lunes, 26 de enero de 2015

Hasta dónde vas a llegar hoy


… Porque una casa sin ti es una emboscada…
Joaquín Sabina

  En un primer momento, había sido su amiga Josefina quien la había convencido de hacerlo: le había comentado que se iba a pasar unas semanas a Santiago, que la invitaba, que no se preocupara por la plata, que iban a “cuidar” una casa. Una señora grande, conocida de la madre de Jose, se iba de viaje y le daba pena dejar a su gato solo; por eso, buscaba alguien que le cuidara al minino a cambio de algo de dinero, comida y hospedaje, claro. Aparentemente, esto era una suerte de oficio para algunos.
La situación y el sentirse impulsiva le marcaron el camino: desenredar los hilos que la sujetaban. Después de haber desperdiciado tres años de convivencia, con una actitud condescendiente que ocultaba una gran decepción, había tenido que volver a la casa de su familia, una familia desensamblada que la obligaba a ponerse en el rol de madre y padre para sus tres hermanos menores. Además, hacía largo rato que no podía avanzar con su tesis para la licenciatura: una digresión mística junguiana sobre el amor, la verdad, la histeria y el engaño. Sin dudas, era una argumentación consigo misma también. Un ejercicio personal que buscaba encontrar esa vivencia liberadora con la que pretendía curar el padecimiento de su alma. Al mismo tiempo, habían vuelto sus dolores crónicos y su sistema autoinmune lacónico no podía más con su sangre ni con sus líquidos intestinales.
  La casa en Santiago era una casona, en realidad, casi una mansión. La edificación estaba en lo alto de un cerro y, si bien por fuera no parecía ostentosa –un diseño prosaico de ladrillo a la vista y formas cuadradas o rectangulares–, por dentro era como un pequeño palacio moderno. Tenía un amplio jardín con una gran pileta, regadores automáticos, que las despertaron sobresaltadas las primeras noches, varios vestuarios y un quincho, que utilizaron la noche de fin de año y alguna que otra más para hacer nuevos amigos. Llegó a contar diez habitaciones, todas con su propio baño, vestidor y un gran balcón, pero creía que eran más. No tenían ninguna particularidad, eran todas iguales. Y todas estaban igual de vacías. No había fotos de familia ni libros. Los elementos decorativos se repetían en cada ambiente, siempre ubicados en el mismo lugar. En cada cuarto, todas las cosas eran de un mismo color. En un ala, los colores primarios y secundarios y, en el ala opuesta, los complementarios. Todo entre paredes blancas. Paula había elegido la habitación de los objetos azules y Jose, la de los amarillos que, según ella, el color que atraía la energía positiva. La casa entera parecía un hotel por el que nadie pasaba: la mujer vivía sola con su gato, a la eterna espera de visitas. La sala de estar del primer piso, con sus paredes de vidrio, era un espectáculo en sí misma: un fantástico mirador. Cuando llovía, la sala quedaba envuelta en un murmullo de agua, una majestuosa cascada que se veía y oía desde dentro de su corazón. En las noches claras, las luces de la ciudad imprimían una placa de todas las bifurcaciones de sus enmarañadas calles, que concluían o se cortaban a los pies de algún cerro.
  Pasadas esas dos semanas, con el pago de sus servicios por habitar espacios y entretener carencias afectivas, sumado a algún dinero que conservaba, se despidió de Josefina y fue a visitar por unos días otros lugares más pintorescos del sur de ese país. Pudo sentir, entonces, que ya los hilos empezaban a desenredarse y una trama nueva, a urdirse. Las paredes del laberinto de su psiquis se estaban moviendo, se desplazaban y trazaban nuevos senderos. ¿Adónde? No sabía. Pero algo se estaba rompiendo.
