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sábado, 25 de enero de 2020

Informe de la adaptación a la Luna (segunda parte)

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Algunas teorías dicen que el universo se está expandiendo, otras que se encoge. Y puedo sentir cómo este gran útero negro se contrae hacia mí. Parece como si me faltaran algunas piezas de lo que pasa. Recuerdo que la botella al lado de mi cama estaba llena con agua, yo mismo lo hice, pero no sé cuándo la tomé. Después de levantarme, bañarme y vestirme, me di cuenta de que estaba vacía. Tampoco recuerdo cuándo el centinela se convirtió en una persona agradable, al menos para el resto. Parece ser un hombre encantador y versado en muchos aspectos. La colectora lo piensa, y es verdad, no puedo negarlo. Por momentos, me encuentro hablando con ellos como si realmente los conociera, como si hubiera un vínculo real entre nosotros más allá de este viaje. Otras veces, me encuentro mirándome al espejo, y detesto la imagen que este me devuelve, demasiado parecido a mi padre, como si yo mismo me estuviera perdiendo en mi propio rostro.
Me paso horas parado observando el espacio, o días, no sé. Veo el vacío que nos rodea y me quedo paralizado. Pienso en qué se sentiría si pudiera salir volando por el techo, y correr en la ingravidez. Me gustaría saber cómo es eso, sí.

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El legado de mi padre fue la invención y puesta en práctica de un idioma común, en todas las comunidades y regiones, así como la forma en que se organizan políticamente hasta el día de hoy. Los terrestres, mucho antes de que su planeta colapsara, habían tenido algo parecido con el idioma, pero no tuvieron éxito. El nuestro es el único lenguaje planificado del que tenemos registro, lo que lo hace extremadamente práctico a nivel global. Quienes estamos encargados de la organización de las sociedades tratamos de que las diferencias entre unos y otros, tanto sociales como económicas y políticas, tengan el menor impacto posible sobre su capacidad de desarrollo y su deseo de autosuperación. Por eso, un idioma común pareció la mejor opción. No obsante, en el sector científico todavía hay algunos que practican el español, idioma del que más cantidad de textos escritos logramos rescatar. Mi padre me lo enseñó.
En cuanto a la organización política, nunca una sola persona ostenta un cargo que le implique tomar decisiones –que afectan de manera inmediata y directa a otros– en soledad. Todo se consensua, en mayor o menor medida. Asimismo, los diferentes estados de cada región se encargan de cubrir las necesidades básicas de todos sus ciudadanos. Resulta lógico. Nadie “elige” venir al mundo, por lo que sería coherente que no sea su responsabilidad contar con los medios suficientes para ser y hacer lo que quiera: un techo, una alimentación balanceada, un servicio de salud, una educación, etc. Y los trabajos se reditúan de una forma no cuantificable: la moneda de cambio es el trueque. Existe, sin embargo, una moneda de cambio, que otorga poder adquisitivo a las personas: la lava basáltica, carbonizada en los mares oscuros en toda la superficie de nuestro satélite. No es un recurso renovable (lo cual puede plantear ciertos interrogantes en el futuro), pero está en todos lados, en la tierra, y a todo el mundo, por derecho, por haber nacido, le corresponde un pedazo de tierra, igual que al de los otros. Nadie tiene que pelear por ella ni sacrificarse. Es abundante y de libre acceso para cualquiera. Así y todo, según me contó mi padre, fue necesario contar un pequeño cuento: en las zonas oscuras, esas a las que el sol no llega, este material se mantiene en estado puro y es más valioso. De este modo, aquellas personas que no podían contentarse con lo que les era dado a todos por igual, sumado a lo que pudieran encontrar en cualquier otro lado, y quisieran más aún, se lanzaban a la búsqueda de lava basáltica en las zonas oscuras. Claro, esto implica una muerte inmediata, pero nadie lo sabe. El cuento dice que son zonas riesgosas simplemente. Nada mejor para sostener una mentira que apoyarla sobre la esperanza. La avaricia y la soberbia son hábitos parecidos y, en la mayoría de los casos, se dan de manera simultánea. Este es uno de los secretos mejor guardados. Mi padre lo sabía porque formó parte del consejo que decidió ponerlo en práctica. En gran medida, mi proyecto social está inspirado en una idea similar. El comportamiento humano, en sus bajezas, siempre encuentra la forma de superarse. Y, si bien se podría abrir un extenso debate sobre el condicionamiento genético, descansar sobre ello hubiera sido y sería un terrible error. Por eso, pienso que el condicionamiento piscológico, a través de las construcciones culturales y los arquetipos, es más apropiado, aunque más azaroso en cierto punto. 
Mi padre supo ver que no importa qué tan perfectas y acabadas sean las estructuras políticas y económicas, siempre habrá alguien que quiera sacar ventaja de ellas. Entonces, desarrolló un mecanismo que reprimiera estas conductas, al menos en las personas que ocupan posiciones en las que les toca decidir el destino y el bienestar de otros. El mecanismo es un circuito electrónico que, mediante una leve cirugía, se incorpora al sistema de la persona al momento de asumir la responsabilidad que le compete. Como lo entendía mi padre, y hasta el momento es la mejor teoría que tenemos, el origen está en la mentira. Las personas solemos autoengañarnos y engañar a otros cuando tenemos alguna actitud egoísta que nos beneficia solo a nosotros a cambio del perjuicio de otros. Una región del cerebro, llamada amígdala, y que se vincula a la emoción, es la encargada de estos procedimientos. El circuito, una vez incorporado al sistema nervioso, se funde con este, por lo que es imposible removerlo sin provocar la muerte; reacciona cuando se activa la amígdala y segrega una sustancia que estimula de manera continuada la libración de una sustancia llamada catecolamina, responsable de trastornos conocidos como ataques de pánico. Según los estudios que mi padre efectuó durante largo tiempo, los humanos tenemos mucho menos miedo a la muerte física que a la idea de que podemos morir.
Por lo que pudimos saber de las civilizaciones terrestres, la deshonestidad entre los diferentes actores de sus sociedades era una de las más importantes razones por las que estas fracasaban y, en la política, resulta inadmisible. No hay grises. Sin embargo, algunos dicen que nunca fue bien visto que, al haber sido mi padre uno de los integrantes más notorios de los consejos más elevados, él nunca consintió usarlo.

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Según el último informe del piloto automático, estamos a mitad del trayecto. Hubo una serie de turbulencias hace unas horas que resultaron bastante inquietantes. Los grupos electrógenos se congelaron y perdieron estabilidad, por unos momentos, y la aceleración y rotación de la nave se hizo intermitente, como si estuviera parpadeando y nosotros atrapados en un líquido transparente y glutinoso, ahogándonos en la nada misma. Los sistemas todavía están analizando las causas y los daños, y si esto significaría una pequeña desviación en nuestro curso para evitar nuevas contingencias.

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Mientras escribo, me paso horas frente a las cámaras de vigilancia mirando al recesivo, lo encuentro fascinante. Le gusta dibujar; como yo, es zurdo. Tiene hábitos muy constantes, lo cual es habitual en las personas solitarias. Hace un rato largo que no veo a su centinela, y eso es extraño, tampoco está en nuestro sector. La capacidad de adaptación de los seres y la interacción con los otros son la base de cualquier comunidad. Sin esta base, todo lo que se construye encima tiene la misma consistencia que una gota de vidrio volcánico, como el polvo oscuro en el manto de nuestro suelo. Somos seres sociales. Nuestro más grande invento, y del que se desprende cualquier otro que hayamos hecho, desde los primeros terrestres hasta nuestros días, es la cultura. El aislamiento, la soledad impulsan los rasgos más sombríos de nuestra naturaleza: la violencia, la depresión, la indiferencia, procesos psíquicos que tienen origen en lo genético. Evolucionamos como especie gracias a la sociabilidad y, en orden a asegurar la supervivencia y adaptación al entorno, como sucede con cualquier otra especie, más allá de lo que los terrestres postulaban como “darwinismo”, esta capacidad aprendida se heredaría a las siguientes generaciones de humanos. Aprendimos que aquellas personas que carecen de este conjunto de genes –ya que pudimos comprobar que se trata de una combinación de varios–, no solo se perjudican a sí mismas, sino que, en mayor o menor medida, dependiendo del caso, también perjudican a su entorno. En un principio, se las manipulaba genéticamente, pero esto no terminó con el problema, en absoluto. Se trataba de apenas un ajuste. La adaptación nunca era segura, y se despertaban otros procesos más peligrosos. Finalmente, se decidió separarlas.  
Me paso horas mirándolo, al recesivo. Ahora mismo dibuja. Es su propia celda. En una de las paredes hay un grabado de un círculo concéntrico; también hay uno tallado en el metal de la pared que está a sus espaldas. Puedo verlo. Dibuja una figura inmóvil en el piso, al centinela. Su cuerpo está rígido. Juraría que me está mirando, el centinela, con sus ojos muertos, desde el dibujo, y señalándome con la mano que descansa inerte sobre su torso. Hay un pie saliendo del dibujo. El recesivo ahora se para y observa el punto fijo donde está la cámara, como si supiera que estoy mirando. ¿De qué se trata? 

