viernes, 31 de agosto de 2018

Oquedad



¿Estás dispuesto a devorar estrellas que sacien tu sed?
Enrique Bunbury


Su rostro se defiguró en un gesto de desprecio. Se sintió para él como si alguien le hubiera arrojado agua hirviendo en su pecho. Un mareo repentino lo aturdió. Ella puso su mano sobre el pecho de él y lo empujó con violencia lejos de ella. La expresión de rechazo la afeaba mucho, pensó él, y después quedó fuera de sí. Se abalanzó sobre ella, la agarró del cuero cabelludo y empezó a golpear su frente contra la mesa de vidrio de la sala. Hasta que la superficie se partió. La alfombra se llenó de pequeñas astillas de cristales y un chorro espeso de sangre tiñió un trayecto del tejido. Él se quedó paralizó por unos segundos, le faltaba el aliento. Todavía no entendía bien qué estaba pasando. Con toda la fuerza que pudo juntar, ella le arrojó una patada que dio en uno de sus muslos. Él cayó al suelo y su rostro se llenó de bolitas de vidrio, pelusa de la alfombra y su propia sangre. Soltó un grito que parecía más un llanto. El taco del zapato de ella se había clavado en su pierna. Se levantó, trató de limpiarse el rostro con la palma de una mano, y volvió a la carga. La sujetó por detrás, la obligó tragarse unos pedazos de cristal que tenía entre sus dedos y le arrancó el vestido.

