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martes, 22 de mayo de 2018

Lo innombrable

Introducción: el joven poeta


  El arte es un juego. Esto es algo de lo que trato de convencerme cada día. El proceso de construir un poema, para mí, sin dudas, no lo es. Me resulta desgarrador, me deprime. Sin embargo, lo disfruto. Y disfruto el resultado. Me sucede con la poesía que la pienso como el intento de expresar lo inexpresable, lo inabarcable, lo abstracto. Y ponerse un objetivo como este, sin dudas, no es divertido.
  Esta capacidad de abstracción creo que está íntimamente relacionada con la reflexión introspectiva, con la “digestión del conocimiento”, con la vida interior. Creo yo, este es el camino que lleva al discernimiento de todo lo que nos rodea, palpable o no, y a la permeabilidad frente a esto. Ya que la invención y la originalidad yacen en el fondo de nuestro yo y no en otro lado. 
  La métrica siempre me fue extraña, y como nunca la aprendí, la siento forzada. Sin embargo, muchos de mis poetas favoritos la utilizan. Por mi parte, prefiero pensar en la música del lenguaje mismo, de la palabra misma, que en asignarle una yo en relación con otras.
  Mucho de lo que escribo, reflexiona sobre el lenguaje mismo.
  También, la idea de buscar algo trascendental en lo cotidiano me resulta fascinante. Intuyo que esto tiene que ver con el “abismo de lo serio”, es decir, aquello que no es superficial, a pesar de tener su apariencia. En esa contradicción, creo que se encuentra la belleza del pensamiento o del sentimiento.
  Los consejos a un joven poeta de Max Jacob, un escritor francés de principios del siglo pasado, motivaron muchas de estas reflexiones, así como me ayudaron para poder presentar algunos de estos conceptos, incluido el título mismo de la obra.
  Este libro me lo regaló hace un tiempo mi esposa que, sin dudas, me tiene más fe como poeta (y como joven) que la que podría tenerme yo, en cualquier caso.


Laberintos


sentirse como
una rata
atrapada en el desconcierto
de una falsa autodeterminación
y del que sabe
que hay una sola salida, y es
morder su propia cola,
apretar los dientes
inspirar,
exhalar,
aceptar la caricia compasiva, atenuante
del carbono,
esa debe ser 
una de las dos o tres cosas
más desesperantes,
aterradoras
que alguien pueda sentir.

ser la rata
junto a aquella otra rata,
oler su destino
e intuir en este el propio,
su angustia,
sin llegar a comprender del todo,
se siente
más o menos parecido.
tal vez,
un poco menos desesperante 
que triste.

domingo, 20 de marzo de 2016

Los sueños dirigidos (ensayo) (primera parte)

Lo que se encuentra detrás de lo que hay detrás


Podríamos decir que detrás de toda etapa consciente de estructuración de una obra, se encuentran nuestros procesos inconscientes: antes, durante y aun después. Tanto la psicología como la filosofía moderna han intentado teorizar sobre estos procesos. Sigmund Freud ha dedicado a este tema unos cuantos ensayos, todos compilados en el libro Psicoanálisis del arte (2008). Por su parte, Georges Bataille también ha hecho sus reflexiones. Ambos comparten más de una hipótesis o proposición en común, como la sublimación y las similitudes entre el arte y los sueños. Sin embargo, lo más destacable es que ambos asemejan la perspectiva o la visión del mundo del artista con la de un niño; y sus producciones, con el juego. Según Freud: “Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino la realidad efectiva”.  Hay en este postulado un indicio de lo que es la sublimación: el fantaseo del niño, la negación de una realidad, el libre albedrío del ello. Bataille expresa que, una vez que llegamos a la adultez, se nos impone un mundo que debemos aceptar como natural. Una vez inmersos en esta farsa a la que entramos por nuestra propia voluntad, algunos pocos se sienten aún víctimas de una trampa y no dejan de desconfiar: “Como chicos buscando las hendiduras de una cerca, intentan mirar a través de las fallas de ese mundo”. Esto, asimismo, recuerda al concepto de sueños diurnos de Freud: “Cuando el adulto cesa de jugar, solo resigna el apuntalamiento en objetos reales; en vez de jugar, ahora fantasea. Construye castillos en el aire, crea lo que llamamos los sueños diurnos”.