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A la era de la polución, los terrestres la llamaron “edad contemporánea”, y está bien, ya que fue la última edad de la Tierra. Todo comenzó con el descubrimiento y la fabricación de un aparato que denominaban “televisión”. Este sistema después evolucionó en lo que llamaron “realidad virtual”, que emitía partículas térmicas y magnéticas directamente a sus cerebros, no como la nuestra, que funciona de un modo orgánico.
Con este invento, la raza humana comenzó a avanzar precipitadamente hacia su fin. Después, se instalaron en los hogares pequeñas maquinarias que funcionaban a través de radiación electromagnética. Tiempo más tarde, se trazaron redes de comunicación altamente nocivas para sus organismos en todas las ciudades del mundo. Las poblaciones recibían día a día unas dosis monstruosas de radiación.
Como la polución estaba aniquilando sus reservas naturales, empezaron a construir parques, acuarios, paraísos artificiales. Y fue peor todavía. Los aparatos de los que se alimentaban funcionaban con energías fósiles e hidroeléctricas, que terminaron de aniquilar lo poco que quedaba de su ecosistema. Además, comenzaron a depender cada vez más de algo llamado “energía nuclear”. Nos faltan datos todavía para completar la teoría, y no logramos comprenderla por completo, pero jugó un rol importante.
Llegó un punto en que hasta los recién nacidos tenían radiación en sus células y cada parte de sus sistemas albergaba tumores que, aunque lograban controlar con tratamientos químicos, les provocaban una muerte violenta y precipitada. Unos años antes de su extinción, las pirámides demográficas de casi todos los sectores del planeta indicaban que los grupos de menores de cinco años eran nulos.

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Borré las últimas grabaciones de la cámara de vigilancia del recesivo. Todavía ninguno de los dos colectores ha vuelto a ver al centinela. Les dije que alguno de ellos se ocupara de quedarse observando las cámaras. En realidad, se lo pedí al varón. A la colectora, le pedí que me ayudara a hacerme nuevas pruebas. No me siento bien. Ella también quería hacerse. Quedamos en encontrarnos más tarde en la enfermería.
Los recesivos y los centinelas son parecidos, su código genético es similar, excepto por los genes de comportamiento social. Su capacidad intelectual y motriz, sus expresiones, su lenguaje corporal son prácticamente iguales. Aunque lo cierto es que, si tuviera que hacer algún paralelismo, los genes de los recesivos son idénticos a los de los primogénitos. Y no hace falta decir más. Por una razón u otra, son parásitos.
Nuestra educación comunitaria se centra en el fomento de la sociabilidad, de los juegos, de la creatividad y la aplicación de los conocimientos duros que recibimos de la educación individualizada. Todas las partes están conectadas entre sí y los grupos educacionales se forman a partir de los intereses y las capacidades de quienes los integran, formando grupos polifuncionales. Este entramado se enfoca en la estimulación de la curiosidad por las distintas ciencias, materias y oficios que tiene nuestra sociedad.
Sin embargo, una de las primeras medidas que se tomaron con respecto a nuestra organización comunitaria fue la del control de la natalidad. Los primeros habitantes sabían que, tarde o temprano, muchos de los problemas que habían surgido en la Tierra, podrían surgir en la Luna, y uno de los más importantes estaba relacionado a su superpoblación: el hambre, la escasez de recursos, el malestar social, etc. 
La idea nunca fue condicionar a la población químicamente, muchos menos mediante la represión o la amenaza. Pero, unas décadas después, entendieron que debían tomar medidas más restrictivas. Por eso, una vez que tienen un descendiente, a los hombres, se les practica una vasectomía, una cirugía menor que, para revertirla, deben esperar un largo proceso de evaluación de dicho pedido. Los selenitas, por lo tanto, en el caso de mi generación, somos hijos únicos y, por cierto, casi ninguno es primogénito. 
Otro estudio temprano de nuestros primeros habitantes había arrojado que los primogénitos siempre son personas problemáticas y rara vez pueden lograr que su psiquis se forme sin daños significativos y permanentes. Esto les impedía adaptarse a la sociedad y a las formas de organización planteadas. Está en su código genético. 
Por esta razón, en un principio, al año y medio, los primogénitos eran desechados. Esta edad fue determinada para que los niños no sufrieran, al tener escaso conocimiento de su propia existencia, y para que la extensión de la “prueba”, por decirlo así, resultara satisfactoria para corregir los errores cometidos. Por supuesto, como nadie aceptaría voluntariamente esta medida sobre su propia prole, y generaría otros problemas, como traumas psicológicos a los padres, se les administraba una droga, ocultada como vacuna, que los llevaba a su muerte prematura. Se decía que las condiciones de la Luna no eran favorables para los primogénitos, ya que nacían genéticamente preparados para la Tierra; a través de una libre interpretación de la teoría evolucionista, se expresaba que un segundo descendiente contaba ya con las adaptaciones necesarias. Pero, con el correr del tiempo, los hijos de los hijos deberían nacer con dichas adaptaciones. El relato no podía sostenerse. Y los consejos de cada comunidad acordaron en dejar de restringir la procreación.
A través de pequeñas modificaciones genéticas, los primogénitos dejaron de representar un peligro para los entornos sociales y lograron adaptarse con más facilidad. Sin embargo, los consejos están preocupados. El constante aumento en la tasa de suicidios y de violencia social que hubo en estas últimas décadas son efectos no deseados de estas decisiones, que comento en mi tesis y forma parte de mis actuales estudios.

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El recesivo está muerto. El colector nos dijo que, en un principio, se había tendido sobre el piso, como un animal asustado. No volvió a levantarse. Al chico, le costaba hablar; estaba muy nervioso. El recesivo se retorcía horizontalmente y, después, dejó de moverse. Hacía horas que estaba tumbado en el piso sobre su propio vómito. El colector no sabía qué hacer. Lo cierto es que podría haber sido un truco, y lo tuvimos en cuenta. Decidimos entonces descender abruptamente, hasta varios grados bajo cero, la temperatura de la cámara, y los tres observamos el cuerpo con detenimiento. Esperamos a que se moviera, pero no lo hizo. No se pueden soportar esas temperaturas sin mover un solo músculo, ni uno solo. Entonces fuimos, el chico y yo, a ver qué había sucedido. 
El código de la puerta había sido modificado, y los registros, borrados. Eso fue interesante. Empezamos a discutir. Desconfiamos el uno del otro. Después nos dimos cuenta de que el centinela seguía desaparecido. Podría haber sido él, o la colectora. Desconfiamos de todos. Nos invadió la paranoia, pero la verdad estaba ahí, en el piso. Levantamos el cadáver y lo llevamos a enfermería, donde se nos unió la colectora. 
No había que ser experto en medicina para darse cuenta de que murió por intoxicación. Tenía sus intestinos hinchados y las vías respiratorias, tapadas. Presentaba también lesiones en el estómago. Podría haber sucedido de un momento para otro, o haberse desarrollado durante varios días. No sabemos determinarlo. 
Durante los viajes en el espacio, debemos modificar nuestra alimentación para soportar los diferentes cambios que sufre nuestro cuerpo. Se trata más que nada de ofrecerle al organismo una elevada cantidad de proteínas para que sus procesos de adaptación al entorno y de producción de enzimas se aceleren. La dieta se basa, sobre todo, en insectos y legumbres, no solo por esta cuestión de adaptabilidad, sino también porque estas especies pueden sobrevivir y cultivarse casi en cualquier lugar.
No llegamos a mejores conclusiones, y flota en el ambiente, como en gravedad cero, espesa e invisible, una suerte de paranoia silenciosa. Acordamos hacernos los estudios que habíamos aplazado, y unos nuevos, sobre la base de los acontecimientos recientes. Le dije a la chica de encontrarnos más tarde en la enfermería, después de deshacernos del cuerpo del recesivo. No confío en el chico, y él tampoco en mí, ni en la colectora, y nos quedan más de doscientas horas de viaje, y todavía el centinela sigue desaparecido. Esto es una locura. Y ahora otro cuerpo más flota en el espacio. 

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Este viaje se ha transformado en una tragedia. Esta nave es una desgracia ambulante. La colectora está muerta. Es decir, fue un accidente. No sé cómo pude ser tan torpe. Estábamos en la enfermería, haciendo los cultivos y tomando muestras. Me confundí de jeringa y tomé una vacía. La burbuja de aire la mató en unos instantes.

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Nos estamos cazando los unos a los otros. El colector, el centinela, yo. En realidad, el colector y yo. Me deshice del centinela hace varias horas, mientras husmeaba por nuestro sector; se estaba ocultando de mí, se había dado cuenta, pero yo fui más rápido. El colector no tiene por qué saberlo, y prefiero que piense que lo persiguen dos hombres, antes que uno. El hostigamiento hace descuidadas a las personas. Quizás la colectora haya notado algo extraño antes, creo. Pero eso ya no puede preocuparme. 
Hubo algo que se apoderó de mí, en un principio. Uno de los estudiantes me llamó por otro nombre. Yo no soy yo, soy un otro. ¿Y quién es ese otro? ¿Un experimento? ¿Parte de un estudio? Recuerdo bien cuando me lo dijo, cuando se confundió. Estaba nervioso, no supo explicarme, y yo no quise que nadie más lo preguntara.
Nos estamos cazando los unos a los otros. Me divierte. Estoy completamente alerta, todo el tiempo. Mis descuidos, en todo caso, son semánticos.