  Y, sin dudas, la vuelta había sido bastante difícil. En Buenos Aires, tenía que volver a enfrentarse con su familia desarticulada, con el hecho de volver a vivir ahí, en el medio del colapso, hacerse cargo. También, tenía que enfrentar la última batalla con su ex y, a su vez, lidiar con el anterior a este que, todavía, seguía enamorado de ella, o así le decía. Además, el cambio de aire no había tenido el efecto esperado: seguía sin avanzar una palabra en su tesis. Extrañaba a Ítalo, el gato de la casa que había cuidado con su amiga en Chile, con el mimo fácil y la dependencia del gesto complaciente. No sabía ni le interesaba saber el verdadero nombre, pero lo llamaba así por su escritor favorito, ese que alguna vez escribió que el infierno “ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”. De todos modos, los gatos no responden a ningún nombre. Entre todos esos pensamientos, decidió averiguar más sobre eso de cuidar casas. Lo habló con Josefina, que la ayudó a registrarse en uno de los portales donde se relacionaba esta gente, en el que mintió un poco, y empezó a proyectar. Un mes más tarde, ya había logrado armar una ruta de varios meses y coordinado las fechas de arribo y las de partida con sus nuevos empleadores.
  Su familia la despidió con frialdad. No es fácil ponerse en el lugar del otro, más si las cosas no están saliendo bien. Al aeropuerto, la acompañó Jose. Sin embargo, antes de irse, necesitaba reafirmar esa sensación de sentirse querida, sin importar de quién viniera ese gesto. Los días previos, mientras evitaba a su ex, se reunió con su primer enamorado, al que le comentó algunas de sus inquietudes. Ella le dijo que estaba cansada de saltar de una relación a otra, que desde que tenía memoria nunca había estado sola, por una u otra razón. Necesitaba, decía, aprender a estar consigo misma. Necesitaba paz. De chicos –él le había señalado una vez–, cuando nos enseñan los infinitivos verbales, nos hacen repetir: amar, temer, partir… una y otra vez: amar, temer partir… y así, hasta que esta idea se impregna en nuestro inconsciente. Y nosotros aprendemos, desde antes de aprender a hacer muchas, muchas otras cosas, que primero amamos, luego tememos y, por último, partimos.
  En el avión, no podía dejar de pensar en eso y empezó a sentir que se le cerraba el pecho. Bajó la cabeza, mientras agarraba sus piernas con sus manos agarrotadas. Intentó respirar. Trató de enfocarse en por qué hacía todo esto. ¿Por qué? Pensó en los pequeños espacios del avión. Se le aceleró el pulso. Miró a su alrededor. Pensó en el infierno de los vivos, en las palabras de Calvino, en cómo iba a hacer, en cómo iba a aprender a “reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno” y en cómo darle espacio a ese que no lo es.
  El primer destino era Hørsholm, una pequeña ciudad danesa. Allí la recibió un hombre grande y solo, de aspecto aseado, que iba a pasar unas semanas a Ibiza. Apenas entró a la casa tuvo una sensación extraña que no supo definir. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se sentía triste y solitaria, la casa. Lucía impecable, y así le había pedido el hombre que la mantuviera. Por las medallas, los diplomas y las condecoraciones que poblaban las paredes y las estanterías, interpretó que se trataba de un general retirado. Después, se enteró de que toda la ciudad tenía una fuerte historia militar. En cada rincón de la ciudad, en los parques, en las calles, en los comercios, en las orillas del mar, en todos lados, se respiraba el orden y la austeridad, cosa que a ella le resultaba encantadora.
