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sábado, 30 de noviembre de 2019

Un actor se prepara


Para mí, el cine son cuatrocientas butacas que llenar.
Alfred Hitchcock


  Un actor se prepara…
  … experimenta el calor artificial de las luces, dejar ir su sombra…
  … un actor se prepara…
  … adopta otras formas su cuerpo, murmura sonidos ignorados que ahora lo habitan, contempla el abismo que separa al mundo de lo que realmente es, observa la magia que provoca el milagro, sus sentidos se aturden con docilidad…
  … un actor se prepara…
  … experimenta el calor artificial de las luces, dejar ir su sombra, adopta otras formas su cuerpo, murmura sonidos que ahora lo habitan, contempla el abismo que separa al mundo de lo que realmente es, observa la magia que provoca el milagro, sus sentidos se aturden con docilidad, se siente fluir y perderse dentro suyo, teme que su cuerpo se entumezca al pisar la oscuridad…
  … un actor se prepaa…
  … y soporta la memoria de los movimientos de su cuerpo, representa inmutable su propio engaño, como padre, como hijo, como hermano; como escritor, médico, profesor, recepcionista; como esposo, amante, novio olvidado; con fantasías, sus deseos, sus miedos, sus levedades; con su pesada marcha dentro y fuera de esa multitud mansa que mira cómo…
  … un actor se prepara…
  … experimenta el calor artificial de las luces, deja ir su sombra…
  … y mira cómo otros miran…
  … y un actor se prepara…
  … adopta otras formas su cuerpo, murmura sonidos ignorados que ahora lo habitan, contempla el abismo que separa al mundo de lo que realmente es, observa la magia que provoca el milagro, sus sentidos se aturden con docilidad…
  … otro actor se prepara…
  … experimenta el calor artificial de las luces, dejar ir su sombra, adopta otras formas su cuerpo, murmura sonidos que ahora lo habitan, contempla el abismo que separa al mundo de lo que realmente es, observa la magia que provoca el milagro, sus sentidos se aturden con docilidad, se siente fluir y perderse dentro suyo, teme que su cuerpo se entumezca al pisar la oscuridad… 
  … ese actor se prepara…
  … y soporta la memoria de los movimientos de su cuerpo, aunque le resulta imposible ver su propia sombra, representa inmutable su propio engaño, una alegoría en tres dimensiones, desde una cuarta persona, y ya nadie es el espectador, tampoco el protagonista, ni su sombra; somos entretenedores, presentadores, de cómo nos gustaría que nos vieran, sin siquiera pensar por un segundo en intentar hacerlo; nadie quiere promesas, ni quiere serla, somos la farsa de la farsa; ya no importa lo que inventamos para que nos miren, nada más que nos miren, no importa cómo ni por qué, sino cuántos, que nos miren, que miren la forma en que miramos a esos otros que a su vez miran que alguien también está mirando cómo…
  … un actor se prepara…

La cueva de las manos (imágenes rupestres), Argentina - Patrimonio de la Humanidad

