Mostrando las entradas con la etiqueta borges. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta borges. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de septiembre de 2018

El blanco no es un color


Definitiva como un mármol
Entristecerá tu ausencia otras tardes.
Jorge Luis Borges



Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Mis nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás. ¿Dónde dormiste anoche entonces? Platos, vidrios, ropa, todo desparramado por los pisos, bolsos a medio hacer, o a medio empezar. Hojas muertas y tierra hasta la sala. La luz del ventanal me atraviesa, todos los espacios atraviesa, los vuelve etéreos, las partículas de polvo bailan en el aire. ¿Dónde habrás ido? El letargo se confunde con el aturdimiento. Un andar lento, extrañado, inestable. Tengo la convicción de ya haber vivido este momento. Los ojos no logran hacer foco. No puedo tragar. Como si tuviera la garganta desgarrada en mil pedazos; los sonidos se incrustan como astillas, no salen. ¿Dónde estás? ¿Escuchás mis pasos, entre las hojas y los vidrios? El piano está intacto, en el mismo rincón de siempre. Una leve lámina de polvo lo recubre. La madera está fría; las teclas, perezosas. ¿Me escucharías romper el piano? Intenté hacerlo ayer, me acuerdo ahora. Estuviste tocando anoche, discutimos. ¿Qué hiciste? Quisiera escuchar tu voz. No necesitaría ver ni hacer nada si pudiera escuchar tu voz. Sentirte respirar cuando despierto, ese regalo que me hacés todos los días, cada bocanada de aire que hay en tus pulmones, como si fuera nada. Pero ¿qué hiciste? ¿Por qué? No puedo dejar de pensar en eso. Si pudiera decir algo. Me desangraría desde la garganta si pudiera acaso. ¿Quién te convenció de qué? Tu mamá tuvo algo que ver, seguro. Me detesta. Todos acá me detestan, me toman por idiota. Este lugar, con sus mezquindades y costumbres del siglo pasado, este pueblo blanco, como el del catalán. ¿Cuántas veces te dije que no viniéramos, que no había nada que hacer acá? A esta tierra estéril, con caminos de piedra, cerros y hondonadas. No hay más. Lo único que crece acá es el cementerio. No quisiste escuchar, y yo cedí, por amor. Era eso, ¿no? Siempre todo tiene que ser como vos querés. Me das la razón nada más que cuando me querés pelear. ¿Dónde te metiste? ¿Fuiste a verla a mamá? ¿Le dijiste que estaba deprimido? ¿Con quién estás? Desde afuera, se escucha un tumulto que va creciendo. Las campanas suenan desde lo alto de la capilla. Me parten los oídos. Parece que sonaran desde dentro de mi pecho. Desde la ventana de la cocina, se ve mucha gente en las calles. Pasó algo. Todos pasan en procesión. ¿Te mataste? ¿O quién murió? No se ven tristes ni enojados, ni nada, sus movimientos parecen impostados. De a ratos, levantan la mirada. Les preocupan más los ojos que tengan encima que por dónde caminan. Si su dios los viera, los mandaría a quemar vivos. Se me parten los dientes tratando de articular una palabra. Quiero gritarles. Los sigo, los empujo. Nada. Ni me miran. ¿Te maté yo? Puedo escuchar sus pensamientos. Piensan en mí, cosas horribles. Por qué tengo todas esas cosas horribles adentro de mi cabeza. Pasó algo. Desde las diferentes calles, de a poco, todos llegan a la capilla, algunos se saludan. Está tu mamá, la mía también. Estás muerta. Eso es lo que pasa. Discutimos mucho anoche, me acuerdo ahora. ¿Se lo contaste a alguien? ¿Por eso nadie me mira? Yo quería que habláramos. Estabas borracha y empezamos a pelear. Pero me acosté tranquilo, nos acostamos juntos. Siempre pensé que te tenía que decir las cosas como las sentía, y algo siempre se ponía en el medio. Después, pasó la noche del bar. Yo estaba ahí, tranquilo, ni siquiera estaba tomando, y esa pelirroja no me sacaba los ojos de encima, y me buscaba, y a mí ni siquiera me gustan las pelirrojas. Ese día habíamos peleado también. Tu amigo me vio, me vieron todos en el bar. Vos siempre fuiste más discreta, y la mitad de toda esta gente se ríe discretamente de mí, o me tratan como a un pobre tipo. Ahora me tienen asco y odio, puedo escucharlos. Y vos, ¿dónde estás? Dormís. Nunca más tu respiración, tu voz, tu mirada. Mientras más trato de abrazar otra vez esa sensación de tenerte cerca, más siento que te pierdo. ¿Aguantará tu alma el peso de esa piedra que tenés como corazón? La gente empieza a amontonarse frente a la puerta de la capilla, nadie quiere dar el primer paso. No tengo nada que hacer acá. Mi amor descansa, mi pena también. Qué diría ese zorro ladino y condescendiente del cura si me viera entrar. Qué va a decir mi familia. ¿Me van a acusar a mí también? Mi hermana, que está lejos, ella te va a echar la culpa a vos, claro, va a decir que te suicidaste. Me conoce mejor que nadie. Y yo todavía no puedo entender bien qué pasó. Y todas las mascotas de mi hermana, me da celos todo lo que la quieren. Es tan fácil ser una mascota, es tan simple ese tipo de amor. Ya está. Llego al río, pasando el barranco. Los pies se arrastran hacia la parte honda. No se siente el agua a mi alrededor. Los dedos no pueden surcarla, ni se escurre entre ellos. Los pulmones no se mojan. No pasa nada. Me desespera más que si me estuviera ahogando. Tuve esa misma sensación anoche, me acuerdo ahora, después de acostarnos. Me diste de comer, te acostaste conmigo y soñé que me moría. Me desperté a mitad de la noche, asustado. No estabas en la cama. ¿Qué hiciste? ¿Qué me hiciste? Fuiste vos, entonces, la que me mató a mí. ¿Soy yo el que está muerto? Pero puedo tocarme, sentirme. ¿Cómo puede ser? Lo que siento en la garganta es el veneno. Nada más que confiando tomamos el veneno con cuchara. Vuelvo a entrar a la casa. Estás ahí, volviste, no estás en la capilla, te sentías demasiado triste, dijiste. Te veo sentada en el sillón de la sala, demasiado cómoda como para estar castigándote. Quiero gritarte, empujarte. No puedo hacer nada de eso. Es inútil. Te sobresaltás, de repente, mirás para todos lados, te ponés a llorar, como si me presintieras. Cuando me escuchaste gritar ayer, subiste, me calmaste, pusiste algo en mis manos, una carta, sí. La escribiste mientras esperabas que hiciera efecto el veneno. Y ya está. Después, te fuiste sin que nadie te viera. Me dejaste durmiendo, con la carta en la mano. Ahí la veo, en la cama. De alguna manera, creo que sé lo que dice, pero la leo. Decís que no podés más, que te fuiste. Los ojos se cansan, las letras se desfiguran. No puedo seguir. Todos van a pensar que me suicidé. Por supuesto, quién podría dudar de vos. Ya no puedo acordarme más. Estoy cansado. Tal vez sea para mejor. Ser una víctima antes que un idiota. Me voy a volver loco hablándome a mí mismo, si pudiera acaso. Me pierdo. ¿Dónde estás? Hay mugre en los pasillos. Los pies encuentran el camino. La cerámica tiesa, restos de cosas, polvo. Las flores de papel sobre las paredes están rotas, marchitas por la humedad. No llega el claro del día a esta parte. Los nervios siguen dormidos, ligeros. No puedo acordarme de nada. No estás…


