martes, 27 de enero de 2015

Hasta dónde vas a llegar hoy


… Porque una casa sin ti es una emboscada…
Joaquín Sabina

  Giró la llave y entró en la habitación principal; sus pies descalzos pisaban con levedad. Los espacios eran amplios, pero había una sensación de intimidad que la cohibía. El empapelado blanco le transmitió un frío que sintió en las piernas. Mientras avanzaba, con los dedos de su mano, iba examinando y rozando las superficies de los muebles de madera antigua. Se paró frente al tocador de maquillaje, se desnudó y se observó a sí misma unos minutos frente al espejo. Cubrió con uno de sus dedos un lunar que tenía en su cadera, trató de pararse de una forma en que se viera atractiva. No le gustaba su cuerpo, aunque tenía la confianza que da saber que a los demás sí: los otros no podían ver más allá de lo obvio. Siguió caminando y entró en el vestidor; comenzó a inspeccionar la ropa. La mujer tenía buen gusto y una talla parecida a la suya; el hombre tenia unos cuantos trajes de diseño. Tomó un vestido corto azul, sin hombros y entallado, y se lo probó. Era su nueva diversión. Fue hacia la cama. Se recostó y agarró uno de los libros que había sobre la mesa de luz más cercana a ella. Estaba marcado por la letra de él; supo reconocerla. En una de las páginas, había escrito unas palabras de un autor que ella también reconoció: “El infierno es de los vivos”. Se paralizó por un momento y después cerró el libro con brusquedad, como para espantar también los pensamientos de su cabeza. Se levantó, se acomodó el vesitdo, se dirigió hacia la puerta y la cerró con llave. Fue al cuarto que había tomado para ella, se puso unos zapatos, un abrigo, la cartera, y salió para el barrio Latino, a algún bar en el que hubiera música en vivo. El clima nunca es bueno en París, y menos en esa época del año, pero por lo menos no era una noche fría y los jardines y los árboles ya tenían las decoraciones navideñas, y esa es razón suficiente para estar ahí, pensó. Y siempre hay alguien en las calles, siempre.
  Después de unas cervezas, los músicos parecían tocar mejor sus instrumentos, o ya no le importaba tanto. Una banda de pop en inglés de lo más ridícula, en pose constante, pero se dejaba escuchar. Intentó buscar en su memoria una imagen que le resultara más encantadora, para que el cigarrillo no le sabiera mal. Se acordó de la banda de su primer novio, varios años atrás, y de una canción que solían tocar. El estribillo decía: “Hasta dónde quieres llegar hoy…”. Ciertamente. Hasta dónde, se preguntaba.
  En un primer momento, había sido una amiga suya quien la había convencido de hacerlo: le había comentado que se iba a pasar unas semanas a Santiago, que la invitaba, que no se preocupara por la plata, que iban a “cuidar” una casa. Una señora grande, conocida de la madre de su amiga, se iba de viaje y le daba pena dejar a su gato solo; por eso, buscaba alguien que le cuidara al minino a cambio de comida y hospedaje gratuito, claro. Esto era una suerte de oficio para algunos, se enteraría más tarde.
  La situación y el sentirse impulsiva le marcaron el camino: desenredar los hilos que la sujetaban. Después de haber desperdiciado tres años de convivencia, el sexo convenido pero no deseado, las peleas que empiezan desde uno mismo para reflejarse en el otro, y la peor de sus decepciones amorosas hasta el momento, había tenido que volver a la disfuncionalidad de la casa de sus padres, ponerse en el rol de madre para sus dos hermanas y un hermano, todos menores que ella. Además, hacía largo rato que no podía avanzar con su tesis para la licenciatura: una digresión mística junguiana sobre el amor, la verdad, la histeria y el engaño. Sin dudas, era una argumentación consigo misma también, un ejercicio personal que buscaba encontrar esa vivencia liberadora con la que pretendía curar el padecimiento de su alma. Al mismo tiempo, habían vuelto sus dolores crónicos, y su sistema autoinmune lacónico no podía más con su sangre ni con sus líquidos intestinales. 
  La casa en Santiago era una casona, en realidad, casi una mansión. La edificación estaba en lo alto de un cerro y, si bien por fuera no parecía ostentosa –un diseño prosaico de ladrillo a la vista y formas cuadradas o rectangulares–, por dentro era como un pequeño palacio moderno. Tenía un amplio jardín con una gran pileta, regadores automáticos, que las despertaron sobresaltadas las primeras noches, varios vestuarios y un quincho, que utilizaron la noche de fin de año y alguna que otra más para hacer nuevos amigos. Llegó a contar diez habitaciones, todas con su propio baño, vestidor y un gran balcón, pero creía que eran más. No tenían ninguna particularidad, eran todas iguales. Y todas estaban igual de vacías. No había fotos de familia ni libros. Los elementos decorativos se repetían en cada ambiente, siempre ubicados en el mismo lugar. En cada cuarto, todas las cosas eran de un mismo color. En un ala, los colores primarios y secundarios y, en el ala opuesta, los complementarios. Todo entre paredes blancas. Ella había elegido la habitación de los objetos azules y su amiga, la de los amarillos, según ella, el color que atraía la energía positiva. La casa entera parecía un hotel por el que nadie pasaba: la mujer vivía sola con su gato, a la eterna espera de visitas. La sala de estar del primer piso, con sus paredes de vidrio, era un espectáculo en sí misma: un fantástico mirador. Cuando llovía, la sala quedaba envuelta en un murmullo de agua, una majestuosa cascada que se veía y oía desde dentro de su corazón. En las noches claras, las luces de la ciudad imprimían una placa de todas las bifurcaciones de sus enmarañadas calles, que concluían o se cortaban a los pies de algún cerro.
  Pasadas esas dos semanas, con el pago de un trabajo temporal mientras habitaba espacios y entretenía carencias afectivas, sumado a algún dinero que conservaba, se despidió de su amiga y fue a visitar por unos días otros lugares más pintorescos del sur de ese país. Pudo sentir, entonces, que ya los hilos empezaban a desenredarse y una trama nueva a urdirse. Las paredes del laberinto de su psiquis se estaban moviendo, trazaban nuevos senderos. ¿Adónde? No lo sabía con exactitud, pero era bueno.