lunes, 6 de agosto de 2018

Fin del mundo


Somos una imposibilidad en un universo imposible.
Ray Bradbury


—Está raro el clima, ¿viste?
—Sí. La gente está rara, también, mi amor.
—¿Y te parece poco?
—No. No sé. ¿Qué vamos a comer?
—Nosotros nada, amor. Hay que racionar. Ahora veo qué hay para Joaquín y Manu.
Son las siete de la tarde. No se ve el sol desde hace varios días, nadie sale de sus casas. La niebla, pareja y constante, no deja ver más allá de veinte o treinta metros. La lluvia, con sus intermitencias, amenaza una y otra vez, refrena cualquier expectativa. Una especie de ceniza húmeda recubre las calles y se impregna en los ánimos. Las redes de electricidad resisten todavía. Aconsejan, sin embargo, evitar el consumo de energía, para no provocar desperfectos con los purificadores de aire, sus salvadores, hasta ahora.
Hundidos el uno en el otro, entre las sombras de la sala de estar, ellos permanecen callados. Sus cuerpos ausentes, sobre el sillón. Se hacen mimos. Arriba, en uno de los cuartos del primer piso, están los chicos. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él.
—La radio me está volviendo loco.
—Apagala, si querés. Hace rato que no dice nada nuevo.
—No, dejá. Quiero escuchar igual.
—Ahora veo qué podemos comer.
El zumbido constante del aparato se confunde con sus palabras. Todos los sistemas de comunicación cayeron. No hay Internet ni televisión. Nada más subsisten redes caseras de onda corta, que mantienen actualizados a los que logran sintonizarlas. La voz grave y dramática del interlocutor, entre el zumbido, las sirenas a lo lejos, y sus silencios, reproduce la situación del mundo, informa sobre socorros y auxilios, y pregona sobre diferentes sistemas y hábitos para mantenerse a salvo. Gradualmente, las cosas se van aquietando, o ya traspasaron lo cotidiano. Hubo pocas novedades en las últimas dos horas. 
Ella besa la mano de él, la que acariciaba su hombro, se levanta del sillón y va a la cocina. Se fija qué queda entre los estantes de la alacena. Saca una lata de choclos, cebolla, huevo, queso crema, y se pone a hacer la mezcla. Él agarra el control remoto de la televisión e intenta prenderla. Se lamenta de su propia estupidez y se ríe. Se dirige hacia la ventana de la sala, la que da a la calle, y corre las cortinas. El vecino de enfrente también mira, y lo mismo en varias casas. Todos observan lo que pasa enfrente o al lado. No se saludan.
—Después, ¿podés ir a ver a los chicos?
—Sí, todo bien. Ahora voy.
Él cierra nuevamente las cortinas, se retira y va hacia las escaleras.
A través de las ventanas, se ven las calles vacías y cubiertas de ceniza-nieve. Las escuelas están cerradas; los negocios, abandonados. “¿Cuánto puede durar? —se pregunta él—: ¿Cuánto falta para que nos quedemos sin cosas para hacer, incomunicados? ¿Sin comida? ¿Sin aire limpio? Si se nos hubiera ocurrido agruparnos en alguna casa, aunque sea entre algunos, esto no sería tan desesperante. O ya nos estaríamos matando los unos a los otros”.
—¿Cómo están los chicos?
—Bien. Mateo duerme en la cuna. A Joaquín ya no sé qué inventarle. Le dije que estabas preparando la comida. ¿Sabés a que están jugando Joaco y Manuel?
—¿A qué?
—Al fin del mundo.
—Qué horror. ¿Preguntó algo, Manu? ¿De sus papás?
—No, tendrá miedo de preguntar. Quizás, cuando comamos, pregunte.
—Dios mío. Pobres. ¿Qué le vamos a decir?
—No tengo idea.
Se dice que hay una nube de ceniza arcillosa que está empezando a cubrir todo el mundo. Nadie sabe cuánto avanzó o si seguirá haciéndolo. Las calles no son seguras para nadie. La niebla es cada vez más densa y la lluvia, más pesada. Moja la piel y se mete entre los poros. Parece que contiene unas bacterias que destruyen los tejidos. Se dice también que la ceniza transporta unas toxinas que enloquecen el sistema nervioso y su estructura arcillosa termina agarrotando los músculos. 
Los primeros días, la gente caía muerta de las formas más inesperadas. Todos los animales se volvieron locos, andaban sueltos, rabiosos, hasta que finalmente, uno a uno, se fueron quedando tiesos. Las calles son el escenario del desastre, todas atestadas de cuerpos inertes, autos abandonados, todo gris, cubierto de esa ceniza-nieve. 
