miércoles, 24 de mayo de 2017

Robar no es hurtar



Me llamó su hermano. Había hablado con su mamá porque su papá le había hablado a ella. Me preguntó dónde estaba Pame y, la verdad, me estaba preguntando lo mismo. Nadie la vio. ¿Nadie le dijo? Mierda. Siempre se mete en quilombos. Pero yo no podía decir; algo sabía, pero no le puedo decir al tipo que su hermana es una falopera, que trabaja de puta. La primera vez que la conocí fue en el club. Había ido con unos amigos y ella estaba haciendo su laburo. Me dijo que trabajaba acá y allá, donde pintara. Yo le dije que se olvidara de eso, que nos iban a pasar cosas buenas. En ese momento, a mí me habían sacado de tránsito y empezaba de cobani por las calles. No tardé mucho en darme cuenta lo fácil que es meterse en las casas, y la cantidad de gente que no confía más en los bancos. Además, en estos barrios, la gente confía demasiado en la policía. Qué tarados. Ella quería ayudarme, pero yo no la dejaba. No me perdonaría nunca si la agarran. Ya bastante tuve el otro día cuando, entre cuchara y cuchara, de repente la vi acurrucada en el piso, chupándose el dedo. Desde ese entonces, la cabeza a veces se le va a la banquina, tiene lagunas. Por eso estoy acá, este es el último laburo; con esto, nos sacamos la lotería. Le corto al hermano, tengo que salir rápido; parece que alguien boqueó. Empiezan a sonar las sirenas. Parece una joda. Qué dirán los muchachos si me llegan a ver. ¿Qué hago? Seguro fue el forro del padre. Y yo soy la mala influencia. Se van todos al carajo. Tengo que mear igual, ya fue. Las sirenas suenan cada vez más cerca. Todo por cortarme solo. Hijos de puta. Entonces, la veo. Puta madre. No puede ser tan pelotuda. ¿Nadie le dijo? Se trepó por la pared de atrás; mientras termino de mear, la veo entrar por la ventana del baño.

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