  Sin embargo, la vuelta le pesó más de lo que creía, como si sus hombros ya no pudieran ni intentar hacer ese movimiento liberador. Estaba hastiada de las eternas y exigentes expectativas de su familia desarticulada, de las batallas esúpidas con su ex y de las ideas de Jung, que no parecían hacerse más claras. Extrañaba a Ítalo, el gato de la casa que había cuidado con su amiga en Chile, con el mimo fácil y la dependencia del gesto complaciente. No sabía ni le interesaba saber el verdadero nombre pero, de todos modos, los gatos no responden a ningún nombre. Lo llamaba así por su escritor favorito, ese que hablaba de las ciudades y de los infiernos personales, entre otras cosas, ese que decía que “ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”. Entre todos esos pensamientos, decidió averiguar más sobre eso de cuidar casas. Se registró en uno de los portales donde se relacionaba esta gente, en el que mintió un poco, y empezó a proyectar. Un mes más tarde, ya había logrado armar una ruta de varios meses y coordinado las fechas de arribo y las de partida con sus nuevos empleadores.
  Su familia no supo ponerse en su lugar. No es fácil hacerlo, más si las cosas no están saliendo bien. Prefirió no darle demasiada importancia o, al menos, eso se dijo a ella misma. De chicos –le señaló una vez el mismo chico que le cantaba hasta dónde quería llegar ese día, cualquier día–, de chicos, cuando nos enseñan los infinitivos verbales, nos hacen repetir: amar, temer, partir… una y otra vez: amar, temer partir… y así, hasta que esta idea se impregna en nuestro inconsciente. Y nosotros aprendemos, desde antes de aprender a hacer muchas otras cosas que, primero, amamos; después, tememos y, por último, siempre, partimos. Unos días antes de irse, se reunió con él. Mantenían una relación distante, pero disfrutaban el uno del otro. Él la seguía mirando con la misma fascinación del primer día que se vieron. A ella, le gustaba mucho charlar con él.
  En el avión, no podía dejar de pensar en eso y empezó a sentir que se le cerraba el pecho. Bajó la cabeza, mientras agarraba sus piernas con sus manos agarrotadas. Intentó respirar. Trató de enfocarse en por qué hacía todo esto. ¿Por qué? Pensó en los pequeños espacios del avión. Se le aceleró el pulso. Miró a su alrededor. Pensó en el infierno de los vivos, en las palabras de Calvino, en cómo iba a hacer, cómo iba a aprender a “reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno”, cómo darle espacio.
  El primer destino era Hørsholm, una pequeña ciudad danesa. Allí la recibió un hombre grande y solo, de aspecto aseado, que iba a pasar unas semanas a Ibiza. Apenas entró a la casa tuvo una sensación extraña que no supo definir. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se sentía triste y solitaria, la casa. Lucía impecable, y así le había pedido el hombre que la mantuviera. Por las medallas, los diplomas y las condecoraciones que poblaban las paredes y las estanterías, interpretó que se trataba de un general retirado. Después, se enteró de que toda la ciudad tenía una fuerte historia militar. En cada rincón de la ciudad, en los parques, en las calles, en los comercios, en las orillas del mar, en todos lados, se respiraba el orden y la austeridad, cosa que a ella le resultaba encantadora.
Tomó la costumbre de salir a correr por las mañanas. Los paisajes embellecidos por la transición del invierno a la primavera invitaban a salir. Las calles de la ciudad estaban todas rodeadas por plazas, parques y jardines y, sobre la costanera, una hojarasca anaranjada escoltaba los senderos de piedra hacia la arena. Después del ejercicio, desayunaba en la casa tres tostadas y un café. Después, se hacía otro café más mientras repasaba mentalmente el número de muebles y de objetos y cómo estaban distribuidos en la casa. Terminado esto, se ponía a limpiar hasta el almuerzo. Todos los días, enlucía con esmero cada una de las nueve medallas, doce condecoraciones, tres cruces, cinco órdenes y veinte diplomas. Aseaba los pisos y las ventanas de los cuatro ambientes, sacudía el polvo de los quince muebles y de las treinta y tres estanterías. También, se había dado cuenta de que, en cada ambiente, todos los muebles estaban a una distancia de dos metros uno del otro. Todas estas tareas le llevaban algunas horas. Ella las hacía con gusto, en parte, porque sabía que sería nada más que por dos semanas. Sin embargo, a veces pensaba en qué significarían las inscripciones de esas medallas, condecoraciones y diplomas. No podía evitar imaginar algo terrible. La guerra, cualquiera, siempre es terrible y no existe una razón que justifique quitarle la vida a otra persona. De la violencia nunca nace nada bueno, pensaba, nunca lo hará. Sin embargo, podían ser distinciones por tareas rescatistas o algo por el estilo. Ante el profundo rechazo que le provocaba la idea opuesta, eligió creerlo así. Estatuillas de bronce, monedas de plata, marcos de oro, no más. Se imaginó que, a su dueño, su brillo le recordaría quién era él, para qué servía. Pensó en lo fútil que resultaba esa obsesión con la limpieza y el orden, la de ese señor y la suya, como si viviera en una especie de museo. Y evitó reflexionar más.
Por las tardes, salía a pasear y a tomar fotografías hasta que la luz natural durara, hasta eso de las siete por esa época. Esta era otra afición nueva y, aparentemente, no se le daba nada mal. Había quedado fascinada con la emblemática iglesia de la ciudad que, hacía mucho tiempo, había sido el palacio y fuerte de esta región guerrera. Rodeada por un lago y una densa arboleda, se encontraba aislada del resto de las edificaciones, aunque su construcción no resultaba nada ostentosa. Esto, quizás, fuera una bella metáfora de su nueva relación con el mundo. Por alguna razón, a pesar de ser agnóstica, encontró en esa iglesia blanca y modesta un lugar que le transmitía cierta sensación de equilibrio. Después, por las noches, en la casa, volvían los temores y las inseguridades, amplificados por una energía extraña que envolvía el aire alrededor. Según le había dicho Jose, con sus explicaciones metafísicas, posiblemente, fuera alguna persona –o varias– que ese hombre había asesinado en alguna batalla, y que se habían quedado con él. Como esta casa tampoco tenía libros, más allá de algunos manuales militares y biografías de estrategas, algo tenía que contarse para pasar el tiempo. 