No hay nadie que opere los teléfonos ni cualquier otro servicio. No hay autoridades, ni hospitales, ni guardia nacional, ni un ejército de contención improvisado. Mientras, a lo lejos, el grito ahogado de las sirenas, entre los edificios, las casas, los parques, entumece los sentidos. Una interferencia susurrante y continua flota en el aire. De a ratos, cada vez más constante, cae esa lluvia que quema de adentro hacia fuera. 
Un pánico silencioso gravita en el aire. Las casas no duermen. Hombres y mujeres, todos, en una desesperación muda. Todos encerrados puertas adentro, esperando el impacto de algo que no saben qué es todavía, algo extraordinario, algo horrible, aterrador. Ya no importa la inminencia de una guerra, un eventual desastre, vivir en un agujero, tener una casa con jardín, subirse a un avión que va directo al sol… ya no importa nada.
—¿Cuánta comida queda?
—Bastante, pero no hay que confiarse. Todavía tenemos todo lo del sótano.
—Bien… Voy a apagar la radio. Me vuelve loco.
—¿Sigue nevando?
—Es la ceniza, creo. ¿De dónde salió? 
—No sé. Está raro todo. Ojalá pase algo…
—… que te borre de pronto… ¿Cómo qué?
—No sé. Vos sos el que leyó la biblia.
—Si es por eso, no tenemos chance de nada.
—Volvió a llover.
—Quizás, todo esto sea un sueño de alguien dentro de un sueño en la taza de café de alguien más. ¿Te imaginás?
—No te entiendo.
—Nada. Estoy paveando nomás.
—Las inundaciones bajaron, había dicho la radio.
—¿Además hay inundaciones?
—Sí, mi amor, ¿no escuchaste? Hay ciudades que quedaron hundidas. Prendé.
Él se acerca a ella, pone sus manos en su cintura y le da un beso en el cuello. Ella lo saca, no quiere ponerse mal. Él entiende, y va a prender el aparato. Después vuelve a la ventana y corre las cortinas otra vez. Se abstrae en la lluvia.
—¿Te acordás cuando nos empezamos a ver? ¿Ese día que llovía? Caía a baldazos el agua, como hoy. Estábamos en la parada del 152. No teníamos paraguas.
—Sí, obvio. Me acuerdo.
—No pusimos a bailar ahí, solos, en el medio de la lluvia. Tenías una expresión en la cara tan linda. Creo que, en ese momento, registré que estaba enamorado de vos.
—¿Qué expresión?
—No sé, es difícil de poner en palabras… como divertida, inocente.
Se quedan callados. 
Un nuevo comienzo para el mundo. Miles de años, una vida, dos más.
La radio se corta. El aire se enrarece más. Las sirenas enmudecen. Todos se asoman a las ventanas. Cada vez, llueve más fuerte. La niebla se espesa.
Ella se acerca a la ventana y se pone a su lado. Él la abraza y le besa la frente.
—¿Qué va a pasar? ¿Vamos a salir de esto?
—No sé, mi amor.
—¿Sabés que te amo, no?
—Yo también.
—¿No te acordás de esa sonrisa hermosa que tenías esa vez? Te amo tanto.
—Yo a vos, mi vida.
La toma de la mano.
—¿Vamos? Vamos a bailar, una vez más, la última.
—Pero… nos vamos a morir.
—No, mi amor, si no salimos, nos vamos a morir. 
Se quedan callados. Ella le da la mano.
—Cerremos con llave mejor, ¿no?
—No terminé la tarta de choclo. ¿Qué van a comer los chicos?
—Yo creo que se van a arreglar mejor que nosotros. En serio, te digo. Pensalo. Nosotros molestamos nada más.
—Pero van a tener miedo si no estamos.
—Y yo también tengo miedo… pero ¿de qué sirve? ¿Y qué vas a hacer vos ahí? ¿Les vas a decir que va a estar todo bien?
—No sé, pero es terrible.
—Escuchá. No llores. Pensá en algo lindo.
Los vecinos se paran frente a sus ventanas para mirar el espectáculo. Los pies de los enamorados levantan la ceniza del piso mientras bailan. Un halo gris envuelve sus movimientos. La lluvia empapa sus cuerpos y disfraza las lágrimas. Se sonríen y se miran, como la primera vez que se miraron, como la última. Finalmente, los dos cuerpos caen sobre la ceniza-nieve. El polvo los cubre. Después de unos minutos, el paisaje se aquieta. Ellos ya no están. Las calles vuelven a su espantosa calma. El sonido de las sirenas regresa a lo lejos.
—Está loco, este clima.
—Sí. La gente está loca, también.