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Escribo estas últimas líneas en el castellano que me enseñó mi padre. Cambié el curso de la nave hacia Sagitario A. Hasta que el agujero negro devore la nave y todo el horror del que fue testigo. Ya no estaré para ver eso. Y debo decir, si es que sirve de algo: Fui yo, los maté a todos. Excepto a la colectora. Nunca tuve la intención de hacerle daño a ella, o a nadie en realidad. No lo sé. Hubo un momento en que pude verlo con claridad, pero ya pasó. Simplemente, como la nave ahora, las cosas se salieron de curso, quién sabe por qué. Lo cierto es que, como los mitos y relatos que construyeron en nuestra cultura mi padre y su consejo, nada es lo que parece. Y siempre es peor*.


*Texto original en castellano. 

* * *


Paralelo 3 – La Luna. Sujeto en observación inducido en un coma hasta recibir nuevas órdenes. Supera ampliamente los recientes experimentos en el Paralelo 5 – Mimas o en el Paralelo 1 – Marte. El sujeto logró reconstruir en la proyección elementos y emociones complejas de su mundo y de las personas que lo formaban, y hasta otras representaciones de sí mismo. Su cerebro es fascinante. Recomendamos fuertemente no continuar los experimentos sobre el sujeto, dada la naturaleza de su última proyección. Su psiquis está atrapada en un sufrimiento y angustia constantes. No creemos que sea capaz de recuperarse; el daño es irreversible. Continuaremos las pruebas de adaptación al ambiente y de  condicionamiento neurológico con otros sujetos. Se aconseja desconectarlo.


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domingo, 8 de diciembre de 2019

Informe de la adaptación a la Luna (primera parte)

(Traducido del hîc, lengua nativa de los selenitas).


1

En un principio, los viajes a la Tierra se hacían con fines científicos, para investigar los efectos de la “era de la polución”, como nosotros la llamamos, aunque algunos prefieren el término “radiación” para definirla. Cuando se pudieron establecer algunos perímetros depurados de contaminación, así como controlar eficazmente la entrada y salida de las personas y ofrecer diferentes tipos de servicios seguros, también empezaron a venderse viajes como paquetes turísticos. Sin embargo, al día de hoy, lo que queda del planeta es usado como penitenciaria selenita y basurero humano. Por eso cuando me dijeron que, en mi calidad de diplomático y sociólogo, me iban a enviar en una misión de reconocimiento de las nuevas tribus que habían surgido en los últimos años, no me puse nada contento. Podría considerarlo una oportunidad o un desafío. Se dice que los terrestres son cada vez más hostiles en algunas regiones, que algunas tribus han hecho avances sociales y científicos considerables en otras, que es nuestro deber como comunidad para seguir progresando, y para tomar las precauciones debidas dado el caso, y cosas por el estilo. Lo cierto es que, cuando alguien es enviado a la Tierra, molesta en algún otro lado y su regreso, a pesar de lo que prometen, nunca es certero.

2

Así como hoy se hacen viajes a la Tierra para su estudio, hace mucho tiempo, cuando todavía las condiciones para la existencia allí eran aceptables, se hacía lo mismo hacia la Luna. Resulta difícil pensar que, en algún momento, nuestro hogar fue solamente un desierto de polvo, árido y hostil para el ser humano. Desde 2037, según se contaban así los años terrestres, no solo se estudiaba la composición del satélite, sino también se lo intentaba adaptar para hacerlo habitable. Innumerables grupos de hombres y mujeres de la ciencia dedicaron sus vidas a esta labor. Y, entre ellos, estaba mi padre. Él fue uno de los colaboradores del Consejo de Emergencia que se constituyó en el momento del desastre, trece años después de que las expediciones a la Luna ya se hacían periódicamente. La devastación de la Tierra marcó el principio de una nueva era. Desde el cielo selenita, allí arriba, unos pocos privilegiados vieron cómo el planeta celeste se cubría de una espesa nube de polvo, que tardaría varias décadas en disiparse. 
 Comenzó entonces lo que nosotros llamamos la era “poshumana” de la raza. Si bien no fue total la destrucción del planeta, y nos consta que algunos grupos de humanos han sobrevivido y evolucionado, mutado hacia otras formas, con otras costumbres, no tenemos todavía los suficientes datos. Decidimos asignarle ese nombre, el de “poshumana”, porque a lo que habita allí ya no puede llamársele “humano” en términos científicos y nosotros no nos consideramos tampoco parte de esa especie, que es de la que venimos. Según los libros que pudimos rescatar y restaurar de su cultura, hace muchos miles, miles de años, ellos llamaron “prehistórica” a una época similar a la que están viviendo en este momento, al menos en las regiones a las que tuvimos acceso y pudimos estudiar. Esto nos ayuda a reforzar nuestra teoría de que la historia es inevitablemente circular, pero no más que eso: no podemos hacer aseveraciones categóricas sobre tal cuestión. 
Por su cercanía a la Tierra, y por una cuestión de adaptación, tomamos las medidas de división temporal de los antiguos terrestres, de su calendario moderno, con algunas modificaciones, ya que los movimientos de ambos cuerpos son parecidos, pero no idénticos. Los años son más largos allí, pero el término promedio de vida de un selenita es del doble de lo que era el terrestre, según los últimos hallazgos. Esto se debe a que, al tener que fabricar una atmósfera constante y estable para transformar al satélite en un planeta habitable, el Comité de Emergencia decidió hacerlo de manera que esto favoreciera ciertos elementos químicos que emana el sol, a través de los cuales la salud de nuestros órganos, huesos y fibras musculares se prolongó considerablemente.

3

Puedo sentir mis músculos adaptándose a la fuerza gravitacional de la nave, mis células acostumbrarse a las cantidades reguladas de oxígeno.
Nuestra cultura tiene su base en la investigación científica, tanto para perfeccionar nuestro ecosistema como nuestra civilización. Somos una sociedad basada en restricciones, no simplemente de las necesidades humanas, sino también de las conductas, a través de la genética, o de procesos o construcciones culturales.
Tal vez por el respeto que infunde mi apellido, y por mis méritos, me pusieron a cargo de la nave, aunque dos de los tripulantes tienen más experiencia que yo en este campo. Son los “colectores”, como les decimos, la policía forense de los restos del planeta celeste, que vienen como parte de la misión de reconocimiento. Un hombre y una mujer, se conocen de hace tiempo parece. La mujer me recuerda a alguien, pero no estoy seguro; tal vez nos hayamos cruzado alguna vez en alguno de mis estudios. Los otros dos son estudiantes a los que les fueron asignadas las prácticas conmigo. Casi lo único que los cinco tenemos en común es un destino al que ninguno desea llegar. Me molesta demasiado cuando las personas hablan sobre lo que no saben o hacen demostraciones de poder pasivo-agresivas, por lo que mi interacción con todos ellos es la estrictamente necesaria, salvo con la chica quizás: me tiene intrigado averiguar de dónde la conozco. 
Por lo general, el piloto automático de la nave se ocupa de todo y no requiere de mucha atención. Se trata de un artefacto viejo que fue acondicionado para este tipo de viajes, y tiene uno de esos antiguos sistemas de guía, siempre ahí, girando, constantemente, desde las vistas del comedor, de los compartimentos, en todos lados. A veces pienso que en realidad esos rieles están quietos y los que giramos somos nosotros.
Hay otros dos pasajeros, que viajan en el otro extremo de la nave, en unas cámaras aisladas que antes se usaban para almacenamiento. Son “recesivos”, así los llamamos. En realidad, uno de ellos; el otro es su centinela, que es casi decir lo mismo. A veces, se sienta a comer con nosotros, aunque tiene su propio comedor, y muestra un especial interés por la colectora. A mí me inquieta lo mismo o peor que el reo bajo su vigilancia. Cualquiera que tenga un trabajo de ese estilo, está a un paso de haber sido uno más de ellos. Sus genes, los de los recesivos, contienen una falla, como los de los primogénitos, y no logran adaptarse. Esto los hace peligrosos para nuestro orden social. La diplomatura me instó a que acompañara al centinela en su tarea para depositar al recesivo en la prisión de la región de Dinamarca, uno de los pocos lugares habitables que quedan hasta donde sabemos, cerca de nuestro punto de aterrizaje. No me hace ninguna gracia, sin embargo, ninguno de los dos. La presencia de ambos en este viaje me molesta.

