jueves, 20 de noviembre de 2014

Tomb of the moans

Ton amour pour moi était plus mince que l´ourlet de ma robe. (Madeleine, Tous les matins du monde)


Estás hundido en una silla, frente a la mesa, en el comedor de la casa. Te servís un poco de vino, le servís a ella, bebés de tu copa. Luego prendés un cigarrillo y, mientras jugás con este en los bordes del cenicero, la mirás a los ojos. Recorrés su rostro, los pequeños detalles, sus labios. Te sigue hablando; no tenés idea de qué. Las palabras son ruido. Desearías no haber aprendido nunca una palabra en tu vida. La música flota en el aire. Es ruido también. Evocar los espacios que este no puede habitar, ese es el sentido del lenguaje, creés. Conquistar el vacío. Hacer visible lo invisible, la ausencia; decir lo indecible, lo que excede nuestra propia humanidad. Te perdés en tus propios pensamientos. Antes de desaparecer completamente en la conversación, en una de sus pausas, le sonreís y le contás esta minúscula preocupación que te invade. Ella se ríe y dice que te entiende. Vos no entendés qué puede llegar a significar eso. Después te levantás, te acercás y la abrazás por detrás, le das un par de besos en el cuello. Apagás la música, le tendés la mano y la invitás a bailar. No hay un solo sonido que tenga la fuerza que tiene el silencio, le decís. Ella te mira extrañada: ya no te entiende bien. Las palabras no sirven de nada. La única forma de conocer profundamente lo que somos está en nuestros actos. Y te preguntás de repente a vos mismo quién es el que da y quién el que quita ahí. Desearías que no existieran esas categorizaciones, aunque tal vez las relaciones perderían su sentido si así fuera. La llevás a la cama y le hacés el amor, con ternura y una pasión mesurada. Ella te abraza, te envuelve, te muerde, te clava las uñas en la espalda, te sonríe. Dicen que hacés bien así. No obstante, ella no dice ni una palabra durante o después del acto. No acabaste. Tal vez te gustaría ser más vehemente, más despreocupado. Quisieras poder hacerle el amor en la cocina, matarla en tus sueños. La besás. Te gusta besarla. Dicen también que besás bien. Sin embargo, no podrías contar la diferencia entre unos labios y otros de entre todas las mujeres que besaste en tu vida. Es verdad. Y qué dice eso sobre vos. Ya lo vas a averiguar. Ella se duerme. Vos te levantás, volvés al comedor y prendés otro cigarrillo. Ella está ahí, en la pieza, tendida en la cama, y a vos te gustaría sentirte parte de toda esa escena. Simplemente no podés. Volvés y te acostás. Te quedás mirándola. Es buena, y linda. Te gusta. La vas a extrañar. Todas las mañanas del mundo no vuelven, no. El frío termina pareciendo siempre el mismo frío. Da igual si el sol sale o no. Y, de alguna forma, sabés que eso se debe nada más a que hay algo que está mal, profundamente mal, en vos. La vida es repeticiones, una tras otra. No quisieras arrastrar a nadie a eso. Te vas a ir quedando solo, de a poco. Tal vez ella alguna vez te piense, e incluso te extrañe. Pero cuál es la diferencia una vez que cierta distancia se vuelve irrecuperable. No, todas las mañanas del mundo no vuelven a suceder. Ni siquiera una. Ni la mejor, ni la peor. Te despertás. Ella no está ahí. Y qué vas a hacer entonces. Ya lo vas a averiguar, tal vez.




















La primera pintura pertenece a Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606–1669). Fue hecha en 1632 y se titula Filósofo en meditación. La última es de Salvador Dalí (1904–1989), titulada Eco antropomórfico (1935).