domingo, 20 de marzo de 2016

Los sueños dirigidos (ensayo) (segunda parte)

Sobre el arte


Con el propósito de resumir estas reflexiones que hemos postulado, podríamos volver sobre la idea de interrupción propuesta, puesto que la psicología misma sugiere una ruptura en la forma en la que analizamos el arte. Se suele señalar en esta materia que el artista es una suerte de neurótico y desarrolla un psicoanálisis en la simbología de su lenguaje artístico. A estos símbolos o imágenes, los trata como el espejo de su alma, permitiéndose así que sus inclinaciones salvajes se manifiesten en las imágenes compuestas a partir de su fantasía: en su creatividad; libera estas inclinaciones y deseos inconscientes por el mecanismo de la transferencia, o sustitución, asociando afectos tempranos con conceptos nuevos. Asimismo, el psicólogo y ensayista Lev Vygotsky dijo que el arte está en algún lugar entre el sueño y la neurosis: “Se basa en un conflicto demasiado maduro para el sueño, pero no lo bastante maduro para ser patógeno”.  Es decir, los sueños y las neurosis se manifiestan cuando el consciente y el inconsciente entran en conflicto el uno con el otro; el proceso psicológico es esencialmente el mismo en los tres, lo que varía es solamente el grado de intensidad. Los procesos generados en el inconsciente suelen tener continuación en nuestro consciente y, a su vez, muchos hechos conscientes son empujados al inconsciente. Existe en nuestras mentes una conexión continua, animada y dinámica entre estas dos áreas. El inconsciente, de forma indirecta, afecta todas nuestras acciones y se revela también en nuestro comportamiento consciente. Una obra de arte genera elaboraciones inconscientes mucho más intensas que las conscientes y, frecuentemente, se contraponen entre unas y otras. Freud sugirió dos formas de manifestación inconsciente más próximas al arte que las que hemos mencionado: el juego infantil y las fantasías de ensoñación diurna. El niño se toma muy en serio el mundo que él mismo crea; se toma su juego muy en serio y lo hace con una elevada dosis de energía. Este distingue muy bien entre el mundo creado por él y la realidad, y busca apoyo para los objetos y las relaciones imaginarias en los objetos tangibles de la vida real. En cambio, el adulto suele avergonzarse de sus fantasías y las esconde de los otros, las cría como a sus intimidades más personales; en general, preferiría el adulto confesar todas sus faltas antes que comunicar estas fantasías. Y no parecen ser nuestros sueños otra cosa que tales fantasías transfiguradas, como se pone en evidencia en su interpretación. En el arte, así como en los sueños, se expresan deseos que no pueden ser satisfechos de forma directa. En los sueños, estos deseos reprimidos se nos presentan forzosamente distorsionados; en las obras de arte, los expresamos bajo un disfraz. El artista debe dar una forma artística a sus deseos reprimidos, aquellas fantasías de las que se avergüenza, a fin de que puedan satisfacerse. La forma de una obra de arte proporciona un placer “hueco” o superficial, estrictamente sensorial, que actúa como señuelo, como un goce que atrae al espectador hacia lo que sería un ejercicio de reacción ante lo inconsciente, difícil, doloroso a veces. El disfraz artificioso tras el que se esconde la obra de arte le permite al artista revelar el deseo prohibido y, del mismo modo, engañar a la censura de la conciencia. El verdadero placer que surge de una obra de arte, tanto para su creador como para quienes atienden a esta, puede explicarse como la liberación de las fuerzas psíquicas de las tensiones que nos afligen, cuando superamos lo que nos repugna. Sin embargo, debemos aclarar que esto no quiere decir que el trabajo de un artista tenga un solo sentido o significado. El arte puede ser interpretado siempre de una manera distinta. Y no simplemente eso: este es experimentado, sentido de una manera distinta también, tanto como personas hay en el mundo. El logro del artista no reside en el contenido que quiso darle a su trabajo, sino en la flexibilidad de la imagen, en la capacidad de este para inspirar reflexiones y emociones diferentes. Sucede lo mismo con los sueños: difícilmente son la exposición o escenificación de una única idea. Reflejan, de hecho, una serie de representaciones en una complicada trama, ya que “existe en ellos una lucha transaccional entre lo reprimido y lo dominante, que deviene en todas las imágenes oníricas, desfiguraciones, que ocultan algo no desfigurado, pero repulsivo en cierto sentido”. Nociones similares con respecto a los sueños son planteadas por la neurociencia. Estos son un elemento importante dentro de los procesos creativos: los sueños ayudan en el proceso de inducción de una idea original; aunque solamente es posible, claro, sobre la base firme de un conocimiento naturalizado de aquello en lo que se pretende ser creativo. En los sueños, la actividad cerebral genera patrones más desordenados y el pensamiento creativo gesta nuevas combinaciones y posibilidades a las que, en estado de vigilia, difícilmente arribaríamos. Pero el relato consciente está teñido de fábulas también. Y si los sueños fueran una mera ilusión, sería posible que estos no fueran más que la ilusión de un relato construido al despertar.