4

Vivimos en una sociedad prácticamente perfecta, que costó mucho trabajo construir y moderar. Y la única razón por la que no es perfecta es porque sabemos que esa es otra razón por la que surgen los problemas. Por eso, fabricamos también nuestras imperfecciones, para que las comunidades funcionen lo mejor posible. Sin embargo, a veces, algunos individuos que forman parte de nuestra sociedad se tornan en un peligro para sí mismos o para los demás. De hecho, nuestro código legislativo se divide en dos grandes ramas, dependiendo de si la amenaza que representa una persona es interna o externa. Cuando sucede algo así, se abren diferentes debates e interpretaciones. No es una insensatez admitirlo pero, a veces, no tiene que ver con fallas en el sujeto, sino en nuestro sistema.
Durante este último siglo, tal vez por el desgaste de nuestros esfuerzos y organismos, o la falta de actualización de estos, los casos han ido en escalada.
Cuando alguien rompe el equilibrio establecido, no hay contemplaciones. A aquellos que trasgreden las normas, no se los castiga de manera física ni psicológica, no se los multa, no se los corrige: son procesados y exiliados del espacio selenita.
Mi tesis para conseguir la licenciatura como sociólogo tenía algo que ver con esto. Mi propósito era buscar métodos menos brutales e invasivas que la genética para condicionar y moderar la conducta humana, es decir, formas naturales, para orientarla hacia una vida pacífica y satisfactoria sin intervenirla quirúrgicamente. La investigación planteaba algunos cuestionamientos y sentaba nada más que unas pocas bases para seguir posibles direcciones. Me hubiera gustado poder completar ese proyecto antes de que mi padre muriera, pero no pude, nunca tuve el tiempo ni la inteligencia para hacerlo. Lo cierto es que él nunca respetó a la sociología como ciencia, pero le interesaba mi punto de vista. Mi padre era físico, matemático, biólogo, entre otras cosas, y las “seudociencias”, como las llamaba, como la sociología, no tenían mérito alguno. Su comentario sobre mi tesis fue el único elogio o demostración afectiva que recibí de él.

5

El viaje dura alrededor de quinientas veinte horas y ya hemos atravesado casi ciento quince. Sin embargo, las medidas temporales empiezan a hacerse más borrosas a medida que nos adentramos más en el vacío. Pierdo noción de las cosas que hago, o de los lapsos que separan unas de otras. Por momentos me encuentro en mi recámara, pensando que tengo hambre, y de un momento a otro ya estoy comiendo, y no sé cuánto tiempo pudo pasar entre una cosa y otra. Por otro lado, a veces, encuentro mis pertenencias fuera de su lugar, y no recuerdo haberlas usado. Es posible, no obstante, que se deba al aislamiento. Escucho por momentos ruidos detrás de mí, y no hay nadie. Los estudiantes también muestran algunos signos de malestar, más que nada físico, aunque es probable que eso tenga que ver con un condicionamiento de su propio sistema neurológico. Los colectores, que ya están acostumbrados, hacen las veces de enfermeros o alienistas. Comencé a tener una especie de relación médico-paciente con la chica un poco neurótica. No sé cómo llegué a eso. Como un ejercicio mental, un pasatiempo, pienso en las conclusiones que nunca pude desarrollar en mi tesis, antes que ponerme a escribir tonteras y mirar la nada pero, la mayor parte del tiempo, me cuesta concentrarme para escribir. Si bien las atrofias musculares, los deterioros en la médula ósea y la psoriasis son asuntos que pudieron solucionarse, todavía la sangre se espesa y el sistema inmunológico enloquece. 

6

A diferencia de mis padres, que fueron naturalizados selenitas ya en su edad adulta, nací y me crié en la Luna. No los conozco. Mi madre murió durante el parto y mi padre le sobrevivió varias décadas más, pero su tiempo era escaso y sus obligaciones muchas. Nuestro sistema educativo es individual y constante, con actividades recreativas grupales también. Vivimos con nuestros formadores durante ese tiempo, y nuestros padres nos visitan periódicamente. El Comité de Emergencia fue perfeccionando este sistema durante las primeras décadas de adaptación. Determinaron que muchas “familias”, como se las conocía en la Tierra, resultaban disfuncionales y no ayudaban al correcto desarrollo del ser humano. Las relaciones con los padres mejoran cuando son más acotadas y le otorgan un mayor bienestar emocional a la criatura en su etapa de desarrollo. Durante los primeros seis años de vida, se nos somete a diferentes evaluaciones médicas y psicológicas para determinar el tipo de educación que se nos dará y quién será el instructor a cargo de ella. No es un proceso estático, pero sí riguroso. Los cambios de instructor pueden llegar a ser muy traumáticos ya que, eventualmente, pasamos más tiempo con ellos que con nuestros propios padres. Los instructores se hacen cargo de su estudiante a tiempo completo, se crea un lazo muy fuerte entre ellos. Mi instructora fue una excepcional maestra de las ciencias y las artes. Sin embargo, mi padre me enseñó algunas otras cosas, muchas relacionadas a la Tierra. 
Los instructores son personas capacitadas en una cantidad de áreas innumerable; lleva décadas obtener ese título, y es una de las carreras más respetadas, junto con las de las diferentes ramas de la ciencia; también, es una de las más vigiladas y monitoreadas. En la educación que se nos brinda, si bien es extremadamente personalizada y solitaria, y se va ajustando a las diferentes necesidades según los cambios que atravesamos, las actividades recreacionales también son de extrema importancia: los juegos en grupo y de desarrollo del pensamiento creativo y estratégico brindan cierto equilibrio.
Uno de mis mejores amigos se dedicó a la historia y lo conocí durante un juego de “quemados”. Otra amiga, y mi primera novia, es oceanógrafa. Su nombre es bastante reconocido en la comunidad. Esta materia es un asunto importante en nuestro hogar que, en sus inicios, no contaba con océanos ni mares, lo cual era uno de los principales problemas por solucionar para nuestra adaptación. La posibilidad de que estos vuelvan a secarse, como lo hicieron ya hace millones de años, es siempre una amenaza. 

7

Hoy murieron los dos estudiantes. Aquí, todo sabe a metal, el café, la comida, las superficies, la cama, el aire, la muerte, la angustia, todo. Aunque tengo algunos conocimientos de medicina, no tengo los medios ni la pericia para realizarles una autopsia, y no es posible determinar a simple vista qué fue lo que les sucedió. Debió ser alguna especie de reacción alérgica. Pareciera como si los tejidos de sus venas y arterias hubieran perdido la elasticidad. Se les habían formado hematomas en varias partes de su cuerpo. Probablemente, murieron desangrados por dentro. Por otro lado, había signos de encefalitis. Esa es una hipótesis que suena bastante lógica ya que los síntomas se manifiestan de manera muy leve y, a su vez, implicaría que no se infectaron durante el viaje. Esto tranquilizó un poco al resto de la tripulación, aunque no es completamente cierto. 
Si se tratara de algún virus o bacteria, o fuera alguna enfermedad contagiosa, no tardará en afectarnos, por lo que sugerí tomar algunas precauciones. Los colectores no pusieron muchas objeciones: están acostumbrados a este tipo de cosas, pero el centinela tuvo un ataque de histeria. Son personas con emociones bajas y razonamientos muy mediocres. La colectora intentó calmarlo, para el bien de todos, pero me molestó. No merece nuestra comprensión, esas acciones no merecen ser recompensadas. 
Suponiendo que es acertada mi hipótesis, como se trataría de una bacteria que se propaga a través del torrente sanguíneo, nos hicimos un drenaje. Antes preparamos unos cultivos para analizarlos, por lo que en dos o tres días podremos saber si nosotros mismos tenemos alguna infección latente o no. Después tuvimos que esterilizar todas las zonas comunes y deshacernos de posibles focos de propagación, como sus pertenencias y, por supuesto, sus cuerpos. Incluso en un estado de criogenia, configurarían un riesgo. El centinela insistió en incinerarlos en la sala de motores, pero me negué rotundamente. Hubiera sido una estupidez comprometer el funcionamiento de la nave nada más que para evocar, si acaso es posible habiendo muerto en el espacio, los ritos funerarios. La idea de la muerte adquiere otra trascendencia al ver flotar un cuerpo en la nada.

8

Algo que mi educadora siempre quiso inculcarme fue la idea de que todo ser humano, para vivir en paz, siempre necesita “algo que esperar, algo que hacer y algo que amar”. Aparentemente había tomado este concepto de un antiguo escritor terrestre de la lengua inglesa, lengua que después del desastre se considera muerta. La colectora también conoce esta lengua primitiva; estuvimos hablando por horas hasta hace unos momentos. No lo planeé. Me senté a su lado y el tiempo pasó. Me habló de un poeta y de uno de sus poemas preferidos: no habrá paz, me lo recitó. Sí, no habrá paz, y las noches sin luna son las que tenemos aquí arriba; aborrecer nuestra propia naturaleza.
Le comenté que pensaba que la esperanza hace más nobles las acciones humanas, que el perseguir un objetivo refina los pensamientos, que el sentirse útil calma el espíritu. Ella me dijo que la perversión, la soberbia y la avaricia son inherentes a la psiquis humana, en mayor o menor medida. Y estoy de acuerdo, pero las sociedades pueden configurarse de manera que ese tipo de determinaciones puedan sublimarse, disponer las interacciones sociales para el mutuo beneficio y la retroalimentación de las sensaciones de eficiencia y la voluntad de superación, tal vez mientras siempre haya alguien que haga las cosas mejor que uno, y siempre alguien que las haga peor. Es inevitable vivir en contradicción: el caos es tan necesario como el orden. Abrazar ese caos sería valioso. 
Estas ideas vuelven una y otra vez en mi cabeza, como en el poema. Tal vez sean la respuesta para poder desarrollar el método que sugiero en mi tesis. 
Los resultados de los cultivos alivianaron nuestros ánimos.