  Hubo una noche en la que se despertó con el cuerpo paralizado e insensible. Vio entonces que sus piernas estaban agarrotadas y extendidas hacia arriba. No sentía su propio cuerpo. Después, de a poco, empezó a percatarse de que alguien o algo estaba tirando de ellas. Tuvo que cerrar los ojos. Todo duró no más de tres o cuatro minutos. Apenas su sistema nervioso volvió en sí y sus músculos se ablandaron, salió de la casa y se quedó dando vueltas por la ciudad, que ya hacía rato permanecía oscura y dormida. Una vez que despuntaron los primeros rayos de sol, volvió a la casa y abrió todas las ventanas y puertas. Con todo eso, durante el resto de su estadía, nada más perduraría su sensación de extrañamiento.
  Durante los meses siguientes a su partida de Hørsholm, por períodos más largos o más cortos estuvo en Utrecht, en Amberes, en Düsseldorf y en Madrid, entre otras ciudades. Se dedicó a perfeccionar su hábito de correr y su ojo fotográfico. Aunque cada tanto volvían sus dolores estomacales y principios de crisis de ansiedad, se esforzó por enfocarse en las razones por las que hacía todo esto. ¿Cuáles eran? Ya no sabía bien. A medida que su currículo virtual crecía en experiencias, descripciones y comentarios, más fácil le resultaba conseguir nuevos empleadores. Conoció una pintoresca ciudad polonesa, varias poblaciones pequeñas del sur de Francia y hasta la capital de la República Checa. A veces debía hacerse cargo de tres perros, dos perros y un gato, dos conejos. Si podía elegir, prefería ir a casas sin mascotas. Había aprendido también a hacer las preguntas correctas a la hora de la entrevista con los dueños de cada casa, lo que los tranquilizaba mucho y le aseguraba a ella una buena recomendación para su perfil. Siempre, en todos los lugares que habitaba, tenía la necesidad de contar la cantidad de habitaciones, de muebles, de objetos. Lo mismo le sucedía con las distancias, las calles, las direcciones, los boletos, las entradas, los días. Todo debía tener una relación matemática. Y lo cierto es que, como extranjera, a veces, esta obsesión le resultaba útil para no perderse tanto en las ciudades.
  Sin embargo, se había empezado a permitir algunas licencias, como modificar la disposición de los muebles, si sus dueños no tenían mascotas –ya que había podido comprobar que esto las perturbaba– y no sin antes hacer un plano detallado de la ubicación original de cada uno de ellos, y hasta sacar algunas fotos en algunos casos, para volver todo a su lugar el último día de su estadía. También, había empezado a husmear un poco más en la vida de sus anfitriones cuando tenía la posibilidad. Inevitablemente, está en la naturaleza humana, esa curiosidad. Pero era nada más que una especie de juego ingenuo provocado por algún accidental aburrimiento, al menos, eso era lo que ella se decía a sí misma. Además, se permitía licencias con ella misma, cada vez que le hacía falta un mimo, como a los animales de las casas que cuidaba. A pesar de su timidez, conoció algunas personas. Se le acercaban simplemente, y ella conversaba. Le gustaba hablar de Ítalo Calvino y de sus teorías sobre las ciudades. Su amiga le había prometido que, si al año siguiente seguía por allí, se le sumaría. Por su parte, prefería permanecer sola. Con su familia, hablaba cuando se conectaba a las redes sociales, de manera esporádica, y nunca por celular. Se había convertido en un ave de paso y, por ahora, se deslizaba tranquila por esa levedad. Había logrado dejar de llenar con gente sus sentimientos para llenar con su presencia espacios vacíos, espacios que no podía sentir como suyos hasta el día anterior a abandonarlos.
  A principios de noviembre, llegó a París, la inabarcable, la majestuosa. Se enamoró de esa ciudad, de la casa que le había tocado habitar y de ella misma allí. Sin embargo, sus dolores estomacales y temblores o mareos se fueron acrecentando, lo que le resultaba incomprensible. Su amiga le decía que se trataba de esa presencia trágica que se le había aparecido al principio del viaje, en la ciudad danesa, y que se le había pegado a la espalda; ella, en cambio, insistía en que era nada más que una cuestión psicológica y se torturaba, como siempre, con distintas conjeturas. Paradójicamente, en un libro de la amplia biblioteca que tenía la pareja que la había empleado, en una anotación que había hecho uno de ellos, decía que la palabra esprit, en francés, simboliza tanto “mente” como “espíritu” y que su significado se desprende del contexto en el que se utilice.
  Los dueños de casa eran de origen español, de la ciudad de Barcelona, y se habían ido París por trabajo. El hombre era psicólogo, por lo que muchos de los libros que había en la casa eran de extremo interés para ella. La mujer trabajaba en el área de Recursos Humanos de una multinacional. Era una pareja joven y afable. No tenían hijos. Le habían dejado a cargo a su gato gris, con algunas manchas negras, al que le puso Roldán. Llegó a entenderse muy bien con él y hasta a quererlo: lo dejaba dormir en su cama. 
  No movió los muebles de la casa, como era ya su costumbre, por respeto a su compañero felino. Estaba ubicada en una de las partes más lindas y tranquilas de París, cerca del boulevard Saint-Germain de Près, el que solía frecuentar Hemingway. Era una casa grande para dos personas. Austera y blanca por fuera, con los clásicos balcones y ventanas parisinos, y toda de madera antigua por dentro, lo que le daba una cierta calidez. Llegó a contar 1022 libros, separados en dos bibliotecas, cada una con veinte estantes; además, 234 adornos, treinta muebles, cuatro habitaciones, tres baños y dos cocinas. Todo, repartido en dos amplios pisos. Leyó mucho de la biblioteca de él. Estuvo tentada de llevarse una edición de lujo del libro rojo, pero era gigante. Leía no solo las palabras impresas, sino también las anotaciones personales y las dedicatorias. En un libro de un escritor japonés, la mujer le había escrito: “Te amo demasiado”. Palabras muy simples que la conmovieron también demasiado. En el cuarto principal, ella tenía un gran vestidor. Poco a poco, con el paso de los meses, fue tomando confianza y se empezó a probar su ropa. De chica, nunca había jugado a las princesas ni nada de eso. De hecho, con tres hermanos menores, sus juguetes duraban poco. Aprovechando que no había otros testigos más que el minino, decidió soltarse un poco y jugar. Se ponía algún vestido, se miraba en el espejo, agarraba un libro y se lo ponía a leer en la cama mientras acariciaba la barbilla negra de Roldán.