* * *

  El olor a pis lo despertó. No quería abrir los ojos, volverlo real. El simple hecho de ir a alguna farmacia a comprar pañales para adultos le daba asco, esas palabras, más incluso que tener que salir al patio a las seis de la mañana para buscar unos trapos limpios, tener que sacarle la bombacha a la madre, higienizarla, limpiar el colchón y después regresar al patio para fregar los trapos y la bombacha. Por lo menos, ese era, de alguna forma, un acto privado, un ritual solitario y silencioso que se había impuesto desde hacía unos días. A veces, se repetía por las noches; entonces, esperaba hasta tarde a que los pasillos se callaran.
  Esta vez, al terminar, le dio un beso en la frente a su madre y se dirigió al baño, aprovechando que pocos se despertaban tan temprano para mantenerlo ocupado. Mientras se lavaba los dientes, las imágenes de su sueño se sucedieron otra vez en su cabeza, una detrás de otra. Las recordaba con exactitud, como había sucedido otras veces. Pero ¿por qué había tenido que aparecer ella, su compañera de trabajo, en esas alucinaciones? Nunca se lo hubiera esperado. Él nunca podría ejercer tal violencia sobre ella. ¿Por qué iba a hacerlo? Estaban en su departamento, tomando mate, como dos compañeros de trabajo. Había cierta complicidad entre ellos, entre que le había enseñado a cambiar el tóner, que ella le había manchado de tinta la camisa, que compartían el cigarrillo en el descanso, que no querés venir a casa después del trabajo. Quizás uno de los dos no tenía las mismas expectativas que el otro, o algo había salido mal. Nada más distante a lo que a él deseaba para su realidad.
  No sabía si sentir excitación o culpa. Al enjuagarse la boca, tuvo la sensación de estar masticando tierra. Escupió y, entre los restos amarillentos, vio unas bolitas negras diminutas. Se miró al espejo y abrió la boca. Entre las primeras muelas, tenía una manchada. No pudo evitar tocarse ese diente putrefacto y le dolió tanto que tuvo que tapar con la mano su boca para evitar gritar. Se palpó la piel reseca, se restregó los ojos, intentó sacarse esas lagañas de perro que tenía. No se sentía nada bien. Se dio un sopapo y se metió a la ducha.
  Cuando cortó el agua, pudo escuchar las voces de la gente que ya hacía cola frente a la puerta. Se secó, se vistió y bajó a la entrada a buscar el diario. No había nadie. Le sacudió la mugre del mostrador y se alejó mientras leía los titulares de la portada. El diario en sí, le importaba poco o nada –excepto los suplementos de los martes–, pero la costumbre de ponerse a leerlo durante el desayuno reconfortaba de alguna manera a su madre, como si eso le hiciera creer que el mundo no había cambiado tanto desde tiempos mejores.
  Subió las escaleras, cerró la puerta de la pieza y puso a calentar la pava en el anafe. Mientras, despertó a su madre, la depositó en la silla de ruedas y la colocó frente a la mesa. De su boca, no se escuchó nada más que un lamento ahogado cuando la movió. Él le contaba de su trabajo, de los chismes de los pasillos, y otras tonteras. Ella lo escuchaba fascinada, con los ojos bien abiertos. La yerba del mate estaba vieja, dejaba en la boca la sensación de haber lamido el piso, pero su madre ya no distinguía mucho los sabores, ni nada. Antes de apagar el fuego, ablandó tres panes, dos para ella y uno para él, y sirvió todo sobre la mesa. Después del primer mate, le cantó los números de la lotería publicados en el diario. Otro día más y nada más que mugre en los bolsillos, ¿en qué fallaba? Hacía los cálculos a la perfección, y nada. Entre pedazos de pan que se enducrecían en la boca, masticándolos con las muelas que le quedaban, ella le escupía que cómo el único de sus hijos que no era un imbécil ni un drogadicto, desperdiciaba el tiempo y el dinero en esas estupideces. Él le decía que el día que la sacaran se iba a arrepentir, pero que igual le iba a dar todos los gustos: “No es tu culpa, viejita, que tengas esas ideas locas. Ya vas a ver, un día de estos ganamos. No es cuestión de suerte… es el destino, ¿sabés?”. Siempre que su intuición le decía, apostaba.