* Este cuento, escrito por mí, toma algunas frases de diferentes canciones de la banda White Stripes, escritas por su guitarrista y cantante, Jack White. A través de estas frases sueltas (que fueron traducidas por mí y reformuladas dentro del cuento), imaginé una historia, una historia en la que su temática y su clima se funden con las temáticas y los climas que tiende a crear este músico, símbolo de la cultura estadounidense actual. Por esta razón, la imagen es de uno de sus discos también.


También te puede interesar: La verdad no hace un sonido, Microrrelato 1: La morbosidad de transcurrir, Robar no es hurtar, Los árboles torcidos, Elvira, Interrupciones


viernes, 28 de julio de 2017

Consejos para escribir

Siempre hay tiempo para escribir, no hay excusa que valga. Siempre hay tiempo para hacer lo que nos gusta. Aquellos que dicen “cuando termine la carrera, voy a escribir”, es mentira: al que realmente le gusta escribir se busca el tiempo para hacerlo. Lo que siempre buscamos es una motivación o un incentivo a la hora de escribir. Si esquematizamos el proceso de escritura de una forma muy simple y acotada,  podemos decir que se divide en tres etapas: escritura, reescritura y corrección. La escritura es el primer paso y, quizás, el más difícil; es superar el cansancio, la desmotivación, la falta de ideas o de modos de expresarlas. Todo eso se puede trabajar. El segundo paso es revisar, y tachar, o sobrescribir; darle una nueva dirección a lo que escribimos, encontrar el camino correcto, u otro: agregar o sacar elementos. Este segundo paso, puede repetirse más de una vez; no es una ciencia exacta. El último paso es la corrección, que también puede repetirse más de una vez, aunque no es conveniente. Hay que aprender también a desprenderse de lo que uno produce, y seguir, hacia algo nuevo, distinto. De esta manera, podemos pensar en algunos consejos que nos resultarán útiles en cada una de las etapas que hemos mencionado:


Escritura


  • Comprometernos

Escribir es un trabajo como cualquier otro. Para ser prolíferos, debemos ser constantes. Las mejores ideas llegan cuando uno no las está buscando;  por eso, es mejor estar preparado y tener siempre el lápiz afilado.

  • Tener paciencia
Escribir a nuestro tiempo. A veces queremos terminar una historia nada más que para calmar nuestra ansiedad, pero siempre conviene no apresurarnos. Dicen que “se escribe con la cicatriz, no con la herida”. Todos los procesos llevan su tiempo. Sin darnos cuenta, inconscientemente, siempre estamos escribiendo,  pensando qué escribir. Las ideas decantan por sí mismas en nuestro consciente, y nosotros debemos respetar eso.

  • Ser curioso, y lector

Para escribir bien, es conveniente leer a los que escriben bien, tanto a los clásicos como a los contemporáneos, para sacar ideas, recursos y para motivarnos. La inspiración no viene y casi todo escritor empezó copiando a alguien. Como decía Picasso: “Los buenos artistas copian, los genios roban”.

  • Olvidar la autocensura

Escribir es rescribir. Todo lo que se nos venga a la cabeza, debemos escribirlo. No debemos dejar nada de lado. Es preferible olvidar una idea, una historia porque queremos y no porque no la escribimos a tiempo. Primero, nuestra tarea es escribir; después, habrá tiempo para organizar lo escrito.

  • Compartir

Nuestros allegados siempre son nuestros primeros lectores y ellos seguramente pueden darnos consejos válidos. Es cuestión de animarse, y de escucharlos.


Reescritura


  • El lector ideal

Lo primero que debemos hacer, es pensar quién leería lo que escribimos, aunque sea hipotéticamente. Esto nos dará un marco, un objetivo, un  perfil, un estilo. De allí, podremos deducir, cómo estructurar nuestro escrito, qué registro utilizar, etc.

  • Símbolos

El lenguaje es un sistema de símbolos. Y de símbolos vivimos rodeados. Debemos entender que una cadena completa de ideas podemos encontrarla en cualquier lado, entre las palabras, entre alguna imagen visual, en nuestra casa, en un  bar o en el colectivo. Siempre es bueno estar atentos a cualquier estímulo.