  Tomó la costumbre de salir a correr por las mañanas. Los paisajes embellecidos por la transición del invierno a la primavera invitaban a salir. Las calles de la ciudad estaban todas rodeadas por plazas, parques y jardines y, sobre la costanera, una hojarasca anaranjada escoltaba los senderos de piedra hacia la arena. Después del ejercicio, desayunaba en la casa tres tostadas y un café. Después, se hacía otro café más mientras repasaba mentalmente el número de muebles y de objetos y cómo estaban distribuidos en la casa. Terminado esto, se ponía a limpiar hasta el almuerzo. Todos los días, enlucía con esmero cada una de las nueve medallas, doce condecoraciones, tres cruces, cinco órdenes y veinte diplomas. Aseaba los pisos y las ventanas de los cuatro ambientes, sacudía el polvo de los quince muebles y de las treinta y tres estanterías. También, se había dado cuenta de que, en cada ambiente, todos los muebles estaban a una distancia de dos metros uno del otro. Todas estas tareas le llevaban algunas horas. Paula las hacía con gusto, en parte, porque sabía que sería nada más que por dos semanas. Sin embargo, a veces pensaba en qué significarían las inscripciones de esas medallas, condecoraciones y diplomas. No podía evitar imaginar algo terrible. La guerra, cualquiera, siempre es terrible y no existe una razón que justifique quitarle la vida a otra persona. La violencia nunca conduce a nada bueno, pensaba. Sin embargo, podían ser distinciones por tareas rescatistas o algo por el estilo. Ante el profundo rechazo que le provocaba la idea opuesta, eligió creerlo así. Estatuillas de bronce, monedas de plata, marcos de oro, no más. Se imaginó que, a su dueño, su brillo le recordaría quién era él, para qué servía. Pensó en lo fútil que resultaba esa obsesión con la limpieza y el orden, la de ese señor y la suya, como si viviera en una especie de museo. Y evitó reflexionar más.
  Por las tardes, salía a pasear y a tomar fotografías hasta que la luz natural durara, hasta eso de las siete por esa época. Esta era otra afición nueva y, aparentemente, no se le daba nada mal. Había quedado fascinada con la emblemática iglesia de la ciudad que, hacía mucho tiempo, había sido el palacio y fuerte de esta región guerrera. Rodeada por un lago y una densa arboleda, se encontraba aislada del resto de las edificaciones, aunque su construcción no resultaba nada ostentosa. Esto, quizás, fuera una bella metáfora de su nueva relación con el mundo. Por alguna razón, a pesar de ser agnóstica, encontró en esa iglesia blanca y modesta un lugar que le transmitía cierta sensación de equilibrio. Después, por las noches, en la casa, volvían los temores y las inseguridades, amplificados por una energía extraña que envolvía el aire alrededor. Según le había dicho Jose, con sus explicaciones metafísicas, posiblemente, fuera alguna persona –o varias– que ese hombre había asesinado en alguna batalla, y que se habían quedado con él. Como esta casa tampoco tenía libros, más allá de algunos manuales militares y biografías de estrategas, algo tenía que contarse para pasar el tiempo.
  Hubo una noche en la que se despertó con el cuerpo paralizado e insensible. Vio entonces que sus piernas estaban agarrotadas y extendidas hacia arriba. No sentía su propio cuerpo. Después, de a poco, empezó a percatarse de que alguien o algo estaba tirando de ellas. Tuvo que cerrar los ojos. Todo duró no más tres o cuatro minutos. Apenas su sistema nervioso volvió en sí y sus músculos se ablandaron, salió de la casa y se quedó dando vueltas por la ciudad, que ya hacía rato permanecía oscura y dormida. Una vez que despuntaron los primeros rayos de sol, volvió a la casa y abrió todas las ventanas y puertas. Con todo eso, durante el resto de su estadía, nada más perduraría su sensación de extrañamiento.