9

Los primeros habitantes de la Luna, aquellos que dieron inicio a su colonización y acondicionamiento, construyeron estructuras similares a las que había en el planeta celeste, pero con un concepto claro de sustentabilidad que los terrestres nunca terminaron de adquirir. Llegaron así a un punto de no retorno en cuanto a la relación con su ecosistema. Sus primeras construcciones, de hace más de tres mil años, eran defectuosas e insalubres, ya que sus conocimientos sobre las diferentes ciencias que intervienen en la habitabilidad les eran desconocidos. Esto significó, con el paso de los siglos, reedificar y rediseñar, pero sobre estructuras que ya eran deficientes, y no resultó bien.
Durante el acondicionamiento de la atmósfera, para hacerla favorable, no solo a nuestra supervivencia, sino a la de los demás seres vivos que nos ayudan a sostenerla, se supo que esta tenía una buena cantidad de potasio y sodio, cuando en la Tierra es nula. Esta es una de las razones por las que las conexiones neuronales de los selenitas logran mantenerse saludables durante más tiempo y se reproducen con más facilidad que las de los terrestres. Asimismo, pudimos comprobar que esta condición también disminuye los impulsos violentos y autodestructivos que caracterizan a la raza humana. 
Sobre esto último, también influye nuestra alimentación. Los terrestres eran cazadores, comían carne y derivados de los animales, lo que elevaba la producción de testosterona en sus organismos y los hacía más agresivos e impulsivos. Por esta razón, el Consejo de Emergencia decidió que los animales que se criaran en la Luna tendrían el único fin de mantener un ecosistema equilibrado. Nuestro sustento, en el suelo selenita, es vegetal o, como solían decir los terrestres, somos herbívoros.
Otro elemento importante para la adaptación de la Luna fue el selenio, que es de donde tomamos nuestro gentilicio, también por el nombre “selena”, antigua representación humana de la Luna dentro de la cultura terrestre. Este elemento se encuentra en todas partes, en nuestro organismo, en la tierra, en los alimentos, todo.
Aunque quisiéramos intentarlo, la vida en la Tierra es prácticamente imposible. Las personas que están a cargo de las bases científicas o de las prisiones que tenemos allí, deben cuidarse mucho. En principio, por la radiación. A pesar de los numerosos estudios realizados, todavía no pudimos delimitar las regiones que ya no presentan peligro o que no registan contaminación. Después, por el canibalismo. Sabemos que algunas etnias que sobrevivieron al desastre, empezaron a practicarlo. Y, además, por la falta de potasio y sodio en su atmósfera. Una exposición prolongada a la atmósfera terrestre, sin las precauciones necesarias, debilitaría las facultades mentales y provocaría demencia o alucinaciones.
Si bien los selenitas no negamos la historia terrestre de la raza humana –y, de hecho, parte de nuestra sociedad científica se dedica a investigarla–, somos muy criteriosos en lo que refiere a su trascendencia. Aún no tenemos en claro los efectos sociales que la divulgación de esta información podría provocar en nuestra cultura.















Fábrica a la luz de la Luna (1898),
de Maximilien Luce





jueves, 20 de septiembre de 2018

El blanco no es un color


Definitiva como un mármol
Entristecerá tu ausencia otras tardes.
Jorge Luis Borges



Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Mis nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás. ¿Dónde dormiste anoche entonces? Platos, vidrios, ropa, todo desparramado por los pisos, bolsos a medio hacer, o a medio empezar. Hojas muertas y tierra hasta la sala. La luz del ventanal me atraviesa, todos los espacios atraviesa, los vuelve etéreos, las partículas de polvo bailan en el aire. ¿Dónde habrás ido? El letargo se confunde con el aturdimiento. Un andar lento, extrañado, inestable. Tengo la convicción de ya haber vivido este momento. Los ojos no logran hacer foco. No puedo tragar. Como si tuviera la garganta desgarrada en mil pedazos; los sonidos se incrustan como astillas, no salen. ¿Dónde estás? ¿Escuchás mis pasos, entre las hojas y los vidrios? El piano está intacto, en el mismo rincón de siempre. Una leve lámina de polvo lo recubre. La madera está fría; las teclas, perezosas. ¿Me escucharías romper el piano? Intenté hacerlo ayer, me acuerdo ahora. Estuviste tocando anoche, discutimos. ¿Qué hiciste? Quisiera escuchar tu voz. No necesitaría ver ni hacer nada si pudiera escuchar tu voz. Sentirte respirar cuando despierto, ese regalo que me hacés todos los días, cada bocanada de aire que hay en tus pulmones, como si fuera nada. Pero ¿qué hiciste? ¿Por qué? No puedo dejar de pensar en eso. Si pudiera decir algo. Me desangraría desde la garganta si pudiera acaso. ¿Quién te convenció de qué? Tu mamá tuvo algo que ver, seguro. Me detesta. Todos acá me detestan, me toman por idiota. Este lugar, con sus mezquindades y costumbres del siglo pasado, este pueblo blanco, como el del catalán. ¿Cuántas veces te dije que no viniéramos, que no había nada que hacer acá? A esta tierra estéril, con caminos de piedra, cerros y hondonadas. No hay más. Lo único que crece acá es el cementerio. No quisiste escuchar, y yo cedí, por amor. Era eso, ¿no? Siempre todo tiene que ser como vos querés. Me das la razón nada más que cuando me querés pelear. ¿Dónde te metiste? ¿Fuiste a verla a mamá? ¿Le dijiste que estaba deprimido? ¿Con quién estás? Desde afuera, se escucha un tumulto que va creciendo. Las campanas suenan desde lo alto de la capilla. Me parten los oídos. Parece que sonaran desde dentro de mi pecho. Desde la ventana de la cocina, se ve mucha gente en las calles. Pasó algo. Todos pasan en procesión. ¿Te mataste? ¿O quién murió? No se ven tristes ni enojados, ni nada, sus movimientos parecen impostados. De a ratos, levantan la mirada. Les preocupan más los ojos que tengan encima que por dónde caminan. Si su dios los viera, los mandaría a quemar vivos. Se me parten los dientes tratando de articular una palabra. Quiero gritarles. Los sigo, los empujo. Nada. Ni me miran. ¿Te maté yo? Puedo escuchar sus pensamientos. Piensan en mí, cosas horribles. Por qué tengo todas esas cosas horribles adentro de mi cabeza. Pasó algo. Desde las diferentes calles, de a poco, todos llegan a la capilla, algunos se saludan. Está tu mamá, la mía también. Estás muerta. Eso es lo que pasa. Discutimos mucho anoche, me acuerdo ahora. ¿Se lo contaste a alguien? ¿Por eso nadie me mira? Yo quería que habláramos. Estabas borracha y empezamos a pelear. Pero me acosté tranquilo, nos acostamos juntos. Siempre pensé que te tenía que decir las cosas como las sentía, y algo siempre se ponía en el medio. Después, pasó la noche del bar. Yo estaba ahí, tranquilo, ni siquiera estaba tomando, y esa pelirroja no me sacaba los ojos de encima, y me buscaba, y a mí ni siquiera me gustan las pelirrojas. Ese día habíamos peleado también. Tu amigo me vio, me vieron todos en el bar. Vos siempre fuiste más discreta, y la mitad de toda esta gente se ríe discretamente de mí, o me tratan como a un pobre tipo. Ahora me tienen asco y odio, puedo escucharlos. Y vos, ¿dónde estás? Dormís. Nunca más tu respiración, tu voz, tu mirada. Mientras más trato de abrazar otra vez esa sensación de tenerte cerca, más siento que te pierdo. ¿Aguantará tu alma el peso de esa piedra que tenés como corazón? La gente empieza a amontonarse frente a la puerta de la capilla, nadie quiere dar el primer paso. No tengo nada que hacer acá. Mi amor descansa, mi pena también. Qué diría ese zorro ladino y condescendiente del cura si me viera entrar. Qué va a decir mi familia. ¿Me van a acusar a mí también? Mi hermana, que está lejos, ella te va a echar la culpa a vos, claro, va a decir que te suicidaste. Me conoce mejor que nadie. Y yo todavía no puedo entender bien qué pasó. Y todas las mascotas de mi hermana, me da celos todo lo que la quieren. Es tan fácil ser una mascota, es tan simple ese tipo de amor. Ya está. Llego al río, pasando el barranco. Los pies se arrastran hacia la parte honda. No se siente el agua a mi alrededor. Los dedos no pueden surcarla, ni se escurre entre ellos. Los pulmones no se mojan. No pasa nada. Me desespera más que si me estuviera ahogando. Tuve esa misma sensación anoche, me acuerdo ahora, después de acostarnos. Me diste de comer, te acostaste conmigo y soñé que me moría. Me desperté a mitad de la noche, asustado. No estabas en la cama. ¿Qué hiciste? ¿Qué me hiciste? Fuiste vos, entonces, la que me mató a mí. ¿Soy yo el que está muerto? Pero puedo tocarme, sentirme. ¿Cómo puede ser? Lo que siento en la garganta es el veneno. Nada más que confiando tomamos el veneno con cuchara. Vuelvo a entrar a la casa. Estás ahí, volviste, no estás en la capilla, te sentías demasiado triste, dijiste. Te veo sentada en el sillón de la sala, demasiado cómoda como para estar castigándote. Quiero gritarte, empujarte. No puedo hacer nada de eso. Es inútil. Te sobresaltás, de repente, mirás para todos lados, te ponés a llorar, como si me presintieras. Cuando me escuchaste gritar ayer, subiste, me calmaste, pusiste algo en mis manos, una carta, sí. La escribiste mientras esperabas que hiciera efecto el veneno. Y ya está. Después, te fuiste sin que nadie te viera. Me dejaste durmiendo, con la carta en la mano. Ahí la veo, en la cama. De alguna manera, creo que sé lo que dice, pero la leo. Decís que no podés más, que te fuiste. Los ojos se cansan, las letras se desfiguran. No puedo seguir. Todos van a pensar que me suicidé. Por supuesto, quién podría dudar de vos. Ya no puedo acordarme más. Estoy cansado. Tal vez sea para mejor. Ser una víctima antes que un idiota. Me voy a volver loco hablándome a mí mismo, si pudiera acaso. Me pierdo. ¿Dónde estás? Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Los nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás…