  • Recursividad

Debemos también entender que la idea de la que parte lo que escribimos puede tomar diferentes formas y rumbos, incluso uno totalmente contrario. Una vez que tenemos un primer manuscrito, debemos revisarlo y contemplar la posibilidad de que pueden ocurrírsenos nuevas ideas que lo modifiquen en parte o completamente. Si esto implica, desechar ideas anteriores o ya escritas, bienvenido sea.


Corrección


  • Asombrarnos

Es importante aprender a crear giros inesperados para el lector. Dejarnos sorprender, y sorprender a los demás. Como decía Borges: “Vivimos no de la costumbre, sino del asombro”.

  • Observar

Las historias y personajes que creemos deberán ser particulares y verosímiles, ya que estos son los que más se recuerdan. La literatura está hecha de detalles. Para identificar a un personaje es importante oírlo (su lenguaje lo define) o ver cómo se mueve.

  • Economizar

Escribir es elegir. No debemos ponerlo todo, tenemos que aprender que menos es más y lograr que el lector reponga e imagine lo que falta.

  • Dejar descansar el texto

Tratemos de alejarnos del texto al menos por unas horas o días; después, podremos releerlo con cierta distancia.

  • Confiar

Antes de corregir nuestro propio escrito, debemos confiar en nuestras  propias capacidades y conocimientos.

  • Dar lo mejor

Debemos comprender, por último, que nunca estaremos plenamente satisfechos con lo que hacemos, por lo menos no a largo plazo. De lo único que debemos estar seguros, es que dimos lo mejor de nosotros en ese momento.




También te puede interesar: Los sueños dirigidos, Los árboles torcidos, Hasta dónde vas a llegar hoy, Microrrelato 1: La morbosidad de transcurrir, Casas de cartas, Leda y el cisne, Donde nacen las penas


domingo, 20 de marzo de 2016

Los sueños dirigidos (ensayo) (primera parte)

Lo que se encuentra detrás de lo que hay detrás


Podríamos decir que detrás de toda etapa consciente de estructuración de una obra, se encuentran nuestros procesos inconscientes: antes, durante y aun después. Tanto la psicología como la filosofía moderna han intentado teorizar sobre estos procesos. Sigmund Freud ha dedicado a este tema unos cuantos ensayos, todos compilados en el libro Psicoanálisis del arte (2008). Por su parte, Georges Bataille también ha hecho sus reflexiones. Ambos comparten más de una hipótesis o proposición en común, como la sublimación y las similitudes entre el arte y los sueños. Sin embargo, lo más destacable es que ambos asemejan la perspectiva o la visión del mundo del artista con la de un niño; y sus producciones, con el juego. Según Freud: “Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino la realidad efectiva”.  Hay en este postulado un indicio de lo que es la sublimación: el fantaseo del niño, la negación de una realidad, el libre albedrío del ello. Bataille expresa que, una vez que llegamos a la adultez, se nos impone un mundo que debemos aceptar como natural. Una vez inmersos en esta farsa a la que entramos por nuestra propia voluntad, algunos pocos se sienten aún víctimas de una trampa y no dejan de desconfiar: “Como chicos buscando las hendiduras de una cerca, intentan mirar a través de las fallas de ese mundo”. Esto, asimismo, recuerda al concepto de sueños diurnos de Freud: “Cuando el adulto cesa de jugar, solo resigna el apuntalamiento en objetos reales; en vez de jugar, ahora fantasea. Construye castillos en el aire, crea lo que llamamos los sueños diurnos”.

Interrupción


“Todo comienza por una interrupción”.  Y de hecho, la escritura, como cualquier otra forma de arte, así lo hace. La figura del escritor es similar a la de un cazador. Esta tal vez sea una analogía posible. Es decir, se escribe para intentar capturar instantes, emociones, pensamientos que conmueven nuestras vidas, que se impregnan en nuestro ser y que dejan una huella en nuestra sensibilidad y en nuestra forma de apreciar el mundo: algo en nuestra existencia nos atraviesa abruptamente, y nos urge intentar adivinarlo. También se dice que los escritores escriben porque quieren comprender el mundo que los rodea, porque quieren comprenderse a sí mismos: “Si el mundo fuera claro, el arte no existiría”. Las citas proliferan. Sin embargo, todas convergen en un postulado: el arte es una necesidad imperiosa para el artista, es un proceso que nunca acaba. Algunos incluso aseguran que es sufrimiento, que se escribe “para terminar de escribir”,  aunque esto resulte ilusorio, ya que nunca terminamos: el arte es una fe, una creencia que ayuda a sostener la vida. En una oportunidad, el escritor norteamericano Paul Auster hizo una excelente reflexión que sirve a nuestros fines: “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sentís que tenés que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta con tomar la vida como viene y disfrutar la belleza de estar vivo. No se tiene que preocupar por crear nada. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte". La inconformidad ante lo fugaz, lo efímero, lo injusto, lo despiadado, lo horroroso es la interrupción que da forma a las letras de un escritor. Este necesita hacer ese desplazamiento, sublimar sus deseos, sus ansiedades y sus frustraciones. Al fin y al cabo, como lo explica la psicología, el ser humano guarda en cada una de sus acciones ese deseo inconsciente de retornar a su infancia, esa fantasía donde el mundo todavía no lo había decepcionado, donde todo era siempre posible. Así también lo expresó el célebre pintor Pablo Ruiz Picasso al referirse a que, perfeccionándose a través de años, había logrado pintar como los pintores del Renacimiento, pero pintar como los niños le había llevado toda una vida de aprendizaje.

Crucifixión. Pablo Picasso.

