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miércoles, 24 de mayo de 2017

Sin pecado, no hay pecador

un acercamiento al análisis del cuento "Las vestiduras peligrosas" de Silvina Ocampo



  Silvina Ocampo es una cuentista conocida por su inclinación hacia lo fantástico, lo extraño, lo siniestro. En su obra, describe mundos sombríos, trastornados y sus personajes casi siempre tienen una inclinación hacia el sadismo, caracterizados por una ingenuidad ambigua, infantil y, al mismo tiempo, apática, insensible hacia las desgracias o tragedias humanas. Su cuento “Las vestiduras peligrosas”, compilado en el libro Los días de la noche (1970), entre otros, es un claro ejemplo de esto.
  En un primer acercamiento, podemos decir que el cuento en cuestión está narrado por uno de los personajes principales, Piluca, quien tiene una focalización interna y parcial y ha sido testigo de los hechos que narra. Estos hechos son narrados en pretérito y no hay indicios para determinar la distancia temporal entre el momento de la narración y el momento en que se dieron los acontecimientos.
  Por otro lado, el cuento comienza in extremis res, es decir, nos anticipa el desenlace. Nos da a entender que la otra protagonista, Artemia, que era conocida de la narradora, está muerta. De ahí en adelante, se intenta reconstruir o recapitular algunos momentos relevantes desde el inicio de la relación entre las protagonistas. Estos momentos relevantes intentan también servir como explicación o justificación para la narradora, Piluca, del trágico final de la vida de Artemia.
Los personajes que protagonizan el relato son dos, Piluca (o Régula), la pantalonera que se hace pasar por modista, una adulta de clase humilde y con fuertes creencias religiosas, y Artemia, la chica rica que contrata a esta modista, joven, esbelta y vana, aunque buena, según dice la voz de la narradora.
  En una primera lectura, lo primero que podemos notar es la cantidad de referencias religiosas que abundan, y son estas marcas las que introducen a una lectura analítica del relato ya que ninguna de ellas es casual. En la primera línea, la narradora dice: “Lloro como una Magdalena”. No es un dato menor que María Magdalena, en los relatos bíblicos, es la madre de Jesús, quien fue testigo de la crucifixión de su hijo. Asimismo, cuando tiene que trabajar arduamente, la narradora pide ayuda al lirio de la Patagonia, es decir, a Ceferino Namucurá, santo de origen humilde y, no por nada, carpintero. Por otro lado, en uno de los diálogos entre las dos protagonistas, Piluca dice: “Pero niña, está bien que sea buena […] pero no hasta el punto de querer sacrificarse por la humanidad”. De esta manera, es evidente la representación simbólica de Jesús en Artemia por parte de la narradora. Cabe destacar que, en presencia de tantas referencias y símbolos religiosos, el nombre de Piluca remite a Pilatos quien, por omisión y para satisfacer al populus, quien fue el que lo condenó a muerte a Jesús.
  Por otro lado, Artemia es un nombre de origen griego. Esta referencia simbólica es extranjera en un relato claramente apoyado en la tradición y moral religiosa cristiana, latina. Del mismo, el personaje de Artemia es extranjero en el mundo, no encaja, no lo acepta, lo desafía constantemente a través de la exageración de su sexualidad. La diosa griega Artemisa era la diosa helena de la caza, de los animales salvajes y de la virginidad, que traía y aliviaba las enfermedades de las mujeres; despertó el interés de muchos hombres y dioses, aunque ninguno pudo ganar su corazón. Esto posibilita numerosos análisis. En primer lugar, su naturaleza helenística la relaciona a lo matriarcal, a la defensa y a la exaltación de lo femenino. La joven protagonista no quiere ser amada, quiere sentirse deseada, cazada quizás, cuando en realidad es ella quien sale a cazar. Su atrevimiento es una denuncia de los peores rasgos del hombre, lo pretende exponer como un animal salvaje precisamente, aunque no lo logra. En segundo lugar, también se construye como una virgen, una mujer casta que solo busca provocar al sexo opuesto en vez de atraerlo. Esta relación sadomasoquista también la tiene con Piluca, quien se siente dominada y atraída, aunque asqueada, por Artemia: “Ella nunca me impresionó mal. Dicen que estaba enamorada”. Aquí, el sujeto elidido no permite saber si Piluca está hablando de ella misma  o de Artemia.
  Ambas protagonistas evidencian un claro rechazo hacia el mundo de los hombres. Al comienzo, Piluca describe una situación de cuando era joven en la que el lugar del hombre es el de depredador sexual, depravado:

"Cuando coloqué los alfileres, la primera vez me dijo:
—Tome un poco más, vamos —con aire puerco.
Le obedecí y volvió a decirme con el mismo tono, riéndose:
—Un poco más, niña, ¿no ve que me sobra género?
Mientras hablaba, se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo de los alfileres. Entonces, de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara".

