lunes, 3 de diciembre de 2018

Informe de la adaptación a la Luna - parte I

Primeras entradas




1

En un principio, los viajes a la Tierra se hacían con fines científicos, para investigar los efectos de la “era de la polución”, como nosotros la llamamos, aunque algunos prefieren el término “radiación” para definirla. Cuando se pudieron establecer algunos perímetros depurados de contaminación, así como controlar eficazmente la entrada y salida de las personas y ofrecer diferentes tipos de servicios seguros, también empezaron a venderse viajes como paquetes turísticos. Sin embargo, al día de hoy, el planeta es usado como penitenciaria selenita y basurero humano. Por eso cuando me dijeron que, en mi calidad de diplomático y sociólogo, me iban a enviar en una misión de reconocimiento de las nuevas tribus que habían surgido en los últimos años, no me puse nada contento. Podría considerarlo una oportunidad, una aventura o un desafío, en todo caso. Se dice que los terrestres son cada vez más hostiles en algunas regiones y los datos que se pueden recabar son cada vez más escasos. Además, cada viaje implica tomar múltiples y costosas medidas de seguridad y de control de riesgos que disuaden los proyectos más ambiciosos; y la verdad es que, cuando alguien es enviado a la Tierra, es porque molesta en algún otro lado y su regreso, a pesar de lo que prometen, nunca es certero.


2

Así como hoy se hacen viajes a la Tierra para su estudio, hace mucho tiempo, se hacía lo mismo en la Luna. Resulta difícil pensar que, en algún momento, nuestro hogar fue solamente un desierto de polvo, árido y hostil para el ser humano. Desde 2037, según contaban los terrestres, no solo se estudiaba la composición del satélite, sino también se lo intentaba adaptar para hacerlo habitable. Innumerables grupos de hombres y mujeres de la ciencia dedicaron sus vidas a esta labor. Y, entre ellos, estaba mi abuelo. Él fue uno de los colaboradores del Consejo de Emergencia que se constituyó en el momento del desastre, trece años más tarde. Pudo ver la devastación desde las calles que ellos mismos habían trazado, fue testigo del principio de una nueva era: el planeta celeste se cubría de una espesa nube de polvo, que tardaría varios siglos en disiparse. 
 Después de la Gran Devastación de la Tierra, comenzó lo que nosotros llamamos “era prehistórica” de la raza humana. Decidimos ponerle ese nombre porque, según los libros que pudimos rescatar y restaurar de su cultura, hace muchos miles, miles de años, ellos llamaron así a una época similar a la que están viviendo ahora, al menos en las regiones a las que tuvimos acceso y pudimos estudiar. Esto nos ayuda a reforzar nuestra teoría de que la historia es inevitablemente circular, aunque no contamos con los suficientes datos ni la suficiente historia como para poder asegurar mucho más sobre tal cuestión. Por su cercanía a la Tierra, y por una cuestión de adaptación, tomamos las medidas de división temporal de los antiguos terrestres, de su calendario moderno, con algunas modificaciones, ya que los movimientos de ambos cuerpos son parecidos, pero no idénticos.
Nuestra cultura tiene su base en la investigación científica, tanto para perfeccionar nuestro ecosistema como nuestra civilización. Como parte de esta noble tradición, también estudié varias ciencias, y soy sociólogo; tal vez por el respeto que infunde mi apellido, estuve a cargo del último proyecto social que está a punto de pasar a la etapa de implementación. Nos faltan nada más que algunas muestras y datos de comprobación. La mitad de la tripulación está en las mismas condiciones que yo, nunca antes los habían enviado. Los demás forman parte del equipo de “recolectores”, como les decimos.
Y también están los cinco convictos, que viajan en una cámara aislada de la nave. La diplomatura me pidió que, para ahorrar gastos de traslado, los depositara en la prisión más cercana a nuestro punto de aterrizaje y después retomara mis tareas.
El viaje dura alrededor de veinte días y ya vamos por el tercero. Algunos empezaron a sentirse mal desde que despegamos, pero eso tiene que ver con un condicionamiento de su propio sistema neurológico. Los que cuentan con experiencia de nuestra tripulación en este tipo de viajes hacen las veces de enfermeros o alienistas. Me dan ganas de escribir de a ratos y sé qué debo estar atento a mi aparato circulatorio. Si bien las atrofias musculares, los deterioros en la médula ósea y la psoriasis son problemas que ya pudieron solucionarse, todavía la sangre se espesa y el sistema inmunológico enloquece.