Arquitectura de los castillos en el aire del arte


Ahora bien, cabe hacer un breve comentario sobre lo que algunos grandes autores y teóricos han sabido reflexionar sobre la relación entre los sueños, el inconsciente y la literatura misma. Como suele hacerse notar también a lo largo de su obra, Jorge Luis Borges dijo alguna vez que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido. Freud, de la misma forma, manifestó que la obra de arte tiene el mismo origen que los sueños. Es decir, tanto el arte como los sueños son manifestaciones de un deseo inconsciente y son creados a través de los mismos mecanismos. Podríamos señalar entonces que la literatura se construye sobre la misma base que la de los sueños: la mirada interior, lo simbólico, la tragedia del yo frente a la represión y frente al deseo, la magia o la ilusión de liberación del ello, lo pulsional. Todo esto aparece siempre entre líneas, entre los espacios en blanco que dibujan las letras. La admiración o embelesamiento que sentimos por una obra de arte, no implica que tengamos una absoluta comprensión de esta ni de lo que representa. Los significados devienen en interpretaciones, a las que cada lector, cada soñador les concede un sentido y una coherencia propios. La atención del lector a una obra literaria en particular se origina en la intención de una abstracción, un aislamiento que le provoque una reacción estética, apartándolo de una realidad particular regida por convenciones; es decir, se sitúa frente a esta como frente a una alucinación voluntaria que vive en su propia piel y que desborda sus sentidos. Aquello que tan poderosamente nos impresiona no puede ser otra cosa más que la intención del artista en cuanto él mismo ha logrado expresarla en la obra y hacérnosla aprehensible. Solemos creer que somos nosotros quienes inventamos, construimos relatos. En realidad, sucede todo lo contrario. A través de los relatos, lo que hacemos es inventarnos a nosotros mismos, construirnos a medida que contamos una historia. La vida misma, la historia de la humanidad es un relato, y también un sueño, podría decirse, plagada de simbolismos. El arte perdurable, por calificarlo de alguna manera, es aquel que precisamente aborda estas ficciones cargadas de figuras, representaciones, sospechas perceptivas; gira en torno a ellas, las hace y las deshace y las vuelve a hacer según la emoción que domine nuestro espíritu creativo. Es allí donde se encuentran los temas universales, absolutos, arquetipos que son indistintos a cualquier sociedad y a cualquier momento histórico. Por esto es que cautivan. “Quien conoce estos procesos psíquicos —dijo el psicólogo y ensayista Carl Gustav Jung—, sabe con qué subterfugios y maniobras de autoengaño se hace a un lado aquello que no conviene”. Al caer por debajo del umbral de la conciencia, estas cuestiones que nos desbordan desde los principios de nuestros tiempos, que se refieren a los grandes interrogantes de la sensibilidad humana, siguen viviendo en forma latente. Las desplazamos entonces, a través de la sublimación, el juego, el fantaseo, a nuestros procesos creativos y artísticos. La literatura, los relatos que inventamos (o nos inventan) hacen ver, muestran; sin embargo, no dicen. No se puede extraer de estos una conclusión única y reveladora; pero llaman a la interpretación, que sí resulta reveladora para nosotros mismos.

Volverse otro para encontrarse a uno mismo


El arte nos otorga la posibilidad de exteriorizar, a través de las creaciones propias, nuestros más secretos sentimientos y estados anímicos. Algunos de estos muchas veces son ignorados hasta por nosotros mismos. Las fábulas, las ilusiones, el fantaseo del arte son distorsiones de nuestro mecanismo psíquico que pueden llegar a conmovernos o conmover a otros, sin saber realmente por qué. El filósofo y ensayista Georges Bataille describe que el espíritu de lo poético, de la literatura se concibe con la idea de un cambio incesante, para así evitar la muerte: volverse otro y no permanecer idéntico a sí mismo. Es decir, el ser del arte es esa condición de cambiar. Desde este punto de vista, podríamos considerar a la literatura como un juego de roles que, en un principio, satisface y exalta a quien escribe; luego, dependerá del talento y de la habilidad del escritor que este goce pueda ser transmitido más allá de sí mismo, a los eventuales lectores. Asimismo, podríamos decir que nuestros procesos creativos son transfiguraciones de lo que, día a día, a lo largo de nuestra vida, nos acontece, nos preocupa o nos estimula: aquello que provoca y conmueve nuestro espíritu. De algún modo, entonces, el arte tiene la intención de hacer “transparente” el mundo, nuestro mundo; mundo en el que habitan tanto nuestros deseos como nuestros miedos. Pero esta tarea es solamente posible a través del propio lenguaje. Nuestros pensamientos, mediante símbolos, expresan expectaciones, propósitos o reflexiones; dichos símbolos nos resultan reconocibles muchas veces, en cierta medida, mientras que muchas otras veces, no. El significado de las alteraciones de los sentimientos y estados anímicos de nuestro espíritu, en ocasiones, permanece oculto hasta para nosotros mismos. Freud, llama a estos procesos sublimación. Sucede cuando soñamos, cuando fantaseamos, y sucede también cuando nos expresamos artísticamente. A través de nuestros personajes y de los escenarios en los que los ubicamos, damos cuenta de aquello que profundamente nos inquieta: nuestras ansias, nuestros deseos, lo que nos sorprende, o lo que nos perturba de los otros, de nosotros mismos. Todo esto se pone así en juego y es, efectivamente, un juego. En otras palabras, estas representaciones de nuestro inconsciente, nuestros procesos creativos en sí mismos, son una suerte de continuación o sustitución de nuestros juegos infantiles, fantasías provocadas por emociones intensas y reales, deseos propios que se pueden ver realizados en la obra de arte misma: “El poeta atempera el carácter del sueño diurno egoísta mediante variaciones y encubrimientos, y nos soborna por medio de una ganancia de placer puramente formal, es decir, estética, que él nos brinda en la figuración de sus fantasías. A esa ganancia de placer que se nos ofrece para posibilitar con ella el desprendimiento de un placer mayor, proveniente de fuentes psíquicas situadas a mayor profundidad, la llamamos prima de incentivación o placer previo. Todo placer estético que el poeta nos procura conlleva el carácter de ese placer previo, y que el goce genuino de la obra poética proviene de la liberación de tensiones en el interior de nuestra alma. Acaso contribuya en no menor medida a este resultado que el poeta nos habilite para gozar, sin remordimiento ni vergüenza algunos, de las propias fantasías".