  Dos meses ya era mucho tiempo, de hecho, nunca había pasado tanto tiempo en una casa hasta ese momento. Sin embargo, para la ciudad de las luces, siempre es poco. Su ya esquematizado entrenamiento se había complicado: las calles de París bajan y suben como si nada, pero eso no la desanimó. Fotografió todo lo que veía. Cada rincón de la ciudad tenía su mística: los puentes, los bistrós, los molinos, los jardines, los edificios, los monumentos. Tal vez la época no fuera la más favorable para los espacios verdes: los campos elíseos y el de marzo solo lucían sus adornos navideños, que no es poco, pero no es lo mismo. Todas las iglesias, hasta la más pequeña, ostentaban hermosos vitrales, imponentes figuras bíblicas y magníficas construcciones góticas. Era una ciudad contradictoria. Los franceses no aceptan el catolicismo como su religión, ni ninguna otra, ni veneran ni mantienen a sus reyes como otros países, los decapitaron a todos; sin embargo, conservan de una manera casi masoquista todas las representaciones de su historia feudal y religiosa, y sus festejos de las navidades son los más grandiosos, los más elocuentes del mundo. Todo es pomposo en París. Sus calles están pintadas de magia, de rojo, azul y dorado, siempre.
  Por las noches, trataba de no salir. Casi siempre hacia frío y mucha lluvia por esa época y, además, por momentos, salir a algún bar sola en esa ciudad la hacía sentir deshabitada, de alguna forma, como las casas que cuidaba. La noche de navidad y la de fin de año, se acostó temprano. El 31 de diciembre, no tanto, aunque se había quedado dormida con un vestido negro de satén del vestidor de la mujer y con la televisión prendida: transmitían los clásicos festejos en el Arco del Triunfo. Toda la ciudad desbordaba de la avenida de los campos elíseos. Y, entonces, era el primer día del año. Y ella estaba sola en París. No había mucho para hacer un día como ese. Se preparó un café con unas tostadas y le sirvió agua y alimento también a Roldán. Su reciente obsesión por las bibliotecas no la había ayudado con la tesis, que seguía sin escribirse y que ya empezaba a dejar de lado, junto con muchas otras cosas. Empezó a planificar su próximo destino. Tenía ganas de conocer Polonia, o Viena. Había conocido unos polacos una noche que habían sido muy simpáticos y alegres con ella. Se acordó entonces de otra cosa: el Père-Lachaise estaba abierto ese día y ella todavía no lo había podido visitar. Así que empezó a prepararse.
  La combinación de metro era fácil desde donde estaba, la línea cuatro primero y la tres después. No había casi un alma. Los subtes en Buenos Aires van siempre llenos, hasta el primero de enero. Por alguna razón, le agarró algo de nostalgia. Se preguntó adónde irían las tres personas que compartían el vagón con ella. Tal vez, ellos se preguntaran lo mismo sobre ella. Los dolores habían vuelto y se sintió mareada. Tuvo que bajarse en una estación hasta que el sobresalto pasara y esperar al siguiente.
Cuando llegó al cementerio, ya había pasado el mediodía y el cielo se había nublado. Recorrió, con su cuerpo castigado y sus pies más respetuosos que cansados, las calles empedradas y sinuosas entre los enterratorios. Casualmente, se detuvo frente a la tumba de Gilbert Morard quien, según rezaba la lápida, había sido el padre del metro francés moderno. El monumento estaba formado no solo por su busto, sino también por tres placas decorativas, en las que la gente dejaba sus boletos de viaje. Ella sacó el suyo y se lo dejó, como una suerte de colaboración a la memoria universal. Le costó encontrar la tumba de Jim Morrison ya que, en ese momento, le faltaba el busto; simplemente era una pequeña tumba, casi hundida entre las que la rodeaban aunque, a diferencia de las demás, estaba llena de flores y de fotos de él. Como había empezado a lloviznar y los guardias de seguridad trataban de llevar a los visitantes hacia la salida, todos se amontonaron ahí mismo, en el nicho del cantante. Ella prefirió evitar la multitud y preguntó a uno de los guardias por la salida. Cuesta abajo por el empedrado, un grupo de personas que estaba más adelante, caminando también por esas callecitas, había abierto sus paraguas. Todos eran de un color diferente, todos colores vivos, rojo, azul, amarillo, verde. Debían ser siete u ocho personas, todos en hilera con sus paraguas de colores. Entre el gris de las tumbas, de la tierra, del empedrado y del cielo, el cuadro era bastante pintoresco. Le hubiera gustado haber llevado la cámara.
  Al salir del Père-Lachaise, se sentía muy mal. El pecho se le cerraba otra vez; la respiración se le dificultaba. Caminó despacio por el boulevard con una mano en el pecho, como acariciándolo para que se calmara, y se metió en el metro. Eran las cuatro de la tarde, el sol no iba a volver a salir, y tenía que hacer su bolso para el día siguiente. La pareja llegaría en estos días y ella ya había sido empleada en Bavaria. Sintió que no tenía ganas de seguir con todo eso, que ya se había diluido en el tiempo y en los paisajes la razón por la que lo hacía, y ya no la interesaba recordarla. ¿Por qué todas las personas que había amado, terminan por temerla? ¿Por qué partían? ¿O era ella la que partía? Pensó en que pasaría con ella si no encontraba a ese otro que no es infierno, si habría un “otro” acaso. No quería seguir, pero lo iba a hacer, se repetía a sí misma, convenciéndose, ya recompuesta, mientras el metro se abría paso por debajo de la tierra. Había podido tomar nuevamente el control de su cuerpo y de sus dolores. Recordó una línea de Peter Pan: “Morir, esa sí es una aventura”, y se rio sola. Sentía que estaba como en un bucle, pero iba a seguir. Tal vez fuera necesario continuar ocupando espacios ajenos, que no le pertenecían, hasta que pudiera encontrar y ocupar el suyo. Todo motivo de padecimiento está relacionado, de una forma u otra, a la “paralización espiritual, la esterilidad del alma”, dice la filosofía junguiana. Ella lo sabía de memoria eso. Por otro lado, las aves de paso tienen esa cualidad: pasan, pero ¿hasta cuándo…? Lo único que sabía era que no tenía que detenerse. Nunca. 

