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viernes, 31 de agosto de 2018

Oquedad



¿Estás dispuesto a devorar estrellas que sacien tu sed?
Enrique Bunbury


Su rostro se defiguró en un gesto de desprecio. Se sintió para él como si alguien le hubiera arrojado agua hirviendo en su pecho. Un mareo repentino lo aturdió. Ella puso su mano sobre el pecho de él y lo empujó con violencia lejos de ella. La expresión de rechazo la afeaba mucho, pensó él, y después quedó fuera de sí. Se abalanzó sobre ella, la agarró del cuero cabelludo y empezó a golpear su frente contra la mesa de vidrio de la sala. Hasta que la superficie se partió. La alfombra se llenó de pequeñas astillas de cristales y un chorro espeso de sangre tiñió un trayecto del tejido. Él se quedó paralizó por unos segundos, le faltaba el aliento. Todavía no entendía bien qué estaba pasando. Con toda la fuerza que pudo juntar, ella le arrojó una patada que dio en uno de sus muslos. Él cayó al suelo y su rostro se llenó de bolitas de vidrio, pelusa de la alfombra y su propia sangre. Soltó un grito que parecía más un llanto. El taco del zapato de ella se había clavado en su pierna. Se levantó, trató de limpiarse el rostro con la palma de una mano, y volvió a la carga. La sujetó por detrás, la obligó tragarse unos pedazos de cristal que tenía entre sus dedos y le arrancó el vestido.

* * *

  El olor a pis lo despertó. No quería abrir los ojos, volverlo real. El simple hecho de ir a alguna farmacia a comprar pañales para adultos le daba asco, esas palabras, más incluso que tener que salir al patio a las seis de la mañana para buscar unos trapos limpios, tener que sacarle la bombacha a la madre, higienizarla, limpiar el colchón y después regresar al patio para fregar los trapos y la bombacha. Por lo menos, ese era, de alguna forma, un acto privado, un ritual solitario y silencioso que se había impuesto desde hacía unos días. A veces, se repetía por las noches; entonces, esperaba hasta tarde a que los pasillos se callaran.
  Esta vez, al terminar, le dio un beso en la frente a su madre y se dirigió al baño, aprovechando que pocos se despertaban tan temprano para mantenerlo ocupado. Mientras se lavaba los dientes, las imágenes de su sueño se sucedieron otra vez en su cabeza, una detrás de otra. Las recordaba con exactitud, como había sucedido otras veces. Pero ¿por qué había tenido que aparecer ella, su compañera de trabajo, en esas alucinaciones? Nunca se lo hubiera esperado. Él nunca podría ejercer tal violencia sobre ella. ¿Por qué iba a hacerlo? Estaban en su departamento, tomando mate, como dos compañeros de trabajo. Había cierta complicidad entre ellos, entre que le había enseñado a cambiar el tóner, que ella le había manchado de tinta la camisa, que compartían el cigarrillo en el descanso, que no querés venir a casa después del trabajo. Quizás uno de los dos no tenía las mismas expectativas que el otro, o algo había salido mal. Nada más distante a lo que a él deseaba para su realidad.
  No sabía si sentir excitación o culpa. Al enjuagarse la boca, tuvo la sensación de estar masticando tierra. Escupió y, entre los restos amarillentos, vio unas bolitas negras diminutas. Se miró al espejo y abrió la boca. Entre las primeras muelas, tenía una manchada. No pudo evitar tocarse ese diente putrefacto y le dolió tanto que tuvo que tapar con la mano su boca para evitar gritar. Se palpó la piel reseca, se restregó los ojos, intentó sacarse esas lagañas de perro que tenía. No se sentía nada bien. Se dio un sopapo y se metió a la ducha.
  Cuando cortó el agua, pudo escuchar las voces de la gente que ya hacía cola frente a la puerta. Se secó, se vistió y bajó a la entrada a buscar el diario. No había nadie. Le sacudió la mugre del mostrador y se alejó mientras leía los titulares de la portada. El diario en sí, le importaba poco o nada –excepto los suplementos de los martes–, pero la costumbre de ponerse a leerlo durante el desayuno reconfortaba de alguna manera a su madre, como si eso le hiciera creer que el mundo no había cambiado tanto desde tiempos mejores.
  Subió las escaleras, cerró la puerta de la pieza y puso a calentar la pava en el anafe. Mientras, despertó a su madre, la depositó en la silla de ruedas y la colocó frente a la mesa. De su boca, no se escuchó nada más que un lamento ahogado cuando la movió. Él le contaba de su trabajo, de los chismes de los pasillos, y otras tonteras. Ella lo escuchaba fascinada, con los ojos bien abiertos. La yerba del mate estaba vieja, dejaba en la boca la sensación de haber lamido el piso, pero su madre ya no distinguía mucho los sabores, ni nada. Antes de apagar el fuego, ablandó tres panes, dos para ella y uno para él, y sirvió todo sobre la mesa. Después del primer mate, le cantó los números de la lotería publicados en el diario. Otro día más y nada más que mugre en los bolsillos, ¿en qué fallaba? Hacía los cálculos a la perfección, y nada. Entre pedazos de pan que se enducrecían en la boca, masticándolos con las muelas que le quedaban, ella le escupía que cómo el único de sus hijos que no era un imbécil ni un drogadicto, desperdiciaba el tiempo y el dinero en esas estupideces. Él le decía que el día que la sacaran se iba a arrepentir, pero que igual le iba a dar todos los gustos: “No es tu culpa, viejita, que tengas esas ideas locas. Ya vas a ver, un día de estos ganamos. No es cuestión de suerte… es el destino, ¿sabés?”. Siempre que su intuición le decía, apostaba.
  Esas fantasías, o sueños premoitorios, como le gustaba llamarlos, habían empezado cuando era adolescente. Se le aparecían en su sueño distintas escenas, de muerte o de violencia, que después terminaban concretándose. Él no conocía a esas personas, pero las soñaba, y después les sucedía algo terrible. Las primeras veces, al despertar, sentía como un vacío en el pecho. Con el tiempo, aprendió a manejarlo mejor y, como era un obsesivo de los números, empezó a darse cuenta de que había una relación entre la fecha de sus alucinaciones, la de el hecho concreto y otros factores, como once puñaladas, dos disparos, cinco testigos, y esas cosas. Sin embargo, había algo que se le escapaba. El número al que llegaba salía el día en que ocurría el hecho lo que, a menos que un día de esos se le manifestara en sus premoniciones también la fecha en que iba a suceder, le sería imposible saberlo antes de que saliera. 
  Dejó el diario sobre la mesa con un gesto enajenado, tragó un poco más del flujo del mate, le dio un beso en la frente a su madre y salió hacia la parada del veinticinco, que le quedaba a una cuadra (o trescientos ocho pasos, según llevaba anotado mentalmente). Era un viaje de alrededor de cuarenta minutos. se bajaba en la segunda parada después de doblar en la avenida Caseros, frente a la plaza Florentino Ameghino, y caminaba dos cuadras y treinta y cinco metros (o setecientos veinte pasos) hasta la oficina de envíos postales y pago de servicios. Había pocos clientes por día, aunque a veces se agrupaban algunos, más que nada, entre las once y las dos. Después, se ocupaba también de trascribir información –correos, direcciones, notificaciones, montos– a las bases de datos de otras empresas.
  La relación con su compañera era simbiótica, sin saberlo, para los dos. En un principio, algún que otro gesto simpático de parte de ella había sido suficiente para que él confirmase que había algo entre ellos. Todas las noches, le mentía a su madre de que al día siguiente se la iba a presentar, a su compañera, su novia. Él fue el encargado de impartirle el entrenamiento para el trabajo cuando ella empezó; en dos años, habían salido a almorzar juntos una o dos veces y él tenía la seguridad de que le había comentado sus sentimientos hacia ella.
  Los recuerdos eran selectivos. No recordaba su insistente acoso, con regalos, flores, bombones, cochinitos, piropos, a los que su compañera respondía siempre con una sonrisa. No recordaba la indiferencia de la chica, la repulsión que le generaba, la cara de asco que ponía cada vez que él le decía algo chancho cerca del oído. En muy pocas ocasiones, ella prendía su computadora. Se la pasaba, más que nada, mirando fijamente sus apuntes de la carrera. Cuando ella se ausentaba, él se ponía a inspeccionarlos, intentaba leerlos: Psicología del Aprendizaje, Neurociencia, Psicopatología, etc., todos sin una sola marca. En realidad, como los gatos, ella solía usar el tiempo para pasarse toallitas húmedas por la piel o pintarse las uñas: la hora del baño, como le decía él mientras espiaba de reojo.
  Ese día, no obstante, él no se sentía bien. Las imágenes que se le habían aparecido en sus sueños o descargas le habían dejado una sensación de extrañamiento que no sabía definir. Podría haberle preguntado algo a ella, aunque fuera de manera indirecta, pero no estaba dispuesto a quedar como un ignorante. Entonces, durante su hora de almuerzo, se hizo el tiempo para ir a una librería y buscar alguna publicación que hablara sobre ese tipo de cosas: sueños lúcidos, apariciones, interpretación de los sueños, lo que fuera. Lo único que encontró, sin embargo, fue un libro sobre la numerología. Los textos que le había recomendado el vendedor no le sirvieron de nada. Hablaban de que los sueños y las fantasías nos permiten fabricar mundos imaginarios, que en ellos la lógica y la moral se encuentran suprimidas, que son un mecanismo de defensa para evitar pensamientos o emociones que nos generan frustración o miedo, pero no hablaban de sus premoniciones.
  Al día siguiente, su compañera no se presentó, ni al siguiente, ni al otro. Nunca habían pasado más de dos días seguidos, lo que le preocupó bastante. Tampoco contestaba su celular. Él lo marcaba una y otra vez, cada vez, todos los números, primero despacio, después más agitado, sonaba siete veces y, a la octava, atendía el contestador. Al cuarto día de ausencia, contestó. Lo saludó como si nada, como si no hubiera visto quizás todas las llamadas perdidas en su teléfono, como si no le faltara él, como si las toallitas que él compraba todos los días no desbordaran el botiquín de la oficina ahora. 
  Ella le dijo que había renunciado, que ya sabían en el local. Estaba embarazada y había decidido ir a vivir a Tucumán con su pareja, donde él tenía un buen trabajo. Le pidió que lo disculpara por no haberle avisado, pero se había tenido que hacer a la idea casi de un día para el otro. Le preguntó si había mucho trabajo y si le habían traído algún reemplazo. Hubo un largo silencio entre los dos. A él se le vinieron a la cabeza las imágenes de unos días atrás en que había soñado con ella, ese sueño desagradablemente erótico y violento, que hasta le daba vergüenza recordar. Le dijo que no, que no había ido nadie todavía, y le cortó.
  A la noche, cuando entró a la pieza, la madre dormía en su silla. Se tiró en su colchón y cerró los ojos con fuerza, para soñar otra vez con ella. Pasaron horas, y no pasó nada. No pudo dormir. Se levantó y despertó a la madre, le preguntó qué quería comer. Ella le contestó algo muy bajito al oído. En la calle, no podía dejar de pensar en su compañera y en cómo sería el tipo ese que se la había llevado. El mundo parecía pasarle por el costado, sin tocarlo. De repente, sintió una descarga: la vio claramente, entre un abrir y cerrar de ojos, las mismas imágenes que había tenido en ese sueño cayeron otra vez como descargas sobre su cabeza. Se asustó, chocó con la gente. Se detuvo, respiró, intentó calmarse, y después un número apareció en sus pensamientos. Se sentó en un bar y empezó a hacer cuentas. Si agregaba ese número como una variable de su cálculo, teniendo en cuenta la fecha en que había tenido la alucinación, la única fecha posible restante era el día siguiente a ese. Lo había resuelto, estaba seguro. No cabía en su propia excitación. Se levantó y emprendió el camino de vuelta. Saludó a su madre con un beso fuerte en la frente y se puso a preparar la comida.
  Mientras cenaban, él le comentó que la semana siguiente iba a traerla a su novia, para que comieran los tres, que habían estado hablando de casarse y, si se llevaban bien, de vivir juntos con ella en algún otro lado. No supo entender por qué se lo dijo, pero se lo creyó también. La madre lo miró y le sonrió, con sopa en los ojos; él se quedó observándola mientras ella se esforzaba por hacer pasar el bolo de comida. Quiso llorar por un momento, pero se contuvo. Le dijo que, antes, tenía que irse por unos días, que la empresa iba a abrir una sucursal en Tucumán y le habían pedido a él que vaya a supervisar, que le iba a dejar comida preparada y le iba a pedir a “doña pelos” que mande a alguien para ayudarla. No quiso ver la reacción de ella. Después, prendió la radio y no quiso mirarla más. Dicen que solemos buscar la propia felcidad en ilusiones que no dependen de nosotros.
  Al día siguiente, por la mañana, no fue a trabajar. Se sentó en un café, sacó de su bolsillo el billete que había comprado ayer y se puso a pensar. Si decidía cumplir con lo que dictaban sus alucinaciones, obtendría el premio de la lotería, pero eso significaría tener que asesinar a sangre fría a la mujer de su vida. Si no lo hacía, quizás no tendría otra oportunidad de salir de la inmundicia en la que vivía. Y, de todas formas, ella había decidido irse a otra provincia sin siquiera avisarle, ¿qué clase de novia hace eso? ¿qué clase de compañera?
  Se levantó y se dirigió al departamento donde vivía ella. Había averiguado su direccion hacía tiempo, la semana después de que empezaran a trabajar juntos, buscando alguna asociación numérica entre sus respectivas y sus signos astrológicos según el zodíaco. 