Sigmund Freud. Andy Warhol.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La insoportable levedad de la condición humana



Cada uno de ellos había creado un infierno para el otro, 
pese a que se querían.
(Milan Kundera, La insoportable levedad del ser)

Dios mueve al jugador y este, la pieza. 
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 
de polvo y tiempo, y sueño y agonía?
(Jorge Luis Borges, Ajedrez)

Acercamientos al análisis de la novela corta Los diarios de Adán y Eva


  En este estudio, me propongo analizar la novela corta Los diarios de Adán y Eva, del escritor estadounidense Mark Twain. (Este seudónimo hace referencia a una expresión utilizada por los marineros del río Mississipi, su lugar de origen. Este significa “marca dos” y tiene que ver con la profundidad a la que se encuentra el fondo del río, calado mínimo necesario para la buena navegación y dato importante para evitar encallar. Su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens). Dentro de la obra del autor, en la que tienen una indiscutida relevancia las célebres novelas Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, que son utilizadas como lectura complementaria en su país de origen, este relato breve que ironiza sobre la historia del Génesis suele pasar desapercibido y quedar relegado a una instancia menor. Sin embargo, este texto configura uno de sus momentos creativos más elocuentes, al utilizar con ejemplar sutileza el sarcasmo, el humor.
  Para su análisis, intentaré abordar conceptos y temas como la metaficción historiográfica, el posmodernismo en la literatura y la definición de ironía, parodia y sátira dentro de esta, así como la interrelación de estos conceptos. Diferentes textos de la canadiense Linda Hutcheon, teórica y crítica literaria, servirán oportunamente de soporte; sin dejar de lado a una gran variedad de autores como Markus Sasa, Santiago Juan-Navarro, Ihab Hassan, Catherine Kerbrat-Orecchioni, entre otros.

La guerra bíblica de los sexos


  Los diarios de Adán y Eva presenta una curiosa forma narrativa. En primer lugar, podemos observar la construcción de un narrador multiperspectivista, ya que delega la voz de la narración primero en Adán y luego en Eva, a través de la transcripción de sus diarios. A su vez, esto genera una nueva instancia narrativa intradiegética, en los términos de Irene Klein, filóloga y profesora de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La voz de Adán y la posterior fluctuación hacia la de Eva establecen narradores protagonistas, en primera persona y con una focalización interna. En segundo lugar, también es pertinente destacar la particularidad del tiempo del relato que corresponde a un relato reiterativo, según la teoría de Gérard Genette, uno de los creadores de lo que hoy conocemos como narratología. Esto se refiere a que se presenta una misma historia –la cual sucede una sola vez–, contada dos veces por sus actores principales para, de esta forma, contrastar sus diferentes puntos de vista y concepciones de la realidad. En tercer lugar, cabe mencionar y destacar la utilización, por parte del autor, de la intertextualidad y de la ironía como recursos para hacer una crítica a la sociedad moderna occidental y sus más arraigadas costumbres y nociones, así como las formas de interactuar y relacionarse que han heredado (sin muchas objeciones ni grandes aspiraciones para modificarlas) los hombres y las mujeres a lo largo de los siglos. 
  En la figura de Adán, Mark Twain presenta los estereotipos más intolerables o reprensibles, desde el punto de vista femenino, del género masculino y retrata una postura defensiva por parte de este ante la presencia y actitud controladora de Eva, la mujer. Adán la define a Eva como un “verdadero estorbo” y preferiría que no hablara. En sus propias palabras: “La nueva criatura dice que se llama Eva. Perfecto, nada que objetar. Dice que así podré llamarla cuando quiera que venga. Le dije que en tal caso la información me parecía superflua […]”. En contraposición, la figura de Eva está cargada de los estereotipos más reprochables, desde el punto de vista masculino, del género femenino. Así es como ella, sabia al distribuir culpas, logra hacerlo sentir culpable a Adán por su expulsión del Edén. Sin embargo, la mirada de Mark Twain sobre la mujer dista bastante de la referencia bíblica y realza cualidades que escapan a un simple contraste de estereotipos o, si se quiere, guerra de sexos. La figura de Eva es, por momentos, la de una mujer independiente y creativa, que siente curiosidad y disfruta de la contemplación de la belleza. Se considera diferente y hasta superior a Adán. Pero, consciente de esto, pone siempre por encima de todo su amor hacia él. Eva está siempre pendiente de un reconocimiento por parte de Adán que nunca llega: “Lo vi otra vez, durante un momento, el lunes pasado al anochecer., pero solo un instante. Esperaba que me elogiara por mis intentos de mejorar el lugar porque yo tenía buenas intenciones y trabajaba mucho. También se cuestiona ese amor que siente: “Si me pregunto por qué lo amo, me doy cuenta de que no lo sé, y realmente no me importa demasiado saberlo. […] En el fondo es bueno, y lo amo por eso, pero podría amarlo aun cuando no lo fuera. […] Es una cuestión de sexo, pienso”. Tal vez se deba esto al hecho de que el diario de Eva fue escrito algunos años más tarde, luego de la muerte de su esposa.
  El libro cuenta la historia del Génesis, de cómo se conocieron el primer hombre y la primera mujer sobre la tierra, su interacción, su expulsión del Jardín del Edén (al caer en el pecado), el nacimiento de su primer hijo y su posterior vida juntos hasta la muerte de Eva. En este relato, no hay alusión o rastro alguno de la presencia divina de Dios en ningún momento, ni siquiera en el momento de la expulsión del Edén. De esta forma, Mark Twain nos susurra al oído, nos dice entre líneas, con toda su perspicacia y sarcasmo, la falta de responsabilidad del mismo Dios sobre sus creaciones humanas.