  Finalmente, se tranquilizó. Había que seguir adelante, más allá de todo, siempre adelante. No sabía hasta dónde iba a llegar ese día, ni el próximo, pero las posibilidades eran prácticamente infinitas. Hoy estaba en París, mañana en Bavaria, en unos meses quizás Krakovia, quién podía saber. Hoy se probaba un vestido negro, mañana una rosa. Podía ser la esposa de un psicólogo, una señora solitaria, o una adolescente despreocupada. Trabajaba de camarera, de recepcionista, de florista. A veces tenía una familia de cuatro perros, otras de una tortuga, o de dos gatos, o de tres iguanas. Y así sería hasta que ya no pudiera ser más nada, hasta que ya hubiera sido todo, o lo suficiente, y ya no quisiera ser más otra cosa, nada más que ella misma y, entonces, ya no sería un infierno.

















El cuadro pertenece a James Mcneill Whistler. Se titula Nocturne in black and gold, the falling rocket.


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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Guerrero

texto original de Julieta Manterola, publicado anteriormente

en El escondite de Orfeo


Despertaste ensangrentado, sin saber siquiera por qué habías caído o quién te había derribado. La espada, clavada en tu pecho. Tu ropa, desgarrada. Tu escudo, demasiado lejos. Lo primero que viste fueron tus manos, ensangrentadas también. Sentiste el sabor dulce de la sangre en tu boca. A tu alrededor, no había más que cadáveres. ¿Por qué sobreviviste?

Sacaste la espada de tu pecho. Tragaste la sangre. Te convertiste en un extraño para el mundo y el mundo se te volvió un lugar ajeno.

Inmortal:
¿Cómo es el mundo que ves?
¿Ves la justicia que a mí se me escapa?
¿Ves la injusticia de una forma aún más cruel?
¿Tu dolor tiene acaso una mejor causa?

Y guerrero:
¿Qué has aprendido en todos estos años?
¿Has perdido la fe o la has encontrado?

Guerrero, de Salvador Dalí (1982).




















domingo, 23 de noviembre de 2014

La insoportable levedad de la condición humana



Cada uno de ellos había creado un infierno para el otro, 
pese a que se querían.
(Milan Kundera, La insoportable levedad del ser)

Dios mueve al jugador y este, la pieza. 
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 
de polvo y tiempo, y sueño y agonía?
(Jorge Luis Borges, Ajedrez)

Acercamientos al análisis de la novela corta Los diarios de Adán y Eva


  En este estudio, me propongo analizar la novela corta Los diarios de Adán y Eva, del escritor estadounidense Mark Twain. (Este seudónimo hace referencia a una expresión utilizada por los marineros del río Mississipi, su lugar de origen. Este significa “marca dos” y tiene que ver con la profundidad a la que se encuentra el fondo del río, calado mínimo necesario para la buena navegación y dato importante para evitar encallar. Su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens). Dentro de la obra del autor, en la que tienen una indiscutida relevancia las célebres novelas Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, que son utilizadas como lectura complementaria en su país de origen, este relato breve que ironiza sobre la historia del Génesis suele pasar desapercibido y quedar relegado a una instancia menor. Sin embargo, este texto configura uno de sus momentos creativos más elocuentes, al utilizar con ejemplar sutileza el sarcasmo, el humor.
  Para su análisis, intentaré abordar conceptos y temas como la metaficción historiográfica, el posmodernismo en la literatura y la definición de ironía, parodia y sátira dentro de esta, así como la interrelación de estos conceptos. Diferentes textos de la canadiense Linda Hutcheon, teórica y crítica literaria, servirán oportunamente de soporte; sin dejar de lado a una gran variedad de autores como Markus Sasa, Santiago Juan-Navarro, Ihab Hassan, Catherine Kerbrat-Orecchioni, entre otros.