* Este cuento, escrito por mí, toma algunas frases de diferentes canciones de la banda White Stripes, escritas por su guitarrista y cantante, Jack White. A través de estas frases sueltas (que fueron traducidas por mí y reformuladas dentro del cuento), imaginé una historia, una historia en la que su temática y su clima se funden con las temáticas y los climas que tiende a crear este músico, símbolo de la cultura estadounidense actual. Por esta razón, la imagen es de uno de sus discos también.


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domingo, 23 de noviembre de 2014

La insoportable levedad de la condición humana



Cada uno de ellos había creado un infierno para el otro, 
pese a que se querían.
(Milan Kundera, La insoportable levedad del ser)

Dios mueve al jugador y este, la pieza. 
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 
de polvo y tiempo, y sueño y agonía?
(Jorge Luis Borges, Ajedrez)

Acercamientos al análisis de la novela corta Los diarios de Adán y Eva


  En este estudio, me propongo analizar la novela corta Los diarios de Adán y Eva, del escritor estadounidense Mark Twain. (Este seudónimo hace referencia a una expresión utilizada por los marineros del río Mississipi, su lugar de origen. Este significa “marca dos” y tiene que ver con la profundidad a la que se encuentra el fondo del río, calado mínimo necesario para la buena navegación y dato importante para evitar encallar. Su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens). Dentro de la obra del autor, en la que tienen una indiscutida relevancia las célebres novelas Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, que son utilizadas como lectura complementaria en su país de origen, este relato breve que ironiza sobre la historia del Génesis suele pasar desapercibido y quedar relegado a una instancia menor. Sin embargo, este texto configura uno de sus momentos creativos más elocuentes, al utilizar con ejemplar sutileza el sarcasmo, el humor.
  Para su análisis, intentaré abordar conceptos y temas como la metaficción historiográfica, el posmodernismo en la literatura y la definición de ironía, parodia y sátira dentro de esta, así como la interrelación de estos conceptos. Diferentes textos de la canadiense Linda Hutcheon, teórica y crítica literaria, servirán oportunamente de soporte; sin dejar de lado a una gran variedad de autores como Markus Sasa, Santiago Juan-Navarro, Ihab Hassan, Catherine Kerbrat-Orecchioni, entre otros.

La guerra bíblica de los sexos


  Los diarios de Adán y Eva presenta una curiosa forma narrativa. En primer lugar, podemos observar la construcción de un narrador multiperspectivista, ya que delega la voz de la narración primero en Adán y luego en Eva, a través de la transcripción de sus diarios. A su vez, esto genera una nueva instancia narrativa intradiegética, en los términos de Irene Klein, filóloga y profesora de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La voz de Adán y la posterior fluctuación hacia la de Eva establecen narradores protagonistas, en primera persona y con una focalización interna. En segundo lugar, también es pertinente destacar la particularidad del tiempo del relato que corresponde a un relato reiterativo, según la teoría de Gérard Genette, uno de los creadores de lo que hoy conocemos como narratología. Esto se refiere a que se presenta una misma historia –la cual sucede una sola vez–, contada dos veces por sus actores principales para, de esta forma, contrastar sus diferentes puntos de vista y concepciones de la realidad. En tercer lugar, cabe mencionar y destacar la utilización, por parte del autor, de la intertextualidad y de la ironía como recursos para hacer una crítica a la sociedad moderna occidental y sus más arraigadas costumbres y nociones, así como las formas de interactuar y relacionarse que han heredado (sin muchas objeciones ni grandes aspiraciones para modificarlas) los hombres y las mujeres a lo largo de los siglos. 
  En la figura de Adán, Mark Twain presenta los estereotipos más intolerables o reprensibles, desde el punto de vista femenino, del género masculino y retrata una postura defensiva por parte de este ante la presencia y actitud controladora de Eva, la mujer. Adán la define a Eva como un “verdadero estorbo” y preferiría que no hablara. En sus propias palabras: “La nueva criatura dice que se llama Eva. Perfecto, nada que objetar. Dice que así podré llamarla cuando quiera que venga. Le dije que en tal caso la información me parecía superflua […]”. En contraposición, la figura de Eva está cargada de los estereotipos más reprochables, desde el punto de vista masculino, del género femenino. Así es como ella, sabia al distribuir culpas, logra hacerlo sentir culpable a Adán por su expulsión del Edén. Sin embargo, la mirada de Mark Twain sobre la mujer dista bastante de la referencia bíblica y realza cualidades que escapan a un simple contraste de estereotipos o, si se quiere, guerra de sexos. La figura de Eva es, por momentos, la de una mujer independiente y creativa, que siente curiosidad y disfruta de la contemplación de la belleza. Se considera diferente y hasta superior a Adán. Pero, consciente de esto, pone siempre por encima de todo su amor hacia él. Eva está siempre pendiente de un reconocimiento por parte de Adán que nunca llega: “Lo vi otra vez, durante un momento, el lunes pasado al anochecer., pero solo un instante. Esperaba que me elogiara por mis intentos de mejorar el lugar porque yo tenía buenas intenciones y trabajaba mucho. También se cuestiona ese amor que siente: “Si me pregunto por qué lo amo, me doy cuenta de que no lo sé, y realmente no me importa demasiado saberlo. […] En el fondo es bueno, y lo amo por eso, pero podría amarlo aun cuando no lo fuera. […] Es una cuestión de sexo, pienso”. Tal vez se deba esto al hecho de que el diario de Eva fue escrito algunos años más tarde, luego de la muerte de su esposa.
  El libro cuenta la historia del Génesis, de cómo se conocieron el primer hombre y la primera mujer sobre la tierra, su interacción, su expulsión del Jardín del Edén (al caer en el pecado), el nacimiento de su primer hijo y su posterior vida juntos hasta la muerte de Eva. En este relato, no hay alusión o rastro alguno de la presencia divina de Dios en ningún momento, ni siquiera en el momento de la expulsión del Edén. De esta forma, Mark Twain nos susurra al oído, nos dice entre líneas, con toda su perspicacia y sarcasmo, la falta de responsabilidad del mismo Dios sobre sus creaciones humanas.