* * *

  La llamada del día anterior la había dejado mal. No le caía bien su compañero, le resultaba deagradable, abusivo, pero tampoco quería hacerlo sentir mal. Y lo cierto es que irse de un día para el otro, sin decir nada, era grosero. Decidió que, cuando terminara de hacer las últimas cajas, lo llamaría y trataría de decirle algo amable para que no se sintiera abandonado. Si bien la mayor parte del tiempo la acosaba, también hacía todo por ella, entre otras cosas, su trabajo, y no decía nada a los jefes. Y si hubiera sido más joven, o más lindo, tal vez a esta ahora estarían saliendo a almorzar juntos y ella no se estaría yendo.
  Entre esos pensamientos, sonó el timbre. Los de la mudanza no tenían que venir hasta dentro de dos horas. ¿O a qué hora les había dicho? Entre el embarazo y dejar todo, ya no se acordaba ni de su nombre. Todavía tenía que ir a almorzar con sus padres, llamar a su novio, tirar toda la basura. Y el escuchar la voz de su compañero por el interfono no la calmó. No entendía bien qué hacía ahí, pero le abrió, como esas cosas que se hacen sin pensar, porque casi siempre le siguen a una anterior: levantar el interfono, abrir la puerta. Puso su mejor cara, lo saludó con un beso y lo invitó a pasar. Le dijo que no podía entretenerse mucho, pero que podían tomar unos mates. Lo notó nervioso. Ella le dijo que se sentara, que en unos minutos estaría con él, solamente tenía que poner a calentar el agua. Cuando volvió con el termo y el mate, vio cómo el hombre miraba fijamente la superficie de la mesa de vidrio. Le preguntó si le pasaba algo, si no necesitaba una, que igual la iba a tener que regalar. Él le dijo que sí, que perdón, que estaba pensando en otra cosa. Ella le contó que había decidido seguir la carrera a distancia, que de hecho le vendría bien cuando tuviera que hacer reposo. Él apenas intervenía, no podía mirarla a los ojos, movía la cabeza hacia todos lados. A ella le incomodaba mucho ese comportamiento, así que le dijo que tenía que apurarse, que en una hora tenía que juntarse a comer con sus padres. Se levantó y empezó a ir hacia la puerta. Entonces, él le preguntó si la podía ayudar con las cajas. Para no ser grosera, y porque sinceramente no tenía ganas de hacer cajas, le dijo que sí, que le vendría bien una mano, que tuviera cuidado, que algunas cosas eran frágiles. Ella agarró unos papeles de diario y comenzó a envolver unos jarrones, mientras él preparaba y cerraba las cajas. De repente, él le preguntó si sería capaz de matarlo a cambio de mucha plata. A ella se le cortó la voz, primero, y después le dijo con desprecio: “¿Qué decís?”. Él se le acercó. Ahora estaba asustada. Ese tipo había dicho la palabra “matar” y ahora lo tenía a menos de treinta centímetros de ella. Le puso una mano sobre su pecho para que no siguiera avanzando. Temblaba. Él se siguió acercando más y más, la cara roja, arrebatado. “Te amo mucho, ¿sabés? —dijo él—. Y es una pena. Mamá tenía tantas ganas de conocerte…”.

* * *

  La chica se despertó de un salto; el hombre, con el rapto de ella: “¿Otra vez, mi amor?”. “Perdón, mi vida. Te prometo que me duermo tranquila”. Ella se volvió a recostar. Él se giró y la abrazó, no tanto para consolarla, sino para asegurarse de que no volviera a dar saltos en la cama. Las siguientes dos horas pudieron dormirlas hasta que sonó el despertador. Ella se levantó primero y empezó a preparar el desayuno. Mientras él se bañaba, ella aprovechó para hojear el diario antes de que lo acaparara su marido. Al dar vuelta una página, volvió a ella lo que había soñado. No podía moverse. Pero los números no mentían. La tapa de la pava explotó y volvió en sí. Preparó el café, lo sirvió, el jugo de naranja, las tostadas, buscó el uniforme planchado. En el pasillo, recién salido de la ducha, su marido la sorprendió por detrás y le besó el cuello. Le hizo cosquillas. Con sus pequeñas manos, apartó los brazos que la sujetaban y le dijo que vistiera, que ya estaba listo el desayuno. Él obedeció.
  “¿Te puedo pedir algo, amor?”, le preguntó nerviosa. “Sí, bonita, pero no me digas que tiene algo que ver con lo que soñaste porque…”. “Pasame el diario”. La interrupción le sorprendió. Obedeció otra vez. “Acá. Acordate de este número”, y le pasó el diario de vuelta a él. “¿Querés que juegue a la lotería?”.  “No, quiero que te acuerdes ese número, prometémelo”. Las palabras, pisándose unas a otras, lo intimidaron un poco: “Está bien, amor”. Ella hundió la nariz en su taza de café, nerviosa. Él siguió con su jugo y las tostadas. El desayuno terminó en silencio. Él se levantó y se preparó para salir. Ella lo acompañó a la puerta. 
  “Prometeme otra cosa”, le dijo antes de darle un beso. “¿Otra cosa? Vos sabés que no puedo con más de una promesa por día”, y le sonrió. “Es en serio. Pero muy en serio”. “Amor, no me va a pasar nada. Quedate tranquila. Nunca pasa nada. Son pesadillas”. Ella le contestó con una expresión dura en el rostro. “Está bien, está bien. Te lo prometo, mi vida. ¿Qué ibas a decirme?”. “No es nada terrible, y no lo tengo muy en claro…”. “¿Y entonces?”. “Esperá… ¿Te acordás del número?”. “Sí”. “Bueno. Otra cosa. Revisale los bolsillos”. “¿A quién?”. “No importa. Vas a saber. Vos hacelo. Por favor”. Raro, pensó: “Dale. Beso”.
  Cerca del mediodía, mientras volvían a la estación en la patrulla, le contó a su compañero la conversación matutina que había tenido. Omitió la última parte. La había notado demasiado tensa a su esposa, había sido demasiado extraño, más de lo que estaba acostumbrado, y no quería que el otro pensara que estaba casado con una loca. De vez en cuando, de todas formas, apostaban a ver si las premoniciones de la chica se cumplían. Puras fantasías, y siempre terminaba pagando. Sin embargo, por las dudas, nunca se olvidaban de tomar las precauciones que ella les instruía. Nadie necesita a la mala suerte de su lado. Mientras hablaban pavadas, sonó el comunicador. “¿Vamos?”, dijo su compañero y arrancó. 
  Cuando llegaron al departamento, la mujer estaba en un ataque de nervios. Tenía sangre en la cabeza y no paraba de llorar. Había un hombre tirado en el piso, con un golpe en la cabeza y un pedazo de jarrón incrustado en la frente. Emanaba un olor nauseabundo. El piso estaba lleno astillas de vidrios, y cajas todo alrededor. Cuando pudieron calmarla, la mujer les explicó la situación. Le dijeron que los iba a tener que acompañar a la estación para declarar. Ella volvió a ponerse histérica, les dijo que en unas horas tenía que viajar con su novio, que estaba embarazada. “Señora. Yo la entiendo… pero usted no se puede ir a ningún lado. Hasta que aclaremos esto por lo menos…”, le dijo su compañero, y comenzó a acompañarla. “¿Venís?”. El oficial estaba abstraído. No dejaba de mirar al hombre que estba desparramado en el suelo, y sus bolsillos. “Sí, en un rato, voy. Dame dos segundos”, respondió.