  Esas fantasías, o sueños premoitorios, como le gustaba llamarlos, habían empezado cuando era adolescente. Se le aparecían en su sueño distintas escenas, de muerte o de violencia, que después terminaban concretándose. Él no conocía a esas personas, pero las soñaba, y después les sucedía algo terrible. Las primeras veces, al despertar, sentía como un vacío en el pecho. Con el tiempo, aprendió a manejarlo mejor y, como era un obsesivo de los números, empezó a darse cuenta de que había una relación entre la fecha de sus alucinaciones, la de el hecho concreto y otros factores, como once puñaladas, dos disparos, cinco testigos, y esas cosas. Sin embargo, había algo que se le escapaba. El número al que llegaba salía el día en que ocurría el hecho lo que, a menos que un día de esos se le manifestara en sus premoniciones también la fecha en que iba a suceder, le sería imposible saberlo antes de que saliera. 
  Dejó el diario sobre la mesa con un gesto enajenado, tragó un poco más del flujo del mate, le dio un beso en la frente a su madre y salió hacia la parada del veinticinco, que le quedaba a una cuadra (o trescientos ocho pasos, según llevaba anotado mentalmente). Era un viaje de alrededor de cuarenta minutos. se bajaba en la segunda parada después de doblar en la avenida Caseros, frente a la plaza Florentino Ameghino, y caminaba dos cuadras y treinta y cinco metros (o setecientos veinte pasos) hasta la oficina de envíos postales y pago de servicios. Había pocos clientes por día, aunque a veces se agrupaban algunos, más que nada, entre las once y las dos. Después, se ocupaba también de trascribir información –correos, direcciones, notificaciones, montos– a las bases de datos de otras empresas.
  La relación con su compañera era simbiótica, sin saberlo, para los dos. En un principio, algún que otro gesto simpático de parte de ella había sido suficiente para que él confirmase que había algo entre ellos. Todas las noches, le mentía a su madre de que al día siguiente se la iba a presentar, a su compañera, su novia. Él fue el encargado de impartirle el entrenamiento para el trabajo cuando ella empezó; en dos años, habían salido a almorzar juntos una o dos veces y él tenía la seguridad de que le había comentado sus sentimientos hacia ella.
  Los recuerdos eran selectivos. No recordaba su insistente acoso, con regalos, flores, bombones, cochinitos, piropos, a los que su compañera respondía siempre con una sonrisa. No recordaba la indiferencia de la chica, la repulsión que le generaba, la cara de asco que ponía cada vez que él le decía algo chancho cerca del oído. En muy pocas ocasiones, ella prendía su computadora. Se la pasaba, más que nada, mirando fijamente sus apuntes de la carrera. Cuando ella se ausentaba, él se ponía a inspeccionarlos, intentaba leerlos: Psicología del Aprendizaje, Neurociencia, Psicopatología, etc., todos sin una sola marca. En realidad, como los gatos, ella solía usar el tiempo para pasarse toallitas húmedas por la piel o pintarse las uñas: la hora del baño, como le decía él mientras espiaba de reojo.
  Ese día, no obstante, él no se sentía bien. Las imágenes que se le habían aparecido en sus sueños o descargas le habían dejado una sensación de extrañamiento que no sabía definir. Podría haberle preguntado algo a ella, aunque fuera de manera indirecta, pero no estaba dispuesto a quedar como un ignorante. Entonces, durante su hora de almuerzo, se hizo el tiempo para ir a una librería y buscar alguna publicación que hablara sobre ese tipo de cosas: sueños lúcidos, apariciones, interpretación de los sueños, lo que fuera. Lo único que encontró, sin embargo, fue un libro sobre la numerología. Los textos que le había recomendado el vendedor no le sirvieron de nada. Hablaban de que los sueños y las fantasías nos permiten fabricar mundos imaginarios, que en ellos la lógica y la moral se encuentran suprimidas, que son un mecanismo de defensa para evitar pensamientos o emociones que nos generan frustración o miedo, pero no hablaban de sus premoniciones.