Uno y el mismo


  Antes de comenzar con el análisis, quisiera abrir un paréntesis e intercalar algunos conceptos borgeanos sobre algunas cuestiones que se encuentran implícitas en la novela del estadounidense. En primer lugar, podría hablarse de una temática recurrente en los textos de Borges que se refiere a la identidad: un hombre es todos los hombres, es el postulado. En una clara y oportuna alusión al Génesis, Borges dice: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres; por eso, no es injusto que una desobediencia en un Jardín contamine al género humano” (Ficciones, “La forma de la espada”). Por sustancia o por analogía, el autor nos dice que todos los hombres son iguales, en tanto son víctimas y victimarios, maestros y discípulos, escritores y lectores, verdugos y castigados, guerreros y cautivos; son uno y el otro al mismo tiempo. Esta noción da una idea de la pérdida de la individualidad humana, de la identidad. El hombre es todo y es nada al mismo tiempo, y la verdad está en el devenir. Logra definirse a sí mismo y a la realidad que lo rodea, en la contraposición, en lo antagónico a su persona, en un juego de dobles que se complementan entre sí.
  De la expresión de la tríada dialéctica, del filósofo alemán Friedrich Hegel, mediante la cual hace referencia a una concepción de la realidad como un proceso circular, movido por el principio de contradicción, se desprenden tres instancias: la tesis, que es el ser visto como identidad y no en su totalidad o en relación con lo otro; la antítesis, en la que se produce la negación de sí mismo ante lo otro que provoca una alienación u objetivación; y la síntesis, la totalidad alcanzada por la razón, al negar la negación y lograr la superación, la reconciliación del ser. Dicha reconciliación configura una nueva tesis, por eso es que el proceso es circular. Esta es una de las teorías más importantes y representativas de la obra del filósofo y se encuentra comprendida dentro del libro Ciencia de la lógica. De esta forma, Adán y Eva, a través del lenguaje –estructura de símbolos que organiza el pensamiento–, intentan definir su entorno, los elementos que los rodean, y al otro, para poder así definirse a ellos mismos. Ambos diarios, que resultan una suerte monólogo interior, abundan en descripciones del otro y de sus reacciones y formas de relacionarse. Adán se pasa años tratando de averiguar qué es esa criatura que, luego de descartar una infinita variedad de hipótesis, comprende que es su hijo. Podría decirse entonces que tanto Adán como Eva son al mismo tiempo quien los escribe, el narrador y el autor, Mark Twain, o quien los lee, cualquier hombre o mujer, todos los hombres y mujeres, ya sea por la función, ya por el castigo, ya por el destino. Todas las historias son formas distintas de una misma historia, todos los episodios pueden agotarse en uno solo, y todos los hombres son un solo hombre, ya sea por analogía, ya sea por oposición, son la misma sustancia: el espíritu.
  En segundo lugar, se refiere Borges también a la ironía, ya que resulta también una figura recurrente en sus textos. El autor dice que al intentar explicar una realidad que se nos escapa, una realidad en donde no hay una negación o una afirmación ya que no permite deducciones lógicas, la ironía es la única respuesta. La ironía, dice, es una mirada crítica, trasgresora, descreída y elocuente, fundada en lo absurdo y lo antagónico. “La ironía es la respuesta y la pregunta al mismo tiempo, dice lo que no dice y no dice lo que realmente dice, es una exactitud burlada, un disparate presentado como indiscutible, que confunde aclarando” (Martínez Sánchez, El hombre posmoderno). En el segundo eje, ampliaré sobre el concepto del humor en las obras literarias y las nociones y manejos de la ironía, la parodia y la sátira.

Borrar con la mano y escribir con el codo (palimpsestos)



  Los palimpsestos son manuscritos antiguos que conservan huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. En esta definición se hace referencia a la idea de esta nueva versión de la historia del Génesis escrita esta vez por sus protagonistas. La principal característica de Los diarios de Adán y Eva que puede observarse es su evidente intertextualidad con la Biblia, como documento histórico o como obra literaria. Mark Twain juega entonces con esta doble significación y legitima la obra a la que se refiere, en un primer momento, para luego deconstruirla en esta parodia satírica o sátira paródica, manifestando un cuestionamiento a los conceptos sociales canonizados por la cultura occidental.
  A partir de la producción novelesca contemporánea, Linda Hutcheon crea el concepto de metaficción historiográfica que puede servir de eje para un primer acercamiento al análisis de esta obra. Este concepto surge de un cambio en el marco del conocimiento histórico que se dio en la ruptura entre el modernismo y el posmodernismo. (Debe aclararse que, si bien Mark Twain es anterior a la etapa posmoderna, evidencia en sus obras esta “voluntad de deshacer”, un impulso deconstructivista para la recuperación de la cultura popular, propio de los posmodernistas. Asimismo, las fechas inaugurales son arbitrarias y es posible descubrir antecedentes del posmodernismo en Nabokov o Cortázar o en autores tan dispares como Sade, Blake o Rimbaud, ya que en la obra de todos ellos está presente la ruptura, la descentralización, la desmitificación o el deconstructivismo). El concepto de metaficción se atribuye al establecimiento de nuevos cánones para tratar el material histórico y relacionarlo con la ficción. La aproximación posmoderna a la historia acentúa las similitudes entre ficción e historia y revela un alto grado de intertextualidad en el arte. Traza paralelismos entre lo histórico y lo ficticio, y mezcla ambos discursos para obtener una amplia variedad de juegos formales y contextuales.
  Según el posmodernismo, el acceso a la historia se da solamente a través de documentos y relatos sobre el pasado. Es decir, el conocimiento histórico es una construcción discursiva, compuesta de verdades relativas que dependen siempre del contexto interpretativo y de la condición subjetiva del narrador. De esta forma, Mark Twain relata la historia del Génesis a través de los manuscritos que trascriben el diario de Adán y el diario de Eva. Se debe pensar a estas transcripciones como documentos históricos, que son, sin lugar a dudas y de forma adrede, en extremo subjetivos y contrapuestos entre sí. Por esto, la novela elabora un inteligente juego entre el material histórico y el estatus que este es capaz de adquirir dentro de la ficción; reconstruye los hechos históricos de forma creativa sobre la base de la información disponible, obviando su estatus de ficción. Legitima la Biblia como un documento histórico, o como una obra literaria en el mejor de los casos, y la reinterpreta, rescribe la historia y le atribuye nuevos significados. De hecho, lo que hace el autor no es ficcionalizar la historia, sino que lo que intenta es darle a este discurso ficticio el status que tendría un documento histórico. La aclaración “Traducido del original”, que aparece como subtítulo al comienzo de cada diario, da la idea de un registro histórico formal y, a su vez, anticipa las desviaciones que se harán respecto de este. Toda traducción es, en algún punto, una interpretación que no podría nunca ser una transcripción literal de aquello que reproduce. El texto se verá siempre afectado tanto por las diferencias entre la lengua original y a la que es traducida como por la experiencia y la subjetividad del traductor que trabaja dicha obra.

Cuestión de humor


  La ironía es una antífrasis, según Kerbrat-Orecchioni (famosa lingüista que reformuló el esquema comunicacional de Jakobson), es una oposición entre lo que se dice y lo que se quiere hacer entender. La legitimación de la historia bíblica del Génesis, por parte del autor, podría así ser considerada una burla irónica ya que, mediante su afirmación, la niega. Esta es una de las funciones pragmáticas de la ironía, que consiste en un señalamiento evaluativo casi siempre peyorativo. Pero antes, se debe hacer una diferencia entre lo que es la ironía, la parodia y la sátira. Diferenciaciones sobre las que ha teorizado la misma Linda Hutcheon.
  La ironía, al ser intertextual, tiene una dependencia diferencial, una mezcla de desdoblamiento y de diferenciación con una memoria genérica. Esta también opera por medio de la repetición y de la diferencia. El análisis de la ironía se limita a palabras o frases y no a un texto o a una obra completa. Por otro lado, la parodia y la sátira sí tienen esa posibilidad. Estas también poseen elementos de intertextualidad. La parodia señala, es una especie de revisión impugnadora o de relectura del pasado que confirma y subvierte a la vez el poder de las representaciones de la historia; se niega a satisfacer la expectativa de clausura o a proporcionar la certeza distanciadora que la tradición literaria ha inscrito en la conciencia colectiva. La sátira tiene como finalidad corregir algunos vicios e ineptitudes del comportamiento humano, a través de su ridiculización. A estas ineptitudes, en el sentido en que son morales o sociales y no literarias, se las considera como elementos extratextuales.
  Los diarios de Adán y Eva es una parodia y, a su vez, una sátira. Como parodia, contrapone dos textos, al mismo tiempo que en su desarrollo contrapone dos puntos de vista. Como sátira, cuestiona las convenciones sociales y culturales en cuanto a la forma en que los hombres y mujeres interactúan. Cuando estos tres puntos se entrelazan, se puede hacer un uso pleno de la ironía. Por lo expuesto, se puede relevar que esta novela corta es una parodia satírica o una sátira paródica.
  Es curioso notar que las estrategias paródicas posmodernistas son empleadas, a menudo, por artistas feministas para llamar la atención hacia la historia y el poder histórico de esas representaciones culturales que todavía hoy siguen vigentes, contextualizándolas, para reconstruirlas. Algunos artistas varones han usado la parodia para investigar su propia complicidad en tales aparatos de representación, al tiempo que siguen tratando de hallar un espacio para la crítica. El uso de la ironía, por parte de Mark Twain, tiene una doble significación. Este, a través de la mirada de Adán, hace una crítica y ridiculiza los estereotipos femeninos, al mismo tiempo que lo ridiculiza a Adán mismo, ya que nos damos cuenta, más tarde, al leer el diario de Eva, de que sus impresiones sobre ella y sobre su realidad están completamente erradas. Lo mismo le sucede a ella, tanto en la crítica y la ridiculización del otro como en su imposibilidad de comprenderlo a él y a su entorno. Puede notarse también que en el texto no hay resolución dialéctica o una evasión superadora de la contradicción. Sus diferencias y sus lamentos carecen de un punto de entendimiento o de concertación: simplemente aprenden a soportarse el uno al otro.
  Adán no está contento con el criterio de Eva para nombrar las cosas que los rodean. Sin embargo, ella cree que a Adán le gusta que tenga esta iniciativa, ya que él no parece ser bueno para eso. Ella se adelanta siempre a él para evitarle la vergüenza pero, en realidad, esto lo pone molesto. Eva también cree que, al dejarle un día libre a la semana para el descanso, le ha dado una utilidad a Adán, el hábito del trabajo. Este piensa todo lo contrario, no quiere saber nada de eso. Adán, por su parte, piensa que utilizar palabras complejas infunde respeto en ella, pero eso no le preocupa en lo más mínimo a Eva. El juego entre las diferentes impresiones que tiene cada uno del otro y de lo que les sucede es inagotable en sus posibilidades y en el tiempo.
  El autor intenta darles fuerza a sus ideas a través de la alusión a tradiciones y conocimientos generalmente reconocidos. No hace falta siquiera haber leído la Biblia o tener una comprensión reflexiva superior sobre las relaciones humanas para entender y disfrutar de su obra. Presenta al lector ciertas pautas y datos mínimos –mediante los cuales este puede deducir las reglas del juego irónico– y, a su vez, lo alerta de otras posibilidades o razonamientos. Pone en evidencia cómo las representaciones presentes vienen de representaciones pasadas y qué consecuencias ideológicas se derivan tanto de la continuidad como de la diferencia. Abre el debate sobre cómo estas ideas moldearon nuestra forma de ser y de relacionarnos entre hombres y mujeres, desafía las nociones preconcebidas y cuestiona toda la cultura.
  Me arriesgo a conjeturar que, más allá de lograr modificar algunas conductas nocivas o ineptitudes para su interacción, tanto hombres como mujeres poseen una concepción del mundo diferente uno del otro, lo viven y lo sienten de formas muy distintas, ya desde un aspecto biológico. Y, aunque tal vez fuera posible igualarnos en ese aspecto, resulta improbable, a través del lenguaje, darle una idea precisa al otro de lo que uno piensa o siente. Por el momento, podemos reírnos de esto, un poco nomás, sin confiarnos demasiado.
