  Durante los meses siguientes a su partida de Hørsholm, por períodos más largos o más cortos estuvo en Utrecht, en Amberes, en Düsseldorf y en Madrid, entre otras ciudades. Se dedicó a perfeccionar su hábito de correr y su ojo fotográfico. Aunque cada tanto volvían sus dolores estomacales y principios de crisis de ansiedad, se esforzó por enfocarse en las razones por las que hacía todo esto. ¿Cuáles eran? Ya no sabía bien. A medida que su currículo virtual crecía en experiencias, descripciones y comentarios, más fácil le resultaba conseguir nuevos empleadores. Conoció una pintoresca ciudad polonesa, varias poblaciones pequeñas del sur de Francia y hasta la capital de la República Checa. A veces debía hacerse cargo de tres perros, dos perros y un gato, dos conejos. Si podía elegir, prefería ir a casas sin mascotas. Había aprendido también a hacer las preguntas correctas a la hora de la entrevista con los dueños de cada casa, lo que los tranquilizaba mucho y le aseguraba a ella una buena recomendación para su perfil. Siempre, en todos los lugares que habitaba, tenía la necesidad de contar la cantidad de habitaciones, de muebles, de objetos. Lo mismo le sucedía con las distancias, las calles, las direcciones, los boletos, las entradas, los días. Todo debía tener una relación matemática. Y lo cierto es que, como extranjera, a veces, esta obsesión le resultaba útil para no perderse tanto en las ciudades.
  Sin embargo, se había empezado a permitir algunas licencias, como modificar la disposición de los muebles, si sus dueños no tenían mascotas –ya que había podido comprobar que esto las perturbaba– y no sin antes hacer un plano detallado de la ubicación original de cada uno de ellos, y hasta sacar algunas fotos en algunos casos, para volver todo a su lugar el último día de su estadía. También, había empezado a husmear un poco más en la vida de sus anfitriones cuando tenía la posibilidad. Inevitablemente, está en la naturaleza humana, esa curiosidad. Pero era nada más que una especie de juego ingenuo provocado por algún accidental aburrimiento, al menos, eso era lo que Paula se decía a sí misma. Además, se permitía licencias con ella misma, cada vez que le hacía falta un mimo, como a los animales de las casas que cuidaba. Como tenía una apariencia bella y bondadosa, y a pesar de su timidez, no le generaba problemas conocer gente: se le acercaban simplemente. Su amiga Josefina le había prometido que, si al año siguiente seguía por allí, se le sumaría. Por su parte, prefería permanecer sola. Con su familia, hablaba cuando se conectaba a las redes sociales, de manera esporádica, y nunca por celular. Se había convertido en un ave de paso y, por ahora, se deslizaba tranquila por esa levedad. Había logrado dejar de llenar con gente sus sentimientos para llenar con su presencia espacios vacíos, espacios que no podía sentir como suyos hasta el día anterior a abandonarlos.
  A principios de noviembre, llegó a París, la inabarcable, la majestuosa. Se enamoró de esa ciudad, de la casa que le había tocado habitar y de ella misma allí. Sin embargo, sus dolores estomacales y temblores o mareos se fueron acrecentando, lo que le resultaba incomprensible. Jose le decía que se trataba de esa presencia trágica que se le había aparecido al principio del viaje, en la ciudad danesa, que se le había pegado a la espalda; ella, en cambio, insistía en que era nada más que una cuestión psicológica y se torturaba con conjeturas. Paradójicamente, en un libro de la amplia biblioteca que tenía la familia que la había empleado, en una anotación que había hecho alguno de ellos, decía que la palabra esprit, en francés, simboliza tanto “mente” como “espíritu” y que su significado se desprende del contexto en el que sea utilizada.
  La familia era de origen español, de la ciudad de Barcelona, y se había ha ido París por trabajo. El hombre era psicólogo, por lo que muchos de los libros que había en la casa eran de extremo interés para Paula. La mujer trabajaba en el área de Recursos Humanos de una multinacional. Era una pareja joven y afable. No tenían hijos. Le habían dejado a cargo a su gato gris, con algunas manchas negras, al que le puso Roldán. Llegó a entenderse muy bien con él y hasta a quererlo un poco.