  Al día siguiente, su compañera no se presentó, ni al siguiente, ni al otro. Nunca habían pasado más de dos días seguidos, lo que le preocupó bastante. Tampoco contestaba su celular. Él lo marcaba una y otra vez, cada vez, todos los números, primero despacio, después más agitado, sonaba siete veces y, a la octava, atendía el contestador. Al cuarto día de ausencia, contestó. Lo saludó como si nada, como si no hubiera visto quizás todas las llamadas perdidas en su teléfono, como si no le faltara él, como si las toallitas que él compraba todos los días no desbordaran el botiquín de la oficina ahora. 
  Ella le dijo que había renunciado, que ya sabían en el local. Estaba embarazada y había decidido ir a vivir a Tucumán con su pareja, donde él tenía un buen trabajo. Le pidió que lo disculpara por no haberle avisado, pero se había tenido que hacer a la idea casi de un día para el otro. Le preguntó si había mucho trabajo y si le habían traído algún reemplazo. Hubo un largo silencio entre los dos. A él se le vinieron a la cabeza las imágenes de unos días atrás en que había soñado con ella, ese sueño desagradablemente erótico y violento, que hasta le daba vergüenza recordar. Le dijo que no, que no había ido nadie todavía, y le cortó.
  A la noche, cuando entró a la pieza, la madre dormía en su silla. Se tiró en su colchón y cerró los ojos con fuerza, para soñar otra vez con ella. Pasaron horas, y no pasó nada. No pudo dormir. Se levantó y despertó a la madre, le preguntó qué quería comer. Ella le contestó algo muy bajito al oído. En la calle, no podía dejar de pensar en su compañera y en cómo sería el tipo ese que se la había llevado. El mundo parecía pasarle por el costado, sin tocarlo. De repente, sintió una descarga: la vio claramente, entre un abrir y cerrar de ojos, las mismas imágenes que había tenido en ese sueño cayeron otra vez como descargas sobre su cabeza. Se asustó, chocó con la gente. Se detuvo, respiró, intentó calmarse, y después un número apareció en sus pensamientos. Se sentó en un bar y empezó a hacer cuentas. Si agregaba ese número como una variable de su cálculo, teniendo en cuenta la fecha en que había tenido la alucinación, la única fecha posible restante era el día siguiente a ese. Lo había resuelto, estaba seguro. No cabía en su propia excitación. Se levantó y emprendió el camino de vuelta. Saludó a su madre con un beso fuerte en la frente y se puso a preparar la comida.
  Mientras cenaban, él le comentó que la semana siguiente iba a traerla a su novia, para que comieran los tres, que habían estado hablando de casarse y, si se llevaban bien, de vivir juntos con ella en algún otro lado. No supo entender por qué se lo dijo, pero se lo creyó también. La madre lo miró y le sonrió, con sopa en los ojos; él se quedó observándola mientras ella se esforzaba por hacer pasar el bolo de comida. Quiso llorar por un momento, pero se contuvo. Le dijo que, antes, tenía que irse por unos días, que la empresa iba a abrir una sucursal en Tucumán y le habían pedido a él que vaya a supervisar, que le iba a dejar comida preparada y le iba a pedir a “doña pelos” que mande a alguien para ayudarla. No quiso ver la reacción de ella. Después, prendió la radio y no quiso mirarla más. Dicen que solemos buscar la propia felcidad en ilusiones que no dependen de nosotros.
  Al día siguiente, por la mañana, no fue a trabajar. Se sentó en un café, sacó de su bolsillo el billete que había comprado ayer y se puso a pensar. Si decidía cumplir con lo que dictaban sus alucinaciones, obtendría el premio de la lotería, pero eso significaría tener que asesinar a sangre fría a la mujer de su vida. Si no lo hacía, quizás no tendría otra oportunidad de salir de la inmundicia en la que vivía. Y, de todas formas, ella había decidido irse a otra provincia sin siquiera avisarle, ¿qué clase de novia hace eso? ¿qué clase de compañera?
  Se levantó y se dirigió al departamento donde vivía ella. Había averiguado su direccion hacía tiempo, la semana después de que empezaran a trabajar juntos, buscando alguna asociación numérica entre sus respectivas y sus signos astrológicos según el zodíaco. 