La pintura es de William Blake. Se titula: Beatrice adressing Dante from the car (1824)

lunes, 6 de agosto de 2018

Virgen

Se dice que un 8 de septiembre nacía la virgen María. También se dice que muchos de los relatos sobre ella fueron tomados de la diosa egipcia Isis. Cuenta la mitología griega que fue la última inmortal que vivió entre los humanos, para impartir la justicia y el orden. Sobre su espalda, cargó la cosecha y los rayos de Zeus en la lucha contra los titanes. Su constelación es la más grande de todos los signos y, dentro de ella, habitan miles de galaxias. Por mi parte, puedo decir que conozco a una María nacida un 8 de septiembre y es mejor que cualquiera de todas estas historias. Su segundo nombre es Regina porque iba a nacer un 7, día de esa santa. Su apellido es impronunciable, parece un jeroglífico. Todos los días me enseña algo nuevo, sobre ella y sobre la vida, con su sencillez, su inocencia y su infinita belleza. Su sentido de lo justo es inapelable. Terrenal, transparente e inmensamente bondadosa. Y, además, me ama. Y yo soy fiel a ella.

Fin del mundo


Somos una imposibilidad en un universo imposible.
Ray Bradbury


—Está raro el clima, ¿viste?
—Sí. La gente está rara, también, mi amor.
—¿Y te parece poco?
—No. No sé. ¿Qué vamos a comer?
—Nosotros nada, amor. Hay que racionar. Ahora veo qué hay para Joaquín y Manu.
Son las siete de la tarde. No se ve el sol desde hace varios días, nadie sale de sus casas. La niebla, pareja y constante, no deja ver más allá de veinte o treinta metros. La lluvia, con sus intermitencias, amenaza una y otra vez, refrena cualquier expectativa. Una especie de ceniza húmeda recubre las calles y se impregna en los ánimos. Las redes de electricidad resisten todavía. Aconsejan, sin embargo, evitar el consumo de energía, para no provocar desperfectos con los purificadores de aire, sus salvadores, hasta ahora.
Hundidos el uno en el otro, entre las sombras de la sala de estar, ellos permanecen callados. Sus cuerpos ausentes, sobre el sillón. Se hacen mimos. Arriba, en uno de los cuartos del primer piso, están los chicos. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él.
—La radio me está volviendo loco.
—Apagala, si querés. Hace rato que no dice nada nuevo.
—No, dejá. Quiero escuchar igual.
—Ahora veo qué podemos comer.
El zumbido constante del aparato se confunde con sus palabras. Todos los sistemas de comunicación cayeron. No hay Internet ni televisión. Nada más subsisten redes caseras de onda corta, que mantienen actualizados a los que logran sintonizarlas. La voz grave y dramática del interlocutor, entre el zumbido, las sirenas a lo lejos, y sus silencios, reproduce la situación del mundo, informa sobre socorros y auxilios, y pregona sobre diferentes sistemas y hábitos para mantenerse a salvo. Gradualmente, las cosas se van aquietando, o ya traspasaron lo cotidiano. Hubo pocas novedades en las últimas dos horas. 
Ella besa la mano de él, la que acariciaba su hombro, se levanta del sillón y va a la cocina. Se fija qué queda entre los estantes de la alacena. Saca una lata de choclos, cebolla, huevo, queso crema, y se pone a hacer la mezcla. Él agarra el control remoto de la televisión e intenta prenderla. Se lamenta de su propia estupidez y se ríe. Se dirige hacia la ventana de la sala, la que da a la calle, y corre las cortinas. El vecino de enfrente también mira, y lo mismo en varias casas. Todos observan lo que pasa enfrente o al lado. No se saludan.
—Después, ¿podés ir a ver a los chicos?
—Sí, todo bien. Ahora voy.
Él cierra nuevamente las cortinas, se retira y va hacia las escaleras.
A través de las ventanas, se ven las calles vacías y cubiertas de ceniza-nieve. Las escuelas están cerradas; los negocios, abandonados. “¿Cuánto puede durar? —se pregunta él—: ¿Cuánto falta para que nos quedemos sin cosas para hacer, incomunicados? ¿Sin comida? ¿Sin aire limpio? Si se nos hubiera ocurrido agruparnos en alguna casa, aunque sea entre algunos, esto no sería tan desesperante. O ya nos estaríamos matando los unos a los otros”.
—¿Cómo están los chicos?
—Bien. Mateo duerme en la cuna. A Joaquín ya no sé qué inventarle. Le dije que estabas preparando la comida. ¿Sabés a que están jugando Joaco y Manuel?
—¿A qué?
—Al fin del mundo.
—Qué horror. ¿Preguntó algo, Manu? ¿De sus papás?
—No, tendrá miedo de preguntar. Quizás, cuando comamos, pregunte.
—Dios mío. Pobres. ¿Qué le vamos a decir?
—No tengo idea.
Se dice que hay una nube de ceniza arcillosa que está empezando a cubrir todo el mundo. Nadie sabe cuánto avanzó o si seguirá haciéndolo. Las calles no son seguras para nadie. La niebla es cada vez más densa y la lluvia, más pesada. Moja la piel y se mete entre los poros. Parece que contiene unas bacterias que destruyen los tejidos. Se dice también que la ceniza transporta unas toxinas que enloquecen el sistema nervioso y su estructura arcillosa termina agarrotando los músculos. 
Los primeros días, la gente caía muerta de las formas más inesperadas. Todos los animales se volvieron locos, andaban sueltos, rabiosos, hasta que finalmente, uno a uno, se fueron quedando tiesos. Las calles son el escenario del desastre, todas atestadas de cuerpos inertes, autos abandonados, todo gris, cubierto de esa ceniza-nieve. 
No hay nadie que opere los teléfonos ni cualquier otro servicio. No hay autoridades, ni hospitales, ni guardia nacional, ni un ejército de contención improvisado. Mientras, a lo lejos, el grito ahogado de las sirenas, entre los edificios, las casas, los parques, entumece los sentidos. Una interferencia susurrante y continua flota en el aire. De a ratos, cada vez más constante, cae esa lluvia que quema de adentro hacia fuera. 
Un pánico silencioso gravita en el aire. Las casas no duermen. Hombres y mujeres, todos, en una desesperación muda. Todos encerrados puertas adentro, esperando el impacto de algo que no saben qué es todavía, algo extraordinario, algo horrible, aterrador. Ya no importa la inminencia de una guerra, un eventual desastre, vivir en un agujero, tener una casa con jardín, subirse a un avión que va directo al sol… ya no importa nada.
—¿Cuánta comida queda?
—Bastante, pero no hay que confiarse. Todavía tenemos todo lo del sótano.
—Bien… Voy a apagar la radio. Me vuelve loco.
—¿Sigue nevando?
—Es la ceniza, creo. ¿De dónde salió? 
—No sé. Está raro todo. Ojalá pase algo…
—… que te borre de pronto… ¿Cómo qué?
—No sé. Vos sos el que leyó la biblia.
—Si es por eso, no tenemos chance de nada.
—Volvió a llover.
—Quizás, todo esto sea un sueño de alguien dentro de un sueño en la taza de café de alguien más. ¿Te imaginás?
—No te entiendo.
—Nada. Estoy paveando nomás.
—Las inundaciones bajaron, había dicho la radio.
—¿Además hay inundaciones?
—Sí, mi amor, ¿no escuchaste? Hay ciudades que quedaron hundidas. Prendé.
Él se acerca a ella, pone sus manos en su cintura y le da un beso en el cuello. Ella lo saca, no quiere ponerse mal. Él entiende, y va a prender el aparato. Después vuelve a la ventana y corre las cortinas otra vez. Se abstrae en la lluvia.
—¿Te acordás cuando nos empezamos a ver? ¿Ese día que llovía? Caía a baldazos el agua, como hoy. Estábamos en la parada del 152. No teníamos paraguas.
—Sí, obvio. Me acuerdo.
—No pusimos a bailar ahí, solos, en el medio de la lluvia. Tenías una expresión en la cara tan linda. Creo que, en ese momento, registré que estaba enamorado de vos.
—¿Qué expresión?
—No sé, es difícil de poner en palabras… como divertida, inocente.
Se quedan callados. 
Un nuevo comienzo para el mundo. Miles de años, una vida, dos más.
La radio se corta. El aire se enrarece más. Las sirenas enmudecen. Todos se asoman a las ventanas. Cada vez, llueve más fuerte. La niebla se espesa.
Ella se acerca a la ventana y se pone a su lado. Él la abraza y le besa la frente.
—¿Qué va a pasar? ¿Vamos a salir de esto?
—No sé, mi amor.
—¿Sabés que te amo, no?
—Yo también.
—¿No te acordás de esa sonrisa hermosa que tenías esa vez? Te amo tanto.
—Yo a vos, mi vida.
La toma de la mano.
—¿Vamos? Vamos a bailar, una vez más, la última.
—Pero… nos vamos a morir.
—No, mi amor, si no salimos, nos vamos a morir. 
Se quedan callados. Ella le da la mano.
—Cerremos con llave mejor, ¿no?
—No terminé la tarta de choclo. ¿Qué van a comer los chicos?
—Yo creo que se van a arreglar mejor que nosotros. En serio, te digo. Pensalo. Nosotros molestamos nada más.
—Pero van a tener miedo si no estamos.
—Y yo también tengo miedo… pero ¿de qué sirve? ¿Y qué vas a hacer vos ahí? ¿Les vas a decir que va a estar todo bien?
—No sé, pero es terrible.
—Escuchá. No llores. Pensá en algo lindo.
Los vecinos se paran frente a sus ventanas para mirar el espectáculo. Los pies de los enamorados levantan la ceniza del piso mientras bailan. Un halo gris envuelve sus movimientos. La lluvia empapa sus cuerpos y disfraza las lágrimas. Se sonríen y se miran, como la primera vez que se miraron, como la última. Finalmente, los dos cuerpos caen sobre la ceniza-nieve. El polvo los cubre. Después de unos minutos, el paisaje se aquieta. Ellos ya no están. Las calles vuelven a su espantosa calma. El sonido de las sirenas regresa a lo lejos.
—Está loco, este clima.
—Sí. La gente está loca, también.

jueves, 19 de julio de 2018

Algunos poemas de Jim Morrison



Jim Morrison, cantante de la mítica banda estadounidense The Doors, no solo escribía canciones, sino también poemas. Este tenía un estilo en extremo abstracto, tanto en sus canciones como en sus poemas, que hace dificultosa la tarea de traducir. Sin embargo, creí que valía la pena hacer el esfuerzo:

Los Amos


Los Amos. Todo ocurre más allá de nuestro entendimiento
o control. Vivimos nuestras vidas. Apenas podemos
intentar esclavizar a otros. Pero, gradualmente, singulares
percepciones van empezando a proyectarse. La idea de los
“Amos” comienza a tomar forma en algunos. Deberíamos
reclutarlos, a aquellos que perciben, para que recorran
ese laberinto durante sus misteriosas apariciones noc-
turnas. Los Amos tienen entradas secretas y conocen también
el arte del disfraz. Pero, al mismo tiempo, se delatan en
aspectos menores. Un destello de luz demasiado intenso
en el ojo. Un falso gesto. Una demasiado larga y curiosa
mirada.

