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miércoles, 1 de abril de 2015

por eso escribo

para Pilar Sofía


necesito sentirte en un espacio en que se me consienta
necesito llamarte
hablarte en
un lenguaje en que me entiendas
necesito quererte en donde no me duelas

por eso escribo

* * *

corté las ataduras y te hiciste río
me creí arena y quise
perderme
en la corriente
y eras mar
y me deshice en la espuma de las olas
cuando tarde me di cuenta
que hacia dentro estalla
todo el vacío

* * *

las palabras se deshacen pierden
su ímpetu el arrebato
el trazo de los pensamientos su rabia
en la ausencia
en el olvido
no llegan a abarcar las palabras
esta angustia blanca
indiferente

* * *

no dicen nada
tus ojos
no prometen ni se detienen tampoco
pero me cuentan
que todo lo que existe a su alrededor todo
sobra

* * *

me pierdo entonces
en esos ojos
y no tengo intención de volver a hallarme
si es que alguna vez estuve en algún lado acaso
en esos ojos
me enciendo

tiembla
tu corazón tierno en tus labios
en las palabras
que elegís no pronunciar
te delatan

tal vez tuve el privilegio de sobresaltarlo una o dos veces a ese corazón tuyo inquieto palpitante. pero ¿cuál es el color de tu deseo más profundo? necesito saberlo. y ¿cómo lograste esa magia que 
me desarma completamente?

* * *

el aire baila a tu alrededor
todo
se transforma
pierde el foco
te miro
el cuello los brazos el pecho
te toco y te sonrojás
y yo no siento que estoy tocando un cuerpo nada más
no
es una sensación
mucho más liviana suave
abstracta

* * *

necesito contarle a tu alma
lo que se siente
perderse en esos ojos
en esos ojos
me pierdo
si es que alguna vez estuve en algún lado

por eso escribo


Un pequeño homenaje.


















viernes, 22 de agosto de 2014

La guachada

Las luces de las ventanas de un hospital.
Solas, tristes.
Una guachada.
Las esperanzas, los suspiros.
Los que no pueden dormir.
Los que saben que quizás no despierten.
Los que esperan.
Una guachada.
La soledad de una avenida a la media noche.
Una plaza vacía.
Una guachada.
Un teléfono que suena desesperado.
La sensación de que algo no está bien,
de que ese algo es uno.
La noche más larga del mundo.
El frío en los huesos.
La idea de que, si alguna vez dejás de mirarme,
voy a dejar de existir.
Una guachada.
Un corazón que late más rápido de lo que avanza la noche.
El temblor en las manos.
La ansiedad por volver a verte.
Una guachada.
La claustrofobia en el pecho de sentirte lejos.
El silencio. El terror. Tus ojos.
Este deseo profundo,
deseo.
Nunca me quites los ojos de encima.
No te canses de mí.
Hablame.
Nunca te canses de hablarme.
Este exceso.
Una guachada.

Danae. Gustav Klimt.

















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viernes, 8 de agosto de 2014

a una mujer hecha de oro
































ella me dijo una vez
que ese primer día que salimos la pasó muy mal
y yo nunca se lo creí,
me olvidé,
pero ella
no.
y me dijo, después,
que me quería igual, mientras
caminábamos
y yo también,
le dije está bien, vamos a casa…
… y después
fuimos a casa.

y ella me dijo otra vez
que ese primer año que pasamos no daba para más
y yo nunca se lo creí,
me olvidé,
pero ella
no.
y me dijo, después,
que no esperaba que duremos dos
y eso
yo no lo olvidé
pero le dije está bien, vamos a casa…
… y después
fuimos a casa.

yo le dije que nunca había aprendido
a dormirme
y ella me dijo que también,
pero que la abrazara.
y la única vez que pude quedarme dormido
enroscado en su cintura,
estaba solo cuando desperté
y ella estaba en la sala,
con un libro de bolaño.
con lo que me gustaba
estar en la cama con ella, estar
nada más,
pero ella ya no se hallaba ahí, creo, al menos,
así lo presentí.
y hoy
ya no está.

ella decía a veces
muchas cosas que me lastimaban demasiado
para sentirse más segura
porque sí
aunque, tal vez,
también,
esas cosas que decía
querían decir solamente eso que decía
y eso
yo no lo olvidé
pero le decía está bien, vamos a casa…
… y ya no siempre
íbamos a casa.

ella me dijo otra vez
si yo alguna vez pensaba en cosas terribles
mientras me pellizcaba el brazo.
y le mentí.
ella tampoco, dijo
y mintió.
le pregunté, entonces,
si algo estaba mal entre los dos
y ella
me dijo que se quería ir
y yo le dije está bien, todo va a estar bien…
… y después
ya no fuimos a casa.

yo le dije que le tenía miedo a la muerte
y ella me dijo
que tenía miedo a que la vida
le pase por el costado.
y cuando la tuve por primera vez entre mis brazos,
esa noche, al cerrar los ojos,
ya no le tuve miedo a nada
más que a la muerte,
porque ahí no estaría ella.
porque sus ojos eran
los ojos enamorados más hermosos
que vi en mi vida,
pero estos no eran para mí, creo, al menos,
así lo presentí.
y hoy
tampoco son.

un tiempo después,
le dije que la extrañaba
y ella me dijo
que sí, un poco, también.
y nunca me dijo más nada,
y yo nunca quise preguntar.

estaba hecha de oro, ella
desde sus pestañas hasta su nombre,
su pelo, su sonrisa.
su cadera, sus manos, sus huesos.
pero ella
me decía que era yo
el que estaba hecho de oro, también,
y yo tampoco
se lo creí.

hoy,
entre cada una de mis articulaciones,
entre mis pensamientos,
todo eso es barro
y yo también.
y pienso,
una y otra vez
y se me cierra el pecho
y me siento velado,
y me acuesto, me levanto
y camino por las paredes
de una casa
que ya no se siente como casa.
pienso:
la verdad es que no tengo
mucho para decir
sobre nada.

La pintura se titula El beso, de Gustav Klimt.