* * *

  La llamada del día anterior la había dejado mal. No le caía bien su compañero, le resultaba deagradable, abusivo, pero tampoco quería hacerlo sentir mal. Y lo cierto es que irse de un día para el otro, sin decir nada, era grosero. Decidió que, cuando terminara de hacer las últimas cajas, lo llamaría y trataría de decirle algo amable para que no se sintiera abandonado. Si bien la mayor parte del tiempo la acosaba, también hacía todo por ella, entre otras cosas, su trabajo, y no decía nada a los jefes. Y si hubiera sido más joven, o más lindo, tal vez a esta ahora estarían saliendo a almorzar juntos y ella no se estaría yendo.
  Entre esos pensamientos, sonó el timbre. Los de la mudanza no tenían que venir hasta dentro de dos horas. ¿O a qué hora les había dicho? Entre el embarazo y dejar todo, ya no se acordaba ni de su nombre. Todavía tenía que ir a almorzar con sus padres, llamar a su novio, tirar toda la basura. Y el escuchar la voz de su compañero por el interfono no la calmó. No entendía bien qué hacía ahí, pero le abrió, como esas cosas que se hacen sin pensar, porque casi siempre le siguen a una anterior: levantar el interfono, abrir la puerta. Puso su mejor cara, lo saludó con un beso y lo invitó a pasar. Le dijo que no podía entretenerse mucho, pero que podían tomar unos mates. Lo notó nervioso. Ella le dijo que se sentara, que en unos minutos estaría con él, solamente tenía que poner a calentar el agua. Cuando volvió con el termo y el mate, vio cómo el hombre miraba fijamente la superficie de la mesa de vidrio. Le preguntó si le pasaba algo, si no necesitaba una, que igual la iba a tener que regalar. Él le dijo que sí, que perdón, que estaba pensando en otra cosa. Ella le contó que había decidido seguir la carrera a distancia, que de hecho le vendría bien cuando tuviera que hacer reposo. Él apenas intervenía, no podía mirarla a los ojos, movía la cabeza hacia todos lados. A ella le incomodaba mucho ese comportamiento, así que le dijo que tenía que apurarse, que en una hora tenía que juntarse a comer con sus padres. Se levantó y empezó a ir hacia la puerta. Entonces, él le preguntó si la podía ayudar con las cajas. Para no ser grosera, y porque sinceramente no tenía ganas de hacer cajas, le dijo que sí, que le vendría bien una mano, que tuviera cuidado, que algunas cosas eran frágiles. Ella agarró unos papeles de diario y comenzó a envolver unos jarrones, mientras él preparaba y cerraba las cajas. De repente, él le preguntó si sería capaz de matarlo a cambio de mucha plata. A ella se le cortó la voz, primero, y después le dijo con desprecio: “¿Qué decís?”. Él se le acercó. Ahora estaba asustada. Ese tipo había dicho la palabra “matar” y ahora lo tenía a menos de treinta centímetros de ella. Le puso una mano sobre su pecho para que no siguiera avanzando. Temblaba. Él se siguió acercando más y más, la cara roja, arrebatado. “Te amo mucho, ¿sabés? —dijo él—. Y es una pena. Mamá tenía tantas ganas de conocerte…”.