Interrupción


“Todo comienza por una interrupción”.  Y de hecho, la escritura, como cualquier otra forma de arte, así lo hace. La figura del escritor es similar a la de un cazador. Esta tal vez sea una analogía posible. Es decir, se escribe para intentar capturar instantes, emociones, pensamientos que conmueven nuestras vidas, que se impregnan en nuestro ser y que dejan una huella en nuestra sensibilidad y en nuestra forma de apreciar el mundo: algo en nuestra existencia nos atraviesa abruptamente, y nos urge intentar adivinarlo. También se dice que los escritores escriben porque quieren comprender el mundo que los rodea, porque quieren comprenderse a sí mismos: “Si el mundo fuera claro, el arte no existiría”. Las citas proliferan. Sin embargo, todas convergen en un postulado: el arte es una necesidad imperiosa para el artista, es un proceso que nunca acaba. Algunos incluso aseguran que es sufrimiento, que se escribe “para terminar de escribir”,  aunque esto resulte ilusorio, ya que nunca terminamos: el arte es una fe, una creencia que ayuda a sostener la vida. En una oportunidad, el escritor norteamericano Paul Auster hizo una excelente reflexión que sirve a nuestros fines: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sentís que tenés que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta con tomar la vida como viene y disfrutar la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar por crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte". La inconformidad ante lo fugaz, lo efímero, lo injusto, lo despiadado, lo horroroso es la interrupción que da forma a las letras de un escritor. Este necesita hacer ese desplazamiento, sublimar sus deseos, sus ansiedades y sus frustraciones. Al fin y al cabo, como lo explica la psicología, el ser humano guarda en cada una de sus acciones ese deseo inconsciente de retornar a su infancia, esa fantasía donde el mundo todavía no lo había decepcionado, donde todo era siempre posible. Así también lo expresó el célebre pintor Pablo Ruiz Picasso al referirse a que, perfeccionándose a través de años, había logrado pintar como los pintores del Renacimiento, pero pintar como los niños le había llevado toda una vida de aprendizaje.

Crucifixión. Pablo Picasso.