Uno y el mismo


  Antes de comenzar con el análisis, quisiera abrir un paréntesis e intercalar algunos conceptos borgeanos sobre algunas cuestiones que se encuentran implícitas en la novela del estadounidense. En primer lugar, podría hablarse de una temática recurrente en los textos de Borges que se refiere a la identidad: un hombre es todos los hombres, es el postulado. En una clara y oportuna alusión al Génesis, Borges dice: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres; por eso, no es injusto que una desobediencia en un Jardín contamine al género humano” (Ficciones, “La forma de la espada”). Por sustancia o por analogía, el autor nos dice que todos los hombres son iguales, en tanto son víctimas y victimarios, maestros y discípulos, escritores y lectores, verdugos y castigados, guerreros y cautivos; son uno y el otro al mismo tiempo. Esta noción da una idea de la pérdida de la individualidad humana, de la identidad. El hombre es todo y es nada al mismo tiempo, y la verdad está en el devenir. Logra definirse a sí mismo y a la realidad que lo rodea, en la contraposición, en lo antagónico a su persona, en un juego de dobles que se complementan entre sí.
  De la expresión de la tríada dialéctica, del filósofo alemán Friedrich Hegel, mediante la cual hace referencia a una concepción de la realidad como un proceso circular, movido por el principio de contradicción, se desprenden tres instancias: la tesis, que es el ser visto como identidad y no en su totalidad o en relación con lo otro; la antítesis, en la que se produce la negación de sí mismo ante lo otro que provoca una alienación u objetivación; y la síntesis, la totalidad alcanzada por la razón, al negar la negación y lograr la superación, la reconciliación del ser. Dicha reconciliación configura una nueva tesis, por eso es que el proceso es circular. Esta es una de las teorías más importantes y representativas de la obra del filósofo y se encuentra comprendida dentro del libro Ciencia de la lógica. De esta forma, Adán y Eva, a través del lenguaje –estructura de símbolos que organiza el pensamiento–, intentan definir su entorno, los elementos que los rodean, y al otro, para poder así definirse a ellos mismos. Ambos diarios, que resultan una suerte monólogo interior, abundan en descripciones del otro y de sus reacciones y formas de relacionarse. Adán se pasa años tratando de averiguar qué es esa criatura que, luego de descartar una infinita variedad de hipótesis, comprende que es su hijo. Podría decirse entonces que tanto Adán como Eva son al mismo tiempo quien los escribe, el narrador y el autor, Mark Twain, o quien los lee, cualquier hombre o mujer, todos los hombres y mujeres, ya sea por la función, ya por el castigo, ya por el destino. Todas las historias son formas distintas de una misma historia, todos los episodios pueden agotarse en uno solo, y todos los hombres son un solo hombre, ya sea por analogía, ya sea por oposición, son la misma sustancia: el espíritu.
  En segundo lugar, se refiere Borges también a la ironía, ya que resulta también una figura recurrente en sus textos. El autor dice que al intentar explicar una realidad que se nos escapa, una realidad en donde no hay una negación o una afirmación ya que no permite deducciones lógicas, la ironía es la única respuesta. La ironía, dice, es una mirada crítica, trasgresora, descreída y elocuente, fundada en lo absurdo y lo antagónico. “La ironía es la respuesta y la pregunta al mismo tiempo, dice lo que no dice y no dice lo que realmente dice, es una exactitud burlada, un disparate presentado como indiscutible, que confunde aclarando” (Martínez Sánchez, El hombre posmoderno). En el segundo eje, ampliaré sobre el concepto del humor en las obras literarias y las nociones y manejos de la ironía, la parodia y la sátira.

Borrar con la mano y escribir con el codo (palimpsestos)



  Los palimpsestos son manuscritos antiguos que conservan huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. En esta definición se hace referencia a la idea de esta nueva versión de la historia del Génesis escrita esta vez por sus protagonistas. La principal característica de Los diarios de Adán y Eva que puede observarse es su evidente intertextualidad con la Biblia, como documento histórico o como obra literaria. Mark Twain juega entonces con esta doble significación y legitima la obra a la que se refiere, en un primer momento, para luego deconstruirla en esta parodia satírica o sátira paródica, manifestando un cuestionamiento a los conceptos sociales canonizados por la cultura occidental.
  A partir de la producción novelesca contemporánea, Linda Hutcheon crea el concepto de metaficción historiográfica que puede servir de eje para un primer acercamiento al análisis de esta obra. Este concepto surge de un cambio en el marco del conocimiento histórico que se dio en la ruptura entre el modernismo y el posmodernismo. (Debe aclararse que, si bien Mark Twain es anterior a la etapa posmoderna, evidencia en sus obras esta “voluntad de deshacer”, un impulso deconstructivista para la recuperación de la cultura popular, propio de los posmodernistas. Asimismo, las fechas inaugurales son arbitrarias y es posible descubrir antecedentes del posmodernismo en Nabokov o Cortázar o en autores tan dispares como Sade, Blake o Rimbaud, ya que en la obra de todos ellos está presente la ruptura, la descentralización, la desmitificación o el deconstructivismo). El concepto de metaficción se atribuye al establecimiento de nuevos cánones para tratar el material histórico y relacionarlo con la ficción. La aproximación posmoderna a la historia acentúa las similitudes entre ficción e historia y revela un alto grado de intertextualidad en el arte. Traza paralelismos entre lo histórico y lo ficticio, y mezcla ambos discursos para obtener una amplia variedad de juegos formales y contextuales.
  Según el posmodernismo, el acceso a la historia se da solamente a través de documentos y relatos sobre el pasado. Es decir, el conocimiento histórico es una construcción discursiva, compuesta de verdades relativas que dependen siempre del contexto interpretativo y de la condición subjetiva del narrador. De esta forma, Mark Twain relata la historia del Génesis a través de los manuscritos que trascriben el diario de Adán y el diario de Eva. Se debe pensar a estas transcripciones como documentos históricos, que son, sin lugar a dudas y de forma adrede, en extremo subjetivos y contrapuestos entre sí. Por esto, la novela elabora un inteligente juego entre el material histórico y el estatus que este es capaz de adquirir dentro de la ficción; reconstruye los hechos históricos de forma creativa sobre la base de la información disponible, obviando su estatus de ficción. Legitima la Biblia como un documento histórico, o como una obra literaria en el mejor de los casos, y la reinterpreta, rescribe la historia y le atribuye nuevos significados. De hecho, lo que hace el autor no es ficcionalizar la historia, sino que lo que intenta es darle a este discurso ficticio el status que tendría un documento histórico. La aclaración “Traducido del original”, que aparece como subtítulo al comienzo de cada diario, da la idea de un registro histórico formal y, a su vez, anticipa las desviaciones que se harán respecto de este. Toda traducción es, en algún punto, una interpretación que no podría nunca ser una transcripción literal de aquello que reproduce. El texto se verá siempre afectado tanto por las diferencias entre la lengua original y a la que es traducida como por la experiencia y la subjetividad del traductor que trabaja dicha obra.

