la plaza principal y se dirigió al bar de una de las esquinas que la rodeaban. Agarró una botella de vodka de detrás del mostrador, un vaso de vidrio, y se fue a sentar en una de las mesas de la vereda. Limpió el vaso varias veces, y la botella, la silla, la mesa. Después, se sirvió dos medidas; un exceso, pensó, pero lo ameritaba. Todavía no había caído la sombra de la tarde y corría una brisa amable por las calles; el pueblo parecía aliviado también. Se acercaba la primavera.
  Pensó en lo que le había costado encontrar la forma de neutralizar su anomalía, encontrar la cura para su enfermedad. Se sintió orgullosa de sí misma cuando lo logró. Por supuesto, no le interesaba a nadie más que a ella. Hasta donde sabía, no había otra persona que tuviera la misma aflicción. Pensó también en el momento en que descubrió que su “vacuna”, aplicada a cualquier otra persona, resultaba mortal, sin excepciones. Esta despertaba los mismos síntomas que ella sufría, pero mucho más rápido y de manera más corrosiva, invadía todos los sistemas. Los demás no contaban con su capacidad inmunológica que, desde chica, su cuerpo había desarrollado. Pensó entonces cuándo se le había ocurrido usarla por primera vez. Había sido con su primer novio. Nada premeditado, sino más bien accidental. Había bebido de un vaso en el que ella estaba haciendo un cultivo. Y su muerte también se tomó como un accidente, ya que no había sido posible identificar una causa precisa. El único que podía saber de qué se trataba todo eso era aquel médico. En algún momento, cuando lo supo, lo calló. De igual manera, ese novio suyo se lo merecía, pensó ella y se rio. No era un hombre de lo más correcto, y estaba sospechado de abusos sexuales, entre otras, a una amiga de ella. Después, recordó el momento en que se había dado cuenta de que este accidente podía pasarles a otras personas, otras que también merecieran tenerlo. Y quién, entonces, cualquiera que sea, no merecía tener un accidente para algún otro cualquiera. Su padre, que no hizo nada cuando ella le contó lo que su amigo le había hecho, sin dudas, lo merecía. Su amiga, que la había condenado, porque pensaba que ella lo había protegido a su novio. La policía corrupta, los médicos incomptentes, los encargados altivos, los empleados descorteses, las parejas que malcrían a sus hijos, los malcriados que no piensan en nadie más que ellos mismos, las prostitutas, los clientes, los adúlteros, los violentos, los pasivos, los imbéciles. Y así, uno por uno, hasta llegar a ella, a esa tarde. 
  Sabía bien que, ahora, ella lo merecía más que nadie: había logrado eliminar todo un pueblo. Sin embargo, dudaba. No parecía tener el valor o el altruismo suficiente para suicidarse. En el cajón de un armario de su casa, había dejado una libreta en la que había anotado todo desde el primer día. Nadie nunca lo vería. El pueblo desaparecía silenciosamente. Tal vez dios, si acaso existía, la debería haber detenido… o no. 
  Sacó un frasco de uno de los bolsillos de su uniforme y le agregó un poco de cianuro a sus dos medidas de vodka. Repasó con el dedo la superficie de la mesa y comprobó su pulcritud. Se felicitó en silencio. Los rayos del sol trasparentaban todo, a ella también. Sintió la brisa rozar su piel enferma, mientras jugaba con el vaso.


















Esta pintura fue hecha en pastel sobre papel en 1903, por Mikalojus Ciurlionis. Se titula Funeral Symphony. La pintura expuesta al inicio es de Joan Snyder, de 1970 (expresionismo abstracto): Symphony.




viernes, 22 de agosto de 2014

elogio de una dama y su infierno

algunos perros, que duermen por la noche,
deben soñar con huesos;
y yo recuerdo tus huesos
entre tu carne
y, mejor aún,
en ese vestido verde
y esos zapatos negros de
taco alto.
siempre insultabas cuando
tomabas,
tu pelo resbalaba por tu oreja, querías
arrancar de vos
todo aquello que te perseguía:
recuerdos podridos de un
pasado
podrido, y
finalmente lo
lograste:
al morir.
dejándome en un
presente
podrido:
hace veintiocho años
que estás muerta
y todavía te recuerdo
mejor que a
cualquiera de las otras;
fuiste la única
que entendía
la futilidad de este
arreglo con
la vida;
las demás solamente estaban
disconformes con
algunas cuestiones triviales,
criticaban
absurdamente los
sinsentidos.
Jane, te
asesinaron por saber
demasiado.
Tomo este trago
por tus huesos, con
los que
este perro
sueña
todavía.

eulogy to a hell of a dame (charles bukowski)
Traducción: Paulo Manterola.




