Arquitectura de los castillos en el aire del arte


Ahora bien, cabe hacer un breve comentario sobre lo que algunos grandes autores y teóricos han sabido reflexionar sobre la relación entre los sueños, el inconsciente y la literatura misma. Como suele hacerse notar también a lo largo de su obra, Jorge Luis Borges dijo alguna vez que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido. Freud, de la misma forma, manifestó que la obra de arte tiene el mismo origen que los sueños. Es decir, tanto el arte como los sueños son manifestaciones de un deseo inconsciente y son creados a través de los mismos mecanismos. Podríamos señalar entonces que la literatura se construye sobre la misma base que la de los sueños: la mirada interior, lo simbólico, la tragedia del yo frente a la represión y frente al deseo, la magia o la ilusión de liberación del ello, lo pulsional. Todo esto aparece siempre entre líneas, entre los espacios en blanco que dibujan las letras. La admiración o embelesamiento que sentimos por una obra de arte, no implica que tengamos una absoluta comprensión de esta ni de lo que representa. Los significados devienen en interpretaciones, a las que cada lector, cada soñador les concede un sentido y una coherencia propios. La atención del lector a una obra literaria en particular se origina en la intención de una abstracción, un aislamiento que le provoque una reacción estética, apartándolo de una realidad particular regida por convenciones; es decir, se sitúa frente a esta como frente a una alucinación voluntaria que vive en su propia piel y que desborda sus sentidos. Aquello que tan poderosamente nos impresiona no puede ser otra cosa más que la intención del artista en cuanto él mismo ha logrado expresarla en la obra y hacérnosla aprehensible. Solemos creer que somos nosotros quienes inventamos, construimos relatos. En realidad, sucede todo lo contrario. A través de los relatos, lo que hacemos es inventarnos a nosotros mismos, construirnos a medida que contamos una historia. La vida misma, la historia de la humanidad es un relato, y también un sueño, podría decirse, plagada de simbolismos. El arte perdurable, por calificarlo de alguna manera, es aquel que precisamente aborda estas ficciones cargadas de figuras, representaciones, sospechas perceptivas; gira en torno a ellas, las hace y las deshace y las vuelve a hacer según la emoción que domine nuestro espíritu creativo. Es allí donde se encuentran los temas universales, absolutos, arquetipos que son indistintos a cualquier sociedad y a cualquier momento histórico. Por esto es que cautivan. “Quien conoce estos procesos psíquicos —dijo el psicólogo y ensayista Carl Gustav Jung—, sabe con qué subterfugios y maniobras de autoengaño se hace a un lado aquello que no conviene”. Al caer por debajo del umbral de la conciencia, estas cuestiones que nos desbordan desde los principios de nuestros tiempos, que se refieren a los grandes interrogantes de la sensibilidad humana, siguen viviendo en forma latente. Las desplazamos entonces, a través de la sublimación, el juego, el fantaseo, a nuestros procesos creativos y artísticos. La literatura, los relatos que inventamos (o nos inventan) hacen ver, muestran; sin embargo, no dicen. No se puede extraer de estos una conclusión única y reveladora; pero llaman a la interpretación, que sí resulta reveladora para nosotros mismos.

Volverse otro para encontrarse a uno mismo


El arte nos otorga la posibilidad de exteriorizar, a través de las creaciones propias, nuestros más secretos sentimientos y estados anímicos. Algunos de estos muchas veces son ignorados hasta por nosotros mismos. Las fábulas, las ilusiones, el fantaseo del arte son distorsiones de nuestro mecanismo psíquico que pueden llegar a conmovernos o conmover a otros, sin saber realmente por qué. El filósofo y ensayista Georges Bataille describe que el espíritu de lo poético, de la literatura se concibe con la idea de un cambio incesante, para así evitar la muerte: volverse otro y no permanecer idéntico a sí mismo. Es decir, el ser del arte es esa condición de cambiar. Desde este punto de vista, podríamos considerar a la literatura como un juego de roles que, en un principio, satisface y exalta a quien escribe; luego, dependerá del talento y de la habilidad del escritor que este goce pueda ser transmitido más allá de sí mismo, a los eventuales lectores. Asimismo, podríamos decir que nuestros procesos creativos son transfiguraciones de lo que, día a día, a lo largo de nuestra vida, nos acontece, nos preocupa o nos estimula: aquello que provoca y conmueve nuestro espíritu. De algún modo, entonces, el arte tiene la intención de hacer “transparente” el mundo, nuestro mundo; mundo en el que habitan tanto nuestros deseos como nuestros miedos. Pero esta tarea es solamente posible a través del propio lenguaje. Nuestros pensamientos, mediante símbolos, expresan expectaciones, propósitos o reflexiones; dichos símbolos nos resultan reconocibles muchas veces, en cierta medida, mientras que muchas otras veces, no. El significado de las alteraciones de los sentimientos y estados anímicos de nuestro espíritu, en ocasiones, permanece oculto hasta para nosotros mismos. Freud, llama a estos procesos sublimación. Sucede cuando soñamos, cuando fantaseamos, y sucede también cuando nos expresamos artísticamente. A través de nuestros personajes y de los escenarios en los que los ubicamos, damos cuenta de aquello que profundamente nos inquieta: nuestras ansias, nuestros deseos, lo que nos sorprende, o lo que nos perturba de los otros, de nosotros mismos. Todo esto se pone así en juego y es, efectivamente, un juego. En otras palabras, estas representaciones de nuestro inconsciente, nuestros procesos creativos en sí mismos, son una suerte de continuación o sustitución de nuestros juegos infantiles, fantasías provocadas por emociones intensas y reales, deseos propios que se pueden ver realizados en la obra de arte misma: “El poeta atempera el carácter del sueño diurno egoísta mediante variaciones y encubrimientos, y nos soborna por medio de una ganancia de placer puramente formal, es decir, estética, que él nos brinda en la figuración de sus fantasías. A esa ganancia de placer que se nos ofrece para posibilitar con ella el desprendimiento de un placer mayor, proveniente de fuentes psíquicas situadas a mayor profundidad, la llamamos prima de incentivación o placer previo. Todo placer estético que el poeta nos procura conlleva el carácter de ese placer previo, y que el goce genuino de la obra poética proviene de la liberación de tensiones en el interior de nuestra alma. Acaso contribuya en no menor medida a este resultado que el poeta nos habilite para gozar, sin remordimiento ni vergüenza algunos, de las propias fantasías".