  Aquí se evidencia la sensación de asco que le provoca el género masculino. Por otro lado, las acciones de Artemia están orientadas a desafiar el mundo de los hombres, en donde las mujeres deben ser pudorosas y sometidas. Asimismo, el novio de la joven que menciona la vieja Piluca parece haberla abandonado. En este contexto, la relación entre Piluca y Artemia y el mundo que comparten es enteramente matriarcal. Podría decirse que la vieja modista parece adoptarla como hija a la joven rica, intenta inculcarle valores, la cuida, la protege. Sin embargo, al mismo tiempo, el personaje de Piluca es sexualmente ambiguo, tanto desde un posible furcio discursivo: “lo dejaba a uno bizco”, “cuando uno los miraba”, así como desde la expresión de su pensamiento: “Verla así, vestida de muchachito, me encantó”. Hay una atracción sexual implícita hacia la joven en el cuento.
  Por último, como en todo relato bíblico, no podemos dejar de mencionar la presencia constante del pecado. Artemia es no solo viciosa, sino también una pecadora. Así lo entiende y nos lo cuenta Piluca. (En este caso, quizás, sería más adecuado su verdadero nombre, Régula, ya que este nos refiere a la regla o norma.) Podemos entonces encontrar que la joven peca de vanidosa: “La vida se resumía para ella en vestirse y perfumarse”, “¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para mostrarlo acaso?”; de avara: “A pesar de la repugnancia que siento por algunas ricachonas”; de holgazana: “La señorita Artemia era perezosa”; de envidiosa, iracunda: “Son unas copionas. Y las copionas son las que tienen éxito”; y de lujuriosa por lo indecente y lo lúbrico de sus dibujos, por salir a la calle prácticamente desnuda, para provocar. El último pecado, la gula, la insaciabilidad, a veces definido como un “deseo desordenado por el placer”, puede tal vez encontrarse reflejado en lo imperativo, en la constante exigencia de parte de Artemia para la confección de vestidos y, también, aunque en menor medida, en la forma compulsiva de trabajar de la propia Piluca.
  Esta última dice que le “atemorizan los vicios”. Su rigidez moralista y cristiana, la hace sentirse horrorizada por la figura de Artemia; como ya hemos dicho, la ve no solo como a una viciosa, sino como a una pecadora. A partir de esto, y como también le genera un cariño maternal, intenta educarla, pero se da cuenta de que, en realidad, se siente atraída sexualmente hacia ella. Esto la convierte en una pecadora a ella también, lo cual no puede tolerar y, de alguna forma, con la confección de su última prenda, la conduce a la muerte, por omisión, como Pilatos. De esta manera, al eliminar el pecado, la vieja dejará de ser una pecadora. Sin embargo, no experimenta ningún tipo de culpa o responsabilidad: “Hay bondades que matan”, dice. Artemia fue asesinada por tramposa, por despertar el deseo en Piluca, por no despertar el deseo en ningún hombre, por querer parecerse a ellos, por querer dejar de sentirse una extranjera.