Cazador cazado


Lo que resulta entonces de todo este trabajo es un intento aventurado de definir qué es el arte (intento que en el apartado anterior he comenzado a esbozar), así como lo que se refiere a los procesos creativos que lo impulsan y de dónde surgen estos en primera instancia. En los últimos párrafos de los apartados introductorios, menciono una frase muy conocida del escritor y ensayista Albert Camus: la existencia del arte se basa en la necesidad del ser humano de comprenderse a sí mismo y al mundo que lo rodea. Podríamos volver, de este modo, sobre la analogía del artista, el escritor más precisamente, como cazador. Como lo hemos referido en su momento, escribimos para intentar capturar emociones, pensamientos que conmueven nuestras vidas, que se impregnan en nuestro ser y que dejan una huella en nuestra sensibilidad y en nuestra forma de apreciar el mundo; todo esto, mediante el lenguaje. El ser humano necesita indefectiblemente ser capaz de interpretar el entorno que lo rodea, hacerlo suyo, transformarlo en algo reconocible para sí mismo; tiene una insaciable urgencia por aprehenderlo todo. Al no resultarle posible, busca la satisfacción de sus deseos de otra forma, a través de la transfiguración. El arte es esa pulsión por querer transmitir aquello que inquieta nuestra alma; nuestros procesos creativos intentan resolver esa búsqueda, esa transferencia. Y surgen, quizás, de lo que nos preguntamos sin decir una palabra, de lo que pensamos sin lograr articularlo, de nuestro inconsciente. Son los procesos creativos un interminable, continuo rastro de la indagación de nuestro propio espíritu y un intento fútil de comprensión de este mundo.

Las pasiones tumultuosas


Uno de los rasgos más característicos del arte es que los procesos creativos en los que se envuelve la obra y su uso parecen ser oscuros, inexplicables, inaccesibles para el pensamiento consciente. La interpretación es un malentendido, ya lo hemos dicho. Las palabras no pueden explicar los aspectos sustanciales e importantes de las emociones. Para el alma no hay leyes; tampoco para el arte. Ahora, como antes o después, el alma es y será insondable. Así como lo señaló Platón, son los poetas los últimos en conocer aquellos métodos que utilizan para su creatividad. Nuestros procesos inconscientes nos permiten comprender de forma indirecta, alegóricamente, lo que no puede ser entendido de forma inmediata. Todo el carácter psicológico de una obra de arte puede reflejarse en este carácter indirecto. El artista, mediante sus procesos creativos, selecciona elementos y los combina según las normas dadas o aceptadas, y traspone también estos elementos tradicionales a otros sistemas, y así sucesivamente. Por otro lado, el espectador percibe el carácter estético de una obra a través del sentimiento y la imaginación. El arte es entonces esa disciplina que sistematiza una esfera muy especial de la psique del hombre: sus emociones. Dado que el intelecto no es otra cosa que voluntad inhibida, podríamos concebir la imaginación como sentimiento inhibido. Los elementos más importantes de los actos creativos son los procesos inconscientes. Tal vez no sea que el mundo es confuso, sino que nosotros nos confundimos al querer interpretarlo: el mundo continuamente vierte sobre nosotros todo tipo de llamadas, deseos y estímulos. Nada más que una ínfima parte de estos fluye a través de nuestra conciencia y llega a verse realizada. Aquellos no realizados deben ser vividos de un modo u otro, para mantener un equilibrio entre nosotros y nuestro entorno. Los actos creativos, los sueños, el fantaseo parecen ser un medio psicológico para poder establecer dicho equilibrio en los puntos críticos de nuestro comportamiento emocional. El placer y el displacer pueden ser emociones intensas y prolongadas; pero, del mismo modo, como es propio de una emoción, nunca son claras.