Sigmund Freud. Andy Warhol.

Los sueños dirigidos (ensayo) (segunda parte)

Sobre el arte


Con el propósito de resumir estas reflexiones que hemos postulado, podríamos volver sobre la idea de interrupción propuesta, puesto que la psicología misma sugiere una ruptura en la forma en la que analizamos el arte. Se suele señalar en esta materia que el artista es una suerte de neurótico y desarrolla un psicoanálisis en la simbología de su lenguaje artístico. A estos símbolos o imágenes, los trata como el espejo de su alma, permitiéndose así que sus inclinaciones salvajes se manifiesten en las imágenes compuestas a partir de su fantasía: en su creatividad; libera estas inclinaciones y deseos inconscientes por el mecanismo de la transferencia, o sustitución, asociando afectos tempranos con conceptos nuevos. Asimismo, el psicólogo y ensayista Lev Vygotsky dijo que el arte está en algún lugar entre el sueño y la neurosis: “Se basa en un conflicto demasiado maduro para el sueño, pero no lo bastante maduro para ser patógeno”.  Es decir, los sueños y las neurosis se manifiestan cuando el consciente y el inconsciente entran en conflicto el uno con el otro; el proceso psicológico es esencialmente el mismo en los tres, lo que varía es solamente el grado de intensidad. Los procesos generados en el inconsciente suelen tener continuación en nuestro consciente y, a su vez, muchos hechos conscientes son empujados al inconsciente. Existe en nuestras mentes una conexión continua, animada y dinámica entre estas dos áreas. El inconsciente, de forma indirecta, afecta todas nuestras acciones y se revela también en nuestro comportamiento consciente. Una obra de arte genera elaboraciones inconscientes mucho más intensas que las conscientes y, frecuentemente, se contraponen entre unas y otras. Freud sugirió dos formas de manifestación inconsciente más próximas al arte que las que hemos mencionado: el juego infantil y las fantasías de ensoñación diurna. El niño se toma muy en serio el mundo que él mismo crea; se toma su juego muy en serio y lo hace con una elevada dosis de energía. Este distingue muy bien entre el mundo creado por él y la realidad, y busca apoyo para los objetos y las relaciones imaginarias en los objetos tangibles de la vida real. En cambio, el adulto suele avergonzarse de sus fantasías y las esconde de los otros, las cría como a sus intimidades más personales; en general, preferiría el adulto confesar todas sus faltas antes que comunicar estas fantasías. Y no parecen ser nuestros sueños otra cosa que tales fantasías transfiguradas, como se pone en evidencia en su interpretación. En el arte, así como en los sueños, se expresan deseos que no pueden ser satisfechos de forma directa. En los sueños, estos deseos reprimidos se nos presentan forzosamente distorsionados; en las obras de arte, los expresamos bajo un disfraz. El artista debe dar una forma artística a sus deseos reprimidos, aquellas fantasías de las que se avergüenza, a fin de que puedan satisfacerse. La forma de una obra de arte proporciona un placer “hueco” o superficial, estrictamente sensorial, que actúa como señuelo, como un goce que atrae al espectador hacia lo que sería un ejercicio de reacción ante lo inconsciente, difícil, doloroso a veces. El disfraz artificioso tras el que se esconde la obra de arte le permite al artista revelar el deseo prohibido y, del mismo modo, engañar a la censura de la conciencia. El verdadero placer que surge de una obra de arte, tanto para su creador como para quienes atienden a esta, puede explicarse como la liberación de las fuerzas psíquicas de las tensiones que nos afligen, cuando superamos lo que nos repugna. Sin embargo, debemos aclarar que esto no quiere decir que el trabajo de un artista tenga un solo sentido o significado. El arte puede ser interpretado siempre de una manera distinta. Y no simplemente eso: este es experimentado, sentido de una manera distinta también, tanto como personas hay en el mundo. El logro del artista no reside en el contenido que quiso darle a su trabajo, sino en la flexibilidad de la imagen, en la capacidad de este para inspirar reflexiones y emociones diferentes. Sucede lo mismo con los sueños: difícilmente son la exposición o escenificación de una única idea. Reflejan, de hecho, una serie de representaciones en una complicada trama, ya que “existe en ellos una lucha transaccional entre lo reprimido y lo dominante, que deviene en todas las imágenes oníricas, desfiguraciones, que ocultan algo no desfigurado, pero repulsivo en cierto sentido”. Nociones similares con respecto a los sueños son planteadas por la neurociencia. Estos son un elemento importante dentro de los procesos creativos: los sueños ayudan en el proceso de inducción de una idea original; aunque solamente es posible, claro, sobre la base firme de un conocimiento naturalizado de aquello en lo que se pretende ser creativo. En los sueños, la actividad cerebral genera patrones más desordenados y el pensamiento creativo gesta nuevas combinaciones y posibilidades a las que, en estado de vigilia, difícilmente arribaríamos. Pero el relato consciente está teñido de fábulas también. Y si los sueños fueran una mera ilusión, sería posible que estos no fueran más que la ilusión de un relato construido al despertar.