3

Mi padre fue un hombre muy respetado por toda la comunidad científica. A diferencia de mi abuelo, que fue naturalizado selenita, mi padre nació y se crio en la Luna, como yo. Fue uno de los promotores del idioma que usamos hoy en la Luna, en todas sus regiones y comunidades. Unos siglos antes de su ocaso, los terrestres habían construido un idioma que pudieran aprender todos más allá de su origen, al que llamaron “esperanto”.  Este es el único lenguaje planificado del que tenemos registro, lo que lo hace extremadamente práctico a nivel global. Quienes estamos encargados de la organización de las sociedades tratamos de que las diferencias entre unos y otros, tanto sociales como económicas y políticas, tengan el menor impacto posible sobre su capacidad de desarrollo y su deseo de autosuperación; excepto, claro, por las características psíquicas y físicas de cada persona, no más que eso. Por eso, un idioma común pareció desde un principio la mejor opción, aunque en los sectores científicos solemos utilizar el español, idioma del que más cantidad de textos escritos logramos rescatar de la Tierra. Y, además, en los primeros años desde la adaptación, se usaba el catalán (tal vez por razones un poco más elitistas), por lo que muchos de nuestros apellidos tienen su origen en esta lengua.
El legado de mi padre fue esta idea del idioma común, así como la organización política, que mantenemos hasta hoy, en consejos y comunidades: nunca una sola persona ostenta un cargo que le implique tomar decisiones –que puedan afectar de manera inmediata y directa a otros– en soledad. Todo se consensua, en mayor o menor medida. Asimismo, los diferentes estados de cada región se encargan de cubrir las necesidades básicas de todos sus ciudadanos. Resulta lógico. Nadie “elige” venir al mundo, por lo que sería coherente que no sea su responsabilidad contar con los medios suficientes para ser y hacer lo que se quiera: un techo, una alimentación balanceada, un servicio de salud, una educación, etc. Y los trabajos se reditúan de una forma no cuantificable: la moneda de cambio es el trueque. En un principio, se utilizaba la lava basáltica, carbonizada en los mares oscuros en toda la superficie de nuestro satélite pero, como es un recurso no renovable –y no es accesible para todos de manera equitativa–, supusimos que esto podría traer problemas o grandes diferencias. Sin embargo, algunos anticuarios todavía la utilizan.
Mi padre también pudo ver que, más allá de cómo se organicen las sociedades, siempre habrá una forma de retorcer los conceptos para el beneficio propio, es algo inherente al ser humano, así como la avaricia, el sadismo o la crueldad. Por esta razón, no importa qué tan perfectas y acabadas sean las estructuras políticas y económicas, siempre habrá alguien que quiera sacar ventaja de ellas. Entonces, desarrolló un mecanismo que reprimiera estas conductas, al menos en las personas que ocupan posiciones en las que les toca decidir el destino y el bienestar de otros. El mecanismo es un biochip que se le introduce en su organismo a la persona al momento de asumir la responsabilidad que le compete. Como lo entendía mi padre, y hasta el momento es la mejor teoría que tenemos, el origen está en la mentira. Las personas solemos autoengañarnos y engañar a otros cuando tenemos alguna actitud egoísta que nos beneficia solo a nosotros a cambio del perjuicio de otros. Una región del cerebro, llamada amígdala, y que se vincula a la emoción, es la encargada de estos procedimientos. El biochip reacciona cuando se activa la amígdala y segrega un veneno que inhibe de manera transitoria la capacidad muscular de controlar sus esfínteres a la persona. Según los estudios que mi padre efectuó durante largo tiempo, los humanos le tenemos más miedo a la humillación pública que a la muerte misma. 
Por lo que pudimos saber de las civilizaciones terrestres, la deshonestidad entre los diferentes actores de sus sociedades era una de las más importantes razones por las que estas fracasaban y, en el terreno de la política, resulta inadmisible. No hay grises. Sin embargo, algunos dicen que nunca fue bien visto que, al ser mi padre uno de los integrantes más notorios de la comunidad científica, él nunca consintió usarlo.
Poco lo conocí en vida, siempre estaba ocupado. No descansaba nunca de su trabajo; siempre estaba pensando en una forma de mejorar lo que se daba por sentado o por hecho. Crecí con mi madre, que murió también hace unos años, y con mi educadora. Más allá de las tareas escolares, que comienzan desde muy temprana edad, cada persona tiene un educador personalizado que la acompaña y la estimula constantemente. Los hechos y circunstancias de la muerte de mi padre nunca nos fueron bien explicados, ya que sucedió cuando se preparaba para viajar a la Tierra, cuando yo era muy chico. De algún modo –me resulta inevitable pensarlo–, siento que mi destino es iterativo, y esto me inspira un profundo, aunque insensato, terror. Conozco historias sobre él, muchas, pero de ninguna fui testigo. Y siempre me sentí obligado a seguirlo y a superarlo, como me lo indicaron, así como a resignarme a no tenerlo.


La pintura pertenece Jean-François Millet y se titula: The sheep pen, moonlight (1872).


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