La guerra bíblica de los sexos


  Los diarios de Adán y Eva presenta una curiosa forma narrativa. En primer lugar, podemos observar la construcción de un narrador multiperspectivista, ya que delega la voz de la narración primero en Adán y luego en Eva, a través de la transcripción de sus diarios. A su vez, esto genera una nueva instancia narrativa intradiegética, en los términos de Irene Klein, filóloga y profesora de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La voz de Adán y la posterior fluctuación hacia la de Eva establecen narradores protagonistas, en primera persona y con una focalización interna. En segundo lugar, también es pertinente destacar la particularidad del tiempo del relato que corresponde a un relato reiterativo, según la teoría de Gérard Genette, uno de los creadores de lo que hoy conocemos como narratología. Esto se refiere a que se presenta una misma historia –la cual sucede una sola vez–, contada dos veces por sus actores principales para, de esta forma, contrastar sus diferentes puntos de vista y concepciones de la realidad. En tercer lugar, cabe mencionar y destacar la utilización, por parte del autor, de la intertextualidad y de la ironía como recursos para hacer una crítica a la sociedad moderna occidental y sus más arraigadas costumbres y nociones, así como las formas de interactuar y relacionarse que han heredado (sin muchas objeciones ni grandes aspiraciones para modificarlas) los hombres y las mujeres a lo largo de los siglos. 
  En la figura de Adán, Mark Twain presenta los estereotipos más intolerables o reprensibles, desde el punto de vista femenino, del género masculino y retrata una postura defensiva por parte de este ante la presencia y actitud controladora de Eva, la mujer. Adán la define a Eva como un “verdadero estorbo” y preferiría que no hablara. En sus propias palabras: “La nueva criatura dice que se llama Eva. Perfecto, nada que objetar. Dice que así podré llamarla cuando quiera que venga. Le dije que en tal caso la información me parecía superflua […]”. En contraposición, la figura de Eva está cargada de los estereotipos más reprochables, desde el punto de vista masculino, del género femenino. Así es como ella, sabia al distribuir culpas, logra hacerlo sentir culpable a Adán por su expulsión del Edén. Sin embargo, la mirada de Mark Twain sobre la mujer dista bastante de la referencia bíblica y realza cualidades que escapan a un simple contraste de estereotipos o, si se quiere, guerra de sexos. La figura de Eva es, por momentos, la de una mujer independiente y creativa, que siente curiosidad y disfruta de la contemplación de la belleza. Se considera diferente y hasta superior a Adán. Pero, consciente de esto, pone siempre por encima de todo su amor hacia él. Eva está siempre pendiente de un reconocimiento por parte de Adán que nunca llega: “Lo vi otra vez, durante un momento, el lunes pasado al anochecer., pero solo un instante. Esperaba que me elogiara por mis intentos de mejorar el lugar porque yo tenía buenas intenciones y trabajaba mucho. También se cuestiona ese amor que siente: “Si me pregunto por qué lo amo, me doy cuenta de que no lo sé, y realmente no me importa demasiado saberlo. […] En el fondo es bueno, y lo amo por eso, pero podría amarlo aun cuando no lo fuera. […] Es una cuestión de sexo, pienso”. Tal vez se deba esto al hecho de que el diario de Eva fue escrito algunos años más tarde, luego de la muerte de su esposa.
  El libro cuenta la historia del Génesis, de cómo se conocieron el primer hombre y la primera mujer sobre la tierra, su interacción, su expulsión del Jardín del Edén (al caer en el pecado), el nacimiento de su primer hijo y su posterior vida juntos hasta la muerte de Eva. En este relato, no hay alusión o rastro alguno de la presencia divina de Dios en ningún momento, ni siquiera en el momento de la expulsión del Edén. De esta forma, Mark Twain nos susurra al oído, nos dice entre líneas, con toda su perspicacia y sarcasmo, la falta de responsabilidad del mismo Dios sobre sus creaciones humanas.