  No movió los muebles de la casa, como era ya su costumbre, por respeto a Roldán. Estaba ubicada en una de las partes más lindas y tranquilas de París, cerca del boulevard Saint-Germain de Près, el que solía frecuentar Hemingway. Era una casa grande para dos personas. Austera y blanca por fuera, con los clásicos balcones y ventanas parisinos, y toda de madera por dentro. Este detalle le daba una calidez de hogar. Llegó a contar 1022 libros, separados en dos bibliotecas, cada una con veinte estantes; además, 234 adornos, treinta muebles, cuatro habitaciones, tres baños y dos cocinas. Todo, repartido en dos amplios pisos. Leyó mucho de la biblioteca de él. Estuvo tentada de llevarse una edición de lujo del libro rojo, pero era gigante. Leía no solo las palabras impresas, sino también las anotaciones personales y las dedicatorias. En un libro de un escritor japonés, la mujer le había escrito: “Te amo demasiado”. Palabras muy simples que la conmovieron también demasiado. En el cuarto principal, ella tenía un gran vestidor. Poco a poco, con el correr de los días, fue tomando confianza y se empezó a probar su ropa. De chica, nunca había jugado a las princesas ni nada de eso. De hecho, con tres hermanos varones, sus juguetes duraban poco. Aprovechando que no había otros testigos más que el minino, decidió soltarse un poco y jugar. Se ponía algún vestido, se miraba en el espejo, agarraba un libro y se lo ponía a leer en la cama mientras acariciaba la barbilla negra de Roldán.
  Dos meses era mucho tiempo, de hecho, nunca había pasado tanto tiempo en una casa hasta ese momento. Sin embargo, para la ciudad de las luces, siempre es poco. Su ya esquematizado entrenamiento se había complicado: las calles de París bajan y suben como si nada, pero eso no la amilanó. Fotografió todo lo que veía. Cada rincón de la ciudad tenía su mística: los puentes, los bistrós, los molinos, los jardines, los edificios, los monumentos. Tal vez la época no fuera la más favorable para los espacios verdes: los campos elíseos y el de “marte” estaban deslucidos. Todas las iglesias de esta ciudad, hasta la más pequeña, ostentan hermosos vitrales, imponentes figuras bíblicas y magníficas construcciones góticas. Era una ciudad contradictoria. Los franceses no aceptan como religión oficial al catolicismo, ni ninguna otra, ni veneran ni mantienen a sus reyes, todos decapitados. Sin embargo, conservan de una manera casi obsesiva todas las representaciones de su historia feudal y religiosa. Todo es pomposo en París. Sus calles están pintadas de rojo, azul y dorado, siempre.
  Por las noches, no salía. La región es fría y lluviosa por esa época y, además, salir a algún bar sola en esa ciudad la hacía sentir más sola. La noche de navidad y la de fin de año, se acostó temprano. El 31 de diciembre, no tanto, aunque se había quedado dormida con un vestido negro de terciopelo del vestidor de la mujer y con la televisión prendida: transmitían los festejos en el Arco del Triunfo.
  Y, entonces, era el primer día del año. Y Paula estaba sola en París.
  Al día siguiente, volverían los dueños de casa. Todo estaba en orden. Los libros y los vestidos, incluso el que había usado para dormir, que tenía algo de olor a transpiración. Todo había sido puesto en su lugar. No había mucho para hacer un día como ese. Se preparó un café con unas tostadas y le sirvió agua y alimento también a Roldán. Su reciente obsesión por las bibliotecas no la había ayudado con la tesis, que seguía sin escribirse y que ya empezaba a dejar de lado, junto con muchas otras cosas. Quería acordarse una canción que cantaba un amigo suyo cuando eran chicos, pero lo único que podía recordar era el estribillo, que repetía una y otra vez: “¿Hasta dónde vas a llegar hoy…?”. ¿Hasta dónde iba a llegar, entonces? Y se acordó de otra cosa: el Père-Lachaise estaba abierto hoy y ella todavía no lo había visitado. Así que empezó a prepararse.