Los Amos nos amansan con imágenes. Nos ofrecen
libros, conciertos, galerías, espectáculos, cines. Es-
pecialmente, cines. Con el arte, nos confunden y nos
ciegan para esclavizarnos. El arte empapela las paredes
de nuestra prisión, nos mantiene callados, distraídos
e indiferentes.


La selección de este poema, y de las demás que trascribiré más adelante, surgió a partir de la lectura de su libro de poemas titulado The Lords and The new creatures (Touchstone, 2012). Jim Morrison era una persona en constante conflicto consigo mismo, leyenda de la contracultura de su época, con una fuerte adicción a las drogas y al alcohol, que se interesaba mucho por la literatura y por lo místico. Casualmente, o tal vez no, su padre era irlandés. La poesía irlandesa me resulta cautivante y hay mucho de ella en este compilado.
  El poema traducido da título a la primera parte del libro, la cual se compone principalmente de sus impresiones acerca de lugares, de personas, de acontecimientos y, más que nada, del cine; en realidad, acerca de su obsesión (o de la obsesión del mundo) con lo visual. La pieza en cuestión no me presentó grandes dificultades, incluso pudo mantener la división silábica de las dos palabras sin tener que volverme loco, haya sido esto arbitrario o no para él en primera instancia. Otras piezas de ese mismo libro fueron un mayor desafío, por ejemplo, el primer extracto de The new creatures. En primer lugar, contiene imágenes muy extrañas y bizarras, difíciles de trasladar a otro idioma conservando cierta elegancia, ni hablar de la métrica: el idioma contiene muchos más monosílabos que el español. En segundo lugar, algunas metáforas hacen referencia a cosas que hasta sus biógrafos desconocen, o de las que no pueden estar seguros. Por ejemplo, los versos que, según se dice, refieren al suicidio de Brian Jones (guitarrista de la banda The Rolling Stones): “Squeeze wealth at the rim / until tile pools claim it”. En lo personal, creo que esto está relacionado con el tema general del poema: la vida, la muerte, la finitud, su sentido o no sentido, el deseo de una u otra, la arbitrariedad de la existencia, etc., y no tanto con un hecho particular.
  Jim Morrison se sentía fascinado por la cultura de los nativos estadounidenses, sus rituales, sus visiones y sus drogas alucinatorias. Lo despojado, lo extranjero, lo alienado siempre le llamaron la atención. La sangre escocesa y gitana corría por sus venas también. 
  Profesaba el libertinaje en todos los planos de la vida: físico, psíquico, emocional. Y todo esto se ve ciertamente reflejado en sus poemas y en sus canciones.

Primer extracto de Las nuevas criaturas


La teoría es que el nacimiento es provocado
por el deseo del niño de abandonar el útero.
Pero, en la fotografía, el cuello de un caballo
presiona hacia dentro con sus patas salidas.

De esto, se deduce lo siguiente:

Succioná la leche de ese pecho
hasta que no haya leche.

Derramá tu plétora en el riachuelo hasta que 
el fondo de la piscina te llame.

Él traga su semilla, su orgullo,
hasta que, con la pálida boca de entre sus piernas,

ella chupa la raíz, temiendo que
el mundo devore a su hijo.

¿Acaso la tierra no va a succionarme
cuando muera, o el mar
si muero en el mar?


Otros extractos de Los Amos y de Las nuevas criaturas


Primer extracto de Los Amos


Cuando los hombres idearon estructuras,
y se encerraron entre paredes,
antes árboles y cuevas.

(Las ventanas miran hacia ambos lados,
los espejos hacia uno solo.)

Nunca caminás a través de espejos
ni nadás a través de ventanas.

Segundo extracto de Los Amos


Leones mansos boca abajo en una playa.
El universo se arrodilla en el pantano
frente al ojo curioso de su propia
brutal decadencia
en el espejo de la conciencia humana.

Espejo habitado y ausente, absorbente,
inmóvil ante lo que sea que lo
visite y retenga su interés.

Puerta que va hacia el otro lado,
el espíritu se libera, calmo.

Volteá los espejos de la 
casa de los nuevos muertos.

Segundo extracto de Las nuevas criaturas


Chacal, nosotros husmeamos tras la huella de los sobrevivientes.
Recogemos la sangrienta cosecha de los campos de batalla. 
No hay carne de ningún cadáver que desprecien nuestros vientres secos.
Nuestra voracidad nos lleva entre vientos balsámicos.
Extraño, viajante,
escudriñá nuestros ojos y descifrá
el horrible grito de perros antiguos.


















Los poemas pertenecen al libro The Lords and The new creatures, de Jim Morrison.

martes, 22 de mayo de 2018

Lo innombrable

Introducción: el joven poeta


  El arte es un juego. Esto es algo de lo que trato de convencerme cada día. El proceso de construir un poema, para mí, sin dudas, no lo es. Me resulta desgarrador, me deprime. Sin embargo, lo disfruto. Y disfruto el resultado. Me sucede con la poesía que la pienso como el intento de expresar lo inexpresable, lo inabarcable, lo abstracto. Y ponerse un objetivo como este, sin dudas, no es divertido.
  Esta capacidad de abstracción creo que está íntimamente relacionada con la reflexión introspectiva, con la “digestión del conocimiento”, con la vida interior. Creo yo, este es el camino que lleva al discernimiento de todo lo que nos rodea, palpable o no, y a la permeabilidad frente a esto. Ya que la invención y la originalidad yacen en el fondo de nuestro yo y no en otro lado. 
  La métrica siempre me fue extraña, y como nunca la aprendí, la siento forzada. Sin embargo, muchos de mis poetas favoritos la utilizan. Por mi parte, prefiero pensar en la música del lenguaje mismo, de la palabra misma, que en asignarle una yo en relación con otras.
  Mucho de lo que escribo, reflexiona sobre el lenguaje mismo.
  También, la idea de buscar algo trascendental en lo cotidiano me resulta fascinante. Intuyo que esto tiene que ver con el “abismo de lo serio”, es decir, aquello que no es superficial, a pesar de tener su apariencia. En esa contradicción, creo que se encuentra la belleza del pensamiento o del sentimiento.
  Los consejos a un joven poeta de Max Jacob, un escritor francés de principios del siglo pasado, motivaron muchas de estas reflexiones, así como me ayudaron para poder presentar algunos de estos conceptos, incluido el título mismo de la obra.
  Este libro me lo regaló hace un tiempo mi esposa que, sin dudas, me tiene más fe como poeta (y como joven) que la que podría tenerme yo, en cualquier caso.


Laberintos


sentirse como
una rata
atrapada en el desconcierto
de una falsa autodeterminación
y del que sabe
que hay una sola salida, y es
morder su propia cola,
apretar los dientes
inspirar,
exhalar,
aceptar la caricia compasiva, atenuante
del carbono,
esa debe ser 
una de las dos o tres cosas
más desesperantes,
aterradoras
que alguien pueda sentir.

ser la rata
junto a aquella otra rata,
oler su destino
e intuir en este el propio,
su angustia,
sin llegar a comprender del todo,
se siente
más o menos parecido.
tal vez,
un poco menos desesperante 
que triste.

Robar no es hurtar







 Me llama su hermano. Me pregunta dónde está Pame y, la verdad, yo me pregunto lo mismo. Nadie la vio. Acá no, le digo. Y vos, ¿dónde estás?, me pregunta. Le corto. Mierda. ¿No le había avisado yo a ella? Seguro le boqueó a la vieja, que le avisó al papá, que le avisó al hermano. ¿No se lo había dicho? Mierda. Siempre se mete en quilombos. Es tremenda. Pero es tan linda, la rubia. Te amo, mi vida. Y yo no puedo decir nada, qué voy a decir. La humildad te da eso: códigos, o miedo, no sé.
  Para la familia, yo soy el que le compra la frula nada más. Se hacen los boludos. Se piensan que no sé nada de las que se mandan ellos.
  La primera vez que la conocí fue en el club. Yo ya no jugaba, pero había ido con unos amigos del barrio, para arreglar un laburo. Ella le enseñaba a bailar murga a los chicos, les regalaba cosas, se franeleaba con los amigos del papá para sacarles guita. Me dijo que le gustaba ayudar acá y allá, donde pudiera. Quería hacer un comedor. El padre no le da bolilla a la pobre, pero algunas cosas le consiguió. Es terca también, la rubia. Te hace unas caritas que te fulminan. Y, con el tiempo, nos encariñamos.
  Después me enteré de que el viejo era milico retirado. El hermano estaba en la comisaria, haciéndose el soldadito.
  Nos terminamos prometiendo que nos iban a pasar cosas buenas.
  Su hermano me hizo entrar en el Estado, en la Dirección de Tránsito. Yo quería la prefectura, para hacer algo de guitarra y después conseguir algo más seguro. Pero empecé ahí y, después, me sacaron, me pusieron de cobani. Ahora, pasé al curro de la seguridad privada.
  Trasca me di cuenta de lo fácil que es meterse en las casas, y de que la gente es boluda. No hay vuelta que darle.
  Ella quiso ayudarme, pero no la dejé. Quiere sentir la adrenalina, me dijo. Se piensa que es joda. No me perdonaría nunca si la llegaran a agarrar. La familia me colgaría de las pelotas. Ya bastante tuve el otro día cuando, entre cuchara y cuchara, de repente, la vi acurrucada en el piso, chupándose el dedo. Lo tuve que llamar al hermano; si no, se me muere ahí en el piso de una nomás. Desde ahí, la cabeza a veces se le va a la banquina, tiene lagunas. Y la familia ya me la tiene junada.
  Le dije que piense qué íbamos a hacer. Lo de las cosas buenas que nos prometimos. Yo quiero irme a Montevideo. Tengo amigos allá, todo legal, empezar de cero. Ella me dijo que sueña con irse a Barcelona.
  Por eso estoy acá: este es el último laburo; con esto, nos sacamos la lotería. Barcelona, Londres, la concha del mono, lo que quieras, mi amor. Lo corto al hermano, al papá, se van todos a la mierda. La mamá, no. Es buena, la pobre vieja. Hasta por ahí me la llevaría, para que cuide a los chicos más adelante. Es una estirada, pero es buena.
  Parece que el hermano se enteró y boqueó. Tengo que salir rápido.
  Empiezan a sonar las sirenas. Es joda. Qué dirían los pibes ahora si me llegaran a ver. ¿Qué hago? Tengo que mear, primero; después, pienso.
  Ya sé, ya está: salgo por el baño, el de servicio. Está por atrás de la casa.
  Las sirenas suenan cada vez más cerca.
  Todo por querer hacer las cosas bien. Qué hijos de puta.
  Y ahí la veo… entra por la ventana del baño.
  ¡Puta madre! ¡No podés ser tan pelotuda, Pame! ¿Nadie te dijo? No, no podés estar acá vos. ¿Hablaste con tu vieja? ¿Con tu papá, con tu hermano? ¿Quién boqueó?
  Se larga a llorar. Mierda.
  Tengo las sirenas atrás de la oreja.
  Ya no me importa nada.
  Que se caguen todos, que vengan, que me hagan lo que quieran.
  Que se venga el mundo abajo.
  Vení, abrazame, mi vida. Va a estar todo bien.
  Por favor. No llores, mi amor.