Uno y el mismo


  Antes de comenzar con el análisis, quisiera abrir un paréntesis e intercalar algunos conceptos borgeanos sobre algunas cuestiones que se encuentran implícitas en la novela del estadounidense. En primer lugar, podría hablarse de una temática recurrente en los textos de Borges que se refiere a la identidad: un hombre es todos los hombres, es el postulado. En una clara y oportuna alusión al Génesis, Borges dice: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres; por eso, no es injusto que una desobediencia en un Jardín contamine al género humano” (Ficciones, “La forma de la espada”). Por sustancia o por analogía, el autor nos dice que todos los hombres son iguales, en tanto son víctimas y victimarios, maestros y discípulos, escritores y lectores, verdugos y castigados, guerreros y cautivos; son uno y el otro al mismo tiempo. Esta noción da una idea de la pérdida de la individualidad humana, de la identidad. El hombre es todo y es nada al mismo tiempo, y la verdad está en el devenir. Logra definirse a sí mismo y a la realidad que lo rodea, en la contraposición, en lo antagónico a su persona, en un juego de dobles que se complementan entre sí.
  De la expresión de la tríada dialéctica, del filósofo alemán Friedrich Hegel, mediante la cual hace referencia a una concepción de la realidad como un proceso circular, movido por el principio de contradicción, se desprenden tres instancias: la tesis, que es el ser visto como identidad y no en su totalidad o en relación con lo otro; la antítesis, en la que se produce la negación de sí mismo ante lo otro que provoca una alienación u objetivación; y la síntesis, la totalidad alcanzada por la razón, al negar la negación y lograr la superación, la reconciliación del ser. Dicha reconciliación configura una nueva tesis, por eso es que el proceso es circular. Esta es una de las teorías más importantes y representativas de la obra del filósofo y se encuentra comprendida dentro del libro Ciencia de la lógica. De esta forma, Adán y Eva, a través del lenguaje –estructura de símbolos que organiza el pensamiento–, intentan definir su entorno, los elementos que los rodean, y al otro, para poder así definirse a ellos mismos. Ambos diarios, que resultan una suerte monólogo interior, abundan en descripciones del otro y de sus reacciones y formas de relacionarse. Adán se pasa años tratando de averiguar qué es esa criatura que, luego de descartar una infinita variedad de hipótesis, comprende que es su hijo. Podría decirse entonces que tanto Adán como Eva son al mismo tiempo quien los escribe, el narrador y el autor, Mark Twain, o quien los lee, cualquier hombre o mujer, todos los hombres y mujeres, ya sea por la función, ya por el castigo, ya por el destino. Todas las historias son formas distintas de una misma historia, todos los episodios pueden agotarse en uno solo, y todos los hombres son un solo hombre, ya sea por analogía, ya sea por oposición, son la misma sustancia: el espíritu.
  En segundo lugar, se refiere Borges también a la ironía, ya que resulta también una figura recurrente en sus textos. El autor dice que al intentar explicar una realidad que se nos escapa, una realidad en donde no hay una negación o una afirmación ya que no permite deducciones lógicas, la ironía es la única respuesta. La ironía, dice, es una mirada crítica, trasgresora, descreída y elocuente, fundada en lo absurdo y lo antagónico. “La ironía es la respuesta y la pregunta al mismo tiempo, dice lo que no dice y no dice lo que realmente dice, es una exactitud burlada, un disparate presentado como indiscutible, que confunde aclarando” (Martínez Sánchez, El hombre posmoderno). En el segundo eje, ampliaré sobre el concepto del humor en las obras literarias y las nociones y manejos de la ironía, la parodia y la sátira.

Borrar con la mano y escribir con el codo (palimpsestos)



  Los palimpsestos son manuscritos antiguos que conservan huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. En esta definición se hace referencia a la idea de esta nueva versión de la historia del Génesis escrita esta vez por sus protagonistas. La principal característica de Los diarios de Adán y Eva que puede observarse es su evidente intertextualidad con la Biblia, como documento histórico o como obra literaria. Mark Twain juega entonces con esta doble significación y legitima la obra a la que se refiere, en un primer momento, para luego deconstruirla en esta parodia satírica o sátira paródica, manifestando un cuestionamiento a los conceptos sociales canonizados por la cultura occidental.
  A partir de la producción novelesca contemporánea, Linda Hutcheon crea el concepto de metaficción historiográfica que puede servir de eje para un primer acercamiento al análisis de esta obra. Este concepto surge de un cambio en el marco del conocimiento histórico que se dio en la ruptura entre el modernismo y el posmodernismo. (Debe aclararse que, si bien Mark Twain es anterior a la etapa posmoderna, evidencia en sus obras esta “voluntad de deshacer”, un impulso deconstructivista para la recuperación de la cultura popular, propio de los posmodernistas. Asimismo, las fechas inaugurales son arbitrarias y es posible descubrir antecedentes del posmodernismo en Nabokov o Cortázar o en autores tan dispares como Sade, Blake o Rimbaud, ya que en la obra de todos ellos está presente la ruptura, la descentralización, la desmitificación o el deconstructivismo). El concepto de metaficción se atribuye al establecimiento de nuevos cánones para tratar el material histórico y relacionarlo con la ficción. La aproximación posmoderna a la historia acentúa las similitudes entre ficción e historia y revela un alto grado de intertextualidad en el arte. Traza paralelismos entre lo histórico y lo ficticio, y mezcla ambos discursos para obtener una amplia variedad de juegos formales y contextuales.
  Según el posmodernismo, el acceso a la historia se da solamente a través de documentos y relatos sobre el pasado. Es decir, el conocimiento histórico es una construcción discursiva, compuesta de verdades relativas que dependen siempre del contexto interpretativo y de la condición subjetiva del narrador. De esta forma, Mark Twain relata la historia del Génesis a través de los manuscritos que trascriben el diario de Adán y el diario de Eva. Se debe pensar a estas transcripciones como documentos históricos, que son, sin lugar a dudas y de forma adrede, en extremo subjetivos y contrapuestos entre sí. Por esto, la novela elabora un inteligente juego entre el material histórico y el estatus que este es capaz de adquirir dentro de la ficción; reconstruye los hechos históricos de forma creativa sobre la base de la información disponible, obviando su estatus de ficción. Legitima la Biblia como un documento histórico, o como una obra literaria en el mejor de los casos, y la reinterpreta, rescribe la historia y le atribuye nuevos significados. De hecho, lo que hace el autor no es ficcionalizar la historia, sino que lo que intenta es darle a este discurso ficticio el status que tendría un documento histórico. La aclaración “Traducido del original”, que aparece como subtítulo al comienzo de cada diario, da la idea de un registro histórico formal y, a su vez, anticipa las desviaciones que se harán respecto de este. Toda traducción es, en algún punto, una interpretación que no podría nunca ser una transcripción literal de aquello que reproduce. El texto se verá siempre afectado tanto por las diferencias entre la lengua original y a la que es traducida como por la experiencia y la subjetividad del traductor que trabaja dicha obra.