* * *

  La chica se despertó de un salto; el hombre, con el rapto de ella: “¿Otra vez, mi amor?”. “Perdón, mi vida. Te prometo que me duermo tranquila”. Ella se volvió a recostar. Él se giró y la abrazó, no tanto para consolarla, sino para asegurarse de que no volviera a dar saltos en la cama. Las siguientes dos horas pudieron dormirlas hasta que sonó el despertador. Ella se levantó primero y empezó a preparar el desayuno. Mientras él se bañaba, ella aprovechó para hojear el diario antes de que lo acaparara su marido. Al dar vuelta una página, volvió a ella lo que había soñado. No podía moverse. Pero los números no mentían. La tapa de la pava explotó y volvió en sí. Preparó el café, lo sirvió, el jugo de naranja, las tostadas, buscó el uniforme planchado. En el pasillo, recién salido de la ducha, su marido la sorprendió por detrás y le besó el cuello. Le hizo cosquillas. Con sus pequeñas manos, apartó los brazos que la sujetaban y le dijo que vistiera, que ya estaba listo el desayuno. Él obedeció.
  “¿Te puedo pedir algo, amor?”, le preguntó nerviosa. “Sí, bonita, pero no me digas que tiene algo que ver con lo que soñaste porque…”. “Pasame el diario”. La interrupción le sorprendió. Obedeció otra vez. “Acá. Acordate de este número”, y le pasó el diario de vuelta a él. “¿Querés que juegue a la lotería?”.  “No, quiero que te acuerdes ese número, prometémelo”. Las palabras, pisándose unas a otras, lo intimidaron un poco: “Está bien, amor”. Ella hundió la nariz en su taza de café, nerviosa. Él siguió con su jugo y las tostadas. El desayuno terminó en silencio. Él se levantó y se preparó para salir. Ella lo acompañó a la puerta. 
  “Prometeme otra cosa”, le dijo antes de darle un beso. “¿Otra cosa? Vos sabés que no puedo con más de una promesa por día”, y le sonrió. “Es en serio. Pero muy en serio”. “Amor, no me va a pasar nada. Quedate tranquila. Nunca pasa nada. Son pesadillas”. Ella le contestó con una expresión dura en el rostro. “Está bien, está bien. Te lo prometo, mi vida. ¿Qué ibas a decirme?”. “No es nada terrible, y no lo tengo muy en claro…”. “¿Y entonces?”. “Esperá… ¿Te acordás del número?”. “Sí”. “Bueno. Otra cosa. Revisale los bolsillos”. “¿A quién?”. “No importa. Vas a saber. Vos hacelo. Por favor”. Raro, pensó: “Dale. Beso”.
  Cerca del mediodía, mientras volvían a la estación en la patrulla, le contó a su compañero la conversación matutina que había tenido. Omitió la última parte. La había notado demasiado tensa a su esposa, había sido demasiado extraño, más de lo que estaba acostumbrado, y no quería que el otro pensara que estaba casado con una loca. De vez en cuando, de todas formas, apostaban a ver si las premoniciones de la chica se cumplían. Puras fantasías, y siempre terminaba pagando. Sin embargo, por las dudas, nunca se olvidaban de tomar las precauciones que ella les instruía. Nadie necesita a la mala suerte de su lado. Mientras hablaban pavadas, sonó el comunicador. “¿Vamos?”, dijo su compañero y arrancó. 
  Cuando llegaron al departamento, la mujer estaba en un ataque de nervios. Tenía sangre en la cabeza y no paraba de llorar. Había un hombre tirado en el piso, con un golpe en la cabeza y un pedazo de jarrón incrustado en la frente. Emanaba un olor nauseabundo. El piso estaba lleno astillas de vidrios, y cajas todo alrededor. Cuando pudieron calmarla, la mujer les explicó la situación. Le dijeron que los iba a tener que acompañar a la estación para declarar. Ella volvió a ponerse histérica, les dijo que en unas horas tenía que viajar con su novio, que estaba embarazada. “Señora. Yo la entiendo… pero usted no se puede ir a ningún lado. Hasta que aclaremos esto por lo menos…”, le dijo su compañero, y comenzó a acompañarla. “¿Venís?”. El oficial estaba abstraído. No dejaba de mirar al hombre que estba desparramado en el suelo, y sus bolsillos. “Sí, en un rato, voy. Dame dos segundos”, respondió.