Cazador cazado


Lo que resulta entonces de todo este trabajo es un intento aventurado de definir qué es el arte (intento que en el apartado anterior he comenzado a esbozar), así como lo que se refiere a los procesos creativos que lo impulsan y de dónde surgen estos en primera instancia. En los últimos párrafos de los apartados introductorios, menciono una frase muy conocida del escritor y ensayista Albert Camus: la existencia del arte se basa en la necesidad del ser humano de comprenderse a sí mismo y al mundo que lo rodea. Podríamos volver, de este modo, sobre la analogía del artista, el escritor más precisamente, como cazador. Como lo hemos referido en su momento, escribimos para intentar capturar emociones, pensamientos que conmueven nuestras vidas, que se impregnan en nuestro ser y que dejan una huella en nuestra sensibilidad y en nuestra forma de apreciar el mundo; todo esto, mediante el lenguaje. El ser humano necesita indefectiblemente ser capaz de interpretar el entorno que lo rodea, hacerlo suyo, transformarlo en algo reconocible para sí mismo; tiene una insaciable urgencia por aprehenderlo todo. Al no resultarle posible, busca la satisfacción de sus deseos de otra forma, a través de la transfiguración. El arte es esa pulsión por querer transmitir aquello que inquieta nuestra alma; nuestros procesos creativos intentan resolver esa búsqueda, esa transferencia. Y surgen, quizás, de lo que nos preguntamos sin decir una palabra, de lo que pensamos sin lograr articularlo, de nuestro inconsciente. Son los procesos creativos un interminable, continuo rastro de la indagación de nuestro propio espíritu y un intento fútil de comprensión de este mundo.