miércoles, 3 de mayo de 2017

A mi viejo (micropensamientos)



Aprendí a buscar la felicidad mesurando mis deseos,
en vez de intentar satisfacerlos.
John Stuart Mill


Hoy, hace tres años, moría papá. A él nunca le importó que demasiadas personas la tuvieran presente, para bien o para mal, pero fue un hombre memorable. Se dedicaba a imaginar espacios, levantar estructuras. Se creó a sí mismo, su propio entorno, un hogar, ese en el que yo crecí. Le dedicó su vida a su compañera, siempre; pasaron buenos y malos momentos, pero siempre juntos. Una vez le regalé un libro, una pavada. Era un libro infantil que se titulaba: "Mi papá es un superhéroe". Una pavada, pero no dejaba de ser verdad para mí. Pienso que, como los chicos, no entiendo por qué la gente se tiene que morir.  Y hoy, como hace tres años, como ese día, como cada día desde entonces, me sigo viendo mientras subía las escaleras del hospital; la radio podía escucharse desde el pasillo de internación, las voces de tango, ese ritmo marcado, el bandoneón. Ese ruido insoportable tapaba el del pulmón artificial de papá, que estaba por apagarse, y callaba los pensamientos de mamá. Y ya no iba a haber más siempre para ellos, para ninguno.




Variaciones

o algunas reflexiones sobre tres cuentos de 76, de Félix Bruzzone


¿Qué hace uno cuando toda su identidad queda destruida en un solo instante? 
¿Cómo reacciona uno cuando la historia de su vida resulta estar equivocada?
Chuck Palahniuk



PRIMERAS CONSIDERACIONES


  En este breve ensayo analizaremos los cuentos “Unimog”, “Otras fotos de mamá” y “Lo que cabe en un vaso de papel”, del libro 76 de Félix Bruzzone, sus aspectos lingüísticos, y contextuales, así como los diferentes recursos narrativos, retóricos y estructurales que utiliza el autor según los postulados de lingüistas como Gérard Genette, Helena Beristáin y Harald Weinrich, entre otros.
  Los tres cuentos se encuentran atravesados por la cosmovisión del protagonista: un hombre adulto que no puede reconciliarse con su pasado y con la desaparición de sus padres durante la dictadura de 1976, de ahí el título del libro que compila estos cuentos. Los relatos son ensimismados, introspectivos, autorreflexivos, aunque esto no implica que el protagonista de estos sea autoconsciente; de hecho, este no sabe o no le importa mucho más que lo que él piensa o siente. 
  Asimismo, su deseo, ese que plantea el conflicto en los relatos, y el que motiva y desencadena todas las acciones del relato, siempre queda insatisfecho. En “Unimog”, el viaje queda trunco y el protagonista debe volver sin su camión y sin ninguna respuesta sobre lo que había motivado ese viaje; en “Otras fotos de mamá”, la entrevista que tiene lugar el día anterior y el posterior encuentro con la mujer del otro no satisfacen sus inquietudes; y, en “Lo que cabe en un vaso de papel”, su relación con su compañera de estudios no logra ser más que superficial.
  Como hemos dicho, el protagonista es solo consciente de sí mismo, y no tanto. Su relación con el resto de los personajes es remota, lejana: no se vincula realmente con ellos. Pero, además, todas las reflexiones del protagonista sobre sí mismo se encuentran cargadas de incertidumbre y de confusión.

MUNDO NARRADO


  En un principio, todos los cuentos habitan en el mundo narrado, es decir, su relato es pasado, en un pretérito perfecto simple. Con oraciones cortas, muchos puntos y una sintaxis simple, las acciones suceden y se concatenan de una manera vertiginosa. Las descripciones no abundan, sino que más bien se da cuenta sobre los hechos en un orden cronológico. Aunque en “Otras fotos de mamá” el pasado sea más reciente y, sobre el final del cuento, la línea de tiempo casi parece unirse con el presente, esto no sucede. No hay anomalía en ese aspecto narrativo. 
  De esta manera, podemos encontrar, en mayor o menor medida, a lo largo de las tres historias, muchas elipsis temporales con las que el narrador acota el relato a las acciones relacionados directamente con el conflicto que le da origen. Las descripciones tienen lugar solamente al describir algún paisaje.
  Por otro lado, en lo que refiere al orden espacio-temporal del relato, las situaciones de los tres cuentos son similares. El protagonista es una persona hija de padres desaparecidos que ya ha llegado a la edad adulta a principios de la década de 2000 y que vive en algún barrio de la ciudad o de la provincia de Buenos Aires. Las situaciones socio-culturales varían entre sí, así como las diferentes competencias de cada uno de los  protagonistas. Sin embargo, estas diferencias no logran desarticular la característica principal que los une: su enajenación con respecto a su pasado y al mundo que lo rodea, incluso de las personas más cercanas a él:

Esa noche, en la cama, encendieron la TV pero no la miraron. O la miraron, pero mientras en la pantalla se repasaban las últimas gracias de un cómico recién fallecido, Vicky pensaba en la casa y Mota pensaba en el camión. La casa encantada y el camión maldito, o al revés. El camión y la casa. Y es seguro que, de haber hablado, no se hubieran puesto de acuerdo en cuál de las dos cosas era más importante. [“Unimog”] 
Supongo que ella es capaz de hablar de eso por mucho tiempo. En realidad, no sé cuánto tiempo lo hizo, pero sí que en un momento preferí volver a hablar del café, y en cuanto la lluvia se hizo más débil la acompañé a buscar un taxi. [“Otras fotos de mamá”] 
… durante aquel largo agradecimiento volví a pensar que ella había llamado para algo más, seguro que había llamado para algo más, pero mientras volvía a pensar en eso, en el cuerpo flaco de Bárbara, en cómo sería verla otra vez desnuda, blanca, en todo eso, dije bueno, que tengas mucha suerte, y colgué. [“Lo que cabe en un vaso de papel”]

PUNTOS DE VISTA


  En el cuento “Unimog”, podemos dar cuenta de un narrador mixto: si bien es heterodiegético –ya que no forma parte de la historia, sino que es simplemente un observador–, su focalización es interna, es decir, sabe lo que piensan y sienten los personajes, al menos de los principales, Mota y Vicky. Cuando se trata de Saba, el administrador de la agencia de venta de camiones, el narrador declara su ignorancia sobre lo que piensa o siente este personaje a través de la duda. En definitiva, Mota es el personaje principal y sobre el que se centra el relato. Podría decirse que Vicky también lo es, pero nada más sabemos o se nos cuenta lo que ella dice, piensa, siente o hace en tanto incide directamente sobre Mota.
  Por el contrario, los otros dos cuentos coinciden en el mismo tipo de narrador, un narrador protagonista con focalización interna fija. Aquí, el personaje principal es quien asume la responsabilidad de relatar la historia, y lo hace desde su punto de vista, sin ceder en ningún momento la voz a otro personaje, sin tener seguridad alguna de lo que piensan o sienten los demás personajes.
  En el cuento “Otras fotos de mamá”, todas las acciones pasan por el narrador, lo afectan de manera directa. Por otro lado, en el cuento “Lo que cabe en un vaso de papel”, las acciones lo pasan de largo al personaje, pero tal vez esto tenga que ver con su evidente actitud pasiva frente a la vida. No obstante, ambos narradores se encuentran muy emparentados: su relato trascurre como una especie de monólogo interno, en donde abundan las reflexiones introspectivas.
  Cabe destacar, en “Otras fotos de mamá”, la singular relación que el personaje principal (de quien no sabemos el nombre) establece con la mujer de Roberto, Cecilia, quien, de manera inconsciente, le recuerda a su madre desaparecida. Esto se evidencia en el paralelismo que este elabora entre los botines que debe comprar Cecilia para su hijo que juega al rugby y los botines que él recuerda haber usado de chico cuando también jugaba al rugby. Cuando ella entra a la casa del personaje principal, él la ve más joven, joven como lo era su madre el día que desapareció. Asimismo, esta transfiguración que él ejecuta sobre Cecilia y toda la situación en que la recibe en su casa, le ofrece bañarse, un café, le recomienda no llamar a su esposo, sugieren cierta expectativa o tensión sexual al lector que no va más allá de eso.
  En el cuento “Lo que cabe en un vaso de papel”, la relación entre el personaje principal y la chica Bárbara es irregular, inconstante. Nada más sabemos sobre la chica y sobre su relación con el personaje principal lo que él nos cuenta, lo cual es poco. El chico sabe poco y nada sobre la chica, y sobre él mismo. De lo único que está seguro él, lo único que recuerda de manera vívida, es su sensación de angustia, casi como un ataque pánico, reflejada en una sed incontenible. Aunque él, claro, no lo sabe ni lo sabrá, esta sensación de angustia está íntimamente relacionada a su pasividad, a su inacción frente a su distanciamiento de la chica (frente a su propia vida, también). Tanto es así que, una vez colmada esa sed que lo apuraba, cree escuchar la voz de Bárbara, desde el fondo de ese mismo vaso que tiene en sus manos.
  De este modo, más allá de las particularidades de cada cuento, lo cierto es que los narradores, ya sean el personaje principal o no (en el caso de “Unimog”, podría decirse que el narrador está más vinculado al personaje principal que a cualquier otro, empatiza con este; además, al contar con información sobre la historia personal del autor, podría decirse también que el cuento es autorreferencial), establecen una distancia irrecuperable entre ellos y el resto de los personajes, entre ellos y el mundo. Esto se debe a la imposibilidad de reconciliación con su pasado que arrastra y de conectar con el otro de manera genuina, auténtica.