Cuestión de humor


  La ironía es una antífrasis, según Kerbrat-Orecchioni (famosa lingüista que reformuló el esquema comunicacional de Jakobson), es una oposición entre lo que se dice y lo que se quiere hacer entender. La legitimación de la historia bíblica del Génesis, por parte del autor, podría así ser considerada una burla irónica ya que, mediante su afirmación, la niega. Esta es una de las funciones pragmáticas de la ironía, que consiste en un señalamiento evaluativo casi siempre peyorativo. Pero antes, se debe hacer una diferencia entre lo que es la ironía, la parodia y la sátira. Diferenciaciones sobre las que ha teorizado la misma Linda Hutcheon.
  La ironía, al ser intertextual, tiene una dependencia diferencial, una mezcla de desdoblamiento y de diferenciación con una memoria genérica. Esta también opera por medio de la repetición y de la diferencia. El análisis de la ironía se limita a palabras o frases y no a un texto o a una obra completa. Por otro lado, la parodia y la sátira sí tienen esa posibilidad. Estas también poseen elementos de intertextualidad. La parodia señala, es una especie de revisión impugnadora o de relectura del pasado que confirma y subvierte a la vez el poder de las representaciones de la historia; se niega a satisfacer la expectativa de clausura o a proporcionar la certeza distanciadora que la tradición literaria ha inscrito en la conciencia colectiva. La sátira tiene como finalidad corregir algunos vicios e ineptitudes del comportamiento humano, a través de su ridiculización. A estas ineptitudes, en el sentido en que son morales o sociales y no literarias, se las considera como elementos extratextuales.
  Los diarios de Adán y Eva es una parodia y, a su vez, una sátira. Como parodia, contrapone dos textos, al mismo tiempo que en su desarrollo contrapone dos puntos de vista. Como sátira, cuestiona las convenciones sociales y culturales en cuanto a la forma en que los hombres y mujeres interactúan. Cuando estos tres puntos se entrelazan, se puede hacer un uso pleno de la ironía. Por lo expuesto, se puede relevar que esta novela corta es una parodia satírica o una sátira paródica.
  Es curioso notar que las estrategias paródicas posmodernistas son empleadas, a menudo, por artistas feministas para llamar la atención hacia la historia y el poder histórico de esas representaciones culturales que todavía hoy siguen vigentes, contextualizándolas, para reconstruirlas. Algunos artistas varones han usado la parodia para investigar su propia complicidad en tales aparatos de representación, al tiempo que siguen tratando de hallar un espacio para la crítica. El uso de la ironía, por parte de Mark Twain, tiene una doble significación. Este, a través de la mirada de Adán, hace una crítica y ridiculiza los estereotipos femeninos, al mismo tiempo que lo ridiculiza a Adán mismo, ya que nos damos cuenta, más tarde, al leer el diario de Eva, de que sus impresiones sobre ella y sobre su realidad están completamente erradas. Lo mismo le sucede a ella, tanto en la crítica y la ridiculización del otro como en su imposibilidad de comprenderlo a él y a su entorno. Puede notarse también que en el texto no hay resolución dialéctica o una evasión superadora de la contradicción. Sus diferencias y sus lamentos carecen de un punto de entendimiento o de concertación: simplemente aprenden a soportarse el uno al otro.
  Adán no está contento con el criterio de Eva para nombrar las cosas que los rodean. Sin embargo, ella cree que a Adán le gusta que tenga esta iniciativa, ya que él no parece ser bueno para eso. Ella se adelanta siempre a él para evitarle la vergüenza pero, en realidad, esto lo pone molesto. Eva también cree que, al dejarle un día libre a la semana para el descanso, le ha dado una utilidad a Adán, el hábito del trabajo. Este piensa todo lo contrario, no quiere saber nada de eso. Adán, por su parte, piensa que utilizar palabras complejas infunde respeto en ella, pero eso no le preocupa en lo más mínimo a Eva. El juego entre las diferentes impresiones que tiene cada uno del otro y de lo que les sucede es inagotable en sus posibilidades y en el tiempo.
  El autor intenta darles fuerza a sus ideas a través de la alusión a tradiciones y conocimientos generalmente reconocidos. No hace falta siquiera haber leído la Biblia o tener una comprensión reflexiva superior sobre las relaciones humanas para entender y disfrutar de su obra. Presenta al lector ciertas pautas y datos mínimos –mediante los cuales este puede deducir las reglas del juego irónico– y, a su vez, lo alerta de otras posibilidades o razonamientos. Pone en evidencia cómo las representaciones presentes vienen de representaciones pasadas y qué consecuencias ideológicas se derivan tanto de la continuidad como de la diferencia. Abre el debate sobre cómo estas ideas moldearon nuestra forma de ser y de relacionarnos entre hombres y mujeres, desafía las nociones preconcebidas y cuestiona toda la cultura.
  Me arriesgo a conjeturar que, más allá de lograr modificar algunas conductas nocivas o ineptitudes para su interacción, tanto hombres como mujeres poseen una concepción del mundo diferente uno del otro, lo viven y lo sienten de formas muy distintas, ya desde un aspecto biológico. Y, aunque tal vez fuera posible igualarnos en ese aspecto, resulta improbable, a través del lenguaje, darle una idea precisa al otro de lo que uno piensa o siente. Por el momento, podemos reírnos de esto, un poco nomás, sin confiarnos demasiado.
