Las pasiones tumultuosas


Uno de los rasgos más característicos del arte es que los procesos creativos en los que se envuelve la obra y su uso parecen ser oscuros, inexplicables, inaccesibles para el pensamiento consciente. La interpretación es un malentendido, ya lo hemos dicho. Las palabras no pueden explicar los aspectos sustanciales e importantes de las emociones. Para el alma no hay leyes; tampoco para el arte. Ahora, como antes o después, el alma es y será insondable. Así como lo señaló Platón, son los poetas los últimos en conocer aquellos métodos que utilizan para su creatividad. Nuestros procesos inconscientes nos permiten comprender de forma indirecta, alegóricamente, lo que no puede ser entendido de forma inmediata. Todo el carácter psicológico de una obra de arte puede reflejarse en este carácter indirecto. El artista, mediante sus procesos creativos, selecciona elementos y los combina según las normas dadas o aceptadas, y traspone también estos elementos tradicionales a otros sistemas, y así sucesivamente. Por otro lado, el espectador percibe el carácter estético de una obra a través del sentimiento y la imaginación. El arte es entonces esa disciplina que sistematiza una esfera muy especial de la psique del hombre: sus emociones. Dado que el intelecto no es otra cosa que voluntad inhibida, podríamos concebir la imaginación como sentimiento inhibido. Los elementos más importantes de los actos creativos son los procesos inconscientes. Tal vez no sea que el mundo es confuso, sino que nosotros nos confundimos al querer interpretarlo: el mundo continuamente vierte sobre nosotros todo tipo de llamadas, deseos y estímulos. Nada más que una ínfima parte de estos fluye a través de nuestra conciencia y llega a verse realizada. Aquellos no realizados deben ser vividos de un modo u otro, para mantener un equilibrio entre nosotros y nuestro entorno. Los actos creativos, los sueños, el fantaseo parecen ser un medio psicológico para poder establecer dicho equilibrio en los puntos críticos de nuestro comportamiento emocional. El placer y el displacer pueden ser emociones intensas y prolongadas; pero, del mismo modo, como es propio de una emoción, nunca son claras.

Palabras finales


A modo de conclusión, cabría la posibilidad de considerar nuestros procesos creativos como una especie de catarsis, una forma de eliminar nuestros conflictos con el inconsciente sin caer en la neurosis, como dijo Vygotsky: “Un poderoso instrumento en la lucha por la existencia”. La posibilidad de liberar todas estas pasiones que nos irrumpen y que no encuentran su cauce en la vida normal y consciente es la posibilidad que nos da el arte y los procesos creativos. A lo largo de la historia de la literatura son innumerables las historias que se refieren a este tipo de procesos “reveladores”, en donde nuestra creatividad nos juega una “buena pasada”, por decirlo de alguna forma. Tal es el caso de Julio Cortázar, quien dijo haber soñado la historia del cuento titulado “Casa tomada”; o Robert Luis Stevenson, quien atribuyó a los sueños muchos de sus escritos, como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde; o el poema “Kubla Khan” de Samuel Taylor Coleridge, que lo calificó como una creación opio-onírica. Pero este tipo de ejemplificaciones no se limitan simplemente al campo de la literatura. Al científico Friedrich Kekulé, según lo expresó él mismo, fue un sueño el que le permitió descubrir la estructura de la molécula de benceno. Por otro lado, pintores como William Blake o Paul Klee también atribuyeron muchas de sus obras a los sueños; algunos compositores, como Mozart, Beethoven o Wagner, han juzgado que los sueños son fuente de inspiración. Creemos que estos procesos inconscientes son más que una simple catarsis, una intuición, un talento innato o una inspiración espontánea. Se dice que “se escribe con la cicatriz, no con la herida”.  Estas palabras se refieren a que el lenguaje de nuestro inconsciente necesita de una cierta fluidez y de un tiempo de maduración para poder elaborar las representaciones, simbolismos, para traducirlos en ideas y conceptos a nuestro consciente. La omisión o insuficiencia de estos procedimientos en su evolución, nos limita quizás a sensaciones más efímeras y superficiales. Si prestamos mayor atención a estos procesos, podemos elevar nuestro espíritu a una instancia superadora, y es posible que escribamos menos, sin dudas, pero mejor. Serán nuestras producciones estéticas más significativas: escribiremos literatura.