Perro semihundido o, más simplemente, El perro, es una de las Pinturas negras que formaron parte de la decoración de los muros de la casa que Francisco de Goya adquirió en 1819.
En su estado actual, el cuadro, muy austero, solo presenta la cabeza de un perro escondida o hundida sobre un plano inclinado de ocre oscuro y un espacio vertical en ocre más claro, todo ello exento de cualquier otra figura. La mirada de la cabeza del perro se dirige hacia arriba, y podría representar la soledad.
En reproducciones fotográficas realizadas por J. Laurent, entre los años 1863 y 1874, antes de ser arrancada la pintura de los muros de la Quinta del Sordo, podría apreciarse un paisaje de fondo formado por una gran roca y unos supuestos pájaros a los que el perro mira. Posteriormente, se pronunciaron diferentes opiniones, incluyendo la de que el perro observa interesado a dos pájaros que vuelan, o que el artista no terminó El perro, pero ninguno es argumento concluyente: ni siquiera podemos asegurar que el animal se esté hundiendo. 
(http://es.wikipedia.org/wiki/Perro_semihundido).

viernes, 8 de agosto de 2014

a una mujer hecha de oro
































ella me dijo una vez
que ese primer día que salimos la pasó muy mal
y yo nunca se lo creí,
me olvidé,
pero ella
no.
y me dijo, después,
que me quería igual, mientras
caminábamos
y yo también,
le dije está bien, vamos a casa…
… y después
fuimos a casa.

y ella me dijo otra vez
que ese primer año que pasamos no daba para más
y yo nunca se lo creí,
me olvidé,
pero ella
no.
y me dijo, después,
que no esperaba que duremos dos
y eso
yo no lo olvidé
pero le dije está bien, vamos a casa…
… y después
fuimos a casa.

yo le dije que nunca había aprendido
a dormirme
y ella me dijo que también,
pero que la abrazara.
y la única vez que pude quedarme dormido
enroscado en su cintura,
estaba solo cuando desperté
y ella estaba en la sala,
con un libro de bolaño.
con lo que me gustaba
estar en la cama con ella, estar
nada más,
pero ella ya no se hallaba ahí, creo, al menos,
así lo presentí.
y hoy
ya no está.

ella decía a veces
muchas cosas que me lastimaban demasiado
para sentirse más segura
porque sí
aunque, tal vez,
también,
esas cosas que decía
querían decir solamente eso que decía
y eso
yo no lo olvidé
pero le decía está bien, vamos a casa…
… y ya no siempre
íbamos a casa.

ella me dijo otra vez
si yo alguna vez pensaba en cosas terribles
mientras me pellizcaba el brazo.
y le mentí.
ella tampoco, dijo
y mintió.
le pregunté, entonces,
si algo estaba mal entre los dos
y ella
me dijo que se quería ir
y yo le dije está bien, todo va a estar bien…
… y después
ya no fuimos a casa.

yo le dije que le tenía miedo a la muerte
y ella me dijo
que tenía miedo a que la vida
le pase por el costado.
y cuando la tuve por primera vez entre mis brazos,
esa noche, al cerrar los ojos,
ya no le tuve miedo a nada
más que a la muerte,
porque ahí no estaría ella.
porque sus ojos eran
los ojos enamorados más hermosos
que vi en mi vida,
pero estos no eran para mí, creo, al menos,
así lo presentí.
y hoy
tampoco son.

un tiempo después,
le dije que la extrañaba
y ella me dijo
que sí, un poco, también.
y nunca me dijo más nada,
y yo nunca quise preguntar.

estaba hecha de oro, ella
desde sus pestañas hasta su nombre,
su pelo, su sonrisa.
su cadera, sus manos, sus huesos.
pero ella
me decía que era yo
el que estaba hecho de oro, también,
y yo tampoco
se lo creí.

hoy,
entre cada una de mis articulaciones,
entre mis pensamientos,
todo eso es barro
y yo también.
y pienso,
una y otra vez
y se me cierra el pecho
y me siento velado,
y me acuesto, me levanto
y camino por las paredes
de una casa
que ya no se siente como casa.
pienso:
la verdad es que no tengo
mucho para decir
sobre nada.