miércoles, 27 de agosto de 2014

De lo que están hechos los hombres y de lo que están hechos sus mitos

pequeño homenaje a Julio Cortázar...



  Me acuerdo, sentado en el piso del comedor de mi departamento, frente a la biblioteca, mientras la repaso impaciente y busco algo que me empuje más allá de los símbolos y las tipografías, y encuentro, de repente, y saco un libro… Me acuerdo, digo, de una chica que solía sentarse a mi lado, en el piso, donde estoy yo ahora, con las piernas hacia los costados como en posición india y los dedos de sus manos enredándose en sus tobillos, que examinaba los títulos y los autores, sus ojos daban saltos, me preguntaba, y yo observaba sus labios… Me acuerdo. Y justo saco el libro que me lo había regalado ella. Lo abro y leo su nombre, arriba del título, en la primera página; no su verdadero nombre, uno con el que fantaseaba. El libro está viejo y la edición es mala, pero había sido un lindo regalo: Fantomas contra los vampiros internacionales, o algo así, de Julio Cortázar. Un regalo perfecto en el momento perfecto. No es fácil eso. Ella lo amaba, y estaba bien, ¿qué mujer no lo hace? Se la pasaba hablando de él. Yo hacía rato que ya no lo soportaba: me había traicionado. Desde chico que lo leía. Y él me había prometido un bestiario de criaturas mágicas y hermosas, mitológicas. Criaturas terrenales también que, a pesar de parecer despiadadas y crueles, eran dueñas de un romanticismo que las llenaba de luz, y esto las convertía en seres tiernos y leales, capaces de un amor noble. Él me había prometido otras realidades, otra cosa más allá de los sueños, la continuidad de los parques, palabras que guardaban una especie de magia dentro, el encuentro del amor ansiado en las situaciones más insólitas, como en una autopista: un amor que nos iba a partir como un rayo. Y lo cierto es que ese rayo siempre lo parte a uno solo. Pero yo le creía en ese entonces: convence, Cortázar convence. Sin embargo, a medida que fui adquiriendo experiencia en el mundo, me di cuenta de que leerlo es muy lindo, pero la vida no es como una de sus historias. De hecho, está muy lejos de serlo. Él parecía saber exactamente lo que querían las mujeres (un tipo fascinante, en verdad), aunque lo cierto es que no sabía nada: lo que quieren las mujeres lo saben las mujeres. Algunos, como Cortázar, tenemos a veces el descaro o la cobardía de contarles qué es lo que quieren a ellas y, a veces, convencemos… Fantomas, ese libro extraño y difícil que hoy tengo entre mis manos, gracias a ella, a la que hoy siento lejos, logró algo que yo ya creía imposible: ese libro, o esa chica, me amigó con el hombre de los cronopios y de las famas. Aunque todavía no le volví a creer, para nada. Pero, en ese momento, pude conocer a un Cortázar que hablaba de sí mismo en la cuarta persona; que se ponía cachondo en el vagón de un tren con una rubia italiana, pendeja, tonta; al que Susan Sontag le daba vuelta la cara por teléfono y hasta le reprochaba el hecho de que era un mamero. Es decir, un Cortázar más humano, no el mito romántico que se construyó sobre él y que ya se nos sale por todos los orificios. Su mejor versión, a mi entender. Conocí también el gesto más lindo y encantador que alguien haya tenido conmigo, de una ternura totalmente impulsiva. Precisamente, ella parecía haber salido de uno de sus cuentos: ese pelo prendido fuego, sus ojos de mar, los labios fervorosos, inquietos y una piel tersa, rosada, que desbordaba picardía. Yo solía quedarme mirando sus ojos como si dentro de ellos hubiera encontrado el aleph del que hablaba Jorge Luis Borges. Y ya no quería saber más nada, me perdía. No me importaba nada de lo que sucediera alrededor, antes, después, más tarde: ya estaba todo ahí, en esos ojos verdes. Pero ella no lo hubiera entendido. No le gustaba Borges, no sabía lo que era eso. Y el movimiento de su cuerpo al caminar me recordaba a una de las enfermeras del doctor Havel, de los “amores ridículos” de Kundera. Y era ciertamente ridículo: ella no conocía ese libro tampoco. Y, después de todo, ella se me hacía más a la señorita Cora o a Delia. A veces, cuando la tenía entre mis brazos, yo me sentía un personaje trágico y mitológico. Y eso, aunque ella lo habría entendido, no se lo iba a decir.
  Sigo, entonces, pasando con indiferencia las páginas del libro, de Fantomas, mientras pienso e imagino su vocecita diciéndome algunas palabras en francés, trato de recordar el sonido de las palabras que me dijo la primera vez que salimos, pienso en algo sobre lo que escribir. Es inútil, no puedo. Y me detengo, de repente, en una página, y leo —y estas tal vez sean las palabras más lúcidas que Cortázar alguna vez escribió—:
“Menos mal que Borges ya se jubiló”.