For Wiliiam Blake. Ronnie Landfield.


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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Fantasía y fuga



  Mi sobrino despierta en brazos de mi mamá. No entiende qué pasa. Hace un poco de berrinche, pero se la pasa pronto. Se aferra a la mamadera. Después, mamá me lo pasa. Está tranquilo conmigo. Pongo su cabeza sobre mi pecho, le hago unos mimos, le doy mi dedo, se sonríe. Siempre está contento, las rabietas no le duran mucho, y tiene una curiosidad inagotable. Su sonrisa es transparente, desprejuiciada, amable, pero que pareciera que anticipa algo en él, como la mía, opina mamá, como la de mi papá, o como la de mi tío.
  Hace rato que no lo veo, que lo siento lejos “al Carlos”, como le dicen, así, con el artículo, porque es de mendocino. Es escultor y vive en San Luis, con mi tía, que también es escultora, y dibuja. A veces no te das cuenta de dónde surgen las imágenes, le escuché decir a ella, cada pieza es única, como cada momento de la vida. Es una linda reflexión. Cuando era chico, siempre tuve la sensación de que su casa era un lugar mágico, como la fantasía viva de un artista, una especie de santuario del arte, primitivo, rústico. Los pasillos están envueltos por ramas, troncos, macetas, hojas, cañas y, por supuesto, esculturas. En cada rincón donde uno mire, hay esculturas y dibujos por todos lados. Está llena de cosas que muchos dirían que es basura, pero ellos las convirtieron en anafes, lámparas, estantes, escaleras, bibliotecas. El patio parece una pequeña selva, con su horno de barro, su piso de canto y lajas, y más esculturas. Cada uno tiene su propio taller en la casa: el trabajo es solitario; el motivo es la necesidad creadora, como la de Sísifo, que empuja su piedra una y otra vez, eternamente.
  Allí está el absurdo del que hablan algunos pensadores, en esa necesidad que nos deja vacíos y nos vuelve a llenar, cuando damos ese salto de fe que implica el impulso artístico. “Uno debe imaginar feliz a Sísifo, por eso vuelve a empujar la piedra”, dice Albert Camus en su famoso ensayo. Y así es como me lo imagino siempre a mi tío, sonriendo. Las plantas de su casa sonríen con él, las sierras y el río también. Y así lo veo a mi papá, a pesar de todo. Y, cuando me miro al espejo, sonrío… Es un ejercicio del alma cuando el cuerpo no puede, y uno del cuerpo cuando no puede el alma. Habitamos la herida. El dolor no vale nada, y las pasiones son de esas cansadas, las que pretenden agotar el ámbito de todo lo posible en cada intento, cuenta un filósofo romano.
  La ciudad de San Luis siempre me pareció lejana, a miles de años luz de Buenos Aires, y solitaria. El aire es limpio; el paisaje, despojado. Las calles de tierra se sienten bien, pero la sensación de vacío me es inevitable. Siempre me imaginé que, en el medio de lo que para mí era la mismísima nada, lo único que habitaba ese desierto era la casa de mis tíos. Alguna vez, fue homenajeada como la Casa de la Escultura; muchas obras de ellos están desparramadas por todas las plazas de la provincia. Viajaron y ganaron premios en algunas partes del mundo. Nunca se sintieron extranjeros en ningún lado ni necesitaron saber una palabra en otro idioma. El vínculo es otro. Ellos abren caminos, siempre. No creen en la utilidad del arte, lo ven como un pensamiento que perdura en el tiempo, por su propia presencia, donde las personas plasman sus sensaciones.
  Hubo un invierno que pasamos en la casa de mis tíos. Hacía mucho frío y me dijeron que nevaba. Yo era muy chiquito, no puedo recordarlo. Parece que me enfermé mucho y nos tuvimos que volver a Buenos Aires. También, para una navidad, mi tío se disfrazó de papá noel. Eso sí lo recuerdo. Me tocó de regalo un muñeco de Mazinger Z que disparaba los puños, y perdí uno esa misma noche.