La pintura es de William Blake. Se titula: Beatrice adressing Dante from the car (1824)

lunes, 6 de agosto de 2018

Virgen

Se dice que un 8 de septiembre nacía la virgen María. También se dice que muchos de los relatos sobre ella fueron tomados de la diosa egipcia Isis. Cuenta la mitología griega que fue la última inmortal que vivió entre los humanos, para impartir la justicia y el orden. Sobre su espalda, cargó la cosecha y los rayos de Zeus en la lucha contra los titanes. Su constelación es la más grande de todos los signos y, dentro de ella, habitan miles de galaxias. Por mi parte, puedo decir que conozco a una María nacida un 8 de septiembre y es mejor que cualquiera de todas estas historias. Su segundo nombre es Regina porque iba a nacer un 7, día de esa santa. Su apellido es impronunciable, parece un jeroglífico. Todos los días me enseña algo nuevo, sobre ella y sobre la vida, con su sencillez, su inocencia y su infinita belleza. Su sentido de lo justo es inapelable. Terrenal, transparente e inmensamente bondadosa. Y, además, me ama. Y yo soy fiel a ella.

Fin del mundo


Somos una imposibilidad en un universo imposible.
Ray Bradbury


—Está raro el clima, ¿viste?
—Sí. La gente está rara, también, mi amor.
—¿Y te parece poco?
—No. No sé. ¿Qué vamos a comer?
—Nosotros nada, amor. Hay que racionar. Ahora veo qué hay para Joaquín y Manu.
Son las siete de la tarde. No se ve el sol desde hace varios días, nadie sale de sus casas. La niebla, pareja y constante, no deja ver más allá de veinte o treinta metros. La lluvia, con sus intermitencias, amenaza una y otra vez, refrena cualquier expectativa. Una especie de ceniza húmeda recubre las calles y se impregna en los ánimos. Las redes de electricidad resisten todavía. Aconsejan, sin embargo, evitar el consumo de energía, para no provocar desperfectos con los purificadores de aire, sus salvadores, hasta ahora.
Hundidos el uno en el otro, entre las sombras de la sala de estar, ellos permanecen callados. Sus cuerpos ausentes, sobre el sillón. Se hacen mimos. Arriba, en uno de los cuartos del primer piso, están los chicos. Ella posa su cabeza sobre el hombro de él.
—La radio me está volviendo loco.
—Apagala, si querés. Hace rato que no dice nada nuevo.
—No, dejá. Quiero escuchar igual.
—Ahora veo qué podemos comer.
El zumbido constante del aparato se confunde con sus palabras. Todos los sistemas de comunicación cayeron. No hay Internet ni televisión. Nada más subsisten redes caseras de onda corta, que mantienen actualizados a los que logran sintonizarlas. La voz grave y dramática del interlocutor, entre el zumbido, las sirenas a lo lejos, y sus silencios, reproduce la situación del mundo, informa sobre socorros y auxilios, y pregona sobre diferentes sistemas y hábitos para mantenerse a salvo. Gradualmente, las cosas se van aquietando, o ya traspasaron lo cotidiano. Hubo pocas novedades en las últimas dos horas. 
Ella besa la mano de él, la que acariciaba su hombro, se levanta del sillón y va a la cocina. Se fija qué queda entre los estantes de la alacena. Saca una lata de choclos, cebolla, huevo, queso crema, y se pone a hacer la mezcla. Él agarra el control remoto de la televisión e intenta prenderla. Se lamenta de su propia estupidez y se ríe. Se dirige hacia la ventana de la sala, la que da a la calle, y corre las cortinas. El vecino de enfrente también mira, y lo mismo en varias casas. Todos observan lo que pasa enfrente o al lado. No se saludan.
—Después, ¿podés ir a ver a los chicos?
—Sí, todo bien. Ahora voy.
Él cierra nuevamente las cortinas, se retira y va hacia las escaleras.
A través de las ventanas, se ven las calles vacías y cubiertas de ceniza-nieve. Las escuelas están cerradas; los negocios, abandonados. “¿Cuánto puede durar? —se pregunta él—: ¿Cuánto falta para que nos quedemos sin cosas para hacer, incomunicados? ¿Sin comida? ¿Sin aire limpio? Si se nos hubiera ocurrido agruparnos en alguna casa, aunque sea entre algunos, esto no sería tan desesperante. O ya nos estaríamos matando los unos a los otros”.
—¿Cómo están los chicos?
—Bien. Mateo duerme en la cuna. A Joaquín ya no sé qué inventarle. Le dije que estabas preparando la comida. ¿Sabés a que están jugando Joaco y Manuel?
—¿A qué?
—Al fin del mundo.
—Qué horror. ¿Preguntó algo, Manu? ¿De sus papás?
—No, tendrá miedo de preguntar. Quizás, cuando comamos, pregunte.
—Dios mío. Pobres. ¿Qué le vamos a decir?
—No tengo idea.