Cuestión de humor


  La ironía es una antífrasis, según Kerbrat-Orecchioni (famosa lingüista que reformuló el esquema comunicacional de Jakobson), es una oposición entre lo que se dice y lo que se quiere hacer entender. La legitimación de la historia bíblica del Génesis, por parte del autor, podría así ser considerada una burla irónica ya que, mediante su afirmación, la niega. Esta es una de las funciones pragmáticas de la ironía, que consiste en un señalamiento evaluativo casi siempre peyorativo. Pero antes, se debe hacer una diferencia entre lo que es la ironía, la parodia y la sátira. Diferenciaciones sobre las que ha teorizado la misma Linda Hutcheon.
  La ironía, al ser intertextual, tiene una dependencia diferencial, una mezcla de desdoblamiento y de diferenciación con una memoria genérica. Esta también opera por medio de la repetición y de la diferencia. El análisis de la ironía se limita a palabras o frases y no a un texto o a una obra completa. Por otro lado, la parodia y la sátira sí tienen esa posibilidad. Estas también poseen elementos de intertextualidad. La parodia señala, es una especie de revisión impugnadora o de relectura del pasado que confirma y subvierte a la vez el poder de las representaciones de la historia; se niega a satisfacer la expectativa de clausura o a proporcionar la certeza distanciadora que la tradición literaria ha inscrito en la conciencia colectiva. La sátira tiene como finalidad corregir algunos vicios e ineptitudes del comportamiento humano, a través de su ridiculización. A estas ineptitudes, en el sentido en que son morales o sociales y no literarias, se las considera como elementos extratextuales.
  Los diarios de Adán y Eva es una parodia y, a su vez, una sátira. Como parodia, contrapone dos textos, al mismo tiempo que en su desarrollo contrapone dos puntos de vista. Como sátira, cuestiona las convenciones sociales y culturales en cuanto a la forma en que los hombres y mujeres interactúan. Cuando estos tres puntos se entrelazan, se puede hacer un uso pleno de la ironía. Por lo expuesto, se puede relevar que esta novela corta es una parodia satírica o una sátira paródica.
  Es curioso notar que las estrategias paródicas posmodernistas son empleadas, a menudo, por artistas feministas para llamar la atención hacia la historia y el poder histórico de esas representaciones culturales que todavía hoy siguen vigentes, contextualizándolas, para reconstruirlas. Algunos artistas varones han usado la parodia para investigar su propia complicidad en tales aparatos de representación, al tiempo que siguen tratando de hallar un espacio para la crítica. El uso de la ironía, por parte de Mark Twain, tiene una doble significación. Este, a través de la mirada de Adán, hace una crítica y ridiculiza los estereotipos femeninos, al mismo tiempo que lo ridiculiza a Adán mismo, ya que nos damos cuenta, más tarde, al leer el diario de Eva, de que sus impresiones sobre ella y sobre su realidad están completamente erradas. Lo mismo le sucede a ella, tanto en la crítica y la ridiculización del otro como en su imposibilidad de comprenderlo a él y a su entorno. Puede notarse también que en el texto no hay resolución dialéctica o una evasión superadora de la contradicción. Sus diferencias y sus lamentos carecen de un punto de entendimiento o de concertación: simplemente aprenden a soportarse el uno al otro.
  Adán no está contento con el criterio de Eva para nombrar las cosas que los rodean. Sin embargo, ella cree que a Adán le gusta que tenga esta iniciativa, ya que él no parece ser bueno para eso. Ella se adelanta siempre a él para evitarle la vergüenza pero, en realidad, esto lo pone molesto. Eva también cree que, al dejarle un día libre a la semana para el descanso, le ha dado una utilidad a Adán, el hábito del trabajo. Este piensa todo lo contrario, no quiere saber nada de eso. Adán, por su parte, piensa que utilizar palabras complejas infunde respeto en ella, pero eso no le preocupa en lo más mínimo a Eva. El juego entre las diferentes impresiones que tiene cada uno del otro y de lo que les sucede es inagotable en sus posibilidades y en el tiempo.
  El autor intenta darles fuerza a sus ideas a través de la alusión a tradiciones y conocimientos generalmente reconocidos. No hace falta siquiera haber leído la Biblia o tener una comprensión reflexiva superior sobre las relaciones humanas para entender y disfrutar de su obra. Presenta al lector ciertas pautas y datos mínimos –mediante los cuales este puede deducir las reglas del juego irónico– y, a su vez, lo alerta de otras posibilidades o razonamientos. Pone en evidencia cómo las representaciones presentes vienen de representaciones pasadas y qué consecuencias ideológicas se derivan tanto de la continuidad como de la diferencia. Abre el debate sobre cómo estas ideas moldearon nuestra forma de ser y de relacionarnos entre hombres y mujeres, desafía las nociones preconcebidas y cuestiona toda la cultura.
  Me arriesgo a conjeturar que, más allá de lograr modificar algunas conductas nocivas o ineptitudes para su interacción, tanto hombres como mujeres poseen una concepción del mundo diferente uno del otro, lo viven y lo sienten de formas muy distintas, ya desde un aspecto biológico. Y, aunque tal vez fuera posible igualarnos en ese aspecto, resulta improbable, a través del lenguaje, darle una idea precisa al otro de lo que uno piensa o siente. Por el momento, podemos reírnos de esto, un poco nomás, sin confiarnos demasiado.