  Cuando hablo con mi tío, se sonríe. Escucha las palabras, festeja lo que le cuento, y me abraza. Es querendón, afectivo. Y cuando me ve tocando la guitarra o cantando, me abraza más fuerte. Y, cuando habla él, también se sonríe, y uno se contagia de eso. Todo le resulta curioso, se asombra de cosas como los planos que hace mi viejo, las historias de los libros o los primeros gestos de mi sobrino, le hace gracia, como si la vida misma fuera un chiste, de esos con los que uno se tienta cuando los cuenta. El Carlos siempre fue así, con sus ataques también, me dice mamá, y me deja pensando: “Reíte, si querés —escribió W. H. Auden en uno de sus poemas—, pero tenés que saltar”. El salto de fe frente al absurdo de la existencia, para no paralizarse, me imagino.
  Mi tío explora, siempre, le gusta descubrir. Cree en lo inexplicable de la existencia, en darle sentido, resignificarla: el ímpetu de los leones no se reprime en sus cuevas… Algo de eso hay en su sonrisa y en sus “ataques”, el hecho de no comprender el mundo que nos rodea pero, al mismo tiempo, enfrentar esa incomprensión. Y a mí me gustan los leones que marchan en la oscuridad, me gustan las personas que saltan; no ese salto estúpido, temerario, sino ese salto consciente, rebelde, un salto que se justifica en sí mismo, como el de la orquesta del Titanic, que sigue tocando.
  Siempre fue depresivo, dice mamá, como tu papá. Y mi idea de hombre-niño se deshace, o se reafirma. Tal vez haya algo en los genes de los hombres de esta familia, y me acuerdo de una mañana que me desperté con los gritos de mi papá y mi mamá: “¿No ves que estoy harto de estar vivo?”, dijo papá. ¿Qué se le responde a alguien que dice eso, alguien a quien amás? ¿Cómo se reacciona? ¿Cómo se sigue? Me gustaría preguntarle eso, pero parece una guachada. Eso es algo de mamá y no me meto.
  Los tres trabajamos esa piedra, mi tío, mi papá y yo, creo, cada uno a su manera, como Sísifo. Mi tío la transforma en esculturas; mi papá, en planos, cemento, tabiques, vigas, casas, espacios; yo, le tallo palabras. Ese es nuestro absurdo, nuestro instinto creador, nuestra felicidad, tratando de encontrar las líneas de fuga del deseo, de hacer de nuestra propia vida una obra de arte, como chicos, tratando de olvidar que sabemos, viviendo el instante de terminar una cosa y empezar otra.
  Tu tío no sabe mucho sobre nada, dice mamá. Creo que yo no podría atreverme a hacer ese tipo de simplificación sobre nadie, menos de alguien que conozco, y que reconozco en mí, con todas nuestras contradicciones.
  Le paso mi sobrino de vuelta a mi mamá. No deja de mirarme, y me sonríe, y abre los ojos bien grandes cuando yo le devuelvo la sonrisa. Es el cuarto hombre de la familia, tiene toda una vida por delante, y una herencia extraña en su sangre. Pienso que me gustaría que me vea a mí como yo los veo a mi tío y a mi papá. Quisiera que no tenga que sentir que está cansado de estar vivo alguna vez, nunca, o que sobre su espalda, que todavía me entra en una mano, no caiga el peso de esa herencia, el de la piedra de Sísifo, el de la interiorización del abismo antes del salto, o que sepa llevarlo mejor que nosotros por lo menos. Quisiera que no pierda nunca ese instinto creador que viene con uno, como dice mi tío, como el cantar de los pájaros, que padecemos y celebramos los hombres de esta familia. Y que sonría, que juegue y que se ría de las obligaciones, de los prejuicios, de la solemnidad, de la tristeza, de la muerte, de todo, que se ría mucho.