Palabras finales


A modo de conclusión, cabría la posibilidad de considerar nuestros procesos creativos como una especie de catarsis, una forma de eliminar nuestros conflictos con el inconsciente sin caer en la neurosis, como dijo Vygotsky: “Un poderoso instrumento en la lucha por la existencia”. La posibilidad de liberar todas estas pasiones que nos irrumpen y que no encuentran su cauce en la vida normal y consciente es la posibilidad que nos da el arte y los procesos creativos. A lo largo de la historia de la literatura son innumerables las historias que se refieren a este tipo de procesos “reveladores”, en donde nuestra creatividad nos juega una “buena pasada”, por decirlo de alguna forma. Tal es el caso de Julio Cortázar, quien dijo haber soñado la historia del cuento titulado “Casa tomada”; o Robert Luis Stevenson, quien atribuyó a los sueños muchos de sus escritos, como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde; o el poema “Kubla Khan” de Samuel Taylor Coleridge, que lo calificó como una creación opio-onírica. Pero este tipo de ejemplificaciones no se limitan simplemente al campo de la literatura. Al científico Friedrich Kekulé, según lo expresó él mismo, fue un sueño el que le permitió descubrir la estructura de la molécula de benceno. Por otro lado, pintores como William Blake o Paul Klee también atribuyeron muchas de sus obras a los sueños; algunos compositores, como Mozart, Beethoven o Wagner, han juzgado que los sueños son fuente de inspiración. Creemos que estos procesos inconscientes son más que una simple catarsis, una intuición, un talento innato o una inspiración espontánea. Se dice que “se escribe con la cicatriz, no con la herida”.  Estas palabras se refieren a que el lenguaje de nuestro inconsciente necesita de una cierta fluidez y de un tiempo de maduración para poder elaborar las representaciones, simbolismos, para traducirlos en ideas y conceptos a nuestro consciente. La omisión o insuficiencia de estos procedimientos en su evolución, nos limita quizás a sensaciones más efímeras y superficiales. Si prestamos mayor atención a estos procesos, podemos elevar nuestro espíritu a una instancia superadora, y es posible que escribamos menos, sin dudas, pero mejor. Serán nuestras producciones estéticas más significativas: escribiremos literatura.

For Wiliiam Blake. Ronnie Landfield.


Volver a la primera parte, o ir al decálogo


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Guerrero

texto original de Julieta Manterola, publicado anteriormente

en El escondite de Orfeo


Despertaste ensangrentado, sin saber siquiera por qué habías caído o quién te había derribado. La espada, clavada en tu pecho. Tu ropa, desgarrada. Tu escudo, demasiado lejos. Lo primero que viste fueron tus manos, ensangrentadas también. Sentiste el sabor dulce de la sangre en tu boca. A tu alrededor, no había más que cadáveres. ¿Por qué sobreviviste?

Sacaste la espada de tu pecho. Tragaste la sangre. Te convertiste en un extraño para el mundo y el mundo se te volvió un lugar ajeno.

Inmortal:
¿Cómo es el mundo que ves?
¿Ves la justicia que a mí se me escapa?
¿Ves la injusticia de una forma aún más cruel?
¿Tu dolor tiene acaso una mejor causa?

Y guerrero:
¿Qué has aprendido en todos estos años?
¿Has perdido la fe o la has encontrado?

Guerrero, de Salvador Dalí (1982).




















jueves, 29 de mayo de 2014

Un pájaro en una jaula






























El pájaro en su jaula
siente la luz sobre sus ojos,
la argucia del velo:
y entrevé
que otra ficción empieza.
Agita sus alas,
a veces ansioso, a veces
con más pereza.
Encuentra
su alimento servido.
Come, bebe.
Observa la verticalidad de su encierro,
se aferra
a su horizontalidad.
Silba
porque sabe silbar,
imita
un silbido ajeno.

A veces se imagina
un pájaro
y una jaula vacía,
pero queda atrapado en la elipsis
de su ilusión,
porque no sabe
que es
un pájaro en una jaula.

No pasa frío, ni calor,
ni se angustia.
Nada más espera
el término de la ficción,
de la argucia,
mientras mira el velo
posarse sobre su jaula,
sobre sus ojos,
con la única esperanza
de que vuelva
a levantarse.


La pintura se titula Reptiles. Pertenece a M. C. Escher.


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jueves, 3 de abril de 2014

Gritá

Lo vi.
Estuve ahí.
Como si estuvieras aplastando una hormiga.
Fui cómplice, tal vez.
Te vi esconder
las manos,
la mueca sádica en tus labios.
Y esas manos
pálidas, trémulas.
Andá
y tomá el mundo con esas manos,
retorcelo,
antes de que vayan por vos.
No voy a decir una palabra, no.
Jugá con él,
hacelo bailar para vos.
Te lo ganaste,
te lo merecés.
¿Podés sentirlo?
Gritá.
No tenés por qué hacerlo.
Simplemente tenés que saber que podés.
No voy a decir una palabra, no...
... las hormigas no hablan.

Sonreí.
El mundo es tuyo.


La imagen corresponde a la película El profesional