Se dice que hay una nube de ceniza arcillosa que está empezando a cubrir todo el mundo. Nadie sabe cuánto avanzó o si seguirá haciéndolo. Las calles no son seguras para nadie. La niebla es cada vez más densa y la lluvia, más pesada. Moja la piel y se mete entre los poros. Parece que contiene unas bacterias que destruyen los tejidos. Se dice también que la ceniza transporta unas toxinas que enloquecen el sistema nervioso y su estructura arcillosa termina agarrotando los músculos. 
Los primeros días, la gente caía muerta de las formas más inesperadas. Todos los animales se volvieron locos, andaban sueltos, rabiosos, hasta que finalmente, uno a uno, se fueron quedando tiesos. Las calles son el escenario del desastre, todas atestadas de cuerpos inertes, autos abandonados, todo gris, cubierto de esa ceniza-nieve. 
No hay nadie que opere los teléfonos ni cualquier otro servicio. No hay autoridades, ni hospitales, ni guardia nacional, ni un ejército de contención improvisado. Mientras, a lo lejos, el grito ahogado de las sirenas, entre los edificios, las casas, los parques, entumece los sentidos. Una interferencia susurrante y continua flota en el aire. De a ratos, cada vez más constante, cae esa lluvia que quema de adentro hacia fuera. 
Un pánico silencioso gravita en el aire. Las casas no duermen. Hombres y mujeres, todos, en una desesperación muda. Todos encerrados puertas adentro, esperando el impacto de algo que no saben qué es todavía, algo extraordinario, algo horrible, aterrador. Ya no importa la inminencia de una guerra, un eventual desastre, vivir en un agujero, tener una casa con jardín, subirse a un avión que va directo al sol… ya no importa nada.
—¿Cuánta comida queda?
—Bastante, pero no hay que confiarse. Todavía tenemos todo lo del sótano.
—Bien… Voy a apagar la radio. Me vuelve loco.
—¿Sigue nevando?
—Es la ceniza, creo. ¿De dónde salió? 
—No sé. Está raro todo. Ojalá pase algo…
—… que te borre de pronto… ¿Cómo qué?
—No sé. Vos sos el que leyó la biblia.
—Si es por eso, no tenemos chance de nada.
—Volvió a llover.
—Quizás, todo esto sea un sueño de alguien dentro de un sueño en la taza de café de alguien más. ¿Te imaginás?
—No te entiendo.
—Nada. Estoy paveando nomás.
—Las inundaciones bajaron, había dicho la radio.
—¿Además hay inundaciones?
—Sí, mi amor, ¿no escuchaste? Hay ciudades que quedaron hundidas. Prendé.
Él se acerca a ella, pone sus manos en su cintura y le da un beso en el cuello. Ella lo saca, no quiere ponerse mal. Él entiende, y va a prender el aparato. Después vuelve a la ventana y corre las cortinas otra vez. Se abstrae en la lluvia.
—¿Te acordás cuando nos empezamos a ver? ¿Ese día que llovía? Caía a baldazos el agua, como hoy. Estábamos en la parada del 152. No teníamos paraguas.
—Sí, obvio. Me acuerdo.
—No pusimos a bailar ahí, solos, en el medio de la lluvia. Tenías una expresión en la cara tan linda. Creo que, en ese momento, registré que estaba enamorado de vos.
—¿Qué expresión?
—No sé, es difícil de poner en palabras… como divertida, inocente.
Se quedan callados. 
Un nuevo comienzo para el mundo. Miles de años, una vida, dos más.
La radio se corta. El aire se enrarece más. Las sirenas enmudecen. Todos se asoman a las ventanas. Cada vez, llueve más fuerte. La niebla se espesa.
Ella se acerca a la ventana y se pone a su lado. Él la abraza y le besa la frente.
—¿Qué va a pasar? ¿Vamos a salir de esto?
—No sé, mi amor.
—¿Sabés que te amo, no?
—Yo también.
—¿No te acordás de esa sonrisa hermosa que tenías esa vez? Te amo tanto.
—Yo a vos, mi vida.
La toma de la mano.
—¿Vamos? Vamos a bailar, una vez más, la última.
—Pero… nos vamos a morir.
—No, mi amor, si no salimos, nos vamos a morir. 
Se quedan callados. Ella le da la mano.
—Cerremos con llave mejor, ¿no?
—No terminé la tarta de choclo. ¿Qué van a comer los chicos?
—Yo creo que se van a arreglar mejor que nosotros. En serio, te digo. Pensalo. Nosotros molestamos nada más.
—Pero van a tener miedo si no estamos.
—Y yo también tengo miedo… pero ¿de qué sirve? ¿Y qué vas a hacer vos ahí? ¿Les vas a decir que va a estar todo bien?
—No sé, pero es terrible.
—Escuchá. No llores. Pensá en algo lindo.
Los vecinos se paran frente a sus ventanas para mirar el espectáculo. Los pies de los enamorados levantan la ceniza del piso mientras bailan. Un halo gris envuelve sus movimientos. La lluvia empapa sus cuerpos y disfraza las lágrimas. Se sonríen y se miran, como la primera vez que se miraron, como la última. Finalmente, los dos cuerpos caen sobre la ceniza-nieve. El polvo los cubre. Después de unos minutos, el paisaje se aquieta. Ellos ya no están. Las calles vuelven a su espantosa calma. El sonido de las sirenas regresa a lo lejos.
—Está loco, este clima.
—Sí. La gente está loca, también.