domingo, 20 de marzo de 2016

La verdad no hace un sonido

  Son las dos o tres de la mañana. Ella duerme. Él se levanta de la cama, adivina el pasillo, atraviesa la oscuridad menguada del comedor y sale al balcón en silencio. Algo no lo deja dormir, lo persigue. Desde hace rato. No puede no saber. La ciudad no duerme, nunca. Siempre hay luz desde algún lado. Saca del bolsillo de su pantalón el paquete de cigarrillos, toma uno, lo prende, juega un poco con él. Mira hacia delante, mira sin mirar. Justo frente a él, al otro lado de la calle, hay otro balcón con las luces prendidas todavía, el único. Las cortinas están corridas de par en par. Ahí está la señora que se pasa el día sentada en su sillón, casi siempre mirando televisión, otras veces pintando cuadros y otras, nada más sentada, mirando hacia delante, mirando sin mirar. Alguna que otra vez, la pudo ver salir a su balcón en un camisón transparente a regar las plantas.
  Todas las noches, cada vez que sale a fumar, la señora está ahí. Tiene la casa repleta de sus propios cuadros, como si fuera una galería tristemente exclusiva, ignorada. Él se queda observando un rato, a la señora y a los cuadros.
  Después, sus ojos se fijan en una sombra extraña entre un conjunto de sombras recortadas sobre el paredón de al lado del edificio de la señora. La sombra se mueve. Podría ser él mismo, no sabe… o algo detrás de él. No puede no saber. No se movió, o tal vez sí, para escudriñar la sombra, no recuerda. Mueve la cabeza para ver si la sombra imita sus movimientos. Podría ser, no puede estar seguro. Se da vuelta. Nada. Solamente se va a sí mismo en el espejo del comedor; detrás, a lo lejos, la señora, sentada. Baja los ojos y pita el cigarrillo, nervioso, ansioso. Vuelve a poner los ojos en el paredón, intenta adivinar las sombras, se detiene en una, en esa. Sigue ahí, moviéndose. Lo inquieta. Mira de vuelta hacia atrás. Nada. No sabe de dónde viene, o a dónde va.
  No es una persona supersticiosa, pero esto le inspira un profundo terror. Tampoco sabe mucho de qué se trata esa sensación. Se le ocurre que, quizás, por eso le tenemos tanto miedo a la muerte: no sabemos de dónde viene, ni a dónde va. Intenta sacarse esa idea de la cabeza, ahuyentarla, evitarla, como a esa sombra. Pero él necesita saber, no puede no saber. Da una pitada profunda a su cigarrillo. Ahora quisiera gritar o llorar, lo que le salga primero. Ninguna le sale. Piensa en la chica que duerme en la habitación contigua. Qué pensaría ella si se entera de todo eso que piensa, o de que sale a fumar por las noches.
  Intenta adivinar lo que pinta la señora, pero no alcanza a ver. Ella pinta a un hombre, en un balcón, fumando; detrás de ese hombre, algo que no tiene rostro ni forma definida lo espera.
  Él termina el cigarrillo, lo arroja a la calle y se ríe. El murmullo del silencio de la ciudad lo envuelve; la noche resplandece insomne. No hay grito, ni llanto, ni ladridos alterados. No puede no saber, no puede. Se da vuelta para volver al interior de su departamento, y no…  Levanta los ojos y algo lo detiene, lo paraliza. La chica que duerme nunca se va a enterar, piensa en ella por un momento. Su cuerpo tiembla. No le salen las palabras. La caída de cuatro pisos lo hunde, apacible, en la noche, sin hacer un sonido.


El grito. Edward Munch.




