  La combinación de metro era fácil desde donde estaba, la línea cuatro primero y la tres después. No había casi un alma. Los subtes en Buenos Aires van siempre llenos, hasta el primero de enero. Por alguna razón, le agarró algo de nostalgia. Se preguntó adónde irían las tres personas que compartían el vagón con ella. Tal vez, ellos se preguntaran lo mismo sobre Paula. Los dolores habían vuelto y se sintió mareada. Tuvo que bajarse en una estación hasta que el sobresalto pasara y esperar al siguiente.
Cuando llegó al cementerio, ya había pasado el mediodía y el cielo se había nublado. Recorrió, con su cuerpo castigado y sus pies más respetuosos que cansados, las calles empedradas y sinuosas entre los enterratorios. Casualmente, se detuvo frente a la tumba de Gilbert Morard quien, según rezaba la lápida, había sido el padre del metro francés moderno. El monumento estaba formado no solo por su busto, sino también por tres placas decorativas, en las que la gente dejaba sus boletos de viaje. Ella sacó el suyo y se lo dejó, como una suerte de colaboración a la memoria universal. Le costó encontrar la tumba de Jim Morrison ya que, en ese momento, le faltaba el busto; simplemente era una pequeña tumba, casi hundida entre las que la rodeaban aunque, a diferencia de las demás, estaba llena de flores y de fotos de él. Como había empezado a lloviznar y los guardias de seguridad trataban de llevar a los visitantes hacia la salida, todos se amontonaron ahí mismo, en el nicho del cantante. Ella prefirió evitar la multitud y preguntó a uno de los guardias por la salida. Cuesta abajo por el empedrado, un grupo de personas que estaba más adelante, caminando también por esas callecitas, había abierto sus paraguas. Todos eran de un color diferente, todos colores vivos, rojo, azul, amarillo, verde. Debían ser siete u ocho personas, todos en hilera con sus paraguas de colores. Entre el gris de las tumbas, de la tierra, del empedrado y del cielo, el cuadro era bastante pintoresco. Le hubiera gustado haber llevado la cámara.
  Al salir del Père-Lachaise, se sentía muy mal. El pecho se le cerraba otra vez; la respiración se le dificultaba. Caminó despacio por el boulevard con una mano en el pecho, como acariciándolo para que se calmara, y se metió en el metro. Eran las cuatro de la tarde, el sol no iba a volver a salir, y tenía que hacer su bolso para el día siguiente. No tenía ganas de seguir con todo eso, ya se había diluido en el tiempo y en los paisajes la razón por la que lo hacía, ya no la interesaba recordarla. De todos modos, ya tenía otros destinos previstos: tenía que seguir. Volvían a su cabeza las palabras de su primer y eterno enamorado, ese que la había amado, ese al que ella había temido y partido. Y había sucedido algo parecido con el otro al que Paula amaba; ese otro la había temido y la había partido también. Pensó en que pasaría con ella si no encontraba a ese otro que no es infierno, si habría un “otro” acaso. No quería seguir, pero lo iba a hacer, se repetía a sí misma, convenciéndose, ya recompuesta, mientras el metro se abría paso por debajo de la tierra. Había podido tomar nuevamente el control de su cuerpo y de sus dolores. Recordó una línea de Peter Pan: “Morir, esa sí es una aventura”, y se rio sola. Sentía que estaba como en un bucle, pero iba a seguir. Tal vez fuera necesario continuar ocupando espacios ajenos, que no le pertenecían, hasta que pudiera encontrar y ocupar el suyo. Todo motivo de padecimiento está relacionado, de una forma u otra, a la “paralización espiritual, la esterilidad del alma”, dice la filosofía junguiana. Ella lo sabía de memoria eso. Por otro lado, las aves de paso tienen esa cualidad: pasan, pero ¿hasta cuándo…? Lo único que sabía era que no tenía que detenerse. Nunca.
  Y, finalmente, se tranquilizó. No sabía si era bueno, pero era un plan.




















El cuadro pertenece a James Mcneill Whistler. Se titula Nocturne in black and gold, the falling rocket.

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