martes, 2 de mayo de 2017

A mi viejo (micropensamientos)



  A mi viejo le encantaba el tango, el primer tango, el de los malevos y de los conventillos. Él creció en el barro de uno de esos conventillos. Y estuvo bastante bien hasta donde yo sé. Fue la persona más honesta que conocí en mi vida. Tal vez muchos dicen lo mismo de sus padres. Era un hombre duro, difícil, enojón, pero honesto. Supe que no se hablaba con su hermano, mi tío, porque les robaba a él y a mi abuela cuando eran más chicos. Lo echaron de la casa –de la pieza, en realidad– y nunca más volvieron a hablar. Mi tío murió y mi viejo no se enteró hasta muchos, muchos años después. Me imagino que esa dureza venía a cuenta de que su papá, mi abuelo, murió cuando ellos eran muy jóvenes, y mi papá, a los quince años, tuvo que hacerse cargo de la familia. Mi abuelo era español. Vino de chico con su papá a fines del siglo XIX. Mi ascendencia es vasco-italiano, complicado. Algo de todo eso heredé. Y aunque mi papá siempre fue un hombre austero, serio, mesurado, lo que más recuerdo es su sonrisa. Me enseñó que de nada sirve nuestra propia felicidad si no se refleja sobre los que nos rodean. También, y aunque le llevó tiempo aprenderlo, me dijo que no hay nada más tonto que pelearse con las personas que uno ama y que lo aman, perder de vista ese cariño por minucias. Supongo que eso se relacionaba más con mi hermana mayor, la “luz de sus ojos”, con la que no se hablaba tampoco, que con mi tío. Curiosamente, mi hermana, filósofa, heredera de su austeridad, tiene en su escritorio la frase de otro filósofo que resume un poco la personalidad de mi papá, y la mía también quizás: “Aprendí a buscar la felicidad mesurando mis deseos, en vez de intentar satisfacerlos”. Es una buena frase. De chiquito, cuando caminábamos juntos, también me enseñaba a silbar esos tangos tristes que él amaba. Yo odiaba eso, no me gustaba. Pero aprendí a silbar y me empezó a gustar la música, la poesía. Le debo eso, todo. Nunca entendió la música que me gustaba, aunque tenía un vinilo de los Beatles, que escuchamos juntos más de una vez. Le tenía mucho aprecio a su reproductor de vinilos. Debe haber sido una de las primeras cosas que se pudo comprar cuando salió de la pobreza, esas cosas que uno atesora. Trabajó. Trabajó mucho, muchísimo. Y, después, pudo estudiar. Se recibió de arquitecto casi a los 40 años. Ahí también conoció a mi mamá. Yo lo acompañaba a Ciudad Universitaria, donde daba clases de Matemáticas por muy poca plata. Era un buen maestro, aunque yo siempre renegué de él. También supo inculcarme la facilidad que tengo con los números. Por ese entonces, me acuerdo de que me regaló los libros de Álvaro Yunque, unas ediciones muy antiguas que debían ser de su papá. Nunca me los leyó –quizás hubiera sido lindo–, pero me insistía en que los lea, me preguntaba por las historias. Él se los sabía de memoria. Eran buenos libros. Yo era muy chico, y apenas si sabía leer, pero esas historias y palabras se quedaron grabadas en mí. Atesoro cada una de ellas, así como las andanzas de Afanti, un árabe que era muy ingenioso para librarse de la ignorancia ajena. En esos libros de Álvaro Yunque, está todo lo que se puede aprender de la vida, creo… no se necesita mucho más. Durante mi infancia y adolescencia, los leí y releí. Son como una enciclopedia de las conductas y de las emociones humanas, y uno entiende, y aprende las mezquindades de las que somos capaces, y del amor del que somos capaces, todos. También quiso enseñarme a jugar al fútbol, pasarme su amor por Racing, al que pudo ver salir campeón del mundo en Montevideo. Pero no hubo caso, nunca me interesó demasiado el deporte. Sí me gustaba salir a correr con él. Y toda la familia iba a alentarlo cuando corría la maratón. Una vez, salió cuarto, que no es poco. Después se lastimó el tobillo, un día que nos había llevado a mí y a mis amigos a jugar fútbol al parque y, desde ahí, no corrió más. Quiso enseñarme todos los oficios que él sabía, pero no me interesaba. Y se enojaba conmigo, me decía que, si no aprendía, iba a tener que pedirle a otro que lo haga. A mi papá, no le gustaba que otros le hagan lo que él podía hacer, o bien podía aprender a hacer. Prefería aprender. Con el tiempo, entendí… y me interesé por algunas cosas y, más que nada, por aprender. Tampoco le gustaba a mi papá la “viveza criolla”, despreciaba a los ventajeros. Era muy correcto. En un tiempo en que trabajó para la municipalidad de la ciudad, ya de grande, como inspector, él nos contaba cómo los dueños de los locales lo intentaban sobornar, aunque tuvieran todo en regla, “por las dudas”, para que haya paz. Él nunca pudo aceptar eso, y terminó renunciando. Cuando se enteró de que yo fumaba, me quiso matar: mi abuelo murió de cáncer de pulmón, y él ahora tiene cáncer. No me gusta fumar tampoco, pero es más fuerte que yo, sino me aburro. Mi mamá ya no me dice nada. A veces, le comento que estoy fumando menos, cuando es verdad. Ellos dos, mi papá y mi mamá, siempre estuvieron juntos, a veces mejor, a veces peor, a veces mal, pero siempre le hicieron frente a todo juntos, y siempre salieron juntos de todo. No me puedo imaginar lo que debe sentir mi mamá, ahora que ya no va a haber más juntos, después de casi cincuenta años. No puedo evitar ponerme en ese lugar, sentir ese inabarcable dolor. Otra cosa que me enseñó mi papá: ponerse en el lugar del otro, ser humilde, hacer las cosas porque hay que hacerlas, o porque uno quiere hacerlas, no para que se lo reconozcan. Sí, fue un hombre duro, difícil, enojón, pero para mí tenerlo como padre fue como tener a un superhombre de papá. El último Día del Padre que pasamos juntos, cuando ya estaba enfermo, le regalé un librito para chicos que se llamaba Mi papá es un superhéroe. Se emocionó. Él nunca se emocionaba. Yo, por otro lado, siempre pensé que él estaba decepcionado de mí, de su único hijo varón, del hombre de la familia. Hace poco, en el hospital, me dijo que confiaba mucho en mí. Nada más. Eso me hizo reconciliarme un poco con la idea anterior que tenía. Intuyo que él ya sabía algo que yo todavía no.
  Desde el pasillo de internación, desde hace varios días, se escucha la radio con esos tangos que a él le gustan. No creo que se entere, no sé, tiene mucha morfina encima, pero suena fuerte. Las enfermeras decidieron no hacer nada. Tal vez tenga que ver con los cuidados paliativos de los que hablan. En la habitación, chiquita e incómoda, el bandoneón sincopado, la orquesta chillona y la voz estridente del cantor callan los pensamientos de mamá, que no se mueve de su silla, y tapan también el ruido del pulmón artificial de papá.



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