La pintura se titula El beso, de Gustav Klimt.




jueves, 29 de mayo de 2014

Un pájaro en una jaula






























El pájaro en su jaula
siente la luz sobre sus ojos,
la argucia del velo:
y entrevé
que otra ficción empieza.
Agita sus alas,
a veces ansioso, a veces
con más pereza.
Encuentra
su alimento servido.
Come, bebe.
Observa la verticalidad de su encierro,
se aferra
a su horizontalidad.
Silba
porque sabe silbar,
imita
un silbido ajeno.

A veces se imagina
un pájaro
y una jaula vacía,
pero queda atrapado en la elipsis
de su ilusión,
porque no sabe
que es
un pájaro en una jaula.

No pasa frío, ni calor,
ni se angustia.
Nada más espera
el término de la ficción,
de la argucia,
mientras mira el velo
posarse sobre su jaula,
sobre sus ojos,
con la única esperanza
de que vuelva
a levantarse.


La pintura se titula Reptiles. Pertenece a M. C. Escher.


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viernes, 16 de mayo de 2014

Microrrelato 3

A la hora más oscura de la noche


volver al Microrrelato 2: Escarnio, o seguir leyendo...

  Solo ceniza había entre sus manos. Se le escurría entre estas, invadía el aire a su alrededor, se impregnaba en sus pulmones. Memorias de instantes, las pequeñas cosas, la búsqueda de una felicidad o alguna certeza. Ya nada importaba. Ya no recordaba. Los libros en su biblioteca, el sabor de todos los labios que lo habían besado, las palabras alguna vez escritas. Ya no había memoria. Ni cuerpo, ni pensamiento. Solo ceniza. Y ya no estaba entre sus manos: era sus manos. Todo su ser, ceniza. Y la brisa que soplaba, despedazándolo en una infinidad de partículas de energía consumida.























Naturaleza Muerta de Giorgiode Chirico.


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viernes, 2 de mayo de 2014

Microrrelato 2

Escarnio


volver al Microrrelato 1: La morbosidad de transcurrir, o seguir leyendo...

Mientras la impía lluvia borraba la rayuela, lavé mis huesos con su sangre. Pero su escarnio me caló más profundo todo este tiempo. Éramos chicos. Hoy mis entrañas están hechas de tierra. Sí, éramos chicos. Eso nada justifica. Me quebró antes que mis pies tocaran el suelo; ahora descansa inerte, de espaldas al cielo. Muchas cosas pasaron y, a veces, ya casi no recuerdo. La fragilidad de los cuerpos, la violencia. Lo que desconocemos es lo más seguro que podemos intuir. Tal vez así sea: no podría saber de quién fue la negligencia al decir el primer te quiero.



















Death and Life de Gustav Klimt.




domingo, 6 de abril de 2014

Muerte. Política.

Muerte




Ni el temor ni la esperanza
Acuden a un animal muriendo;
Un hombre aguarda su final
Esperanzado, temiendo.
Muchas veces murió
Muchas veces se volvió a levantar;
Un gran hombre, en su orgullo,
Enfrentando el sadismo de los demás.
Arroja una burla con denuedo
Sobre el aliento que se desvanece;
Conoce la muerte hasta los huesos –
El hombre inventó la muerte.

Death. William B. Yeats.

















Política


¿Cómo puedo yo, con esa chica parada ahí,
Poner atención
A la política en Roma o en
Rusia o en España?
Aún así, hay aquí un hombre que ha viajado
Que sabe de lo que habla,
Y hay un político
Que ha leído y ha pensado,
Y tal vez lo que ellos dicen es verdad
De la guerra y el temor armado
Pero ¡ay, si yo pudiera ser joven otra vez
Y tener a esa chica en mis brazos!

Politics. William B. Yeats.

















Ambos poemas fueron traducidos por Paulo Manterola.
La primera pintura se titula Muerte y pertenece a Kathe Kollwitz.
La segunda pintura se titula Chica de las islas. Pertenece a Helene Schjerfbeck.


jueves, 3 de abril de 2014

Gritá

Lo vi.
Estuve ahí.
Como si estuvieras aplastando una hormiga.
Fui cómplice, tal vez.
Te vi esconder
las manos,
la mueca sádica en tus labios.
Y esas manos
pálidas, trémulas.
Andá
y tomá el mundo con esas manos,
retorcelo,
antes de que vayan por vos.
No voy a decir una palabra, no.
Jugá con él,
hacelo bailar para vos.
Te lo ganaste,
te lo merecés.
¿Podés sentirlo?
Gritá.
No tenés por qué hacerlo.
Simplemente tenés que saber que podés.
No voy a decir una palabra, no...
... las hormigas no hablan.

Sonreí.
El mundo es tuyo.


La imagen corresponde a la película El profesional