ESTÉTICA


  En lo que respecta a los recursos retóricos utilizados en los tres cuentos, podemos apreciar que son similares. Las imágenes visuales predominan por sobre cualquier otro sentido; la adjetivación subjetiva transita ese mismo camino, salvo algunas excepciones con referencias a lo auditivo, y en general los términos elegidos remiten al terreno de lo oscuro, lo extraño y lo sombrío. Tanto las imágenes visuales como la adjetivación son abundantes al tratarse de ensoñaciones o pesadillas del narrador o personaje principal. En ocasiones, podemos apreciar algunas comparaciones y personificaciones. La enumeración es también un recurso común a todos los cuentos, así como las condiciones climáticas. Estas últimas suelen estar detalladas por imágenes visuales y personificaciones y casi siempre están asociadas a la tristeza, a la melancolía, a lo aciago, y adelantan una desgracia.
  Por otro lado, cada cuento tiene sus particularidades. Por ejemplo, en “Unimog”, el narrador se refiere a la esposa de Mota como Vicky, sin haberla presentado antes al personaje, es decir, de manera catafórica; asimismo, la secuencia dialogal como recurso discursivo aparece solamente en este texto.
En “Otras fotos de mamá” y “Lo que cabe en un caso de papel” los recursos discursivos están ceñidos al discurso indirecto y al discurso indirecto libre. Además, en estos abundan las reflexiones, los pensamientos propios del narrador y del personaje principal, marcados por los signos de duda y las interrogaciones que, en el caso del último de los cuentos, interpelan al lector.
  Las elipsis temporales son frecuentes. (“Unimog”, de hecho, está dividido en instancias o escenas que evidencian una omisión de un determinado período de tiempo y las acciones que hayan tenido lugar allí.) Esta manera elíptica de narrar una historia, sumada a una sintaxis sencilla, con oraciones cortas, en un pretérito perfecto simple y en una secuencia cronológica ordenada, agilizan su lectura y ponen en juego una cierta vertiginosidad en las secuencias accionales.
  Debido a la unidad temática que relaciona los cuentos, podrían ser considerados como variaciones de un mismo tema, así como los Estudios de Chopin o de Lizst. Dichas piezas estaban destinadas a desarrollar la técnica, basadas en un solo motivo musical y en la dominación de una destreza específica; al mismo tiempo, me refiero a los de Chopin y de Lizst ya que fueron estos compositores quienes pudieron combinar el ideal de la finalidad práctica de estos ejercicios con una elevada significación musical. Bruzzone, hace algo similar con sus cuentos. Ejecuta a la perfección una destreza técnica elegida y, al mismo tiempo, construye una bella narración literaria. Podría decirse que estos tres cuentos están pensados para ejecutarse en diferentes tonalidades menores, por la manera en que el escritor los resuelve.

HABLANDO SOLO


  Como ya hemos mencionado, en lo que refiere a lo discursivo, “Unimog” se diferencia de “Otras fotos de mamá” y de “Lo que cabe en un vaso de papel” por la inserción en el relato de secuencias dialogales, en donde el narrador le cede la voz a los distintos personajes del cuento de manera directa:

Vicky, sin comprender, lo abrazó.
—Yo pienso en la casa —dijo—, ¿qué va a pasar con la casa?
Mota la apartó y prometió que a su regreso todo iba ser como ella quería.
—Siempre decís lo mismo —dijo Vicky.
—Vos también siempre decís lo mismo.

  Asimismo, el primero combina esta forma de discurso con otras que también aparecen en los otros dos cuentos: el discurso indirecto (“Dijo que había que abrir la puerta a los demonios del camión…”) y el discurso indirecto libre (“Daba algunas explicaciones: este es una nave, vuela; este no gasta nada…”). 
  Por otro lado, la ausencia de comillas, de manera deliberada, por el autor, al expresar los pensamientos de los personajes, generan cierta confusión sobre los momentos en que utiliza los recursos: “Decíamos cosas que nos hacían reír y ella en un momento me agarró la mano, qué tirás, tiro, no tirés”.
  Sin embargo, lo que más predomina en los cuentos, al menos en los últimos dos (y, en menor medida, en el primero, más allá de que las características del narrador no parecen posibilitar esta conjetura), es el monólogo interior. Por ejemplo, en “Unimog”:

También pensó que el camión generaría una nueva fuente de ingresos y no prestó atención a las palabras de su esposa, Además, pensó que para las mujeres –o al menos para las mujeres como Vicky, siempre pendientes de los mismos detalles–, una casa nunca llega a estar terminada. 

  En “Otras fotos de mamá”: “En realidad, nada de lo que decía me importaba mucho, y me sentía algo inquieto. Me preguntaba cuántos años podía tener Cecilia…”, y, por último, en “Lo que cabe en un vaso de papel”:

… no sé cómo llamarlos porque por el tamaño eran volantes pero el contenido era panfletario, algo relacionado con promover una nueva religión similar al cristianismo pero basada en una mezcla de doctrinas del cercano y del lejano oriente. 

  En esta última cita, el narrador no se atiene estrictamente a lo troncal del relato, es decir, de alguna manera, “se va por las ramas”. Lo cierto es que el narrador mantiene conversaciones consigo mismo, se hace preguntas: “¿Cómo habían podido meter tantos camiones ahí adentro?” (este ejemplo de “Unimog” podría ser considerado como discurso indirecto libre también); se cuestiona: “… qué más podía hacer…” (aquí interpela al lector), duda de su juicio: “Nos besamos. O casi nos besamos. O nos dimos un beso corto que no entraba en la categoría de beso”; o de su memoria: “No sé durante cuánto tiempo pensé en mis pesadillas”. Sin embargo, elige los hechos que relata de manera ordenada y omite otros de manera consciente. En realidad, es un monólogo interior organizado, lo cual parece una contradicción. Y mucho en estos tres relatos tiene que ver con las contradicciones del discurso interior, pero qué ser humano no las tiene de todas formas. 
















miércoles, 13 de mayo de 2015

El juicio original

poema de André Breton y Paul Éluard.


















La pintura pertenece a George Frederick Watts y encaja dentro del simbolismo. 
Esta retrata el relato mitológico del juicio a París, 
príncipe troyano, por el rapto de Helena.


No leas.
Mira las figuras blancas que dibujan
los intervalos que separan
a las palabras de muchas líneas de libros,
e inspírate en ellas.
Dale a los demás a guardar tu mano.
No te acuestes sobre las murallas.
Retoma la armadura que te has quitado
a la edad de la razón.
Pon al orden en su lugar,
desarregla las piedras del camino.
Forma tus ojos cerrándolos.
Dale a los sueños que has olvidado,
el valor de lo que no conoces.
No prepares las palabras que gritas.
Róbale el sentido al sonido,
hay tambores velados hasta en las vestiduras claras.
Habla según la locura que te ha seducido.
Lo que encuentras
sólo te pertenece mientras tu mano está tendida.
Hazles la sorpresa de no confundir
el futuro del verbo tener,
con el pasado del verbo ser.
Al que pida ver el interior de tu mano,
muéstrale los planetas no descubiertos en el cielo.
Abstente de lo que tiene la cabeza sobre los hombros.
Regula tu marcha con la de las tormentas.
Mira la flor de la enredadera; no deja oír.




