miércoles, 17 de diciembre de 2014

El día de la virgencita

  Me desperté a las nueve y salí al balcón. Abajo estaba la rambla y, apenas unos metros más allá, el río. Después de darle el primer sorbo a mi café, dejé la taza en la mesa y prendí un cigarrillo. La vista era majestuosa. Con los ojos a medio abrir, vi lo que parecía una mancha irregular de petróleo que surcaba el río, formando la silueta de una virgen, justo frente a mí. Tenía sus brazos abiertos. Entonces me di cuenta de que la Avenida de las Américas estaba toda vallada y repleta de gente. Había policías en el cruce de calle que indicaban el giro forzado a los coches y motos. Montones de motos. Por la noche, no dejan dormir.
  Resulta que dicen que, todos los años, en este día, la virgen se aparece en el fondo del Río de la Plata y Dios baja a mojarse la cara. Se trata del día más caluroso del año por esta región. Un calor feroz. Y, aunque nadie nunca pudo ver nada de eso –claro–, los fieles de todo el mundo peregrinan hasta Colonia del Sacramento para presenciar el posible milagro. Yo, por otro lado, y por casualidad, nada más estaba de vacaciones.
  Todos los ojos estaban puestos sobre esa mancha. Todos los años, la prensa pone sus cámaras y espera a que lo divino suceda. A mí, en realidad, me aburren todas esas cosas.
  En la otra esquina de la avenida, todavía visible desde mi balcón, un chico joven estaba tratando de ganarse unos pesos, o dólares. Era flaco y desgarbado, pero de buen ánimo. “Bienvenida familia”, decía. “Buen día, voy a intentar hacer unos malabares. Vamos a ver si sale; no se lo pierdan”. El circo de la calle, le decía. Los coches, al ver el desvío forzado al que se acercaban, no le prestaban atención. Yo lo miré un rato, mientras tomaba mi café y fumaba mi cigarrillo. El acto era exactamente igual en cada semáforo en que lo ejecutaba. La primera moneda tardó en llegar. “Gracias, buen viaje”, decía el chico.
  Después me distraje, miré para otro lado. Había una mujer, con su hijo en un triciclo, paseando por la rambla, un poco más allá de la muchedumbre, donde ya no da directamente al río, sino que la separa de este un espeso bosque. El chico iba rezagado y a la madre parecía no importarle mucho. De repente, sin darse cuenta, el chico perdió el control del manubrio y rozó el borde del barranco que había a su derecha. Otra señora que caminaba unos metros más atrás se espantó terriblemente. “¡Cuidado!”, dijo, y la madre se dio vuelta: “Ay, es que me asusté”, se excusó la señora. “Sí, yo también”, respondió la madre y siguió caminando, esta vez, agarrando al chico por los brazos de la remera. La señora después se perdió por una calle que nunca me acuerdo el nombre. Entonces, el chico otra vez se fue para el barranco. Esta vez, la madre lo vio. Del susto, como un reflejo, se abalanzó sobre su hijo, para evitar la caída, pero este se detuvo justo antes de perder el equilibrio. Ella, por otro lado, siguió de largo –no pudo evitarlo– y cayó por el barranco. Agitó los brazos como un colibrí tratando de encontrar algo que detuviera la caída. El chico miraba tranquilo, inmutable. Su grito desapareció entre la espesa arboleda.
  Ninguna cámara captó ese “milagro”, ninguna persona escuchó los gritos ni el desgarro de la piel entre las ramas de los árboles ni los huesos rompiéndose contra la tierra. Todos los ojos estaban puestos en la silueta de la virgen, rezando para que Dios se acercara a ellos. Quizás la madre sea la única que lo haya visto ese día. Probablemente, la confundirían con algún suicida, de esos que suelen aparecer en este tipo de ocasiones y en esta parte de la ciudad. Por otro lado, después me enteraría de que la señora que había doblado en una calle que nunca me acuerdo el nombre, fue atropellada por un desconocido apenas unos metros después. El chico siguió con su triciclo hasta desaparecer de mi vista.
  Yo me quedé un rato más en el balcón, prendí otro cigarrillo, terminé mi café y me fui a bañar. No lo conocí a Dios ese día, ni vi demasiado parecida la mancha de petróleo a la virgen en la superficie del Río de la Plata, ni nada por el estilo. El circo de la calle seguía en la esquina, como un bucle. La gente seguía llegando, copando la Avenida de las Américas.
  De lo único que pude estar seguro ese día es de que el diablo va en triciclo por la ciudad de Colonia del Sacramento.



La pintura pertenece a David Burliuk, ucraniano; se titula Un labrador y fue hecha en 1910.

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