viernes, 17 de octubre de 2014

La mujer que eligió no tener alma



Ella reemplazó la bolsa vacía del suero por una nueva. Chequeó que todo estuviera bien, controló el goteo, reguló la dosis, se lavó las manos. Rezarle a algún dios sería más efectivo, pensó. También, a veces, imaginaba que se le escapaba un poco de aire por el catéter. No es piedad si no es divina, opinaban otras enfermeras. Le hacía gracia la idea. Como el suero que ahora tiraba a la basura, el pueblo se había vaciado; las calles, los hogares, las escuelas, los bares, todo en una soledad transparente. En el hospital, quedaban nada más que dos médicos, tres pacientes en cuidados paliativos y ella. 
  Hacía unas semanas, para evitar los malos olores, los habitantes habían decidido incendiar el cementerio. Se le había ocurrido a ella la idea. Luego, como ya no quedaban chicos, a todos los que siguieron los fueron cremando y enterrando sus cenizas en el parque infantil del hospital, o en la plaza principal. La necesidad los hizo improvisar. Qué más daba. Cualquiera podía ser el siguiente. Habían tenido que aprender a cavar y, cuando se cansaron de cavar, empezaron a arrojar las cenizas al lago. El agua se había vuelto gris y ya no sabía dulce ni salada. Así como el pueblo, el curso del agua no se precipitaba hacia ningún lado, en medio de montañas y caminos de tierra. Los hornos del crematorio habían dejado de funcionar y debieron empezar a usar el horno de barro de la pizzería del pueblo. Ella solía encargarse de todo. Los dos médicos, por su parte, poco podían ofrecer más que paliar el avance del síntoma que, en definitiva, era tarea de ella. La peste no los había matado, pero los había vuelto enfermeros, que era todavía peor.
  Pocas personas habían podido irse antes de que se volviera una epidemia. Los que se habían quedado fueron muriendo uno a uno; al principio, de manera repentina y, después, más sosegada. Murieron primero pilotos, choferes, capitanes, periodistas, locutores, carteros, telefonistas, administrativos, operadores. El pueblo quedó incomunicado, una zona rural, en el medio del mediterráneo, entre rocas, donde hasta el viento pasaba de largo y lo único que se quedaba era el polvo. Después, fueron muriendo jueces, comuneros, policías, bomberos. Parecía como el propio pueblo estuviera ejecutando su muerte asistida, y ya no había autoridades que pudieran reprobarla.
  Desde un principio, ella nunca abandonó a sus pacientes hasta el último aliento de cada uno de ellos, aún a los que estaban más graves, sin importar qué. Era una mujer fuerte y con carácter. A los médicos, parecía costarles creer que todavía siguiera viva. Tal vez sus diferentes fobias a la suciedad y a los gérmenes y su obsesión con los métodos antisépticos habían ayudado, y empezaron a imitarla: cuando ella se lavaba las manos, ellos también lo hacían; se habían vuelto más prolijos y metódicos, y parecía funcionarles. Ella los miraba con desprecio por momentos, modificaba sus rituales para descolocarlos, pero lo cierto es que no podía ver un hilo de polvo. Le quitaba la tierra hasta a las macetas. Y, ahora, cada vez tenía más trabajo, había que ocuparse de limpiar las calles, las mesas de los bares, las plazas, las tumbas, su casa y, además, cuidar de los últimos tres pacientes y de los dos médicos, que no sabian bien qué hacer consigo mismos. 
  En la mayoría de los casos, las personas se habían ido muriendo antes de que pudieran llegar al hospital. No se podía saber cómo ni por qué ya que el médico forense había sido uno de los primeros en morir. A los que habían tenido la suerte de ser ingresados al hospital, les habían hecho todo tipo de estudios, que no mostraron nada relevante: todos tenían tantos síntomas que no se podía hacer ninguna reducción. Entonces, quedaban al cuidado de ella, que ahora era la que estaba a cargo del hospital.
  Los últimos tres pacientes murieron el mismo día, una mañana de domingo. Ella ya se había acostumbrado, no dijo nada, se limitó a limpiar los cuerpos, después lavarse ella y se dirigió a la pizzería para encender los hornos. Los médicos se sintieron contentos, pensaron que tal vez todo había terminado, que con esos tres se había ido la peste también, y se encargaron ellos mismos de incinerarlos. Sin embargo, después de algunos días, empezaron a sentirse un poco mal. Al primer síntoma de malestar, ellos mismos se internaron y le dieron específicas instrucciones a la enfermera, que siguió al pie de la letra. Pero no hubo caso. Uno murió el jueves de la semana siguiente y el otro, dos días después. Todo se había reducido a ella, solo a ella, a la chica a la que, a sus veinte años, le habían diagnosticado una extraña anomalía en la sangre que parecía ser terminal. El último de los médicos, un amigo de su padre, había sido quien había descubierto esa anomalía. Había hecho algunas cosas más por ella también. La chica decidió seguir la carrera de medicina, para aprender sobre su “enfermedad” que, al parecer, había sido la razón por la que había muerto su madre cuando le dio a luz. Después, se especializó en química biológica, y el médico la ayudó mucho para conectarla con las personas adecuadas fuera del pueblo. Tan generoso había sido el hombre que pensó sería apropiada una gratificación de parte de ella y, de esa gratificación, se engendó un niño, que nació muerto, a causa de la enfermedad de ella. Cuando volvió al pueblo, el médico mantuvo una distancia precavida. No sabía cómo iba a reaccionar. Estaba cambiada ciertamente, y había decidido dedicarse a la enfermería. Se había sentido tan desamparada cuando tuvo que sostener en sus brazos a su niño muerto que no quería nadie tuviera que sentirse así nunca. También pensó que aquel médico merecía que algo terrible le pasara. Cuando le cerró los ojos, ese sábado por la tarde, tuvo sentimientos contradictorios. Todo lo que había pasado. Primero lloró y después sonrió aliviada.