martes, 27 de enero de 2015

Hasta dónde vas a llegar hoy


… Porque una casa sin ti es una emboscada…
Joaquín Sabina

  Giró la llave y entró en la habitación principal; sus pies descalzos pisaban con levedad. Los espacios eran amplios, pero había una sensación de intimidad que la cohibía. El empapelado blanco le transmitió un frío que sintió en las piernas. Mientras avanzaba, con los dedos de su mano, iba examinando y rozando las superficies de los muebles de madera antigua. Se paró frente al tocador de maquillaje, se desnudó y se observó a sí misma unos minutos frente al espejo. Cubrió con uno de sus dedos un lunar que tenía en su cadera, trató de pararse de una forma en que se viera atractiva. No le gustaba su cuerpo, aunque tenía la confianza que da saber que a los demás sí: los otros no podían ver más allá de lo obvio. Siguió caminando y entró en el vestidor; comenzó a inspeccionar la ropa. La mujer tenía buen gusto y una talla parecida a la suya; el hombre tenia unos cuantos trajes de diseño. Tomó un vestido corto azul, sin hombros y entallado, y se lo probó. Era su nueva diversión. Fue hacia la cama. Se recostó y agarró uno de los libros que había sobre la mesa de luz más cercana a ella. Estaba marcado por la letra de él; supo reconocerla. En una de las páginas, había escrito unas palabras de un autor que ella también reconoció: “El infierno es de los vivos”. Se paralizó por un momento y después cerró el libro con brusquedad, como para espantar también los pensamientos de su cabeza. Se levantó, se acomodó el vesitdo, se dirigió hacia la puerta y la cerró con llave. Fue al cuarto que había tomado para ella, se puso unos zapatos, un abrigo, la cartera, y salió para el barrio Latino, a algún bar en el que hubiera música en vivo. El clima nunca es bueno en París, y menos en esa época del año, pero por lo menos no era una noche fría y los jardines y los árboles ya tenían las decoraciones navideñas, y esa es razón suficiente para estar ahí, pensó. Y siempre hay alguien en las calles, siempre.
  Después de unas cervezas, los músicos parecían tocar mejor sus instrumentos, o ya no le importaba tanto. Una banda de pop en inglés de lo más ridícula, en pose constante, pero se dejaba escuchar. Intentó buscar en su memoria una imagen que le resultara más encantadora, para que el cigarrillo no le sabiera mal. Se acordó de la banda de su primer novio, varios años atrás, y de una canción que solían tocar. El estribillo decía: “Hasta dónde quieres llegar hoy…”. Ciertamente. Hasta dónde, se preguntaba.
  En un primer momento, había sido una amiga suya quien la había convencido de hacerlo: le había comentado que se iba a pasar unas semanas a Santiago, que la invitaba, que no se preocupara por la plata, que iban a “cuidar” una casa. Una señora grande, conocida de la madre de su amiga, se iba de viaje y le daba pena dejar a su gato solo; por eso, buscaba alguien que le cuidara al minino a cambio de comida y hospedaje gratuito, claro. Esto era una suerte de oficio para algunos, se enteraría más tarde.
  La situación y el sentirse impulsiva le marcaron el camino: desenredar los hilos que la sujetaban. Después de haber desperdiciado tres años de convivencia, el sexo convenido pero no deseado, las peleas que empiezan desde uno mismo para reflejarse en el otro, y la peor de sus decepciones amorosas hasta el momento, había tenido que volver a la disfuncionalidad de la casa de sus padres, ponerse en el rol de madre para sus dos hermanas y un hermano, todos menores que ella. Además, hacía largo rato que no podía avanzar con su tesis para la licenciatura: una digresión mística junguiana sobre el amor, la verdad, la histeria y el engaño. Sin dudas, era una argumentación consigo misma también, un ejercicio personal que buscaba encontrar esa vivencia liberadora con la que pretendía curar el padecimiento de su alma. Al mismo tiempo, habían vuelto sus dolores crónicos, y su sistema autoinmune lacónico no podía más con su sangre ni con sus líquidos intestinales. 
  La casa en Santiago era una casona, en realidad, casi una mansión. La edificación estaba en lo alto de un cerro y, si bien por fuera no parecía ostentosa –un diseño prosaico de ladrillo a la vista y formas cuadradas o rectangulares–, por dentro era como un pequeño palacio moderno. Tenía un amplio jardín con una gran pileta, regadores automáticos, que las despertaron sobresaltadas las primeras noches, varios vestuarios y un quincho, que utilizaron la noche de fin de año y alguna que otra más para hacer nuevos amigos. Llegó a contar diez habitaciones, todas con su propio baño, vestidor y un gran balcón, pero creía que eran más. No tenían ninguna particularidad, eran todas iguales. Y todas estaban igual de vacías. No había fotos de familia ni libros. Los elementos decorativos se repetían en cada ambiente, siempre ubicados en el mismo lugar. En cada cuarto, todas las cosas eran de un mismo color. En un ala, los colores primarios y secundarios y, en el ala opuesta, los complementarios. Todo entre paredes blancas. Ella había elegido la habitación de los objetos azules y su amiga, la de los amarillos, según ella, el color que atraía la energía positiva. La casa entera parecía un hotel por el que nadie pasaba: la mujer vivía sola con su gato, a la eterna espera de visitas. La sala de estar del primer piso, con sus paredes de vidrio, era un espectáculo en sí misma: un fantástico mirador. Cuando llovía, la sala quedaba envuelta en un murmullo de agua, una majestuosa cascada que se veía y oía desde dentro de su corazón. En las noches claras, las luces de la ciudad imprimían una placa de todas las bifurcaciones de sus enmarañadas calles, que concluían o se cortaban a los pies de algún cerro.
  Pasadas esas dos semanas, con el pago de un trabajo temporal mientras habitaba espacios y entretenía carencias afectivas, sumado a algún dinero que conservaba, se despidió de su amiga y fue a visitar por unos días otros lugares más pintorescos del sur de ese país. Pudo sentir, entonces, que ya los hilos empezaban a desenredarse y una trama nueva a urdirse. Las paredes del laberinto de su psiquis se estaban moviendo, trazaban nuevos senderos. ¿Adónde? No lo sabía con exactitud, pero era bueno.
  Sin embargo, la vuelta le pesó más de lo que creía, como si sus hombros ya no pudieran ni intentar hacer ese movimiento liberador. Estaba hastiada de las eternas y exigentes expectativas de su familia desarticulada, de las batallas esúpidas con su ex y de las ideas de Jung, que no parecían hacerse más claras. Extrañaba a Ítalo, el gato de la casa que había cuidado con su amiga en Chile, con el mimo fácil y la dependencia del gesto complaciente. No sabía ni le interesaba saber el verdadero nombre pero, de todos modos, los gatos no responden a ningún nombre. Lo llamaba así por su escritor favorito, ese que hablaba de las ciudades y de los infiernos personales, entre otras cosas, ese que decía que “ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”. Entre todos esos pensamientos, decidió averiguar más sobre eso de cuidar casas. Se registró en uno de los portales donde se relacionaba esta gente, en el que mintió un poco, y empezó a proyectar. Un mes más tarde, ya había logrado armar una ruta de varios meses y coordinado las fechas de arribo y las de partida con sus nuevos empleadores.
  Su familia no supo ponerse en su lugar. No es fácil hacerlo, más si las cosas no están saliendo bien. Prefirió no darle demasiada importancia o, al menos, eso se dijo a ella misma. De chicos –le señaló una vez el mismo chico que le cantaba hasta dónde quería llegar ese día, cualquier día–, de chicos, cuando nos enseñan los infinitivos verbales, nos hacen repetir: amar, temer, partir… una y otra vez: amar, temer partir… y así, hasta que esta idea se impregna en nuestro inconsciente. Y nosotros aprendemos, desde antes de aprender a hacer muchas otras cosas que, primero, amamos; después, tememos y, por último, siempre, partimos. Unos días antes de irse, se reunió con él. Mantenían una relación distante, pero disfrutaban el uno del otro. Él la seguía mirando con la misma fascinación del primer día que se vieron. A ella, le gustaba mucho charlar con él.
  En el avión, no podía dejar de pensar en eso y empezó a sentir que se le cerraba el pecho. Bajó la cabeza, mientras agarraba sus piernas con sus manos agarrotadas. Intentó respirar. Trató de enfocarse en por qué hacía todo esto. ¿Por qué? Pensó en los pequeños espacios del avión. Se le aceleró el pulso. Miró a su alrededor. Pensó en el infierno de los vivos, en las palabras de Calvino, en cómo iba a hacer, cómo iba a aprender a “reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno”, cómo darle espacio.
  El primer destino era Hørsholm, una pequeña ciudad danesa. Allí la recibió un hombre grande y solo, de aspecto aseado, que iba a pasar unas semanas a Ibiza. Apenas entró a la casa tuvo una sensación extraña que no supo definir. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se sentía triste y solitaria, la casa. Lucía impecable, y así le había pedido el hombre que la mantuviera. Por las medallas, los diplomas y las condecoraciones que poblaban las paredes y las estanterías, interpretó que se trataba de un general retirado. Después, se enteró de que toda la ciudad tenía una fuerte historia militar. En cada rincón de la ciudad, en los parques, en las calles, en los comercios, en las orillas del mar, en todos lados, se respiraba el orden y la austeridad, cosa que a ella le resultaba encantadora.
Tomó la costumbre de salir a correr por las mañanas. Los paisajes embellecidos por la transición del invierno a la primavera invitaban a salir. Las calles de la ciudad estaban todas rodeadas por plazas, parques y jardines y, sobre la costanera, una hojarasca anaranjada escoltaba los senderos de piedra hacia la arena. Después del ejercicio, desayunaba en la casa tres tostadas y un café. Después, se hacía otro café más mientras repasaba mentalmente el número de muebles y de objetos y cómo estaban distribuidos en la casa. Terminado esto, se ponía a limpiar hasta el almuerzo. Todos los días, enlucía con esmero cada una de las nueve medallas, doce condecoraciones, tres cruces, cinco órdenes y veinte diplomas. Aseaba los pisos y las ventanas de los cuatro ambientes, sacudía el polvo de los quince muebles y de las treinta y tres estanterías. También, se había dado cuenta de que, en cada ambiente, todos los muebles estaban a una distancia de dos metros uno del otro. Todas estas tareas le llevaban algunas horas. Ella las hacía con gusto, en parte, porque sabía que sería nada más que por dos semanas. Sin embargo, a veces pensaba en qué significarían las inscripciones de esas medallas, condecoraciones y diplomas. No podía evitar imaginar algo terrible. La guerra, cualquiera, siempre es terrible y no existe una razón que justifique quitarle la vida a otra persona. De la violencia nunca nace nada bueno, pensaba, nunca lo hará. Sin embargo, podían ser distinciones por tareas rescatistas o algo por el estilo. Ante el profundo rechazo que le provocaba la idea opuesta, eligió creerlo así. Estatuillas de bronce, monedas de plata, marcos de oro, no más. Se imaginó que, a su dueño, su brillo le recordaría quién era él, para qué servía. Pensó en lo fútil que resultaba esa obsesión con la limpieza y el orden, la de ese señor y la suya, como si viviera en una especie de museo. Y evitó reflexionar más.
Por las tardes, salía a pasear y a tomar fotografías hasta que la luz natural durara, hasta eso de las siete por esa época. Esta era otra afición nueva y, aparentemente, no se le daba nada mal. Había quedado fascinada con la emblemática iglesia de la ciudad que, hacía mucho tiempo, había sido el palacio y fuerte de esta región guerrera. Rodeada por un lago y una densa arboleda, se encontraba aislada del resto de las edificaciones, aunque su construcción no resultaba nada ostentosa. Esto, quizás, fuera una bella metáfora de su nueva relación con el mundo. Por alguna razón, a pesar de ser agnóstica, encontró en esa iglesia blanca y modesta un lugar que le transmitía cierta sensación de equilibrio. Después, por las noches, en la casa, volvían los temores y las inseguridades, amplificados por una energía extraña que envolvía el aire alrededor. Según le había dicho Jose, con sus explicaciones metafísicas, posiblemente, fuera alguna persona –o varias– que ese hombre había asesinado en alguna batalla, y que se habían quedado con él. Como esta casa tampoco tenía libros, más allá de algunos manuales militares y biografías de estrategas, algo tenía que contarse para pasar el tiempo. 
  Hubo una noche en la que se despertó con el cuerpo paralizado e insensible. Vio entonces que sus piernas estaban agarrotadas y extendidas hacia arriba. No sentía su propio cuerpo. Después, de a poco, empezó a percatarse de que alguien o algo estaba tirando de ellas. Tuvo que cerrar los ojos. Todo duró no más de tres o cuatro minutos. Apenas su sistema nervioso volvió en sí y sus músculos se ablandaron, salió de la casa y se quedó dando vueltas por la ciudad, que ya hacía rato permanecía oscura y dormida. Una vez que despuntaron los primeros rayos de sol, volvió a la casa y abrió todas las ventanas y puertas. Con todo eso, durante el resto de su estadía, nada más perduraría su sensación de extrañamiento.
