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jueves, 3 de abril de 2014

Más allá de la alegoría del centeno


Entre la vasta inmensidad
de este fértil suelo,
envueltos en la ciega claridad de los días,
todos los chicos juegan, corren,
creen ser libres.
No conocen sus límites; sus momentos son
en un infinito sembrado.
Persiguen su propia sombra,
adivinando senderos.
No pueden imaginar
la tristeza que atravesaría sus almas
si tropezaran en la noche.
No pueden imaginar,
entonces,
lo magnánimo que es ser yo…
… sobre mí, descansan
las fantasías de cado uno de sus espíritus,
bajo el incandescente resplandor de esta utopía
dibujada sobre ellos.

Las espigas se alzan al sol,
caladas por la palidez de sus rayos;
las raíces callan.
Todos los chicos juegan,
se creen libres.
Ellos no conocen sus límites; no saben qué hay
en la mesura de lo árido.
Sus dedos rozan las hojas, buscando
capturar su sombra.
No pueden imaginar
la tristeza que atravesaría sus almas
si acaso llegara a fallarles;
No pueden imaginar,
entonces,
lo violento que es ser yo,
ser la última vela encendida,
ser la chispa
de todas sus voluntades,
para que la noche no los encuentre
para que su sombra
no se les pierda
más allá del centeno.

¿Acaso intuyen
esa noche que desconocen,
sienten su sombra
invitarlos al límite?

Sus pensamientos encandilados
se diluyen.
No, no pueden imaginar
la tristeza que atravesaría sus almas
si alguna vez supieran
de eso que no sucede.

No pueden imaginar,
entonces,
lo espeluznante, lo frustrante
que es ser yo.
No, no pueden imaginar lo inspirador que es ser yo…
… ser la tierra de todos sus senderos,
el agua, las raíces, las espigas,
el rayo de sol que mece sus pensamientos;
y ser también la noche, el abismo,
la síncopa
en donde se tocan las sombras.

¿Acaso saben
quién es el que los espera
y los resguarda
de su propia torpeza?

Sus almas traslúcidas
lo ignoran.
No, no pueden imaginar
la tristeza que atravesaría sus almas
si contemplaran el abismo.
No pueden imaginar,
entonces,
lo espantoso que es ser yo…
… sentir el vértigo,
ver el fondo,
ser el chico cayendo.




lunes, 31 de marzo de 2014

Queyri


















“Pintar como los pintores del renacimiento 
me llevó unos años, pintar como los niños me llevó toda la vida”.
Pablo Picasso.


En el jardín donde he crecido,
el sol parece una manzana con caramelo.
En este jardín de árboles violetas,
entre el barro y las hojas secas,
en este andar de pasos huecos.

Acá el cielo siempre está pintado
de todos esos colores que yo más quiero.
Lo pienso verde como tus ojos
y se ve negro cerca de tu pecho,
en este sentir desgarrado.

Y el amor aparece vestido
y yo nada más quiero ver qué hay debajo.
Un martillo late sobre un piano
y en su pausa llena el silencio
de este corazón interrumpido.

También crecen unas flores
entre la oscuridad, amarillas y blancas,
entre las grietas de las losas,
entre las rocas,
en esta voluntad de gota de agua.

Y el viento murmura a mi oído
que la vida es un regalo y la muerte, un deseo.
Y se dibuja una casa con un cuarto vacío,
vacío de sí mismo
en esta piel que rompió otro espejo.