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miércoles, 3 de mayo de 2017

A mi viejo (micropensamientos)



Aprendí a buscar la felicidad mesurando mis deseos,
en vez de intentar satisfacerlos.
John Stuart Mill


Hoy, hace tres años, moría papá. A él nunca le importó que demasiadas personas la tuvieran presente, para bien o para mal, pero fue un hombre memorable. Se dedicaba a imaginar espacios, levantar estructuras. Se creó a sí mismo, su propio entorno, un hogar, ese en el que yo crecí. Le dedicó su vida a su compañera, siempre; pasaron buenos y malos momentos, pero siempre juntos. Una vez le regalé un libro, una pavada. Era un libro infantil que se titulaba: "Mi papá es un superhéroe". Una pavada, pero no dejaba de ser verdad para mí. Pienso que, como los chicos, no entiendo por qué la gente se tiene que morir.  Y hoy, como hace tres años, como ese día, como cada día desde entonces, me sigo viendo mientras subía las escaleras del hospital; la radio podía escucharse desde el pasillo de internación, las voces de tango, ese ritmo marcado, el bandoneón. Ese ruido insoportable tapaba el del pulmón artificial de papá, que estaba por apagarse, y callaba los pensamientos de mamá. Y ya no iba a haber más siempre para ellos, para ninguno.




viernes, 8 de agosto de 2014

a una mujer hecha de oro
































ella me dijo una vez
que ese primer día que salimos la pasó muy mal
y yo nunca se lo creí,
me olvidé,
pero ella
no.
y me dijo, después,
que me quería igual, mientras
caminábamos
y yo también,
le dije está bien, vamos a casa…
… y después
fuimos a casa.

y ella me dijo otra vez
que ese primer año que pasamos no daba para más
y yo nunca se lo creí,
me olvidé,
pero ella
no.
y me dijo, después,
que no esperaba que duremos dos
y eso
yo no lo olvidé
pero le dije está bien, vamos a casa…
… y después
fuimos a casa.

yo le dije que nunca había aprendido
a dormirme
y ella me dijo que también,
pero que la abrazara.
y la única vez que pude quedarme dormido
enroscado en su cintura,
estaba solo cuando desperté
y ella estaba en la sala,
con un libro de bolaño.
con lo que me gustaba
estar en la cama con ella, estar
nada más,
pero ella ya no se hallaba ahí, creo, al menos,
así lo presentí.
y hoy
ya no está.

ella decía a veces
muchas cosas que me lastimaban demasiado
para sentirse más segura
porque sí
aunque, tal vez,
también,
esas cosas que decía
querían decir solamente eso que decía
y eso
yo no lo olvidé
pero le decía está bien, vamos a casa…
… y ya no siempre
íbamos a casa.

ella me dijo otra vez
si yo alguna vez pensaba en cosas terribles
mientras me pellizcaba el brazo.
y le mentí.
ella tampoco, dijo
y mintió.
le pregunté, entonces,
si algo estaba mal entre los dos
y ella
me dijo que se quería ir
y yo le dije está bien, todo va a estar bien…
… y después
ya no fuimos a casa.

yo le dije que le tenía miedo a la muerte
y ella me dijo
que tenía miedo a que la vida
le pase por el costado.
y cuando la tuve por primera vez entre mis brazos,
esa noche, al cerrar los ojos,
ya no le tuve miedo a nada
más que a la muerte,
porque ahí no estaría ella.
porque sus ojos eran
los ojos enamorados más hermosos
que vi en mi vida,
pero estos no eran para mí, creo, al menos,
así lo presentí.
y hoy
tampoco son.

un tiempo después,
le dije que la extrañaba
y ella me dijo
que sí, un poco, también.
y nunca me dijo más nada,
y yo nunca quise preguntar.

estaba hecha de oro, ella
desde sus pestañas hasta su nombre,
su pelo, su sonrisa.
su cadera, sus manos, sus huesos.
pero ella
me decía que era yo
el que estaba hecho de oro, también,
y yo tampoco
se lo creí.

hoy,
entre cada una de mis articulaciones,
entre mis pensamientos,
todo eso es barro
y yo también.
y pienso,
una y otra vez
y se me cierra el pecho
y me siento velado,
y me acuesto, me levanto
y camino por las paredes
de una casa
que ya no se siente como casa.
pienso:
la verdad es que no tengo
mucho para decir
sobre nada.

La pintura se titula El beso, de Gustav Klimt.