  Durante los meses siguientes a su partida de Hørsholm, por períodos más largos o más cortos estuvo en Utrecht, en Amberes, en Düsseldorf y en Madrid, entre otras ciudades. Se dedicó a perfeccionar su hábito de correr y su ojo fotográfico. Aunque cada tanto volvían sus dolores estomacales y principios de crisis de ansiedad, se esforzó por enfocarse en las razones por las que hacía todo esto. ¿Cuáles eran? Ya no sabía bien. A medida que su currículo virtual crecía en experiencias, descripciones y comentarios, más fácil le resultaba conseguir nuevos empleadores. Conoció una pintoresca ciudad polonesa, varias poblaciones pequeñas del sur de Francia y hasta la capital de la República Checa. A veces debía hacerse cargo de tres perros, dos perros y un gato, dos conejos. Si podía elegir, prefería ir a casas sin mascotas. Había aprendido también a hacer las preguntas correctas a la hora de la entrevista con los dueños de cada casa, lo que los tranquilizaba mucho y le aseguraba a ella una buena recomendación para su perfil. Siempre, en todos los lugares que habitaba, tenía la necesidad de contar la cantidad de habitaciones, de muebles, de objetos. Lo mismo le sucedía con las distancias, las calles, las direcciones, los boletos, las entradas, los días. Todo debía tener una relación matemática. Y lo cierto es que, como extranjera, a veces, esta obsesión le resultaba útil para no perderse tanto en las ciudades.
  Sin embargo, se había empezado a permitir algunas licencias, como modificar la disposición de los muebles, si sus dueños no tenían mascotas –ya que había podido comprobar que esto las perturbaba– y no sin antes hacer un plano detallado de la ubicación original de cada uno de ellos, y hasta sacar algunas fotos en algunos casos, para volver todo a su lugar el último día de su estadía. También, había empezado a husmear un poco más en la vida de sus anfitriones cuando tenía la posibilidad. Inevitablemente, está en la naturaleza humana, esa curiosidad. Pero era nada más que una especie de juego ingenuo provocado por algún accidental aburrimiento, al menos, eso era lo que ella se decía a sí misma. Además, se permitía licencias con ella misma, cada vez que le hacía falta un mimo, como a los animales de las casas que cuidaba. A pesar de su timidez, conoció algunas personas. Se le acercaban simplemente, y ella conversaba. Le gustaba hablar de Ítalo Calvino y de sus teorías sobre las ciudades. Su amiga le había prometido que, si al año siguiente seguía por allí, se le sumaría. Por su parte, prefería permanecer sola. Con su familia, hablaba cuando se conectaba a las redes sociales, de manera esporádica, y nunca por celular. Se había convertido en un ave de paso y, por ahora, se deslizaba tranquila por esa levedad. Había logrado dejar de llenar con gente sus sentimientos para llenar con su presencia espacios vacíos, espacios que no podía sentir como suyos hasta el día anterior a abandonarlos.
  A principios de noviembre, llegó a París, la inabarcable, la majestuosa. Se enamoró de esa ciudad, de la casa que le había tocado habitar y de ella misma allí. Sin embargo, sus dolores estomacales y temblores o mareos se fueron acrecentando, lo que le resultaba incomprensible. Su amiga le decía que se trataba de esa presencia trágica que se le había aparecido al principio del viaje, en la ciudad danesa, y que se le había pegado a la espalda; ella, en cambio, insistía en que era nada más que una cuestión psicológica y se torturaba, como siempre, con distintas conjeturas. Paradójicamente, en un libro de la amplia biblioteca que tenía la pareja que la había empleado, en una anotación que había hecho uno de ellos, decía que la palabra esprit, en francés, simboliza tanto “mente” como “espíritu” y que su significado se desprende del contexto en el que se utilice.
  Los dueños de casa eran de origen español, de la ciudad de Barcelona, y se habían ido París por trabajo. El hombre era psicólogo, por lo que muchos de los libros que había en la casa eran de extremo interés para ella. La mujer trabajaba en el área de Recursos Humanos de una multinacional. Era una pareja joven y afable. No tenían hijos. Le habían dejado a cargo a su gato gris, con algunas manchas negras, al que le puso Roldán. Llegó a entenderse muy bien con él y hasta a quererlo: lo dejaba dormir en su cama. 
  No movió los muebles de la casa, como era ya su costumbre, por respeto a su compañero felino. Estaba ubicada en una de las partes más lindas y tranquilas de París, cerca del boulevard Saint-Germain de Près, el que solía frecuentar Hemingway. Era una casa grande para dos personas. Austera y blanca por fuera, con los clásicos balcones y ventanas parisinos, y toda de madera antigua por dentro, lo que le daba una cierta calidez. Llegó a contar 1022 libros, separados en dos bibliotecas, cada una con veinte estantes; además, 234 adornos, treinta muebles, cuatro habitaciones, tres baños y dos cocinas. Todo, repartido en dos amplios pisos. Leyó mucho de la biblioteca de él. Estuvo tentada de llevarse una edición de lujo del libro rojo, pero era gigante. Leía no solo las palabras impresas, sino también las anotaciones personales y las dedicatorias. En un libro de un escritor japonés, la mujer le había escrito: “Te amo demasiado”. Palabras muy simples que la conmovieron también demasiado. En el cuarto principal, ella tenía un gran vestidor. Poco a poco, con el paso de los meses, fue tomando confianza y se empezó a probar su ropa. De chica, nunca había jugado a las princesas ni nada de eso. De hecho, con tres hermanos menores, sus juguetes duraban poco. Aprovechando que no había otros testigos más que el minino, decidió soltarse un poco y jugar. Se ponía algún vestido, se miraba en el espejo, agarraba un libro y se lo ponía a leer en la cama mientras acariciaba la barbilla negra de Roldán.
  Dos meses ya era mucho tiempo, de hecho, nunca había pasado tanto tiempo en una casa hasta ese momento. Sin embargo, para la ciudad de las luces, siempre es poco. Su ya esquematizado entrenamiento se había complicado: las calles de París bajan y suben como si nada, pero eso no la desanimó. Fotografió todo lo que veía. Cada rincón de la ciudad tenía su mística: los puentes, los bistrós, los molinos, los jardines, los edificios, los monumentos. Tal vez la época no fuera la más favorable para los espacios verdes: los campos elíseos y el de marzo solo lucían sus adornos navideños, que no es poco, pero no es lo mismo. Todas las iglesias, hasta la más pequeña, ostentaban hermosos vitrales, imponentes figuras bíblicas y magníficas construcciones góticas. Era una ciudad contradictoria. Los franceses no aceptan el catolicismo como su religión, ni ninguna otra, ni veneran ni mantienen a sus reyes como otros países, los decapitaron a todos; sin embargo, conservan de una manera casi masoquista todas las representaciones de su historia feudal y religiosa, y sus festejos de las navidades son los más grandiosos, los más elocuentes del mundo. Todo es pomposo en París. Sus calles están pintadas de magia, de rojo, azul y dorado, siempre.
  Por las noches, trataba de no salir. Casi siempre hacia frío y mucha lluvia por esa época y, además, por momentos, salir a algún bar sola en esa ciudad la hacía sentir deshabitada, de alguna forma, como las casas que cuidaba. La noche de navidad y la de fin de año, se acostó temprano. El 31 de diciembre, no tanto, aunque se había quedado dormida con un vestido negro de satén del vestidor de la mujer y con la televisión prendida: transmitían los clásicos festejos en el Arco del Triunfo. Toda la ciudad desbordaba de la avenida de los campos elíseos. Y, entonces, era el primer día del año. Y ella estaba sola en París. No había mucho para hacer un día como ese. Se preparó un café con unas tostadas y le sirvió agua y alimento también a Roldán. Su reciente obsesión por las bibliotecas no la había ayudado con la tesis, que seguía sin escribirse y que ya empezaba a dejar de lado, junto con muchas otras cosas. Empezó a planificar su próximo destino. Tenía ganas de conocer Polonia, o Viena. Había conocido unos polacos una noche que habían sido muy simpáticos y alegres con ella. Se acordó entonces de otra cosa: el Père-Lachaise estaba abierto ese día y ella todavía no lo había podido visitar. Así que empezó a prepararse.
  La combinación de metro era fácil desde donde estaba, la línea cuatro primero y la tres después. No había casi un alma. Los subtes en Buenos Aires van siempre llenos, hasta el primero de enero. Por alguna razón, le agarró algo de nostalgia. Se preguntó adónde irían las tres personas que compartían el vagón con ella. Tal vez, ellos se preguntaran lo mismo sobre ella. Los dolores habían vuelto y se sintió mareada. Tuvo que bajarse en una estación hasta que el sobresalto pasara y esperar al siguiente.
Cuando llegó al cementerio, ya había pasado el mediodía y el cielo se había nublado. Recorrió, con su cuerpo castigado y sus pies más respetuosos que cansados, las calles empedradas y sinuosas entre los enterratorios. Casualmente, se detuvo frente a la tumba de Gilbert Morard quien, según rezaba la lápida, había sido el padre del metro francés moderno. El monumento estaba formado no solo por su busto, sino también por tres placas decorativas, en las que la gente dejaba sus boletos de viaje. Ella sacó el suyo y se lo dejó, como una suerte de colaboración a la memoria universal. Le costó encontrar la tumba de Jim Morrison ya que, en ese momento, le faltaba el busto; simplemente era una pequeña tumba, casi hundida entre las que la rodeaban aunque, a diferencia de las demás, estaba llena de flores y de fotos de él. Como había empezado a lloviznar y los guardias de seguridad trataban de llevar a los visitantes hacia la salida, todos se amontonaron ahí mismo, en el nicho del cantante. Ella prefirió evitar la multitud y preguntó a uno de los guardias por la salida. Cuesta abajo por el empedrado, un grupo de personas que estaba más adelante, caminando también por esas callecitas, había abierto sus paraguas. Todos eran de un color diferente, todos colores vivos, rojo, azul, amarillo, verde. Debían ser siete u ocho personas, todos en hilera con sus paraguas de colores. Entre el gris de las tumbas, de la tierra, del empedrado y del cielo, el cuadro era bastante pintoresco. Le hubiera gustado haber llevado la cámara.
  Al salir del Père-Lachaise, se sentía muy mal. El pecho se le cerraba otra vez; la respiración se le dificultaba. Caminó despacio por el boulevard con una mano en el pecho, como acariciándolo para que se calmara, y se metió en el metro. Eran las cuatro de la tarde, el sol no iba a volver a salir, y tenía que hacer su bolso para el día siguiente. La pareja llegaría en estos días y ella ya había sido empleada en Bavaria. Sintió que no tenía ganas de seguir con todo eso, que ya se había diluido en el tiempo y en los paisajes la razón por la que lo hacía, y ya no la interesaba recordarla. ¿Por qué todas las personas que había amado, terminan por temerla? ¿Por qué partían? ¿O era ella la que partía? Pensó en que pasaría con ella si no encontraba a ese otro que no es infierno, si habría un “otro” acaso. No quería seguir, pero lo iba a hacer, se repetía a sí misma, convenciéndose, ya recompuesta, mientras el metro se abría paso por debajo de la tierra. Había podido tomar nuevamente el control de su cuerpo y de sus dolores. Recordó una línea de Peter Pan: “Morir, esa sí es una aventura”, y se rio sola. Sentía que estaba como en un bucle, pero iba a seguir. Tal vez fuera necesario continuar ocupando espacios ajenos, que no le pertenecían, hasta que pudiera encontrar y ocupar el suyo. Todo motivo de padecimiento está relacionado, de una forma u otra, a la “paralización espiritual, la esterilidad del alma”, dice la filosofía junguiana. Ella lo sabía de memoria eso. Por otro lado, las aves de paso tienen esa cualidad: pasan, pero ¿hasta cuándo…? Lo único que sabía era que no tenía que detenerse. Nunca. 

  Finalmente, se tranquilizó. Había que seguir adelante, más allá de todo, siempre adelante. No sabía hasta dónde iba a llegar ese día, ni el próximo, pero las posibilidades eran prácticamente infinitas. Hoy estaba en París, mañana en Bavaria, en unos meses quizás Krakovia, quién podía saber. Hoy se probaba un vestido negro, mañana una rosa. Podía ser la esposa de un psicólogo, una señora solitaria, o una adolescente despreocupada. Trabajaba de camarera, de recepcionista, de florista. A veces tenía una familia de cuatro perros, otras de una tortuga, o de dos gatos, o de tres iguanas. Y así sería hasta que ya no pudiera ser más nada, hasta que ya hubiera sido todo, o lo suficiente, y ya no quisiera ser más otra cosa, nada más que ella misma y, entonces, ya no sería un infierno.

















El cuadro pertenece a James Mcneill Whistler. Se titula Nocturne in black and gold, the falling rocket.


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