  Salió entonces de ese hospital que la había visto dar sus primeros pasos en la profesión, cruzó la calle, pasó la plaza principal y se dirigió al bar de una de las esquinas que la rodeaban. Agarró una botella de vodka de detrás del mostrador, un vaso de vidrio, y se fue a sentar en una de las mesas de la vereda. Limpió el vaso varias veces, y la botella, la silla, la mesa. Después, se sirvió dos medidas; un exceso, pensó, pero lo ameritaba. Todavía no había caído la sombra de la tarde y corría una brisa amable por las calles; el pueblo parecía aliviado también. Se acercaba la primavera.
  Pensó en lo que le había costado encontrar la forma de neutralizar su anomalía, encontrar la cura para su enfermedad. Se sintió orgullosa de sí misma cuando lo logró. Por supuesto, no le interesaba a nadie más que a ella. Hasta donde sabía, no había otra persona que tuviera la misma aflicción. Pensó también en el momento en que descubrió que su “vacuna”, aplicada a cualquier otra persona, resultaba mortal, sin excepciones. Esta despertaba los mismos síntomas que ella sufría, pero mucho más rápido y de manera más corrosiva, invadía todos los sistemas. Los demás no contaban con su capacidad inmunológica que, desde chica, su cuerpo había desarrollado. Pensó entonces cuándo se le había ocurrido usarla por primera vez. Había sido con su primer novio. Nada premeditado, sino más bien accidental. Había bebido de un vaso en el que ella estaba haciendo un cultivo. Y su muerte también se tomó como un accidente, ya que no había sido posible identificar una causa precisa. El único que podía saber de qué se trataba todo eso era aquel médico. En algún momento, cuando lo supo, lo calló. De igual manera, ese novio suyo se lo merecía, pensó ella y se rio. No era un hombre de lo más correcto, y estaba sospechado de abusos sexuales, entre otras, a una amiga de ella. Después, recordó el momento en que se había dado cuenta de que este accidente podía pasarles a otras personas, otras que también merecieran tenerlo. Y quién, entonces, cualquiera que sea, no merecía tener un accidente para algún otro cualquiera. Su padre, que no hizo nada cuando ella le contó lo que su amigo le había hecho, sin dudas, lo merecía. Su amiga, que la había condenado, porque pensaba que ella lo había protegido a su novio. La policía corrupta, los médicos incomptentes, los encargados altivos, los empleados descorteses, las parejas que malcrían a sus hijos, los malcriados que no piensan en nadie más que ellos mismos, las prostitutas, los clientes, los adúlteros, los violentos, los pasivos, los imbéciles. Y así, uno por uno, hasta llegar a ella, a esa tarde. 
  Sabía bien que, ahora, ella lo merecía más que nadie: había logrado eliminar todo un pueblo. Sin embargo, dudaba. No parecía tener el valor o el altruismo suficiente para suicidarse. En el cajón de un armario de su casa, había dejado una libreta en la que había anotado todo desde el primer día. Nadie nunca lo vería. El pueblo desaparecía silenciosamente. Tal vez dios, si acaso existía, la debería haber detenido… o no. 
  Sacó un frasco de uno de los bolsillos de su uniforme y le agregó un poco de cianuro a sus dos medidas de vodka. Repasó con el dedo la superficie de la mesa y comprobó su pulcritud. Se felicitó en silencio. Los rayos del sol trasparentaban todo, a ella también. Sintió la brisa rozar su piel enferma, mientras jugaba con el vaso.


















Esta pintura fue hecha en pastel sobre papel en 1903, por Mikalojus Ciurlionis. Se titula Funeral Symphony. La pintura expuesta al inicio es de Joan Snyder, de 1970 (expresionismo abstracto): Symphony.




jueves, 1 de mayo de 2014

Microrrelato 1

La morbosidad de transcurrir


Nos lamentamos, hipócritas, de no haberlo visto venir. Lo aceptamos como algo natural, como el devenir de las cosas; caímos en la trampa. Ansiábamos descubrir ese secreto, las figuras que habitan entre los blancos que dibujan las figuras. Pensamos que reiríamos luego. Y ahora que hicimos nuestro todo aquello que añorábamos, también es nuestro el miedo, el terror. La angustia y la desolación; la soledad. Lo efímero, lo fútil, de revelarnos ante la propia conciencia. Y, en realidad, lo vimos venir y, de todas formas, lo quisimos. Hace tiempo, cuando todo eran fábulas, no deberíamos haber dejado jamás de desconfiar.





















La pintura titulada Saturno devorando a uno de sus niños pertenece a Francisco de Goya.


Continuar con el Microrrelato 2: Escarnio