miércoles, 12 de noviembre de 2014

Fantasía y fuga



  Mi sobrino despierta en brazos de mi mamá. No entiende qué pasa. Hace un poco de berrinche, pero se la pasa pronto. Se aferra a la mamadera. Después, mamá me lo pasa. Está tranquilo conmigo. Pongo su cabeza sobre mi pecho, le hago unos mimos, le doy mi dedo, se sonríe. Siempre está contento, las rabietas no le duran mucho, y tiene una curiosidad inagotable. Su sonrisa es transparente, desprejuiciada, amable, pero que pareciera que anticipa algo en él, como la mía, opina mamá, como la de mi papá, o como la de mi tío.
  Hace rato que no lo veo, que lo siento lejos “al Carlos”, como le dicen, así, con el artículo, porque es de mendocino. Es escultor y vive en San Luis, con mi tía, que también es escultora, y dibuja. A veces no te das cuenta de dónde surgen las imágenes, le escuché decir a ella, cada pieza es única, como cada momento de la vida. Es una linda reflexión. Cuando era chico, siempre tuve la sensación de que su casa era un lugar mágico, como la fantasía viva de un artista, una especie de santuario del arte, primitivo, rústico. Los pasillos están envueltos por ramas, troncos, macetas, hojas, cañas y, por supuesto, esculturas. En cada rincón donde uno mire, hay esculturas y dibujos por todos lados. Está llena de cosas que muchos dirían que es basura, pero ellos las convirtieron en anafes, lámparas, estantes, escaleras, bibliotecas. El patio parece una pequeña selva, con su horno de barro, su piso de canto y lajas, y más esculturas. Cada uno tiene su propio taller en la casa: el trabajo es solitario; el motivo es la necesidad creadora, como la de Sísifo, que empuja su piedra una y otra vez, eternamente.
  Allí está el absurdo del que hablan algunos pensadores, en esa necesidad que nos deja vacíos y nos vuelve a llenar, cuando damos ese salto de fe que implica el impulso artístico. “Uno debe imaginar feliz a Sísifo, por eso vuelve a empujar la piedra”, dice Albert Camus en su famoso ensayo. Y así es como me lo imagino siempre a mi tío, sonriendo. Las plantas de su casa sonríen con él, las sierras y el río también. Y así lo veo a mi papá, a pesar de todo. Y, cuando me miro al espejo, sonrío… Es un ejercicio del alma cuando el cuerpo no puede, y uno del cuerpo cuando no puede el alma. Habitamos la herida. El dolor no vale nada, y las pasiones son de esas cansadas, las que pretenden agotar el ámbito de todo lo posible en cada intento, cuenta un filósofo romano.
  La ciudad de San Luis siempre me pareció lejana, a miles de años luz de Buenos Aires, y solitaria. El aire es limpio; el paisaje, despojado. Las calles de tierra se sienten bien, pero la sensación de vacío me es inevitable. Siempre me imaginé que, en el medio de lo que para mí era la mismísima nada, lo único que habitaba ese desierto era la casa de mis tíos. Alguna vez, fue homenajeada como la Casa de la Escultura; muchas obras de ellos están desparramadas por todas las plazas de la provincia. Viajaron y ganaron premios en algunas partes del mundo. Nunca se sintieron extranjeros en ningún lado ni necesitaron saber una palabra en otro idioma. El vínculo es otro. Ellos abren caminos, siempre. No creen en la utilidad del arte, lo ven como un pensamiento que perdura en el tiempo, por su propia presencia, donde las personas plasman sus sensaciones.
  Hubo un invierno que pasamos en la casa de mis tíos. Hacía mucho frío y me dijeron que nevaba. Yo era muy chiquito, no puedo recordarlo. Parece que me enfermé mucho y nos tuvimos que volver a Buenos Aires. También, para una navidad, mi tío se disfrazó de papá noel. Eso sí lo recuerdo. Me tocó de regalo un muñeco de Mazinger Z que disparaba los puños, y perdí uno esa misma noche.
  Cuando hablo con mi tío, se sonríe. Escucha las palabras, festeja lo que le cuento, y me abraza. Es querendón, afectivo. Y cuando me ve tocando la guitarra o cantando, me abraza más fuerte. Y, cuando habla él, también se sonríe, y uno se contagia de eso. Todo le resulta curioso, se asombra de cosas como los planos que hace mi viejo, las historias de los libros o los primeros gestos de mi sobrino, le hace gracia, como si la vida misma fuera un chiste, de esos con los que uno se tienta cuando los cuenta. El Carlos siempre fue así, con sus ataques también, me dice mamá, y me deja pensando: “Reíte, si querés —escribió W. H. Auden en uno de sus poemas—, pero tenés que saltar”. El salto de fe frente al absurdo de la existencia, para no paralizarse, me imagino.
  Mi tío explora, siempre, le gusta descubrir. Cree en lo inexplicable de la existencia, en darle sentido, resignificarla: el ímpetu de los leones no se reprime en sus cuevas… Algo de eso hay en su sonrisa y en sus “ataques”, el hecho de no comprender el mundo que nos rodea pero, al mismo tiempo, enfrentar esa incomprensión. Y a mí me gustan los leones que marchan en la oscuridad, me gustan las personas que saltan; no ese salto estúpido, temerario, sino ese salto consciente, rebelde, un salto que se justifica en sí mismo, como el de la orquesta del Titanic, que sigue tocando.
  Siempre fue depresivo, dice mamá, como tu papá. Y mi idea de hombre-niño se deshace, o se reafirma. Tal vez haya algo en los genes de los hombres de esta familia, y me acuerdo de una mañana que me desperté con los gritos de mi papá y mi mamá: “¿No ves que estoy harto de estar vivo?”, dijo papá. ¿Qué se le responde a alguien que dice eso, alguien a quien amás? ¿Cómo se reacciona? ¿Cómo se sigue? Me gustaría preguntarle eso, pero parece una guachada. Eso es algo de mamá y no me meto.
  Los tres trabajamos esa piedra, mi tío, mi papá y yo, creo, cada uno a su manera, como Sísifo. Mi tío la transforma en esculturas; mi papá, en planos, cemento, tabiques, vigas, casas, espacios; yo, le tallo palabras. Ese es nuestro absurdo, nuestro instinto creador, nuestra felicidad, tratando de encontrar las líneas de fuga del deseo, de hacer de nuestra propia vida una obra de arte, como chicos, tratando de olvidar que sabemos, viviendo el instante de terminar una cosa y empezar otra.
  Tu tío no sabe mucho sobre nada, dice mamá. Creo que yo no podría atreverme a hacer ese tipo de simplificación sobre nadie, menos de alguien que conozco, y que reconozco en mí, con todas nuestras contradicciones.
  Le paso mi sobrino de vuelta a mi mamá. No deja de mirarme, y me sonríe, y abre los ojos bien grandes cuando yo le devuelvo la sonrisa. Es el cuarto hombre de la familia, tiene toda una vida por delante, y una herencia extraña en su sangre. Pienso que me gustaría que me vea a mí como yo los veo a mi tío y a mi papá. Quisiera que no tenga que sentir que está cansado de estar vivo alguna vez, nunca, o que sobre su espalda, que todavía me entra en una mano, no caiga el peso de esa herencia, el de la piedra de Sísifo, el de la interiorización del abismo antes del salto, o que sepa llevarlo mejor que nosotros por lo menos. Quisiera que no pierda nunca ese instinto creador que viene con uno, como dice mi tío, como el cantar de los pájaros, que padecemos y celebramos los hombres de esta familia. Y que sonría, que juegue y que se ría de las obligaciones, de los prejuicios, de la solemnidad, de la tristeza, de la muerte, de todo, que se ría mucho.